4. La disputa entre Amargado y Sin Nombre #2
Chisa era consciente de que lo que había hecho era una temeridad, pero había una razón importante por la que quería evitar a toda costa que los dos chocaran contra la estantería, aunque eso significara tener que embestirlos.
Sin Nombre yacía boca abajo en el suelo, inmóvil, y se cubría el rostro con los brazos. Los hombros le temblaban ligeramente y los ojos se le habían llenado de lágrimas, pero parecía hacer lo imposible por reprimir el llanto.
Madame T se acercó a Sin Nombre y, casi en un susurro, le dijo:
—Nos merecemos una explicación de lo ocurrido. Si quiere, sírvase unas galletas.
Por fin, cesó el goteo de té provocado por la taza volcada en la mesa.
Chisa se preguntó si se habría lesionado en serio con la colisión. A pesar de lo mucho que le dolía todo, no tenía nada roto, ni siquiera un solo moretón. El dolor agudo, sin embargo, persistía en todo el cuerpo.
Mientras Chisa, Madame T, Alice y la Abuela volvían a la mesa del té, Amargado debió de salir volando, porque no se lo veía por ningún sitio. Sin Nombre acompañó a las cuatro mujeres, pero no tocó los dulces que Madame T le ofrecía.
—Verán. No soporto a la gente que dice tan a la ligera que se quiere morir. —Los ojos de Sin Nombre refulgían de dolor al hablar.
Tal vez sintiéndose culpable por llamarlo Sin Nombre, Madame T le preguntó:
—Disculpe, pero ¿podría decirnos cómo se llama o cómo le gustaría que lo llamáramos?
—Pueden seguir llamándome Sin Nombre, no se preocupen —respondió él, que curvó ligeramente hacia arriba las comisuras de los labios en una velada sonrisa.
Visto de cerca, tenía un rostro llamativo: cejas pobladas, ojos penetrantes, nariz chata y ancha, cuello exageradamente grueso.
El traje, sucio y gastado, parecía haberlo llevado puesto durante años, y no tenía, de ninguna manera, aire de empleado de empresa.
Su baja estatura, en combinación con una complexión robusta y musculosa, le otorgaba una imagen descompensada, extraña en cuanto a proporciones. Todo en él parecía desequilibrado.
Por un lado, Chisa sentía lástima por él; por otro, le daba miedo. Se fijó entonces en que llevaba una alianza. «¿Estará casado?», se preguntó.
El hombre debió de reparar en que Chisa se había quedado mirándolo, porque dijo:
—Con esta cara que tengo, doy miedo, ¿verdad?
¿Qué debía contestar Chisa? Responder que no sería una mentira y contestar que sí, una verdad hiriente, tal vez. Chisa optó por decir la verdad, aunque tuvo la delicadeza de impostar la voz, como si no quisiera decir lo que decía.
—Eh…, sí…
—Agradezco la sinceridad, ante todo —replicó él—, pero soy consciente de lo que soy. De pequeño, mis padres no dejaban de repetirme lo feo y desagradable que era, de modo que estoy acostumbrado.
Chisa se arrepintió de haber sido tan directa. Sin duda, debía poner fin a su mala costumbre de ser tan cruda en sus opiniones sobre los demás.
—La gente suele decir que la vida de una mujer puede cambiar según sea guapa o no —continuó Sin Nombre—, pero ¿no sucede lo mismo con los hombres?
Tener esta cara nunca me ha beneficiado en nada.
Una vez, en el colegio, me emparejaron con una chica para una tarea y ella rompió a llorar allí mismo.
Dicen que a los hombres se los debe juzgar por sus cualidades internas, pero eso es solo una mentira superficial.
En toda situación, los chicos guapos tienen ventaja.
Los hombres con una cara como la mía no llegan ni a la línea de salida…
Miren, por ejemplo, a ese chico que no para de decir que quiere morirse.
Es bastante guapo, ¿no? La gente que pasa a su lado ni siquiera lo mira mal a pesar de su aspecto andrajoso.
Bien pensado, Amargado tampoco estaba satisfecho con su propia apariencia. A menudo decía que quería morirse porque no le gustaba cómo le crecía la barba.
—La gente no aprecia lo que tiene ni entiende a quienes no tienen lo que ellos tienen.
—Los ojos de Sin Nombre eran penetrantes como los de un cocodrilo—.
Yo pensaba que lo importante está en el interior, así que me esforzaba en estudiar todos los días para sacar buenas notas.
Pero mientras algunos compañeros de clase obtenían buenas calificaciones con solo echar un vistazo al libro de texto, yo estudiaba y estudiaba, horas y más horas, y fracasaba estrepitosamente.
Me pasé toda la primaria y toda la secundaria en la última fila de la clase a pesar de lo mucho que trabajaba.
Nadie dijo nada. Una atmósfera opresiva flotaba en el aire.
—Y si me preguntan, al menos, si tengo visión para los negocios, les contestaré que no gano mucho.
No tengo talento, ni artístico ni de ningún tipo.
Había nacido predestinado al fracaso. Así lo veía yo.
Pero entonces sucedió una cosa… —El rostro duro de Sin Nombre se suavizó poco a poco—. Conocí a mi esposa.
Curiosamente, parecía haberse ruborizado. Antes de continuar, se frotó la nariz.
—Una noche encontré sus llaves por casualidad en la calle.
Estaban en un llavero de cuero rojo brillante.
Ella las buscaba por todas partes, desesperada.
Debieron de caérsele sin darse cuenta al sacar con prisas alguna cosa del bolso.
De entrada, dudé entre entregarlas en la comisaría más cercana y acercarme a ella y dárselas en mano.
El problema es que, con este aspecto que tengo, aproximarme a una mujer por la noche, en la calle, puede acabar fácilmente en una denuncia.
Madame T y Alice, inclinadas hacia delante, escuchaban con auténtica atención.
—¿Y qué pasó? —preguntó Alice.
—Pensé que no sucedería nada mientras no pudiera verme la cara, así que intenté ocultarla…
Sin Nombre alargó un brazo en una dirección y volvió el rostro hacia la contraria, de una manera similar a un corredor de relevos a la espera del testigo.
—Eh…, ¿qué hace usted? —preguntó Chisa.
—Así es como intenté mantener la cara a cubierto. Muy deprisa, le dije: «Oh, acabo de encontrar esto. Supongo que es suyo». Y se lo di.
—Pero ese comportamiento sí que es sospechoso —opinó Alice sin rodeos.
Chisa y Madame T asintieron con la cabeza.
—De lo más sospechoso —consideró Chisa.
—Sospechosísimo —ratificó Madame T.
Incluso la anciana escuchaba con perplejidad.
—Estaba muy contenta de haber encontrado las llaves y me dio las gracias de manera efusiva, pero le pareció raro que yo no me girara para mirarla de frente.
«Oiga, ¿le ocurre algo?», me dijo. Yo empecé a desesperarme y a sudar a mares.
Incluso la cara se me llenó de sudor y, probablemente, olía peor que un animal, pero no me quedó más remedio que darle alguna explicación de mi extraña actitud.
Le dije que siempre me habían dicho que mi cara daba miedo y que por eso había intentado no asustarla, sobre todo a esas altas horas de la noche.
Ella me dijo: «Déjeme al menos darle las gracias como es debido.
No vea de qué apuro me ha sacado al encontrar las llaves».
Yo pensé que, si insistía, debía aceptar.
«De acuerdo», dije antes de volver la cabeza hacia ella, aún con la mirada gacha.
Al levantar la vista, lo primero que vi fue su esbelto cuello.
El tono de voz de Sin Nombre se suavizó.
—Después descubrí su barbilla afilada y pensé: «¡Qué hermosa línea de barbilla!
». Y luego esa sonrisa… Y lo que entonces pensé fue: «Seguramente está forzando una sonrisa amable para disimular su desagrado al verme».
Era la primera vez que mantenía contacto visual con una mujer con una sonrisa tan dulce, por lo que se había activado mi mecanismo de defensa.
Madame T asintió con solemnidad.
—Imaginen mi sorpresa cuando me dijo: «Si no le importa, me gustaría invitarle a tomar algo como agradecimiento».
Al principio, intenté rechazar la invitación, pero ella insistió: «Tengo que darle las gracias de alguna manera», así que intercambiamos nuestros números de teléfono.
Hasta dudé si no me estarían tendiendo una trampa y estuve intranquilo hasta que llegó el día de la cita.
Una alarma sonaba todo el tiempo en mi cabeza y me repetía a mí mismo que no debía entusiasmarme demasiado con ella, que no me involucrara, que sería yo quien sufriría las consecuencias después.
Al final, decidí que al menos estaría bien conocerla.
Después de todo, si se trataba de una estafa, yo no tenía dinero ni pertenencias que pudieran robarme.
Me compré ropa nueva y también me corté el pelo, aunque lo único que conseguí fue que mi horrible cara quedara aún más al descubierto, lo que me hizo pensar en cancelar la cita.
—Y luego ¿qué pasó? —preguntó Alice, todavía más inclinada—. ¿Cómo fue la cita?
—Fui a cenar diciéndome a mí mismo que sería la primera y última vez que algo así me sucediera y que no podía ilusionarme ni sacar conclusiones injustificadas de aquella experiencia. No tenía por qué intentar aparentar lo que no era.
—¿Y bien? —preguntó Chisa.
—Como sospechaba que podía tratarse de algún tipo de estafa, le conté con franqueza las dificultades de ser empleado en una pequeña empresa y que, probablemente, mi sueldo no aumentaría en el futuro.
Quizá fue bueno ser yo mismo, mostrarme con naturalidad, porque la conversación fluyó bien.
Justo cuando pensaba que aquello quedaría como un buen recuerdo y nada más, me dijo: «Podríamos vernos otra vez».
Me asusté un poco y me pregunté en qué estaría pensando ella, si no sería una encerrona aún más grave de lo que yo había considerado, como algún delito relacionado con el seguro, el tráfico de órganos, un secuestro o algo similar.
—Qué historia tan interesante —comentó Chisa, ladeando la cabeza.
—Me dijo que le molestaban los moscones que revoloteaban a su alrededor, ansiosos por salir con ella, y que un hombre como yo era todo un alivio. Nos vimos un par de veces más y, finalmente, empezamos a salir en serio.