El gato negro y la biblioteca de los recuerdos 4. La disputa entre Amargado y Sin Nombre
61%

4. La disputa entre Amargado y Sin Nombre

La disputa entre Amargado y Sin Nombre

Después de que la princesa Yumi y Taa terminaran de escribir sus autobiografías y salieran de la biblioteca, todos permanecieron muy callados por un tiempo.

No parecía que tuviera que incorporarse por fuerza un nuevo usuario cada vez que alguien se marchaba.

Chisa desconocía los criterios de selección, pero cuando Sumikuro no estaba, imaginaba que se encontraría en el mundo exterior buscando nuevos candidatos a escritores de autobiografías, es decir, personas que respondieran sí a la pregunta: «¿Es este el peor día de tu vida? ».

Un día, un joven llegó a la biblioteca. Chisa, sabiéndose mayor, creía que estaría más versada que él en todos los aspectos de la vida, pero se equivocaba. Aquel joven era un tipo peculiar.

Tenía el pelo largo recogido y la barba descuidada. Llevaba gafas redondas a la moda, una camiseta desgastada y manchada de pintura, o algo parecido, y vaqueros rotos. Tenía una expresión de preocupación grabada en el rostro, con las cejas fruncidas en forma de uve invertida.

Iba diciendo frases del tipo «Me quiero morir», que acompañaba de un gruñido, como quien dice «Allá vamos».

Resultaba bastante inquietante. En un primer momento, a Madame T se le ocurrió apodarlo el Maestro Literario, pero Alice se opuso.

«¿Ahora resulta que los maestros literarios son un desastre andante? », protestó, y optaron por Amargado.

Para sorpresa de Chisa y de todos los demás, que escucharon furtivamente la conversación de bienvenida entre la bibliotecaria y Amargado, este repitió tantas veces «Me quiero morir», como si fuera una muletilla, que fue imposible contarlas.

Paradójicamente, siempre era el primero en llegar a la hora del té y comía con avidez, lo que provocó un frío comentario por parte de Alice: «No para de decir que se quiere morir, pero come muchísimo». Madame T la reprendió.

El uso de la palabra «muerte» tan a la ligera le resultaba ominoso a Chisa.

Ya fuera por una costumbre generacional o por cualquier otro motivo, a la menor adversidad, Amargado decía: «Me quiero morir».

Lo hacía con tal naturalidad que acababa dando la impresión de que le había copiado la expresión a un personaje de algún anime de moda.

Al principio, Madame T, imaginando que su pesimismo podría ser un síntoma de problemas profundos, escuchaba al chico con solícita atención, aunque pronto se descubrió que era tan solo eso, un amargado que echaba la culpa al mundo de su falta de éxito en las diversas actividades artísticas que practicaba: música, pintura, poesía y escritura.

Lamentaba su mala suerte y se quejaba de que, en última instancia, el éxito dependía del entorno familiar y de que era difícil para una persona común como él triunfar en el ámbito artístico.

De hecho, recurría con tanta frecuencia a expresiones luctuosas —«Me quiero morir», «Ojalá me muera», «Aunque me muera ahora mismo»— que Chisa sentía la tentación de ponerse a contar cada ocurrencia por diversión.

Cuando le preguntó: «¿Qué tipo de música te gusta entre tantos géneros que hay?

», no mencionó a ningún artista en activo, sino que enumeró grupos y cantantes como James Brown y The Velvet Underground, lo que le hizo a Chisa atisbar cierto esnobismo en su carácter.

Era como si se las estuviera dando de listo, como si le dijera: «¿Lo ves?

Soy todo un experto y tengo unas exigencias musicales elevadas».

A Amargado le gustaban los gatos. En cierta ocasión, mientras sostenía a Sumikuro en brazos y lo acariciaba, manifestó con impasible seriedad: «Por eso, cuando me preguntó: “¿Es este el peor día de tu vida?”, le contesté que sí sin dudarlo.

Aunque, si hubiera podido elegir, habría preferido ir al reino de los gatos en vez de a esta biblioteca.

Entre tanto gato, todo serían caricias». Sumikuro ronroneaba.

Ese mismo día, Chisa se llevó un pequeño sobresalto cuando sonó la caja de música.

La melodía que escuchó era diferente a la habitual.

A la sorpresa inicial le siguió el recuerdo de que el mecanismo de la caja incluía un disco intercambiable con la melodía grabada, según le explicó la bibliotecaria al mostrarle el interior del instrumento.

—¡Eh! ¡Ese tema lo he elegido yo! —anunció triunfante Amargado—. ¿No es genial? Es que… ¡menudo rollo eso de que siempre suene lo mismo! Así que le pedí a la bibliotecaria que le diera un poco de cambio al asunto y que me dejara elegir a mí.

Por lo demás, la hora del té auspiciada por Madame T transcurrió con la misma calma de costumbre.

El menú de ese día consistía en té negro dimbula con leche y galletas de chocolate.

Unos abundantes pedacitos de chocolate ligeramente amargo coronaban las fragantes galletas y las hacían deliciosas.

Justo al terminar su té, Amargado dejó caer el tenedor por accidente.

Al oír el tintineo del choque con el suelo, soltó su consabida frase: «¡Me quiero morir!».

Y en ese preciso instante…

¿Un oso?

No se suponía que hubiera osos en la biblioteca, pero una sombra se abalanzó sobre ellos con una ferocidad inusual.

Amargado y la sombra cayeron al suelo. Volcaron la silla con un estruendo tremendo y derramaron el té sobre la mesa y el suelo.

La anciana se quedó paralizada con una galleta en la boca, Alice gritó mientras se ponía de pie y Madame T se ubicó corriendo ante ellas en posición protectora.

Sumikuro huyó a la velocidad de un rayo negro.

No era un oso, sino el hombre del traje gris y la cara de pocos amigos. A aquel individuo, que siempre los miraba con tensa fijeza y nunca hablaba, alguien había empezado a llamarlo «Sin Nombre», y con ese apodo quedó bautizado. Sin Nombre agarró a Amargado del cuello y lo obligó a incorporarse.

—¡¿Qué?! ¡¿Qué está pasando aquí?! —gritó Amargado, presa del pánico, agitando los brazos con desesperación para protegerse la cara—. ¡Que alguien llame a la policía!

Además de respirar con dificultad, el rostro de Sin Nombre estaba rojo como un tomate y tenía los ojos inyectados en sangre. Apretó el puño derecho, como si estuviera dispuesto a golpear a Amargado en cualquier momento.

—¡No paras de decir que quieres morir! ¡Maldita sea! —le espetó con voz tensa, en un tono escalofriante y amenazador, cargado de intención asesina. Era evidente que hablaba en serio. En efecto, como decían los rumores, debía de tratarse de un fugitivo de la ley, como mínimo.

Saltaba a la vista que no había mucha policía allí a la que llamar. Solo estaban la anciana, Madame T, Alice y Chisa. Ni siquiera se hallaba presente la bibliotecaria, que siempre se ausentaba a la hora del té.

—¡Por favor, para! ¡La violencia está fuera de lugar! —Madame T intentó detenerlo con voz temblorosa, pero parecía que Sin Nombre no estaba dispuesto a escuchar.

—Bien, si tanto quieres morir, ¡te mataré ahora mismo! —amenazó sin rodeos.

A pesar de los intentos de Amargado, que se revolvía tratando de liberarse y escapar, Sin Nombre lo acorraló aún más. Lo hizo tropezar y perder el equilibrio con un violento empujón que le dio con todas sus fuerzas.

Chisa comprendió lo que Sin Nombre se proponía. A empujones, lo estaba llevando hacia una estantería con la intención de que ambos se estrellaran contra ella.

La regla número dos de la biblioteca era no dañar los libros.

Además de alto, Amargado era extremadamente delgado.

Aunque no debía pesar mucho, si dos hombres se estrellaran contra una estantería, esta se derrumbaría y se rompería, aplastando con ella los libros.

Si esto sucediera, la bibliotecaria se pondría hecha una furia, incluso durante su rato de descanso.

Tanto Amargado como Sin Nombre tendrían que vérselas con ella y su afición a pisar sombras.

—¡Alto! —gritó Madame T—. ¡Bibliotecaria! ¡Bibliotecaria! ¡Venga aquí! ¡Rápido! ¡Detenga a estos dos!

Chisa observaba y trataba de calcular la velocidad a la que los dos hombres se aproximaban a la librería.

Se le estaba ocurriendo una idea arriesgada.

Años atrás, en la clase de gimnasia del instituto, había jugado al rugby.

Al principio no le entusiasmaba demasiado, pero el profesor, que llevaba mucho tiempo practicando ese deporte, mostró interés en que ella se uniera al equipo.

«Tienes la espalda fuerte, Umino. Muy bien ese placaje».

Tenía muy presente el elogio de aquel profesor y ahora se disponía a apostarlo todo a ese cumplido.

Chisa se inclinó hacia delante, cargó las fuerzas en los hombros y corrió hacia los dos hombres enzarzados.

Cuarenta centímetros, treinta centímetros, veinte centímetros hasta la estantería… El sonido se desvaneció.

—¡Cuidado! —gritó Alice.

Chisa bajó el centro de gravedad de su cuerpo, tensó los hombros, apretó los dientes y, con todas sus fuerzas, se lanzó hacia Sin Nombre y Amargado, como si no le importara que se le rompieran los huesos en el choque.

Un instante después, se encontraba tirada en el suelo, la frente estampada contra el entarimado y el cuerpo lastimado por el impacto, sobre todo los hombros y las piernas. El más leve movimiento al tratar de volver la cabeza para ver qué había pasado le provocó una punzada de dolor.

Los hombres también habían aterrizado en el suelo y, por fortuna, la librería no había sufrido ningún daño.

Madame T y Alice ayudaron a Chisa a levantarse. La anciana también se acercó, apoyándose en su bastón.

—¿Estás bien? Pelear es malo —dijo.

—¿Qué le pasa a este? ¿Qué mosca le ha picado? ¿Y dónde está la policía? ¡Que venga la policía a detener a este loco! —gritaba Amargado, aterrorizado.

Se parapetó detrás de Madame T, usándola como escudo.

—Chisa, no pareces muy atlética. Más te valdría no cometer imprudencias —refunfuñó Alice mientras la ayudaba a sentarse—. ¿Te has hecho daño?