4. La disputa entre Amargado y Sin Nombre #3
Alice aplaudió y Chisa hizo lo mismo. La Abuela se unió a la ovación. La expresión del hombre volvió a suavizarse.
—Fui tan feliz… —dijo.
«¿Ha dicho “fui”?», se preguntó Chisa, intrigada y asustada por lo que el uso del pasado parecía vaticinar.
—Nos casamos y nos fuimos a vivir a un apartamento pequeño…
Había un piano en el centro comunitario cercano que cualquiera podía tocar cuando quisiera y mi esposa solía ir allí.
No nos sobraba el dinero y no tuvimos la dicha de tener hijos, pero yo pensaba en lo maravillosa que era la vida.
A menudo me preguntaba por qué estaba conmigo, cuando podría haber conocido a alguien mejor, y estoy seguro de que todos se decían lo mismo.
Aun así, vivíamos felices juntos; era una vida modesta pero dichosa.
Ella buscó un empleo a tiempo parcial para ayudar con los gastos.
Ambos trabajábamos duro para ahorrar para, un día, comprar nuestra propia casa.
La expresión de Sin Nombre se tornó sombría.
—Mi esposa se sentía cansada, pero incluso así iba a trabajar todos los días, posponiendo una visita al médico. Tenía un puesto bastante importante en su empresa y los demás dependían de ella. Es probable que pensara que podría soportar un ligero dolor de estómago.
Chisa sintió un escalofrío.
—Como era joven, la enfermedad empeoró muy rápido…
Entonces un profundo silencio los envolvió.
—El peor día de mi vida será el momento en que mi esposa muera. Si salgo de esta biblioteca, estaré allí justo en el momento de su muerte. Había un gato en las escaleras del hospital y tuve la sensación de que me preguntaba: «¿Es este el peor día de tu vida?».
«Sumikuro… Aquí aparece Sumikuro», pensó Chisa.
—Eso es lo peor que me ha pasado en la vida.
La mayoría de los hombres nacen con algo especial, como un rostro hermoso, una mente brillante, el don de la elocuencia, un buen físico, el dinero de sus padres o un buen linaje.
Yo no tengo nada de eso. Ni dinero, ni el cariño de mis padres, ni buenos recuerdos de mis años de estudiante ni amistades.
Pero no me importa. Mientras tuviera a mi mujer a mi lado, no necesitaría nada más.
Si pudiera dar mi vida en lugar de la suya, lo haría ahora mismo.
Si me dijeran que muriera cien veces, me marcharía con gusto cien veces de este mundo por mi esposa.
No me importa lo horrible que sea la muerte.
¿Por qué Dios no me ha dado nada y, sin embargo, me arrebata caprichosamente la única luz que tengo en mi vida?
¿No es demasiado? Ella, la única luz de mi vida.
Nadie fue capaz de decir nada durante unos instantes.
—No, no es justo lo que he dicho. Le he echado la culpa a Dios, pero si yo hubiera sido una persona más capaz, si hubiera ganado más dinero, mi mujer no habría tenido que buscarse ese empleo y habría podido ir al hospital antes.
Con solo treinta y tres años, está al borde de la muerte por culpa de mi actitud negligente.
Desearía tanto envejecer junto a ella y poder visitar todos los lugares que nos gustaría ver juntos…
Pero las cosas han sucedido así, esto es lo que hay.
Tras escuchar la historia, las cuatro mujeres bajaron la mirada. Resultaba insoportable el peso del dolor de Sin Nombre.
—Mientras ese tipo dice que quiere morirse, mi esposa llora todos los días, tratando de aferrarse a la vida.
Pero él sigue vivo y mi mujer está al borde de la muerte.
La melodía que eligió para que sonara en la caja de música es una canción que a ella le gusta mucho y que me hacía escuchar a menudo.
Al oírla de nuevo, los recuerdos me superaron y pensé: «¡Muy bien!
¡Ocupa su lugar! Si tanto deseas morir, por favor, por el amor de Dios, ocupa el lugar de mi esposa».
Sin Nombre apretó el puño. La violencia no era la respuesta adecuada, por supuesto, pero Chisa comprendió que, en una circunstancia similar, le habría sido difícil ignorar a alguien que repetía «Me quiero morir» con tanta frecuencia y ligereza delante de sus narices.
Y aún más penoso le habría resultado escuchar una melodía que le traía tantos recuerdos.
—¿Por qué suceden cosas así en la vida? Le rogué a la bibliotecaria que, después de escribir mi autobiografía y salir de aquí, me permitiera retroceder un año y medio para poder llevar a mi esposa al hospital.
Si le hubieran detectado la enfermedad a tiempo, las probabilidades de curación habrían sido mucho mayores.
Pero, por más que se lo pedí encarecidamente, la bibliotecaria no cedió ni una pizca.
«Eso es imposible», aseguró. Así que me he resignado a que, cuando termine mi autobiografía, volveré al momento en que llegué aquí, con mi esposa hospitalizada en estado crítico.
Un denso manto de silencio volvió a caer sobre la biblioteca.
Sumikuro, que había regresado sin que nadie se diera cuenta, saltó al regazo de Chisa. El suave y cálido peso del minino la hizo sentir como si acabara de recuperar la respiración.
—Por eso ha estado aquí todo este tiempo sin escribir una sola línea de su autobiografía —musitó Madame T.
Las primeras notas de la melodía de la caja de música marcaron el final de la hora del té.
—Lo único que puedo hacer es escuchar, pero, si hablar le hace sentirse mejor, con gusto tomaré el té con usted cuando quiera —dijo Madame T mientras Alice clavaba la mirada en el rostro del hombre sin nombre.
—Gracias —respondió Sin Nombre haciendo una leve inclinación de cabeza. Después de ayudar a recoger el juego de té, regresó a su asiento.
Chisa abrió el libro con la intención de proseguir con la escritura de su autobiografía, pero la historia de Sin Nombre y su esposa estaba demasiado fresca y presente en su cabeza. No conseguía concentrarse para escribir.
La muerte.
Es algo que le llega a todo el mundo y que, por supuesto, también le llegaría a ella.
Siempre le pareció lejana, algo para lo que quizá faltarían sesenta o setenta años, por lo que era pronto para preocuparse, pero la esposa de Sin Nombre seguramente pensaba lo mismo.
Habían trabajado duro para ahorrar dinero, querían comprar la casa de sus sueños y elegir juntos la decoración, cocinar juntos, viajar de vez en cuando y compartir su vejez.
Y, sin embargo, un día recibió la noticia de que su vida estaba a punto de terminar.
Chisa sentía un profundo dolor en el corazón.
Aquello no solo era desolador para quien moría, sino también para quienes estaban a su lado para despedirse.
Ella nunca había experimentado la pérdida de un ser querido.
Su padre, a quien no veía a menudo tras el divorcio, y su madre, con quien mantenía una relación tensa, seguían vivos.
En cuanto a sus abuelos paternos, él falleció antes de que Chisa empezara la escuela primaria, demasiado temprano para sentir de verdad su ausencia, aunque lo recordaba vagamente, acostado en la cama y rodeado de hermosas flores.
Y en lo referente a sus abuelos maternos, la madre biológica de su madre había fallecido, y la abuela que Chisa conoció era la mujer que se casó en segundas nupcias con su abuelo, pero también murió cuando Chisa cursaba los primeros años de primaria.
Además, no se visitaban con frecuencia, por lo que el lazo que mantenían era débil.
Sintió tristeza por la muerte de su abuela, pese a no haber mantenido con ella un vínculo emocional particularmente fuerte.
El sufrimiento de Sin Nombre superaba con creces la imaginación de Chisa.
Era tan hondo que ella ni siquiera pudo ofrecerle un pequeño consuelo.
Aunque se alegró de haber impedido que se arrojara contra la estantería en su envite contra Amargado, a pesar del riesgo que había corrido.
No sabía si dañar los libros realmente causaba la muerte, pero se preguntó si Sin Nombre había deseado morir en ese momento.
Quizá sí. Tal vez había pensado que, de esa forma, fallecería casi al mismo tiempo que su esposa.
Chisa se planteó entonces la pregunta de si de verdad existe la vida después de la muerte.
Sería maravilloso que Sin Nombre pudiera reunirse con su esposa después de fallecer, pero la realidad es que nadie puede asegurar qué ocurrirá.
Al fin y al cabo, nadie ha regresado del más allá.
¿Cómo es el mundo después de la muerte? Cuando llegó a la biblioteca, Chisa había creído estar muerta, y si una biblioteca puede existir en esa estrecha grieta temporal, quizá el cielo y el infierno también existan. Quién sabe.
Pero ¿y si no hubiera nada más? Resultaría aterrador. Sería como cuando uno duerme profundamente. Chisa deseaba que no fuera así; esperaba que Sin Nombre y su esposa se reencontraran, vivieran en una casa maravillosa y fueran felices cada día. Sí, lo esperaba de todo corazón.
Una bola de papel voló y cayó sobre su mesa. «¿Por qué estás rezando?», decía el mensaje. Chisa se dio cuenta de que tenía las manos unidas en gesto de oración. Escribió de vuelta: «Bueno, siento lástima por el señor Sin Nombre y su esposa».
Otra bola de papel: «A mí también me da mucha lástima por ellos.
Es muy doloroso. Pero dentro de cien años nosotras también estaremos muertas».
Tenía razón, pensó Chisa, pero eso era otro asunto.
Escribió: «Aun así, la gente que dice querer morir parece vivir bastante tiempo.
¿No es injusto? Si tanto desean morir, ¿por qué no tienen preferencia y fallecen antes que quienes no lo desean? ».
Siguiente bola de papel: «Sí, es injusto». Sonrió al ver los caracteres de la palabra «injusto» perfectamente escritos. Volvió a asombrarle que Alice conociera esos kanjis tan complicados a pesar de ser todavía una estudiante de primaria.