3. La historia de la princesa Yumi #5
La mirada angustiosa en sus ojos, obligada a mentir para no descubrirme ante mis compañeros de trabajo, me rompió el corazón.
Quizá hubiera sido mejor que me delatara, que hubiera dicho: «Todo es una gran mentira», porque así habría puesto fin a la farsa.
Había tanta lástima en sus ojos, una pena tan profunda…
Sentí náuseas y me levanté para ir al baño. Fue entonces cuando vi un gato en el pasillo. Como detesto a los gatos, estuve a punto de pegarle un grito para que se largara de allí. Antes de que me diera tiempo a hacerlo, el felino me preguntó: «¿Es este el peor día de tu vida?».
La tarea de escribir sobre sí misma, sobre su vida, debió de ser dolorosa para la princesa Yumi.
Las mentiras son como imágenes generadas por inteligencia artificial; solo muestran una superficie descarnada.
¿Cómo escribir una autobiografía cuando la propia existencia es una gran mentira?
La princesa Yumi debió de verse obligada a confrontar su pasado, a rememorar la cruenta verdad de las palizas de su padre y de las veces en que la vida se había ensañado con ella y le había dado la espalda.
Y entonces apareció él, Taa, obediente y solícito ante todo lo que ella le propusiera o le pidiera.
Yumi jamás se había encontrado con nadie igual; solo conocía el rechazo de sus padres y de todos, y sus días estaban hechos de desamparo y desprecio.
Taa, sin embargo, siempre estuvo a su lado, siempre tuvo fe en ella.
Puede decirse que he sido feliz junto a él.
Al leer esto, Chisa contuvo la respiración.
Solo deseaba quedarme aquí para siempre, junto a ti, pero mantenerte atado a mí de esa manera, encerrado a tus veintiséis años, sería como matarte.
Estoy segura de que serás feliz aunque yo salga de aquí y nos separemos.
No puedo devolverte lo que me has dado, pero a cambio te devolveré tu libertad.
Sal tú también y vive una vida maravillosa.
Si alguna vez volvemos a encontrarnos fuera de la biblioteca, vivamos juntos.
Lo que creé aquí fue un reino de arena, un reino frágil que se desmorona como si nada.
Pero jamás olvidaré haber compartido mi vida contigo aquí dentro.
Gracias de corazón.
Te quiero.
Chisa se quedó paralizada. Había dado por sentado que la princesa Yumi era una mujer terrible por marcharse sin decir nada. Sin embargo, resultaba que Taa y la princesa Yumi se querían de verdad.
A partir de entonces, Taa continuó trabajando en su autobiografía sin quedarse dormido de manera intempestiva, y cada vez que llegaba la hora del té, rechazaba la invitación de Madame T diciendo: «Lo siento, estoy en medio de algo agradable, ¡quizá en otro momento!
». Y hasta llegó a un punto en el que Alice se preocupó: «Si no te tomas un descanso de vez en cuando, vas a quemarte y a convertirte en ceniza blanca».
Y por fin llegó el momento del adiós. Taa se iba y el grupo de la hora del té se reunió para despedirlo.
Sus rasgos faciales seguían siendo los mismos y su estilo aún era cuestionable, pero su mirada era más firme, un detalle que le daba un aspecto del todo distinto.
Sumikuro estaba allí, sentado con las patas delanteras juntas.
También había acudido a la despedida. Todo estaba sucediendo igual que con la marcha de la princesa Yumi.
De hecho, la presencia de Sumikuro no debía ser una mera coincidencia; había sido él quien había llevado a Taa a la biblioteca y parecía tener la intención de despedirse como era debido.
—Muchas gracias a todos.
—¿Vas a buscar a la princesa Yumi? —preguntó Chisa, todavía sorprendida por la juventud de Taa y los más de diez años que separaban a la pareja.
—¡Por supuesto! —Los ojos de Taa brillaban—. ¿Cómo no iba a hacerlo? La buscaré desde el primer instante y la encontraré.
Madame T le entregó una bolsa que debía contener un regalo de despedida.
—Te he envuelto unas galletas de la hora del té. Espero que puedas pasarlas al otro lado de la puerta.
—Mejor, comámoslas ahora —dijo cuando ya estaba abriendo la bolsa y echando mano de las galletas, que masticó con fruición—. ¡Qué ricas!
—Taa, déjame ver la mano —dijo de pronto Alice. Le tomó la mano y escribió unas palabras en el dorso con un rotulador: «Soy súbdito de la princesa Yumi»—. No te olvides, ¿eh?
—¿Conoces los caracteres de la palabra «súbdito»? —dijo Chisa, expresando su admiración.
—Con poco que lea una, creo que debe conocerlos —replicó ella con modesta seriedad.
—«Súbdito» —leyó Taa, y sonrió por un instante—. El súbdito se dispone a rendir visita a la princesa Yumi —dijo mientras giraba el pomo traslúcido de la puerta para abrirla.
Antes de atravesarla, se volvió una vez. Su rostro, cubierto de sudor, denotaba un cierto nerviosismo, no exento de indudable encanto.
—Hasta la vista —dijo antes de cruzar la puerta traslúcida, cuyo marco dorado empezó a parpadear y a desvanecerse apenas hubo él atravesado el umbral.
Todavía dispusieron de unos segundos para ver alejarse a Taa. Avanzaba con determinación. Las líneas del marco se replegaron y la puerta desapareció como una pompa de jabón al explotar.
Chisa pensó que el Taa que acababa de pasar al otro lado seguiría caminando, con la mirada firme, hacia delante.