El gato negro y la biblioteca de los recuerdos 4. La disputa entre Amargado y Sin Nombre #4
69%

4. La disputa entre Amargado y Sin Nombre #4

Mientras contemplaba los caracteres de esa palabra, tan bien escritos por Alice, se apoderó de Chisa una cierta tristeza.

A su mente volvieron las imágenes de su mejor amiga y su prometido, así como de la traición cometida por ambos y de la posterior cancelación de la boda.

Injusto…, sí, injusto. Resultaba imposible comparar la tristeza y el dolor entre las personas, de modo que no era cuestión de equipararse con Sin Nombre, pero, en efecto, Chisa no podía sacarse de la cabeza lo injusta que había sido la vida con ella.

¿De qué le serviría maldecir a su examiga y a su exprometido?

Ambos olvidarían el pasado, comenzarían una nueva vida, tendrían un bebé y serían felices.

Creer que en este mundo se premia el bien y se castiga el mal era pecar de ingenuidad.

Incluso cuando tal correspondencia se cumple, rara vez el castigo o el premio se aplican en dosis equitativas.

En consecuencia, ¿no debería una tomarse la justicia por su mano y aplicar el castigo cuando fuera necesario?

«Pero tanto si les disparo dardos con una cerbatana como si les lanzo huevos podridos, tendrían todo el derecho a denunciarme —meditó Chisa—.

Y si un tribunal me declarara culpable y me condenara, lo perdería todo.

No hay nada que pueda hacer, aparte de mantener una mínima esperanza de que quien haga el mal sea castigado de una manera u otra».

En cuanto a Sin Nombre, había resultado ser una persona bastante agradable, a pesar de su rostro temible y sus gestos intimidantes.

Chisa experimentó ciertos remordimientos por haber sospechado de buenas a primeras que era un fugitivo de la justicia.

Con su mujer tan gravemente enferma, lo normal era estar nervioso y preocupado, no sonriente y tranquilo.

No obstante, Chisa dudaba de que fuera una buena idea quedarse indefinidamente en la biblioteca.

De ese modo, Sin Nombre solo estaba posponiendo la muerte de su esposa.

Tarde o temprano se vería obligado a afrontarla.

«¿Qué haría yo en su caso? —se preguntó—.

Si supiera que al abandonar la biblioteca y volver al mundo iba a enfrentarme de golpe con la muerte de la persona más amada, ¿estaría dispuesta a salir? ».

Y llegó la siguiente hora del té. Aunque las cuatro mujeres esperaban que se uniera a ellas una vez más, Sin Nombre no se presentó ni lo encontraron en su mesa.

—Le he pedido que nos acompañe —comentó Madame T—, pero me ha respondido que necesita estar solo para pensar.

Alice y la anciana tomaron asiento en la mesa del té mientras Madame T rumiaba algo en su cabeza. En realidad, las cuatro mujeres estaban pensando en Sin Nombre.

El menú consistía en té uva de Sri Lanka con leche y panecillos con mermelada de frambuesa.

—¿También era uno de los menús de tu tetería?

—Sí. Y uno de los favoritos de los clientes, precisamente —respondió Madame T, acercándose la taza al rostro para disfrutar del aroma que emanaba.

La conversación no tardó en gravitar en torno al ausente Sin Nombre.

—Opino que la vida es injusta. Yo tendría una mejor opinión sobre la vida si cada uno se llevara su merecido; el malo, lo suyo y el bueno, también lo suyo.

Pero no es así… ¿Por qué? —Chisa pensó que estaba expresándose más como una niña que como una persona adulta, así que decidió guardar silencio por un rato.

Madame T le sirvió más té.

—La vida es injusta… —dijo entre dientes Madame T, con la mirada perdida en algún punto distante—. En realidad, mi tetería cerró. Mejor dicho, me vi obligada a cerrarla.

A Chisa le sorprendió tal afirmación, porque no podía imaginar que una tetería donde se sirvieran variedades de té y pasteles tan deliciosos, en unos juegos de porcelana tan elegantes y de buen gusto, no hubiera sido todo un éxito de clientela.

—Caminaba por la acera cuando un coche me atropelló y resulté herida…

Pese a que fue un impacto bastante aparatoso, por suerte mi vida no corrió peligro.

El golpe en la cabeza me afectó el gusto y el olfato.

Los perdí por completo. Ya no pude saborear nada de lo que comía ni oler el té; no volví a oler nada en absoluto.

Probé todo tipo de tratamientos. Visité a los médicos que me recomendaron, tomé zinc cuando supe que era bueno… Lo intenté todo.

—Pero ahora… —comenzó a decir Alice, confundida ante la impresión que daba Madame T de estar disfrutando de su té.

—Sí. En cuanto llegué a esta biblioteca, me di cuenta de que podía oler el papel y la tinta.

¿Cómo era posible? Después volví a oler el té y lloré.

Había recuperado el sentido del olfato. El té lo era todo para mí.

Mis clientes adoraban nuestro té, y mis dulces y pasteles caseros eran muy apreciados.

Mi tetería era un local muy especial que había ido consolidando a lo largo de muchos años.

En ese punto, el rostro de Madame T se ensombreció.

—Aunque había perdido el olfato, mantuve la tienda abierta a base de trampas y dejé de hacer los dulces yo misma.

Empecé a depender de un proveedor. Los pasteles que servía parecían iguales por fuera, pero la calidad era pésima.

Algunos clientes enfermaron al consumir dulces en mal estado…

Y yo ni siquiera fui consciente del desaguisado que estaba cometiendo ni de la insensatez en la que estaba cayendo —dijo Madame T—.

Me negaba a admitir que se estuviera derrumbando tan deprisa lo que me había costado tantos años construir.

Y lo peor de todo era que nada iba a devolverme el olfato; nada iba a sacarme del atolladero.

Era evidente que la persona que me atropelló tampoco iba a devolverme lo que me había quitado.

Al menos, ahora he vuelto a disfrutar del té, de su fragancia, de la dulzura de los pasteles.

Pero, si me voy de aquí, volveré a perder el olfato y el gusto. Por eso quiero quedarme.

«¿Quedarte? ¿Hasta cuándo?», se preguntó Chisa. También Alice debía de haberse hecho la misma pregunta, porque ambas se miraron y guardaron silencio, incapaces de articular palabra.

—Cuando cuento mi historia —prosiguió Madame T—, al principio todos me escuchan con atención y dicen «¡Qué terrible!

», «¡Qué duro debe ser!», «Lo siento mucho» y ese tipo de cosas, pero al final a nadie le importa, porque en realidad no le dan importancia.

Hay mucha gente que ha sufrido heridas visibles en accidentes graves.

Son lesiones muy difíciles de superar y con consecuencias a largo plazo muy dolorosas.

Cuando se trata de perder el sentido del olfato, sin embargo, la gente acaba por no tomárselo tan en serio.

«Bueno, al menos estás viva y no has sufrido ninguna lesión física», me dicen.

Sí, lo sé, el olfato es invisible, al fin y al cabo.

Pero, en mi caso, el olfato era mi vida; sin él, es como si estuviera muerta.

Chisa comprendió la injusticia que era para una mujer como Madame T haber perdido el olfato y el gusto.

No es que ella lo deseara para sí, pero al menos podría seguir adelante con su vida sin estos dos sentidos.

Sería muy triste, pero no le afectaría en su trabajo.

Para Madame T era distinto. El olfato y el gusto eran los recursos más valiosos para ejercer su pasión y ganarse la vida con su propia tetería.

«¿Habrá sido ese el peor día de la vida de Madame T?

», pensó Chisa, cada vez más consciente de que cada persona tenía sus propias preocupaciones y dificultades.

Habría querido visitar la tetería de Madame T algún día y, aunque no estaba segura de que lo recordara después de salir de la biblioteca, había pensado preguntarle por la ubicación del local.

Ahora se alegraba de no haberlo hecho. Habría puesto a Madame T en apuros, quizá obligándola a contarle esa historia tan dolorosa.

—Este té está delicioso. La verdad es que nunca pensé que el té pudiera estar tan bueno —dijo Chisa. A continuación pensó: «El té y los dulces que nos sirve aquí deben de ser como los recuerdos más felices de cuando tenía la tetería».

—Me haces muy feliz con un comentario como el que acabas de hacer.

Desde luego, el té aquí es una delicia. —Madame T contempló su taza con cariño durante unos instantes—.

Cuando me dieron el alta del hospital y tanta gente me decía: «¡Qué alegría que estés viva!

», yo, en secreto, pensaba: «No, no tenéis ni idea de cómo me siento».

Pero el otro día, al escuchar la historia de la esposa del señor Sin Nombre, me di cuenta de que, si ella moría, ya no podría tocar el piano que tanto amaba.

Solo puedo imaginar lo doloroso que debe ser.

El caso es que eso me ha hecho recapacitar y darme cuenta de que, mientras esté viva, aún me quedan cosas por hacer.

Hasta hoy, he estado escribiendo anécdotas relacionadas con el té en mi autobiografía, pero, ahora que lo pienso, hay muchísimos temas sobre los que quiero escribir, como crear una colección de recetas más detallada o contar en profundidad el origen de las hojas de té.

Así que pienso quedarme aquí un tiempo más.

En ese preciso momento, Chisa reparó en Sin Nombre, que caminaba un poco alejado. Lo saludó con entusiasmo y le hizo señas para que se acercara. Él pareció dudar al principio, pero luego fue hasta la mesa del té. Traía consigo varios libros.

—Señor Sin Nombre, usted lee mucho, ¿verdad?

Sin Nombre miró los libros y dijo, lacónico:

—No es lo que buscaba.

—¿Busca algún libro en concreto? —preguntó Alice.