2. La insolencia de Alice #8
Alice lloraba desconsolada. Se secaba las lágrimas con la manga.
—No puedes llamar a la bibliotecaria —añadió por fin.
—Y yo digo que sí.
—Lo siento, pero no vas a poder romper libros —dijo Alice, sorprendiendo a Chisa.
—¿Cómo que no? Es fácil.
—Ah, ¿sí? Demuéstramelo. —Alice se acercó a una de las deterioradas estanterías y extrajo un ejemplar de la balda inferior.
—Ya verás qué fácil es. Dámelo.
Chisa prácticamente le arrebató el libro de las manos. Lo abrió, quizá en un gesto natural antes de tratar de deshojarlo y despedazarlo, y no pudo evitar echarle un vistazo.
Era mi primer día de trabajo. Crucé nervioso el puente y subí a uno de los trenes de la Compañía Nacional de Ferrocarriles de Japón.
Mi madre me había acompañado hasta la estación, a pesar de mi insistencia en que no lo hiciera.
Me hizo sentir un poco avergonzado. Tomé asiento en el tren, apoyé la frente en la ventanilla y vi a mi madre hacerse pequeña a medida que el tren, ya en marcha, se alejaba.
No dejó de despedirse con la mano hasta que la perdí de vista.
—Adelante, rómpelo —invitó Alice, desafiante.
Chisa tiró del libro con ambas manos mientras la imagen de alguien a quien no conocía y que se dirigía al trabajo por primera vez, tal vez con un traje nuevo, iba asentándose en su mente.
Y también la de aquella diligente mujer, su madre, que agitaba la mano despidiéndolo desde el andén.
Era un día como otro cualquiera que no pasaría a la historia.
Pero era un día importante en la vida de esas personas, digno de recordar para ellas.
El libro que Chisa sostenía en las manos era el receptáculo de las vivencias de alguien. El título era Una vida normal y corriente, y el estado del papel sugería que había sido escrito muchísimos años atrás.
Chisa reparó en la mirada irritada de Alice.
Si rompía el libro, la bibliotecaria acudiría y salvaría a su compañera de un eterno vagabundeo por aquel espacio infinito, así que se aferró a ese pensamiento y tensó las manos sobre las páginas abiertas.
Deseaba desgarrarlas y romperlas, pero los dedos no respondían, se habían quedado rígidos.
Cerró el libro y pasó la manga por encima de la cubierta para quitarle el polvo. Después lo sacudió y los bordes quedaron limpios.
—Vamos. Si seguimos caminando, quizá encontremos la salida algún día —dijo, resignada, preguntándose cuándo llegaría ese momento.
—Si me prometes encontrarla, te acompaño —dijo Alice, que le arrebató el libro y lo devolvió a su lugar en la decrépita estantería. Se colocó junto a Chisa y la tomó de la mano.
Chisa pensó que ese podría convertirse en un viaje interminable.
Caminaron sin rumbo. Alejándose de aquel cementerio de libros, avanzaron sin que el paisaje cambiara. Alice se había quedado sin sus virutas de lápiz para marcar el camino y ambas se habían desorientado por completo.
—¿Crees que las dos acabaremos en el mismo estado que el hombre con el que nos hemos encontrado hace un rato? —preguntó Alice en una especie de suspiro apenas audible—. Si eso sucede, tienes permiso para dejarme atrás.
—Por edad, yo debería ser la primera en caer. Sea como sea, no estaría mal que hubiera mapas en los puntos clave del depósito, ¿no crees? No es habitual que una biblioteca disponga de semejante desierto de libros…
Una vez más, ambas se subieron a una estantería. Ante sus ojos se desplegaba la misma extensión de líneas rectas y pasillos de estanterías entrecruzados que habían observado antes.
—Sigo pensando que la única opción es romper un libro. Buscaré uno en el que no pase nada, para que romperlo no tenga ninguna repercusión. Así, la bibliotecaria seguro que viene.
—Eso no vuelvas ni a insinuarlo —le espetó Alice sin miramientos.
Ni siquiera la frontera entre la noche y el día existía en aquel espacio de iluminación tenue, sumido en el más absoluto silencio.
Si Sumikuro fuera un perro en vez de un gato, tal vez podría rastrear el olor de las dos jóvenes y guiarlas de vuelta.
Por desgracia, los gatos no solían tener las aptitudes policiales de algunos perros.
A decir verdad, las esperanzas de salir de allí eran mínimas.
—¡Eeeh! —gritó Chisa. Si en aquel lugar tenía validez la misma norma de silencio que regía en la sala de lectura, quizá la bibliotecaria oiría el grito y se acercaría a poner orden y exigir que se callaran.
Por tratarse de la primera vez que infringían una regla y por ser una falta de escasa gravedad, no recibirían más que una leve amonestación, pensó.
Alice también se llevó ambas manos a la boca, haciendo la forma de un megáfono.
—¡Ayuda! —gritó con todas sus fuerzas. Las estanterías absorbieron la voz como habían amortiguado la de Chisa. No había eco allí.
Se preguntaron hasta dónde llegarían sus gritos. Era difícil imaginar que hubieran podido alcanzar el mostrador de la bibliotecaria. Por un rato, Chisa y Alice continuaron gritando al unísono y a todo pulmón.
Al menos, mientras permanecieran allí, no morirían. Quizá era mejor decir que ni siquiera existía la posibilidad de morir.
—Lo siento. Todo esto es por mi culpa —se disculpó Alice, que por primera vez parecía haber tomado conciencia de su actitud arrogante.
En el fondo, debía de ser una chica tímida e insegura cuyo único mecanismo de defensa era mostrarse brusca y altiva.
No obstante, comportarse así le pesaba. No moriría, pero a menudo se sentía como si estuviera muerta.
—No tienes por qué disculparte. No me obligaste a seguirte. Lo hice por mi propia voluntad y, si te soy sincera, me alegro de no haberte dejado sola. Imagínate no tener a nadie contigo en una situación como esta.
En ese preciso instante, Chisa captó un fugaz destello con el rabillo del ojo.
—¿Eh? Creo que acabo de ver…
—¡Un destello! —Alice se inclinó hacia delante—. ¡La luz llega más lejos que el sonido!
Entonces se produjo un nuevo destello en la dirección a la que ambas habían dirigido la mirada.
—¡Viene de allí! Alguien nos está haciendo señales… ¡A lo mejor nos está indicando la salida!
Se pusieron en marcha hacia la luz, dispuestas a no perderse, y Chisa saltaba de tanto en tanto para mirar por encima de las estanterías y asegurarse de que se mantenían en la dirección correcta.
Poco después escucharon un golpeteo metálico a intervalos regulares.
—¡¿Hola?! —gritó Chisa.
Y, como un eco difuso, el espacio les devolvió un lejano «¡Hola!» en el timbre de voz de Madame T.
A medida que se acercaban al lugar del que procedía el centelleo, Chisa y Alice comprendieron que Madame T se había aupado a una estantería y, ayudada por los demás usuarios de la biblioteca, dirigía un rayo de luz hacia ellas, proveniente del espejo del cuarto de baño.
En cuanto al sonido metálico, era el de un bastón al golpearlo contra un objeto de metal, quizá un pisapapeles.
Por fin vieron con claridad la figura de Madame T justo cuando se bajaba de la estantería. Una diminuta masa negra imitó la acción de la mujer y cayó al suelo de un salto. Parecía que el minino Sumikuro también acompañaba a la comitiva.
Al llegar, Alice corrió a abrazar a Madame T y Chisa la siguió a poca distancia.
—¡Te he dicho mil veces que no entres aquí! —le reprochó Madame T, visiblemente enfadada, aunque enseguida se apresuró a añadir—: Pero me alegra mucho que hayáis salido de esta. —Abrazó a Alice y a Chisa con fuerza, y ambas notaron el leve aroma a té que desprendía.
—Esta aventura podría habernos costado la vida.
Bueno, en honor a la verdad, no habríamos llegado a morir, pero…
—se interrumpió Chisa, porque, al decirlo, se le puso la piel de gallina pensando en lo peligrosa que era la situación que habían vivido.
Si no se le hubiera ocurrido encaramarse a la estantería para gritar, lo más probable era que todavía estuvieran vagando sin rumbo por aquella extensión desértica de libros.
Resultó que Madame T, preocupada por Alice y Chisa, había entrado en el depósito y había encontrado el rastro de virutas que Alice había dejado al inicio.
Se le ocurrió entonces la idea de lanzar señales de luz, aprovechando la que se colaba en el jardín interior.
Pidió ayuda a los demás usuarios, que se unieron a ella para crear, desde el jardín, una cadena de reflejos que terminaba en el espejo de Madame T.
Ella lo balanceaba, como si de un faro se tratara, con el propósito de que la luz alcanzara la mayor distancia posible.
—Saben mucho sobre el depósito —dijo Madame T, señalando a una pareja formada por una mujer de aspecto llamativo y un hombre de aire sencillo.
La mujer, impertérrita, mantuvo los brazos cruzados mientras el hombre les dirigía un saludo con la mano—.
Extraviarse en el depósito de la biblioteca es facilísimo.
Basta con adentrarse un poco para perder la orientación.
Entre quienes habían formado la cadena de reflejos, se encontraban la pareja mencionada, la anciana e incluso el hombre del traje gris que había mirado a Chisa de manera sospechosa. El hombre, molesto, resopló cuando Alice y Chisa le dieron las gracias y regresó corriendo a la biblioteca.
—Me entró el pánico cuando ninguna de las dos aparecisteis en nuestras tres últimas citas para tomar el té, así que puse una nota en el tablón de anuncios para pedir ayuda —explicó Madame T.
—¿Y la bibliotecaria? —preguntó Chisa, llena de curiosidad.
—Dijo que no era asunto suyo.
«¡Será…! Si tan arriesgado es adentrarse aquí, debería poner un cartel que advirtiera del peligro», pensó Chisa.
Cuando la entrada a la biblioteca se hizo por fin visible, todos se llevaron el dedo índice a los labios en un gesto de silencio. Sumikuro caminaba un poco por delante, con su cola negra erguida.
Alice, que había vuelto a coger de la mano a Chisa, no miró atrás ni una sola vez, y ella caminó a su lado, sintiendo el calor de esa mano menuda cobijada en la suya.