3. La historia de la princesa Yumi
La historia de la princesa Yumi
El hombre y la mujer que habían intervenido en el rescate de Chisa y Alice empezaron a frecuentar los descansos de la hora del té organizados por Madame T. Él se llamaba Taa y ella, la princesa Yumi.
Formaban, sin lugar a dudas, una pareja excéntrica.
Chisa trató de no albergar pensamientos adversos hacia ellos, ya que habían colaborado en el rescate, pero no pudo evitar reparar en la lamentable apariencia de Taa.
Regordete y bajito, siempre sudoroso, iba mal vestido con ropa que parecía elegida al azar en cualquier supermercado.
Llevaba el pelo corto y era fácil imaginar el escaso éxito que debía de haber tenido con las mujeres.
A pesar de todo ello, proyectaba un aire de persona responsable y agradable.
Taa adoraba a su pareja como si de una auténtica princesa se tratara.
Resultaba obvio que no era un título real, sino un simple adorno, un apodo con el que Taa se refería a ella, por más que pusiera toda su alma en ello.
Lo más curioso era que la propia Yumi había adoptado el mismo hábito.
«La princesa Yumi desea dos terrones de azúcar», decía la mujer con entonación solemne y melodiosa, sin que asomara a sus mejillas el más mínimo atisbo de rubor.
La edad de la princesa Yumi era una incógnita, pero, a juzgar por la tersura de la piel, la lisura del rabillo de los ojos y la firmeza del surco subnasal, Chisa asumió que debía rondar sus mismos años.
Lo más llamativo en ella era esa falta de apuro no solo por que la llamaran princesa, sino también por llamárselo a sí misma.
De rasgos faciales sencillos y agradables, el pelo teñido y el maquillaje chillón imprimían en su rostro una leve huella de cansancio.
Chisa pensó que un estilo más discreto haría resaltar su belleza natural.
Además de ataviarse con prendas de colores brillantes y de marcas comerciales reconocibles, llevaba unos pendientes vistosos, un grueso collar de dos vueltas, pulseras, un reloj y varios anillos gruesos con grandes logotipos que alertaban del daño que causarían si golpeaban a alguien.
Expuestas por la minifalda, tenía las piernas algo nervudas.
Y en contraposición a la ropa, los zapatos que calzaba, además de gastados, eran de una marca irreconocible.
Durante la hora del té, Taa, como en un estado de ensoñación, dijo:
—Princesa Yumi, di «Aaaaa»…
Y le llevó un trozo de pastel a la boca. Era realmente bochornoso verla comérselo con esa parsimonia, como si la estuvieran amamantando.
Saltaba a la vista que Taa disfrutaba de lo lindo cuidando a su princesa.
Le daba de comer pastel con alegría, le añadía azúcar al té, se lo removía con una cucharilla y, al terminar, le limpiaba la boca con una servilleta de papel.
Taa cumplía solícitamente con la tarea y ofrecía a los demás un espectáculo que rayaba en lo grotesco.
Madame T sonreía con los labios, no con los ojos, y Alice, apoyando la mano en la barbilla, no podía dejar de mirarlos, como si observara el comportamiento de un animal extraño. Debía de estar pensando algo siniestro.
Al parecer, la princesa Yumi necesitaba ser el centro de atención, pasara lo que pasase, y el tema de conversación siempre giraba en torno a lo increíble que era.
Hablaba con profusión sobre su casa de vacaciones en un antiguo castillo europeo, sus viajes en cruceros de lujo y sus orígenes ilustres.
Su padre era presidente de una importante empresa; su madre, una cirujana brillante, y su hermano mayor, modelo.
Tenía muchos conocidos en la política, poseía más de diez caballos, había usado sonajeros Tiffany cuando era una bebé, y relataba las incomodidades de pasear por cualquier ciudad y de recibir ofertas de trabajo como modelo a cada paso.
El suyo era, en definitiva, todo un extenso e insufrible repertorio de fanfarronería sobre cualquier tema.
A pesar de que el cansancio que estaba provocando en sus interlocutores empezaba a ser más que obvio, la princesa Yumi continuaba soltando su ilimitada retahíla de presunciones y fantochadas.
Taa, sin embargo, reaccionaba a cada jactancia de ella con un orgullo y un entusiasmo intactos y con el mismo brillo en los ojos con que atendería una profecía divina.
Sumikuro, el gato, también se presentó al servicio de té y frotó la cabeza contra la pantorrilla de Chisa, que le correspondió rascándole la garganta. Madame T se inclinó para darle unas palmaditas suaves en el lomo.
—A la princesa Yumi no le gustan los gatos —dijo la propia Yumi, alzando el mentón.
—Ya lo has oído: a la princesa Yumi no le gustan los gatos —repitió Taa—, así que ¡vete, vete! ¡Shhh, shhh! —Y sacudió la mano para espantar al minino.
Como seguía sin moverse, el hombrecillo dio un pisotón en el suelo con intención de amedrentarlo, a lo que Sumikuro respondió con un sucinto movimiento de las orejas hacia atrás.
Alice tomó a Sumikuro en brazos.
—La princesa Yumi dice que no le gustan los gatos —dijo Alice, imitando el tono de voz de Yumi. Y, con una sonrisa que era una mezcla de burla y desprecio a partes iguales, añadió—: Bueno, discúlpenos, entonces. —Y se levantó de la mesa.
Chisa aprovechó la oportunidad para ponerse en pie ella también.
—Te acompaño, Alice.
—Pobre Sumikuro —musitaba Alice de camino a su mesa, acompañada de Chisa—. Con lo guapo que eres, cinco mil veces más que esa Yumi.
El jardín central tenía forma circular y estaba delimitado por paredes de cristal.
Lo inundaba una luz agradable. Chisa abrió la puerta, también de cristal, y entró.
Había dos bancos con sombrilla, y Alice y ella se recostaron cada una en uno.
Se sentían agotadas por su estancia en el interior, por lo que pasar un rato al aire libre suponía un alivio.
Sumikuro saltó de Alice, en cuyos brazos se encontraba todavía, al banco de Chisa, donde se acurrucó boca abajo.
—¿Crees que Sumikuro me prefiere a mí? —preguntó Chisa a Alice.
—Porque eres más cómoda para dormir: tienes barriga —replicó ella con indiferencia.
Chisa levantó la vista al fragmento de cielo recortado que se veía desde el jardín.
Era un círculo de un azul profundo adornado por las nubes blancas que se deslizaban con suavidad.
El pedazo de cielo que se atisbaba desde allí era igual al del mundo del que venía, solo que no había rastro alguno del bullicio propio de la ciudad, sirenas de ambulancias y bocinas de coches.
Allí dentro reinaba un silencio tan profundo como el que uno experimentaría en medio de un bosque.
—Desde aquí, el cielo se ve redondo… —murmuró Chisa antes de echarse a reír. Permanecer allí era como estar en una prisión, por más que, en esencia, su vida no hubiera cambiado mucho.
Aburrida de pasar tanto tiempo en la biblioteca, un día preguntó a Taa y a la princesa Yumi cómo se habían conocido.
Fue allí mismo, en la biblioteca. Él llegó antes; ella, después.
Taa reconoció ante Chisa que la belleza de la princesa Yumi lo había cautivado desde el primer instante en que la vio.
Armándose de valor, un día, a la hora del té, Taa le preguntó cómo se llamaba y, cuando ella contestó «princesa Yumi», quedó embelesado. La veía envuelta en un halo divino.
A partir de entonces, el amor floreció entre conversaciones e intercambios de cartas, una costumbre sorprendentemente anticuada.
Taa admitió que quedarse en la biblioteca le daba la oportunidad de vivir para siempre con la persona amada sin pasar hambre ni envejecer, sin necesidad de ganarse la vida con el sudor de su frente.
Sí, aquel lugar era sin duda un paraíso en la tierra, consideraba Taa.
La melodía de la caja de música sonó para anunciar el final del descanso. Como si reaccionara a una señal, Sumikuro se desperezó y se bajó del regazo de Chisa.
Alice expresó su deseo de permanecer un poco más en el patio —quería tomar el sol—, así que Chisa se despidió y regresó a su mesa. Se fijó en que Taa y la princesa Yumi estaban sentados uno al lado del otro, con el aire de estar muy enamorados. Yumi se apoyaba en él en un inequívoco gesto meloso.
No estaba claro si podría decirse lo mismo de ella, pero era muy posible que la princesa Yumi fuera la primera novia de Taa, quien, a decir verdad, parecía la persona más feliz del mundo.
Tal y como la bibliotecaria le había explicado a su llegada, allí no era necesario dormir, y Chisa nunca tenía sueño.
No obstante, Taa dormía bastante. Lo delataban los fuertes ronquidos que emitía.
La norma era guardar silencio en la biblioteca, pero, en tanto que acción irreprimible e incontrolable, los ronquidos parecían gozar de cierta tolerancia por parte de la bibliotecaria.
A veces, los ronquidos se detenían de repente, y Chisa se preocupaba y se preguntaba si aún respiraba.
El amor…
Chisa se detuvo a pensar en el amor. ¿Hacia quién sintió por primera vez un conato de enamoramiento?
Hayato, un compañero de primaria, fue el nombre que se le vino a la mente.
Era un chico divertido y popular en la clase, además de ser muy buen corredor.
La velocidad no importaba demasiado cuando uno crecía, pero en primaria era un factor importante.
Aun así, Chisa nunca se enamoró del chico más popular de la clase.
Incluso en el manga y en el anime, solía gustarle más el amigo del protagonista que el propio protagonista.
Para ella, tanto el chico más popular de la clase como el protagonista tenían un aura demasiado deslumbrante.
El chico del que me enamoré por primera vez…
Tras escribir esas palabras, dejó reposar el lapicero sobre la mesa. Esperó un poco a que amainase la vergüenza que sentía de pronto. Imaginó lo que la bibliotecaria diría al leer esa frase: «Vaya, te enamoraste en quinto de primaria. Qué precoz».