2. La insolencia de Alice #5
Madame T asintió y prosiguió:
—Sé que hay personas que no están hechas para ser madres.
Pero también sé que hay madres que están agotadas por tener que hacer tanto por sus hijos cada día.
Chisa, no conozco a tu madre ni puedo ponerme en tu lugar, así que no puedo hablar desde la experiencia directa, pero tengo la impresión de que ella tuvo mucho que ver con que no tuvieras caries.
Me parece que ese logro fue el fruto de un gran esfuerzo por su parte.
Al oírla defender a su madre de manera tan inesperada, la rabia que atenazaba a Chisa fue perdiendo fuelle y disipándose.
Tal vez, abrumada por su falta de experiencia en el cuidado de los niños, aquel fatídico día de la caída del triciclo, su madre había llegado a un punto límite en el que ya no podía más, en el que las energías la habían abandonado por completo.
Y quizá debido al dolor que Chisa sintió, esa memoria concreta había aflorado como la primera de su vida, en lugar de cualquier otro recuerdo más inocuo.
—Bueno, sigo sin poder perdonarla —dijo, turbada y frustrada.
—No se trata de que tengas que perdonar a tu madre ni nada. Es normal que estés enfadada. De lo que se trata es de que entiendas que no hiciste nada malo.
Aturdida y sin saber cómo continuar con aquel asunto, Chisa dirigió su atención a Alice, que escuchaba en silencio.
—¿Y tú, Alice? ¿Qué nos cuentas? —le espetó Chisa.
—¿Qué cuento de mis padres? —preguntó Alice, acercándose la taza de té a los labios y sorbiendo.
—No tienes por qué decir nada si no quieres —medió, conciliadora, Madame T.
Chisa había hecho la pregunta sin especial interés, solo para desviar la atención de sí misma, pero entonces temió haber metido la pata hasta el fondo.
Quizá la familia de Alice era un desastre, o peor aún, un auténtico drama, con padres fríos y maltratadores, carentes de amor hacia sus hijos.
Quizá la propia Alice había sufrido acoso escolar.
De hecho, ¿no había dicho que prefería quedarse allí, en la biblioteca, antes que volver a casa?
—¡Lo siento, Alice, olvídalo! No tenía que haberte preguntado eso. Se me escapó, nada más. Lo siento de verdad.
Alice se quedó mirando a Chisa.
—Mis padres siempre se han portado muy bien conmigo.
Me dejaban hacer lo que me venía en gana y me compraban todo lo que quería, incluso me matriculaban en las clases que me interesaban.
Mi familia disponía de medios económicos de sobra, así que fui a un colegio privado y me llevaban de viaje a menudo.
Me compraban ropa nueva en los grandes almacenes.
Mis padres se separaron cuando yo era pequeña y mi padre volvió a casarse hace tres años, de modo que mi madre actual no es mi madre real.
Hay muchas historias de madrastras que acosan a sus hijastros, pero en mi caso es todo lo contrario.
Mi madrastra me ha mimado mejor que una madre y todos me tienen entre algodones.
Apenas recuerdo cómo era mi madre biológica.
Nadie me ha dicho qué fue de ella. Dijeron que no necesitaba saberlo porque aún era una niña.
Chisa se preguntó en qué habría consistido el peor día de su vida si la existencia de Alice resultaba tan agradable.
—Ya veo… Entonces la ruptura de tus padres sería una experiencia dolorosa, supongo —dijo—. Pero, aparte de eso, no imagino qué pudo llevarte a pensar que estabas atravesando un momento muy malo en tu vida.
La imagen que Alice había ofrecido de su día a día excluía todo atisbo de trauma y desgracia.
Alice frunció el ceño.
—El peor día de mi vida fue… —Se frotó los brazos con fuerza, como si se le pusiera la piel de gallina—. Veréis…, poco a poco, fui creciendo y…
Fue un comentario inesperado de Alice. De hecho, era un motivo para alegrarse.
—¿Hay algo malo en ir haciéndose mayor? —cuestionó Chisa, que pensaba que era positivo dejar atrás la infancia y madurar.
—Es sucio —concluyó Alice, como si escupiera las palabras.
Chisa seguía sin comprender lo que la adolescente intentaba decir.
—El cuerpo y la mente cambian gradualmente al entrar en la adolescencia. Para mí, ese cambio es sucio y desagradable. Y a los chicos empieza a crecerles vello en las piernas. Es asqueroso. Me da miedo.
Esa manera de hablar impactó a Chisa. Tenía un vago recuerdo de aquella edad. Alice se refería a la época en la que las niñas empezaban a tener la regla, una particularidad fisiológica a la que solo ellas se enfrentaban.
—Pero ¿todo eso que dices no es bueno? —planteó Chisa—. Crecer y convertirse en adulto no es tan malo. Te abre las puertas a un mundo nuevo, a ir adonde quieras y comprar lo que quieras, a la libertad y la independencia de los padres…
—Qué falso suena todo eso, Chisa, viniendo de ti sobre todo… —interrumpió Alice, tan bruscamente que a Chisa se le congeló la sonrisa.
—Bueno, bueno, no estamos hablando de mí ahora. A lo que voy es a que vienes de una familia acomodada, eres guapa y se te dan bien los estudios, ¿verdad? Entonces ¿qué más quieres? ¡Te espera un futuro lleno de posibilidades!
—Gracias por lo de guapa. Ahí te doy la razón —dijo con toda seriedad antes de proseguir—: Ante mis compañeros de clase, me siento sucia.
Y detesto esa sensación. Por eso no quiero crecer.
Quiero que mi cuerpo siga siempre igual, para siempre.
Por eso estoy en esta biblioteca. Mientras permanezca aquí, mi cuerpo no cambiará.
Así que nunca volveré a salir. Nunca nunca.
Chisa se preguntó si, de un modo u otro, la opinión de Alice representaba lo que se siente durante la adolescencia y trató de recordar si ella también había pasado por esa vicisitud.
Quizá no había llegado a sentirse sucia, pero era verdad que, cuando salía con un chico amigo de la infancia, la gente empezaba a mirarla raro.
También comenzó a detestar la clase de natación, que tanto le había gustado hasta entonces.
Durante un tiempo, se sentía deprimida y todo le parecía mal, incluido su entorno.
Era cierto que Alice se encontraba ahora en esa frontera entre la infancia y la vida adulta, y su rostro y su cuerpo mostraban la belleza de ese delicado equilibrio, similar al de un paisaje en el instante anterior a la puesta del sol.
Chisa comprendió la desazón que Alice experimentaba, pero su terquedad y su insistencia en la pureza le parecían excesivas.
Tal vez esa falta de aceptación era justo la peor parte de su vida.
Quizá eso era lo que significaba ser joven.
Chisa, sumida en aquellos pensamientos, miró a Alice.
—Leo porque busco la autobiografía de mi verdadera madre —dijo esta, de pronto—, porque quiero saber la razón por la que me abandonó, porque deseo saber dónde está.
Alice bajó la mirada. Chisa recordó que en el mostrador había una especie de buscador de todo el catálogo de libros.
—Como en cualquier biblioteca, aquí también deberías poder localizar un libro que te interesa. Puedes buscar por el nombre del autor y, si necesitas ayuda, preguntarle a la bibliotecaria.
—Es que… no sé el nombre de mi madre —murmuró Alice.
Madame T asintió y, mirando hacia el mostrador, dijo:
—En principio, debería ser posible que uno encontrara las autobiografías escritas por sus familiares, hermanos, amigos…
, en caso de que hubieran pasado por esta biblioteca.
Con esa idea, acudí a consultarle a la bibliotecaria, pero, por desgracia, parece que no se puede buscar por el nombre de una persona…
ni por el del autor ni por el de un personaje.
—Entonces ¿para qué rayos sirve el buscador del mostrador? —preguntó Chisa sacudiendo la cabeza.
—Se puede buscar por una palabra clave o por frases, como «Las rosas que te regalé» —aclaró Madame T.
Alice asintió con la cabeza.
—Yo busqué la canción «When You Wish Upon a Star» —dijo—, pero me he topado con muchos libros que la mencionan y ya los he leído casi todos.
Aun así, no encuentro a mi madre. Esa canción…
sonaba en una caja de música que ella me compró y que abría para que yo la escuchara cuando todavía era una bebé.
Es la única pista de la que dispongo. Pero, como digo, he leído prácticamente todos los libros que aparecieron en mi búsqueda y… nada.
Chisa conocía bien la melodía de «When You Wish Upon a Star» por su uso frecuente en las cajas de música. Creyó recordar que incluso en casa de sus padres había una con esa canción maravillosa.
—¿Te has parado a pensar que quizá no haya ninguna autobiografía de tu madre aquí porque tal vez no haya pasado por el peor momento de su vida? —Chisa lo dijo sin darle demasiada importancia, pero el rostro de Alice se tornó sombrío.
—Pero el momento de nuestra separación tuvo que ser el peor de su vida, ¿o no?
Seguro que tuvo que serlo. Me duele pensar que no lo fuera, porque, si fue así, entonces yo no le importo nada o había cosas que le importaban mucho más que yo.
El problema es que mi padre piensa que sigo siendo una niña y que, por ese mismo motivo, no necesito conocer la verdad.
Pero para mí es importante saber exactamente qué sucedió.
Tal parecía ser la razón por la que Alice se empeñaba en leer en la biblioteca, en vez de escribir.
—De todas maneras, creo que, si encuentro la autobiografía de mi madre, la reconoceré al instante solo por el título, como cuando encuentro un libro interesante.
Chisa y Madame T guardaron silencio. Alice seguía siendo una niña, después de todo.
Producía cierta ternura ver que seguía buscando la imagen idealizada de su madre biológica y trataba inútilmente de hallar entre aquellos miles de volúmenes su autobiografía, cuando ni siquiera sabía con certeza si su madre había pasado por la biblioteca.
La mirada de Alice se endureció de repente.
—Estoy pensando en ir al depósito —aseveró.
Madame T intervino de inmediato.
—Alice, ya te he dicho que eso no es posible —dijo.