3. La historia de la princesa Yumi #3
Hasta ese momento, había observado con recelo aquella acumulación de autobiografías en la biblioteca.
¿No era absurdo crear un fondo bibliográfico compuesto tan solo por historias personales?
Pero ahora comprendía que esa era una pregunta equivocada, que el sentido de los relatos era estrictamente personal: satisfacer a quien los escribía.
Agradar al lector no era el propósito primigenio; tampoco sorprenderlo con una trama elaborada que condujera a un desenlace inesperado.
Nada de eso. Solo necesitaba una pluma, un bolígrafo o un lápiz y papel de su agrado para plasmar los pensamientos, recuerdos e ideas a su antojo.
Al reparar en ello, Chisa experimentó un gran alivio.
Por supuesto, la situación —objetivamente hablando— no había cambiado en absoluto, y aún albergaba resentimiento hacia Tachibana y Yoshiki, pero ya notaba cómo la rabia acumulada en su interior empezaba a disiparse un poco más con cada línea escrita.
«Bien, seguiré maldiciéndolos», pensó.
Visto por el lado bueno, peor habría sido enterarse de la traición una vez casada.
Si esos dos hubieran seguido viéndose en secreto después de la boda de Yoshiki y Chisa, el dolor que hubiera tenido que soportar habría sido infinitamente mayor, pensó, asombrada de encontrar algo positivo en el lodazal de su vida.
Tal vez se trataba de su corazón maltrecho, que accionaba un mecanismo de supervivencia.
De pronto, escuchó un sonido áspero y grave que provenía de delante, y resultó ser el ronquido habitual de Taa, que dormía como un tronco. Junto a él, la princesa Yumi escribía con verdadero afán, quizá una carta dirigida a su amado Taa. Qué dulce por su parte, si se trataba efectivamente de eso.
Chisa había estado tan concentrada en escribir sus sentimientos que había perdido por completo la noción del tiempo. De todos modos, allí no parecía que el tiempo transcurriera con normalidad, así que esa pérdida tal vez solo era una ilusión.
Tras un breve descanso, la princesa Yumi se puso en pie con un libro entre las manos. Alice también la observaba, y Madame T, por su parte, levantó la cabeza.
—Lo he terminado —anunció Yumi a la bibliotecaria. Su voz no tenía el tono dulce de siempre; sonó fría.
Alice se sorprendió tanto que casi se levantó de la silla, y Madame T, que había abandonado su tarea, escudriñaba con la mirada a la princesa.
—Gracias. Permítame echar un vistazo —dijo la bibliotecaria con solemnidad.
Leyó con atención la primera página y fue aumentando poco a poco el ritmo de lectura a medida que pasaba las páginas. Las hojeaba tan rápido como si estuviera abanicándose. Hacia el final, redujo la velocidad y, por fin, cerró el librito de golpe antes de asentir una sola vez.
—Muy bien. Hago acopio de su autobiografía. Ahora, por favor, ponga el título aquí —dijo, y la princesa Yumi escribió el título en un papel.
La bibliotecaria alargó la mano hacia el espacio vacío frente al mostrador e hizo el gesto de girar el pomo de una puerta.
En un instante, apareció en el aire una línea dorada que trazó el contorno de una puerta que no debería estar allí, un rectángulo transparente con un fino marco dorado que brillaba a la luz.
Aunque invisible a la vista, parecía tener una presencia real.
Se sentía una ligera brisa más allá, una neblina que flotaba en el aire y oscurecía lo que había detrás.
—Gracias por todo —dijo la princesa Yumi. Dirigió una reverencia a la bibliotecaria y agarró el pomo como dispuesta a atravesar la puerta.
Una voz aguda lanzó un grito a su espaldas.
—¡Espere, princesa Yumi!
Era Madame T, que se había levantado de su asiento y caminaba hacia la aludida.
Sin dejarse intimidar por la presencia de la bibliotecaria ni por la materialización sobrenatural de la puerta, Madame T parecía dispuesta a aclarar de inmediato algún asunto pendiente.
Alice se apresuró a seguirla, y Chisa también.
Madame T lanzó a la princesa Yumi una mirada fulminante. Se había puesto incluso pálida de ira.
—¡Eh, tú! Por muy moderna que te creas, no puedes irte así, sin más, sin siquiera avisar a tu pareja. ¿No entiendes lo triste que va a ponerse cuando se vea solo más tarde? Como mínimo, deberías despertarlo y hablar con él ahora mismo. ¡Vamos! —le recriminó.
En su sueño, ajeno a lo que ocurría, Taa seguía roncando plácidamente.
—¿Qué importa? En cuanto salgamos de aquí, lo olvidaremos todo, ¿no? —argumentó la princesa Yumi.
—¿Qué importa, dices? —Madame T frunció el ceño y sacudió la cabeza—. Pero con lo unidos que estáis…
—Estaba aburrida. Era solo para matar el tiempo —dijo, reprimiendo un bostezo.
—¿Y qué se supone que debemos decirle a Taa después? ¿Que su novia se ha largado y ya no está aquí? Él sueña con pasar el resto de su vida aquí contigo. ¿No deberías despertarlo y decírselo ahora? Espera, voy a despertarlo para que puedas despedirte como es debido.
—Ni hablar —rechazó ella, echándose hacia atrás el cabello descolorido—. Menudo fastidio si llora o intenta detenerme.
—¿Es que no tienes corazón? —murmuró Alice, que se acercó a Taa y, ante él, levantó la mano, en un gesto de ir a darle una palmadita en la espalda para despertarlo.
Madame T asintió con la cabeza.
—El sufrimiento de Taa no me incumbe —aseveró la princesa.
Madame T dejó escapar un profundo suspiro y miró a Taa, que seguía roncando tan tranquilo.
Los labios de la princesa Yumi dibujaban una sonrisa gélida.
—Taa no da más que problemas —prosiguió—. Si se entera de que me voy, no solo llorará y gritará, sino que también arremeterá contra todo lo que encuentre a su alrededor.
La bibliotecaria, con el libro bajo el brazo, no decía nada. Su rostro permanecía impasible, esperando el momento de la partida de la princesa Yumi.
Chisa extendió la mano hacia la puerta, cuya existencia dudaba.
Sus dedos rozaron un objeto duro y transparente, que parecía metálico, frío y herméticamente sellado.
Se preguntó si debía aprovechar ese momento para abrirse paso a la fuerza y atravesar la puerta, pero luego temió quedar atrapada para siempre en aquella niebla que se vislumbraba al otro lado.
Eso sería terrible, así que decidió no cruzar el umbral.
De reojo, reparó en una sombra negra. Era Sumikuro, que, desde la distancia, observaba la puerta y a la princesa Yumi.
—Adiós a todos —dijo ella, decidida a marcharse sin decirle nada a Taa.
—¡Espera!
Chisa no tenía intención de intervenir, pero, casi sin querer, se encontró saliendo al paso de la princesa Yumi.
—A pesar de todo, avisa a Taa, te lo ruego —dijo—. Imagina lo doloroso que será para él encontrarse aquí solo, de repente.
¿Era mejor que Yumi se fuera sin decir ni mu y diera por acabada la relación de un tajo, sin el más mínimo aviso, o era mejor hacérselo saber, tal vez postrándose dolorosamente ante él?
De cualquier manera, desaparecer sin decir nada era una forma de humillar a la otra persona.
Un buen amigo —o un prometido— que desaparece inesperadamente, sin avisar, dejará un dolor profundo en el otro, que no comprenderá lo sucedido, las verdaderas intenciones ni los motivos que puedan haber motivado tan drástica acción.
Cuando vio a Tachibana y a Yoshiki arrodillados ante ella, Chisa al menos comprendió con claridad lo que había ocurrido, el final ineludible y sin retorno.
Un final claro y nítido es necesario para que ese dolor no siga ocupando un lugar en el corazón para siempre. El dolor aún persistía para Chisa, pero presentía que algún día se disolvería y se convertiría en cosa del pasado.
Por eso, deseaba que la historia de Taa también tuviera un final digno. Al menos, saber que ese fue el punto álgido de su sufrimiento le daría a Taa una oportunidad de recuperación, por muy doloroso que fuera.
—Te ruego que… —insistía Chisa cuando una voz resonó a su espalda.
—¡Princesa Yumi!
Era Taa. Todos se volvieron para mirarlo, incluidos la anciana y el hombre siniestro del traje gris. Ajeno a todo lo que sucedía, Taa cambió de postura y, aún recostado sobre la mesa, continuó durmiendo. Los ronquidos se reanudaron enseguida; había hablado en sueños.
—Es casi la hora —apremió la bibliotecaria en voz baja.
La princesa Yumi miró a Chisa, luego se volvió para echar un rápido vistazo a Taa y, a continuación, desapareció por la puerta.
Una vez que dio el paso, no miró atrás. Las líneas doradas que formaban el marco de la salida se replegaron y se convirtieron en una sola raya. La puerta se cerró con un suave golpe. En un momento, no quedó ni rastro de ella.
Chisa extendió la mano hacia donde había estado, pero sus dedos no tocaron nada ni notaron ningún cambio de temperatura.
Madame T sacudió la cabeza y volvió a su asiento. Solo se oían los ronquidos de Taa.
La caja de música no tardó en sonar, marcando el comienzo de una nueva hora del té.
Taa se desperezó y dejó escapar un ruidoso bostezo, seguido de un gemido.
Chisa se esforzó por no mirarlo a los ojos, pero no pudo evitarlo.
Ya parecía haberse dado cuenta de que su princesa Yumi no estaba a su lado al despertar, y se quedó sentado, mirando a su alrededor.
Por fin se levantó, giró la cabeza a un lado y a otro con creciente nerviosismo y empezó a caminar. Era obvio que buscaba a Yumi.
«Ay, que no venga hacia nosotras», deseó Chisa, pero Taa puso rumbo a la mesa del té.
—Disculpad, ¿habéis visto a la princesa Yumi?
Chisa se quedó muda, con la vista fija en el borde del plato que tenía delante. Nadie dijo nada.
—Qué raro… —murmuró Taa, que volvió a recorrer con la mirada el espacio circundante.
Al verlo de espaldas, Chisa sintió la necesidad imperiosa de confesarle lo que había pasado. ¿Acaso le beneficiaría que todos fingieran no saber nada? ¿Sería más feliz, a largo plazo, si le decían la verdad? No lo sabía con certeza, pero Chisa ya no podía soportar el silencio.
—Esto…, Taa —lo llamó por la espalda—. Verás, la princesa Yumi…
Se lo contó. Taa iba palideciendo a medida que la escuchaba.