2. La insolencia de Alice #7
Perdida la orientación, no tenían la más mínima idea de qué camino tomar.
—No importa, no moriremos —dijo Chisa. Y entonces comprendió que, si no morían, se quedarían allí dentro para siempre.
Guardó silencio. Quizá el hombre errante había perdido poco a poco la memoria y la identidad mientras vagaba y solo le quedaba el recuerdo de Emiko—.
Espera un momento, voy a intentar subirme a esta estantería.
Quizá pueda ver algo que nos sirva como punto de referencia.
Se quitó los zapatos y apoyó las manos en el borde superior de una de las librerías. Con cuidado de no estropear ningún libro, se las arregló de algún modo para encaramarse a lo alto. Una vez arriba, se irguió y oteó a su alrededor.
Una perfecta cuadrícula de hileras y más hileras de estanterías se extendía en todas las direcciones hasta donde alcanzaba la vista. Chisa imaginó que un panorama idéntico debía presentársele a quien naufragase en medio del océano Pacífico.
—¿Ves algo? —preguntó Alice, alarmada por el silencio de Chisa. Esta le ofreció una mano y la ayudó a subir.
Desde arriba, Alice también contempló la escena en silencio, y ambas permanecieron inmóviles durante un buen rato con la vista perdida en la lejanía de líneas convergentes, náufragas en aquella calma estanca.
—Vamos —dijo Alice—. Con un poco de suerte, encontraremos la salida.
Su voz fue apagándose a medida que hablaba. Lo cierto era que no tenía ni idea de qué dirección tomar.
Habían caminado mucho desde la puerta del depósito y la probabilidad de dar con la dirección correcta que les conduciría al punto de partida se antojaba tan escasa como la de una entre un millón.
No podían ver la entrada y, por tanto, no tendrían manera de saber si se acercaban o se alejaban.
Era un espacio homogéneo y aséptico, sin árboles ni terreno que sirvieran de referencia, sin demarcaciones y, obviamente, sin estrellas en el cielo para orientarse ni corrientes de aire que pudieran ofrecer alguna pista.
Chisa estaba a punto de sufrir un ataque de pánico, pero mantuvo la calma para no asustar a Alice. Sin ningún criterio para tomar una dirección u otra, aparte de su intuición, se pusieron en marcha entre números de estanterías que les resultaban totalmente desconocidos.
Al principio hablaban, pero, poco a poco, las pausas entre un comentario y otro fueron ampliándose hasta que el silencio las envolvió por completo y se limitaron a mover los pies de forma mecánica. No importaba lo mucho que caminaran; allí solo había estanterías, una detrás de otra.
Ninguna de las dos habría sabido decir cuánto tiempo llevaban deambulando cuando Chisa, que miraba distraída las librerías al pasar, se apresuró a llamar a Alice, que iba por delante de ella.
—Oye, Alice, ¿no hay algo raro en esta estantería?
—¿Algo raro? —preguntó Alice, que fijó la vista en las baldas más cercanas. Entonces lo notó: el color de la madera era más apagado que antes—. ¿Por qué ha cambiado el color? —murmuró, tratando de ignorar aquel detalle y seguir adelante, sin conseguirlo. Por fin se detuvo.
Justo entonces, la esquina de uno de los estantes se soltó y la tabla cayó al suelo.
Las estanterías empezaron a mostrar signos cada vez más evidentes de desgaste y mal estado a medida que avanzaban.
El patente deterioro parecía iniciarse en los estantes superiores y se iba extendiendo hacia los inferiores.
Los pedazos se amontonaban en el suelo en mayor número e iban desmenuzándose hasta convertirse en arena blanca, que se acumulaba cada vez más bajo sus pies.
—Mira —dijo Alice. Se había detenido y señalaba un área circular, como un campo de béisbol. Parecía un desierto de arena blanca, un espacio completamente blanco y yermo.
—Arena… —susurraron las dos y, a continuación, se sentaron en silencio.
Chisa había oído que los alpinistas atrapados en las montañas o los náufragos perdidos en el mar podían lanzar una señal de socorro, con la esperanza de que un avión pasara y los rescatara.
Pensando en eso, decidió cavar en la arena.
Puesto que no se mojaba como la del mar, conservaba su lisura y maleabilidad de manera constante.
—¡Agh! —El grito procedió de Alice, que, imitando a Chisa, se había puesto a apartar arena. De inmediato, retiró las manos y dio un salto hacia atrás.
—¿Qué ocurre, Alice?
—¡Bichos!
Chisa se acercó a mirar donde Alice señalaba y solo vio unas letras procedentes de las páginas de algún libro caído a causa del deterioro de los estantes. Entre la arena blanca, acertó a reconocer los caracteres con los que se escriben ri y mi .
—Está bien. Solo son caracteres procedentes de las páginas de algún libro —trató de tranquilizarla Chisa.
—Ah, por un momento pensé que eran unos bichos.
—Bueno, es verdad que, por la forma, pueden recordar a las patitas de unos insectos, como sucede con el carácter que sirve para escribir «agua».
Aunque se sentía físicamente bien, Chisa notaba un gran cansancio mental.
Se tumbó sobre la arena y Alice la siguió.
Pensó que, desde cierta altura, debían parecer dos galletas de jengibre sobre la arena blanca de una playa, pero como no se encontraban al aire libre, sino en una enorme sala de un depósito de libros, ningún avión pasaría por allí para localizarlas.
La luz blanca que se filtraba desde el techo no había cambiado nada y Chisa se preguntó si habría cámaras o algún dispositivo similar de vigilancia, pero allí solo se alcanzaba a ver un espacio infinitamente vacío.
—Me pregunto qué será este lugar —murmuró Alice.
—Yo también me lo pregunto… —dijo Chisa, con la mirada perdida en el techo. No se percibía ni el más leve ruido.
Tras unos instantes de silencio, Alice volvió a hablar:
—Quizá aquí haya libros que ya nadie recuerda, convertidos en arena.
—Un cementerio de libros… —concluyó Chisa, que se incorporó y, después de recoger un puñado de arena y sostenerla en la palma de la mano, dejó que se le escurriera entre los dedos y cayera al suelo.
Todavía tumbada boca arriba, Alice murmuró de repente:
—¿Crees que mi madre sigue viva? —La arena le había recordado a las cenizas de su abuela en el crematorio.
Era blanca y caía sin ofrecer resistencia—.
Temo que haya fallecido. Debió de ocurrir algo doloroso, algún incidente que la llevó a ocultarme la verdad.
Porque me habría hecho daño si me la hubiera dicho.
Todos me la ocultaron. Pero ya no soy la niña que era.
Alice se incorporó y, al igual que Chisa, recogió un montón de arena con ambas manos y dejó que se le deslizara entre los dedos.
—Si alguna vez dejo de recordar a mi madre, su vida se convertirá en arena que se escurre entre los dedos.
—Todo va a salir bien, Alice. Mira, ahora estás pensando en ella. —Chisa repitió la operación: recogió un poco de arena y la dejó caer entre los dedos.
—Aunque piense en ella —objetó Alice en un tenue murmullo—, no conozco ni su rostro ni su voz, ni siquiera cómo era.
—Escribe lo que sepas sobre tu madre. Y lo que no, imagínalo.
Una carta estaría bien, una dirigida a ella.
Al plasmar por escrito lo que sientes por ella, esas emociones nunca se desvanecerán.
Aunque no conozcas ni su rostro ni nada más, lo que sientes es real; tus sentimientos forman parte de la realidad.
Alice rio débilmente.
—Bueno, ya es imposible. Estoy segura de que no vamos a encontrar el camino de vuelta —dijo.
Las palabras de Alice hicieron que Chisa se pusiera de pie y se sacudiera la arena de la ropa. De hecho, había estado pensando en una manera de escapar.
—Creo que sé cómo salir de aquí.
—¿Eh?
—Hay que estropear libros.
Alice levantó la vista, sorprendida.
—¡Ni hablar! Si haces algo así, la bibliotecaria…
—Está bien. Llamaré a la bibliotecaria y le pediré que te lleve a ti sola de vuelta a la biblioteca.
—¿De qué hablas? Si la bibliotecaria te pisa la sombra, no hay forma de sobrevivir. Creo que eres capaz de decir eso porque no la has visto pisar la sombra de nadie.
—¿Y crees que me importa? —Rio Chisa—. ¿Sabes una cosa?
Estaba a punto de casarme e incluso había reservado el lugar de la boda.
Y entonces va mi prometido ¡y se lía con mi mejor amiga!
Resulta que empezaron a salir sin que yo lo supiera.
Y la boda se canceló, por supuesto, y ya no son ni mi prometido ni mi mejor amiga.
Perdí el trabajo y la casa, y también me robaron el bolso con las llaves de mi apartamento.
Llegados a este punto, pensé que ya todo daba igual.
Alice escuchaba, apretando los labios con fuerza.
—Antes de esa hecatombe —continuó Chisa—, había tenido una vida de lo más normal y corriente.
La bibliotecaria dijo que cada uno es el protagonista de su propia historia, pero yo no era protagonista de nada.
Siempre sería un personaje secundario porque los focos estaban reservados para otra persona, para alguien como mi mejor amiga.
O examiga, mejor dicho. Para mí estaban reservados los márgenes de la existencia.
—Chisa apartó la mirada de Alice—. Lo único que me ayuda a sobrevivir es pensar que, después de todo, mi vida tiene sentido.
Alice se puso en pie. Había adoptado una expresión seria.
—¡Ya basta! —gritó—. Basta de verborrea trascendental. ¡A mí no me metas en tus neuras!
—¿Verborrea trascendental? ¿Neuras? ¡Qué vocabulario tan interesante manejas para una estudiante de primaria!
—¡No estoy para bromas! —chilló Alice, que clavó los ojos en Chisa.
Estaba llorando. Las lágrimas se le desbordaban por el rabillo de los ojos y le resbalaban por las mejillas—.
¿No piensas volver para darles un buen puñetazo al payaso de tu prometido y a la idiota de tu amiga?
¿No piensas volver para decirle a tu madre, a la cara, que es una completa inútil como madre?
Vale, vale…, tú solo sonríe y diles que te esforzarás por hacer las cosas mejor.
Ya está. Y así, de paso, dejarás que la vida te pisotee.