2. La insolencia de Alice #6
Chisa recordó el espacio aparentemente infinito en el que se hallaba el depósito mientras Madame T mantenía la mirada fija en Alice.
—El almacén del depósito es peligroso —susurró—.
Varias personas han entrado allí y se han perdido; al menos cinco o seis, que yo sepa.
Conozco a un alpinista que estuvo a punto de morir al extraviarse en un bosquecillo de bambú.
A pesar de lo pequeño que era el bosque, se desorientó y apenas consiguió volver al sendero de donde procedía.
Nuestros sentidos pueden jugarnos malas pasadas.
No deberíamos confiar demasiado en ellos.
Al caminar, el ángulo puede cambiar poco a poco sin que nos demos cuenta, y a veces uno puede creer que avanza en línea recta cuando en realidad está dando vueltas.
Hay que tener mucha precaución, así que creo que es mejor que no entres allí.
—De acuerdo… —aceptó ella con presurosa diligencia, pero sin lograr disimular un leve gesto de contrariedad en el rostro.
Terminada la hora del té, se puso en pie con la aparente intención de devolver el volumen que había acabado de leer. Chisa la siguió a cierta distancia. Como había imaginado, Alice se detuvo frente al depósito de la biblioteca.
Una inabarcable amplitud de estanterías que producía vértigo se extendía más allá del umbral de la puerta de entrada.
Habría podido verse la línea del horizonte si las gruesas librerías de madera que llenaban todo el campo de visión no la hubieran ocultado.
Aquello recordaba un laberinto gigante. Lo que lo hacía diferente de un laberinto era que las estanterías estaban alineadas de manera ordenada y, hasta donde se podía observar, seguían un patrón regular.
Si uno era lo suficientemente cuidadoso, quizá no se perdería.
Chisa se detuvo junto a Alice, que, al percatarse de su presencia, la miró de soslayo y susurró:
—¿Qué pasa? Pienso entrar, aunque intentes impedírmelo. Necesito hacerme con unos libros que aún no he leído. Están en la zona A4, en las estanterías numeradas como 2000878-93335.
Chisa reparó en la pequeña nota que Alice tenía en la mano.
—Es peligroso entrar sola —le advirtió.
—No tienes de qué preocuparte —dijo ella, extrayendo una bolsa llena de virutas de lápiz—.
Si tuviera una bobina de hilo, como la que Ariadna le entregó a Teseo antes de internarse en el laberinto, la usaría.
Pero a falta de hilo, dejaré un rastro de virutas, como las migas de pan en el cuento de Hansel y Gretel.
No soplaba ni la más leve brisa dentro de la biblioteca, lo que hacía factible su plan. Aun así, para Chisa seguía siendo arriesgado.
—Hasta luego —dijo Alice, dando un paso al frente.
—Espera. Iré contigo. Mejor acompañada que sola, ¿no? —se apresuró a decir Chisa, al ver que ya se estaba alejando.
La chica se detuvo. Parecía dudar.
—Puedes seguirme, pero no te interpongas en mi camino, ¿de acuerdo? —murmuró Alice, sin volverse.
Las estanterías se sucedían sin solución de continuidad, en perfecta alineación, bajo un techo alto del que procedía una luz tenue, tamizada por una fina niebla que recordaba un cielo nublado.
Al igual que las de la sala de lectura, eran de madera y tenían aproximadamente la misma altura que Chisa.
Estaban emparejadas fondo con fondo, de modo que la sucesión de estanterías, con la cara frontal enfrentada, iba formando los innumerables pasillos.
Mientras que el suelo de la biblioteca era de madera, el de la enorme sala del depósito estaba cubierto de baldosas blancas mate.
Dondequiera que Chisa y Alice miraran, solo veían una inagotable repetición de librerías, con sus respectivas líneas que se alejaban y convergían en un punto de fuga, como en los diagramas de perspectiva.
Lo único que no se repetía eran los libros dispuestos en los estantes, cuyos lomos eran distintos.
Los números pegados en los bordes de cada estantería, con una sutil variación entre unas y otras, constituían la única y somera referencia espacial en aquella vastedad.
Chisa contaba las hileras a medida que caminaba.
Al llegar a seiscientas, se dio la vuelta para mirar.
Líneas y más líneas de hileras y más hileras se extendían a la espalda de las dos jóvenes. Y al final de esa redundancia geométrica, en la lejanía, se atisbaba un pequeño agujero: la entrada.
Alice, que iba dejando el rastro de virutas de lápiz, habló en voz baja al principio, aunque poco a poco fue recuperando el tono habitual.
—Le pregunté a la bibliotecaria por los libros del depósito —dijo— y me contestó que, aunque no está permitido sacarlos, sí pueden leerse.
—Pues es una pena. No veo por qué tiene que ser así.
—En fin, aquí, en este papel, tengo apuntado el número de la estantería que busco. De momento, no tengo ni hambre ni sed. ¿Y tú? Y sabemos por dónde vamos, ¿no?, así que sigamos adelante.
Chisa volvía la cabeza de vez en cuando.
Comprobó que el agujero de entrada al depósito se iba convirtiendo en un diminuto punto de fuga hasta desaparecer por completo.
Cogió impulso y dio un salto para ver por encima de las estanterías.
Atisbó un espacio repleto de ellas que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
Después miró la bolsa de virutas de lápiz que Alice sostenía; se había reducido a la mitad.
Se preguntó qué distancia habrían recorrido, porque le parecía que llevaban medio día caminando.
Al menos, no se sentía físicamente cansada.
—Si cada libro aquí almacenado fue escrito por una persona distinta, ¿cuántas personas han pasado por esta biblioteca? —se preguntó Chisa en voz alta—. Eso, probablemente, significa que también hay libros del pasado, de personas que ya han muerto…
Alice la agarró con fuerza del brazo y se llevó el dedo índice a los labios, en obvia señal de que guardara silencio.
—¿Qué pasa? —inquirió Chisa.
—Hay… algo aquí —dijo Alice en un susurro.
—¿Qué quieres decir…?
Ambas se giraron al mismo tiempo.
Un hombre, inmóvil, permanecía de pie ante ellas. Vestía traje. Al principio, supusieron que sería otro visitante del depósito. Cautelosas, retrocedieron despacio.
Sus gafas se apoyaban a una altura incorrecta del puente de la nariz.
Incluso los ojos, tras las lentes, indicaban que había algo inusual en el hombre.
Eran como agujeros oscuros, fallos de luz y de expresión.
Llevaba el cabello despeinado y respiraba con dificultad.
Un hilo de baba le goteaba por la comisura derecha de la boca.
Parecía carente de vida, más bien impulsado por algún tipo de fuerza mecánica.
Chisa se interpuso entre él y Alice y lo saludó.
—Ho… hola.
El hombre no respondió. Solo se oía su respiración agitada.
Retrocedió lentamente, tal vez temeroso.
Chisa se preguntó cuántas personas habrían entrado en el depósito de los libros y se habían extraviado, cuántas seguirían vagando sin rumbo, sin hambre ni sed, por aquel espacio atemporal.
¿Seguirían caminando como cadáveres o fantasmas que nunca mueren?
—Emi… ko… —balbuceó el hombre. Parecía haber confundido a Chisa con otra persona.
—No soy Emiko… Por favor, cálmate.
—¡Emi! —El hombre se abalanzó sobre ella, pronunciando el nombre una vez más.
En ese momento, Alice la agarró de la mano y tiró de ella, haciéndole perder el equilibrio. Evitó por poco que se golpeara con una estantería.
—¡Por aquí! —gritó Alice.
Zigzaguearon entre los bloques de estanterías y dieron algunas vueltas para escapar.
Por fortuna, la altura de las librerías superaba la de las dos jóvenes, de modo que quedaban ocultas a la vista del individuo que las perseguía.
Chisa, con la cabeza gacha, seguía desesperada a Alice, que corría tan veloz como un ratón.
El hombre todavía las buscaba gritando, pero su voz se oía cada vez más lejana.
Cuando se sintieron a salvo, Alice se desplomó en el suelo.
—Creo que es suficiente —dijo entre jadeos.
—¿Qué le habrá pasado a ese hombre? —preguntó Chisa, horrorizada, aunque al mismo tiempo se alegraba de no haber dejado que Alice se internara sola en ese laberinto.
Nadie —ni Alice ni nadie— merecía pasar miedo en un lugar como aquel.
Al menos, de momento habían conseguido librarse de ese individuo, pero ¿quién les aseguraba que no se encontrarían con alguien más cuando menos lo esperaban?
Alice metió la mano en un bolsillo, como si buscara la bolsa de virutas, quizá para soltar algunas y señalar el lugar por donde habían pasado. Entonces hizo una mueca de desconcierto y, frenética, se palpó todos los bolsillos.
—¡He perdido la bolsa!
Las dos buscaron por el suelo durante un rato, pero la bolsa con las virutas de lápiz no aparecía por ningún lado.
—De todas maneras, no pasa nada —dijo Chisa—. Las estanterías están numeradas, ¿no?
Pero Alice se había quedado lívida del todo.
—¿De qué lado hemos venido?
—Eh… —Chisa tenía un mal sentido de la orientación. Y tampoco tenía ni idea—. Encontraremos las virutas que fuiste soltando al caminar. No habrá problema.
No vieron ninguna a su alrededor. Las estanterías se habían convertido en una secuencia numérica completamente desconocida.
En la huida, habían perdido de vista el pasillo por el que caminaban en línea recta desde la puerta de entrada.
El plan inicial de Alice era avanzar por ese pasillo en línea recta y girar a la izquierda o a la derecha al acercarse al número que tenía apuntado en el papel.
Así, una vez hecho el giro, irían fijándose en la numeración de las estanterías recorridas a lo largo de ese corredor perpendicular.
Si pudiera empezar de nuevo, no solo habría tomado cuidadosa nota del pasillo por el que habían avanzado en línea recta desde la puerta de entrada, sino que también habría hecho las pertinentes anotaciones de los pasillos perpendiculares, como referencia para posibles imprevistos como el que acababa de suceder.