3. La historia de la princesa Yumi #4
—Todos intentamos detenerla, pero… —añadió Madame T.
A Taa le flojearon las piernas y se desplomó de rodillas en el suelo.
—¡Taa! ¿Estás bien?
Taa había enmudecido y tenía la mirada perdida en el vacío. Parecía que ya ni siquiera podía mantenerse de rodillas y terminó apoyándose con las manos, a cuatro patas.
Madame T soltó un profundo suspiro.
—Lamento decir esto, Taa, pero me temo que la princesa Yumi no estaba siendo sincera contigo. Es más, creo que todo lo que te decía era, de hecho, mentira y que te habías enamorado de ella sin conocer su verdadera personalidad. Es doloroso reconocerlo, pero todo era una farsa…
—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Sabía desde hace mucho tiempo que nada de eso podía ser verdad! —Unas gruesas lágrimas caían al suelo, entre las manos de Taa—. Pero, incluso si era mentira, no me importaba. Quería vivir ese sueño con mi princesa Yumi, aunque estuviera hecho de mentiras.
Tras llorar durante un buen rato, Taa recobró las energías suficientes para animarse a contar su historia, poco a poco.
Resultó que, un cierto día, cuando viajaba en un tren de cercanías, lo acusaron de ser un pervertido.
Por supuesto, él no tenía ni idea de a qué venía aquello.
Es verdad que se encontraba cerca de una mujer, pero el culpable fue otro hombre que se había escabullido aprovechando la confusión.
Por más que defendió su inocencia, nadie lo creyó.
Taa se ponía nervioso cerca de las mujeres y sus movimientos se volvían torpes.
Su aspecto desmañado y la tosquedad de sus gestos solo contribuían a hacerlo más sospechoso a los ojos de los demás.
Lo echaron del trabajo, y sus padres se llevaron una decepción tan grande que dejaron de hablarle. No quedaba nadie que lo creyera.
Y justo cuando pensaba que ya todo daba igual y que nada importaba, un gato negro se interpuso en su camino.
A la princesa Yumi también le contó el desafortunado incidente, en el que él era inocente.
«Te creo. Sé que no harías nada así. Has nacido para ser súbdito de la princesa Yumi y sé que ni se te habría pasado por la cabeza tocar a otra mujer», replicó ella.
Las palabras de la princesa Yumi resonaron en lo más hondo del pecho de Taa, alumbraron de pronto su vida y se convirtieron en su asidero, su íntimo tesoro.
Cuando la caja de música volvió a emitir una nueva sucesión de notas que anunciaban el final de la hora del té, la bibliotecaria cogió un libro, el que la princesa Yumi le había entregado con su autobiografía. El título era El reino de arena .
La cubierta mostraba una fotografía de una playa con un castillo de arena iluminado por la puesta de sol.
El título estaba escrito en vertical en letras blancas, con una tipografía sutil y bien integrada en la portada.
Sabida la afición de la princesa Yumi por las marcas de lujo, habría sido de esperar una portada más llamativa y ornamentada, con pan de oro o un realce similar.
Para sorpresa de todos, desprendía un aire bastante melancólico.
La bibliotecaria le entregó el libro a Taa.
—Aquí tiene. El nombre de la persona a quien uno desea entregar su autobiografía para una primera lectura, en caso de haberlo, debe anotarse al principio, a modo de dedicatoria.
«¿Dedicatoria?», se preguntó Chisa. En efecto, recordó que en las primeras páginas de muchos libros occidentales suele encontrarse escrito un «Dedicado a», seguido del nombre de la persona destinataria de la dedicatoria.
Entre sollozos compungidos, Taa tomó el libro, volvió a la mesa y comenzó a leerlo. Su llanto cesó al fin y continuó inmerso en la lectura durante un buen rato, sin caer dormido.
Poco después, la autobiografía de la princesa Yumi, El reino de arena , llegó a manos de Chisa. Taa se la había entregado a Madame T, pidiéndole que la leyera y la hiciera circular entre los presentes. Por este motivo, Chisa se disponía a leerla en ese momento.
Al abrir el volumen, bastante grueso, encontró un mensaje escrito a mano con una letra redonda y algo infantil: «Dedicado a Taa». Al hojear las páginas, Chisa descubrió garabateados aquí y allá unos símbolos parecidos a los emojis.
Pensaba que no tenía tiempo para la autobiografía de los demás, sobre todo porque ya tenía bastante con la suya propia y tampoco estaba demasiado acostumbrada a la lectura, pero, una vez que empezó, se encontró leyendo con soltura y fluidez.
Cuando mi padre bebe, al principio está de buen humor.
Pero nunca se conforma con una copa. Mi primer recuerdo es de él dándome una bofetada, simplemente al pasar a mi lado.
Mi padre a menudo me pegaba con todas sus fuerzas.
Entonces me zumbaba la cabeza y luego llegaban un enrojecimiento palpitante y un dolor intenso.
Me venía a la boca un sabor a hierro. Recuerdo el sabor de la sangre.
Cuando le dolían las manos, me pegaba con una vara de bambú.
No practicaba kendo ni nada parecido; era un palo que compró para azotarnos a nosotros, a su familia.
Cuando me pegaba, me imaginaba volando muy lejos.
Yo, una pobre niña, volaba hasta el cielo.
Así, mi verdadero yo no sentía dolor porque se quedaba con la pobre niña.
Ella se llevaba consigo todo el dolor y la tristeza.
Había descripciones de su día a día con la presencia sombría de ese padre alcohólico y violento, en un ambiente familiar terrible.
La princesa Yumi se veía obligada a mantener el ojo avizor ante el nivel de consumo de alcohol de su padre.
Le iba la vida en ello. Y cada vez que la golpeaba, huía con la imaginación a algún lugar para protegerse.
«Mi papá es rico y me compra todo lo que le pido», decía en voz alta.
Y sentía felicidad porque sonaba un poco cierto.
«Todas esas puertas corredizas rotas y los agujeros en las paredes que veo ahora son mentira; tengo un papá rico que está de viaje de negocios en el extranjero, pero pronto volverá con un montón de regalos.
¿Qué tipo de regalos? ¿Un peluche bonito?
¿Unos collares brillantes? ¿Unos chocolates que se derriten en la boca? ».
Ahora mismo estoy soñando con una niña pobre, golpeada y cubierta de moratones. Estoy harta de esto; ojalá despierte pronto.
La princesa Yumi no mentía para salvar las apariencias, sino para proteger su identidad. Si no reforzaba su autoestima con fantasías, sabía que se derrumbaría; su yo se desinflaría como un globo. Esos ensueños eran los pilares de su supervivencia.
Según leyó Chisa, la princesa Yumi estudió con ahínco con la esperanza de matricularse en la universidad y así escapar de la convulsión del hogar.
El dinero que ahorró con tanto esfuerzo trabajando a tiempo parcial en diversos lugares lo dilapidó su padre en alcohol, y su sueño de ir a la universidad quedó hecho añicos.
Había tratado de transformar sus fantasías en realidad, pero la brecha entre ambas no hizo más que crecer.
Al final, a su padre, borracho, lo atropelló un coche al cruzar una calle de noche, y ella no dudó un instante en gastar todo el dinero del seguro en joyas y bolsos, sin esperar ni un solo día.
La princesa Yumi imaginó que su progenitor se había convertido por fin en un padre verdadero y que la animaba a hacer realidad sus sueños.
Al entrar en las tiendas de lujo, la gente me miraba raro, supongo que por mi ropa vulgar y gastada, pero cuando salía del probador con unas cuantas prendas y decía: «Me llevo todo esto», de repente todos se volvían muy amables.
Me encantaban las tiendas de marcas de lujo, con tantas sonrisas y tantos halagos.
Me ofrecían té y, cuando me iba, salían a la puerta para despedirse con una profunda reverencia.
Mi padre se estaba transformando poco a poco en ropa, joyas y bolsos de alta gama.
La princesa Yumi se casó a los diecinueve años, pero el matrimonio se rompió y terminó en divorcio.
En aquel momento, tenía cuarenta años y dos hijos.
A Chisa le sorprendió aquel dato. ¡Parecía tan joven!
Yumi escribió que se casó con la esperanza de ser feliz, pero como la única figura masculina de su entorno cercano era un padre abusivo, siempre terminaba enamorándose de hombres que se parecían a él.
Su esposo la maltrató de la misma manera.
Escribió que nunca vendió las joyas que compró con el dinero del seguro de vida de su padre, ni siquiera cuando atravesó serias dificultades económicas.
Lo que hizo fue esconderlas en un armario trastero del techo.
No sé cómo es una familia de verdad; no tengo ni idea de lo que debo hacer, de qué es lo correcto. Voy por la vida como quien intenta cocinar platos de una gastronomía que desconoce, de un país en el que nunca ha estado.
Al parecer, la princesa Yumi estaba convencida al principio de que el paso por la biblioteca era un castigo, una penitencia por todas las mentiras que había dicho.
Un día, una antigua compañera de primaria se presentó, sin previo aviso y por casualidad, en el lugar donde yo trabajaba a tiempo parcial.
En cuanto dijo que ella y yo habíamos ido a la misma clase, todos la asediaron con preguntas: «¿Es cierto que Yumi tiene una casa de campo en Europa?
», «¿Es verdad que su padre es riquísimo?
», «¿Cómo la descubrieron para que trabajara como modelo?
». Mi antigua compañera de clase, apurada, me miró antes de contestar: «Creo que es verdad, aunque no conozco los detalles… ».