El gato negro y la biblioteca de los recuerdos 3. La historia de la princesa Yumi #2
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3. La historia de la princesa Yumi #2

Pensó en borrar esa línea, pero cuanto más escribiera, antes terminaría, así que se limitó a tacharla y escribir a continuación:

Si la vida fuera una historia, la de Reiko, la niña más inteligente de la clase, sería un cuento de ascenso imparable al éxito, y la de Yoshio, el bromista de la clase, que de mayor se hizo detective, sería una de esas series de televisión detectivescas, emocionante e interesante.

No como la mía, la de una empleada común y corriente en una empresa del montón.

En una historia ambientada en una escuela, Chisa sería la típica compañera de clase, el clásico personaje secundario que dice cosas graciosas para animar y hacer reír al protagonista cuando este se mete en un lío.

Sin embargo, para la autobiografía que debía escribir, Chisa tenía que verse a sí misma como la protagonista de su propia historia…

La protagonista… Chisa continuó dándole vueltas a aquella idea.

Bien pensado, incluso la persona más común podía convertirse de repente en el protagonista de una historia.

El amor…

Si el amor es correspondido, será una historia de amor feliz; si no, puede convertirse en un drama romántico. El rechazo puede llevar a la tragedia. Y si uno persigue obsesivamente al otro, la historia se transformará en un thriller.

«¿Y en mi caso…?», se preguntaba Chisa cuando, sin esperarlo, un torrente de recuerdos le inundó la mente.

Se llevó las manos a la frente. «Ya pasó todo, ya pasó», trató de repetirse.

Pero no pudo evitar el recuerdo del viaje que había realizado con Yoshiki hacía dos veranos.

Lo pasaron muy bien juntos: encendieron bengalas en la playa y contemplaron cómo su luz era absorbida con rapidez por la oscuridad circundante del mar.

Deseó poder estar así, junto a él, para siempre.

Si pudiera volver atrás en el tiempo para escribir su autobiografía, retrocedería dos años y empezaría a partir de entonces.

Así, su vida seguiría otro rumbo y no tendría que lamentar el giro que había tomado justo antes de su boda…

Maldita sea…

Aunque pudiera retroceder dos años en el tiempo, probablemente no funcionaría, reconsideró Chisa.

Su vida se había cruzado con la de Yoshiki y habían coincidido por un tiempo, pero, si ella fuera de verdad irremplazable, él no habría cedido ni ante la mujer más guapa del mundo.

Debía aceptarlo: era tan prescindible como la ropa favorita de cada estación.

Chisa no era de las que llamaban especialmente la atención, y tal vez por ese detalle acabó enamorándose de un chico como Yoshiki, de atractivo similar. Le fascinaban ese flequillo alborotado, a propósito o por dejadez, y sus sencillas gafas de montura negra de un gusto impecable.

Pese a no ser el más popular de los chicos por su atractivo físico, las chicas solían tener una opinión positiva de él.

«Yoshiki es genial» o «se porta muy bien con todo el mundo», decían.

En las barbacoas con amigos del club de tenis de la universidad, él era de los que se encargaban de las tareas más engorrosas, como lavar la parrilla, y Chisa siempre había compartido la idea de que era un muchacho estupendo.

Si bien tenía fama de ser un poco simple, todo el mundo lo consideraba de confianza.

Después de la graduación, sus vidas tomaron sendas distintas, pero en cuanto se incorporaron al mercado laboral, Chisa y Yoshiki retomaron el contacto a través de las redes sociales y, casualmente, resultó que vivían cerca.

Empezaron a verse en los días libres y hasta su mejor amiga del instituto, Tachibana, se mostró contenta de que Yoshiki y Chisa hubieran empezado a salir.

Haciendo honor al significado de su nombre, ligado al arte floral, Tachibana era una chica muy vistosa, a la que nadie dudaría en calificar de auténtica belleza.

Puesto que ella y Chisa cursaban estudios en universidades diferentes, cada una se enteraba de todo lo que tuviera que ver con la otra a través de las redes.

Tachibana siempre andaba saliendo con alguien, que solía ser justo el chico más popular y guapo de su club universitario, y antes de romper, ya tenía a algún otro en el punto de mira.

En lo que duraba cada relación, se sucedían las discusiones bajo la lluvia, los portazos airados al apearse del coche en una calle oscura, las infidelidades de él descubiertas por ella, las visitas en medio de temporales de nieve y con todos los trenes fuera de servicio, los lanzamientos de anillo a las aguas del océano y las bofetadas recibidas y devueltas…

Un drama constante, un incidente tras otro…

Y ella, Chisa, tenía que escuchar las quejas de su amiga, entre lágrimas, hasta el amanecer: una vida repleta de bandazos y embates.

Chisa se preguntaba, llena de curiosidad, qué le depararía el futuro más cercano a Tachibana, así que, cuando anunció que se casaba, a la sorpresa le siguió el alivio de pensar que por fin sentaría la cabeza.

Chisa recordaba una animada actuación ofrecida por los amigos del novio y también la patética exhibición de músculos que tuvo lugar, en un cierto quiebro coreográfico, cuando todos a una se quitaron la camisa y los pantalones y se quedaron solo con unos bóxeres ajustados.

El novio se moría de la risa mientras Chisa pensaba que nunca querría tener nada que ver con semejante tipo de gente.

El esposo de Tachibana trabajaba en una empresa de comercio exterior y era extremadamente bueno en su puesto.

Había oído que era un poco brusco y abusivo, pero no creía que fuera nada grave.

Tachibana publicaba en las redes sociales fotos de lo que le había comprado, a menudo joyas y bolsos relucientes, así como de sus viajes al extranjero en cruceros de lujo.

Las historias turbulentas de la gente pueden resultar fascinantes, siempre y cuando no lo arrastren a uno.

La ruptura del compromiso de Chisa había sido traumática, pero el divorcio que Tachibana había iniciado no iba a ser menos convulso.

Era cuestión de tiempo. Su esposo no iba a quedarse callado.

Probablemente, fue una suerte que no llegaran a tener hijos; al menos las heridas que los dos adultos se estaban infligiendo no se replicarían en ningún niño.

La historia de Tachibana, si la hubiera, diría algo así: «Incapaz de soportar el abuso emocional de su marido, busca consejo y cobijo en los brazos del prometido de su mejor amiga. Sabe que está mal, pero no puede evitarlo, y ese amor imperdonable la llevará a…».

«Echa el freno, Chisa», pensó, notando que la cólera se le subía a la cabeza.

Siempre le había gustado lo alegre y leal que era Tachibana.

Pero ¿cómo se atrevía ella, que había vivido toda su vida interpretando un papel protagonista, a arrebatarle el novio a su mejor amiga, cuando ya se habían comprometido y afrontaban el futuro llenos de ilusión?

Acostumbrada a salir con hombres ambiciosos —su exmarido incluido—, ni siquiera había reparado en Yoshiki cuando lo conoció.

¿Cuánto tiempo pensaban seguir fingiendo ser los protagonistas de un drama, arrodillándose juntos ante ella?

Era la primera vez que veía a alguien postrarse así en la vida real; las manos tocando el suelo en un leve ángulo, la genuflexión como de ejercicio gimnástico y el aire de pasmo, desde el punto de vista superior de Chisa.

La ritual exposición de la coronilla y el gesto embobado parecían dirigidos a provocar el asombro, la lástima y, en última instancia, el perdón.

La mano de Chisa, con el bolígrafo entre los dedos, se tensó.

Los maldigo y los maldeciré por toda la eternidad.

Irrumpiré en su boda con cohetes de fuegos artificiales y meteré vacas en su casa, lanzaré mil huevos de mantis religiosa por la ventana y les pegaré los zapatos al suelo del vestíbulo.

Haré volar sobre Tokio un parapente con la historia de su traición escrita en grandes caracteres, para que todo el mundo la lea, y lanzaré panfletos en los que se cuenten los detalles.

Publicaré un librito con su historia y lo repartiré en su vecindario.

Van a sufrir tanto como yo, lo prometo. Si no, mis esfuerzos serán en balde.

Para asegurarme, viajaré por el mundo en busca de expertos en brujería que les lancen maldiciones.

¡Organizaré una Copa Mundial de Maldiciones para ver cuál funciona mejor!

De repente, Chisa notó que la miraban. Se volvió y se topó con Alice, que la observaba con expresión perpleja. Como sumergida en un trance, había llenado tres páginas de enfervorecidos garabatos y rabiosos sentimientos, dando rienda suelta a sus emociones como nunca antes lo había hecho.

Se dio cuenta de que en su autobiografía disponía de completa libertad para exponer sus sentimientos y desnudarlos sin restricciones.

Nadie podía detenerla con las frases habituales: «Tranquilízate», «¿No tienes nada mejor en qué pensar?

», «Pon la vista al frente, no mires atrás» o «No te lo tomes tan en serio, ¿qué sentido tiene darle tantas vueltas a lo que ya no se puede cambiar?

». No tenía por qué escuchar a nadie. Ella era la dueña de su autobiografía; podía escribir mil páginas si se le antojaba, incluso diez mil.