2. La insolencia de Alice #4
Chisa volvió a escribir el primer recuerdo de su autobiografía. En esta ocasión, trató de expresar cómo se sentía a los tres años, cubierta de barro y llorando.
Me caí del triciclo y me dolía mucho, pero, más que eso, creo que una sensación de desolación se apoderó de mí a los tres años porque mi madre no venía.
Algunos podrían pensar que es extraño abandonarse a la desolación a tan temprana edad, puesto que no podía entender la lógica de las cosas, pero eso es justo lo que sentía.
Tenía la impresión de que mi madre tenía otras cosas más importantes en las que pensar y que yo no estaba entre sus prioridades.
Mi madre era una persona muy limpia y cualquier contacto con el barro estaba descartado para ella.
Debía de pensar que, si me tomaba en brazos, se le ensuciaría la ropa.
Al escribir esas líneas, una emoción comenzó a brotar dentro de Chisa. Se trataba de la ira.
Empecé a preguntarme por qué había nacido.
Si mi madre me había dado a luz, ¿por qué no tomó la decisión de convertirse en madre, con todas las consecuencias?
Lo normal es que los niños se ensucien o se embarren un poco, ¿o no?
¿Tan importante era la ropa para ella? El barro se quita con la lavadora y las manchas desaparecen, pero el barro de mis primeros recuerdos nunca desaparecerá. ¿Cómo lo vas a arreglar ahora, mamá?
Mientras escribía, la respiración de Chisa se hizo más pesada.
Las emociones que afloraban en aquel momento normalmente permanecían reprimidas en lo más profundo de su pecho.
La decepción ante la indiferencia de su madre y aquel aprendizaje temprano de derrota habían seguido manifestándose hasta el presente, a sus treinta y tres años.
Se había rendido, había abandonado toda expectativa y, en el proceso, había reprimido la ira.
A pesar de que a menudo se decía que el exceso de expectativas era lo que conducía a la decepción, Chisa pensó que no había nada de malo en que los hijos proyectaran su esperanza en los padres.
Al fin y al cabo, no hay lazo familiar más cercano que el que se tiene con los progenitores.
En esos pensamientos se encontraba enfrascada Chisa cuando una bola de papel sobrevoló su cabeza y cayó a su lado.
«Tienes una cara rara. ¿Estás enfadada?», decía el mensaje. Debajo había un dibujo de Chisa con las cejas levantadas y vapor saliéndole de la boca. Tenía tanta gracia que no pudo evitar sonreír al verlo.
«Bueno, se me han ocurrido tantas cosas que decirle a mi madre que, una vez que empecé a escribir, no podía parar», le respondió Chisa. Le lanzó la bola a Alice, que desdobló el papel y también sonrió al leerlo.
Sus miradas se cruzaron y Chisa señaló a Alice con el dedo índice al tiempo que movía exageradamente los labios sin emitir sonido alguno, como si pronunciara: «Tú también», y a continuación añadiera: «Escribe».
Como Alice no pareció entenderlo, Chisa repitió la acción, atenta a que la bibliotecaria no la sorprendiese.
Por fin, Alice hizo un gesto con la mano, como si escribiera.
También ladeó la cabeza y frunció el ceño, quizá poco convencida por la sugerencia.
«¿Crees que me quedaría a gusto?», preguntó moviendo los labios.
Chisa se encogió de hombros y Alice volvió a la lectura.
Para la siguiente hora del té, les ofrecieron una tarta de queso poco común. Parecía casera, pero resultaba sorprendente lo bien hecha que estaba. Su textura cremosa cedía con suavidad ante la acción del tenedor al cortarla. En aquella ocasión, Alice apareció.
—¿Quién elige la repostería? —preguntó Chisa—. ¿Es la bibliotecaria? Todo está siempre delicioso. Si es ella, tiene un gusto exquisito.
Madame T asintió.
—Pero tengo la impresión de que esos dulces proceden de mi memoria, porque son sospechosamente parecidos, incluso iguales, me atrevería a decir, a los que yo elaboraba para el menú de mi tetería. También el juego de té es idéntico —afirmó Madame T.
—Esto está delicioso —constató Alice, sonriente, al probar un pedazo. Chisa pensaba que los menús que servía Madame T en su tetería debían de ser de primera categoría.
—Creo que, de alguna manera, la bibliotecaria extrae lo que tenemos en la memoria y lo hace presente —prosiguió Madame T.
Chisa recordó el curioso mecanismo al que la bibliotecaria había recurrido para borrar lo primero que ella había escrito en su libro autobiográfico. Era un mecanismo que actuaba en función de cada persona, había asegurado…
—¡Quiero fajos de billetes! ¡Oro! —exclamó, extendiendo las manos en actitud de invocación. Naturalmente, ningún billete se materializó.
—Chisa…, aunque aparecieran fajos de billetes, aquí no hay donde comprar nada —observó Alice con aire exasperado.
—Quizá lo único que pueda materializarse sea la comida —consideró Chisa, que trató a la desesperada de recordar algún alimento sencillo que hubiera gozado de gran popularidad en tiempos recientes y que, por tanto, estuviera en la mente de todos los allí presentes—.
¡Que se materialice la tapioca! ¡Tapioca! ¡Tapioca! —invocó.
Alice se encogió de hombros, confusa, y Madame T sonrió con apuro.
—¡Té con leche de tapioca y azúcar moreno! —insistió Chisa en voz alta, pero tampoco apareció nada.
Alice volvió a encogerse de hombros. Chisa reparó entonces en un asunto importante.
—Cuando Madame T se vaya de aquí y regrese al mundo exterior, ¿esta hora del té o de la merienda también desaparecerá? Por favor, Madame T, ¡no te vayas, al menos hasta que haya terminado de escribir mi autobiografía!
La sonrisa de Madame T se tornó de repente melancólica.
—No te preocupes. Todavía estaré por aquí durante un tiempo.
Me siento tan feliz de disponer una vez más de mi tetería…
—Las palabras de Madame T parecían sugerir que su establecimiento había cerrado en algún momento del pasado—.
¿Hasta que termines de escribirla? —preguntó—.
¿Significa eso que tu autobiografía va avanzando?
Chisa sonrió avergonzada.
—¿Avanzando? Más bien creo que lo que estoy haciendo es dar rienda suelta a mis frustraciones. Lo que recuerdo de mi pasado me irrita y esa irritación me empuja a escribir ¡sin parar! Así que, al menos en ese sentido, se puede decir que mi autobiografía va avanzando.
—¿Sabes, Chisa? Esa mirada tuya de irritación, como de lado, me da miedo —bromeó Alice, que imitó la expresión de la aludida y, de paso, le arrancó una carcajada a Madame T.
—En resumen: tus primeros recuerdos te llegan asociados a una experiencia negativa, ¿no es así?
—meditó Madame T para, a continuación, volver a guardar silencio.
De pronto, pareció caer en la cuenta de algo y añadió—: Ah, por eso precisamente estamos todos aquí, por alguna mala experiencia.
No debería sorprenderme lo que has dicho.
A mi edad, tiendo a preguntarles cualquier cosa a los jóvenes, sin pensar antes.
¡Qué calamidad soy! No aprendo —se recriminó, sacudiendo la cabeza.
—Se trata de mi madre —admitió Chisa apenas con un hilo de voz.
Aunque no tenía por qué ocultar aquel dato, tampoco tenía esperanzas de que hablar de ello la ayudara a aliviar el problema.
«Quejarse del pasado ante alguien que no tuvo nada que ver con él es la forma más inútil de usar el tiempo», pensó.
Pero aun así, por alguna razón, sintió el impulso de hablar.
—Nunca me he llevado bien con mi madre. La gente no me cree cuando se lo digo.
Con evidente incredulidad, me preguntan: «Vamos, ¿cómo no vais a llevaros bien tu madre y tú?
». Aquí, en esta biblioteca, al empezar a escribir, he recuperado un recuerdo que había permanecido oculto durante todos estos años.
De pequeña, me caí y mi madre se quedó allí parada, sin hacer nada, viéndome llorar y recriminándome haberme puesto perdida de barro.
¿Es correcto que una madre actúe así? Ojalá hubiera que obtener un permiso para ser madre, pasar una prueba que certificara la capacidad para cuidar de un niño, y solo quienes la aprobaran pudieran tener hijos.
Madame T asintió en silencio, con el gesto tenso.
—Mi madre siempre trabajaba y me dejaba sola, a mi aire —prosiguió Chisa, que parecía no poder parar una vez que había empezado—, y no recuerdo que me diera ánimos ni que dijera nada bueno de mí.
Nunca se me dio bien nada ni se me elogió por nada.
Era torpe en los deportes y en los estudios.
El único reconocimiento que recibí fue el premio por no tener caries…
—Un momento… ¿Quieres decir que no tenías ni una sola caries? —inquirió Madame T.
—Pues… supongo… —A Chisa le sorprendió la inesperada reacción de Madame T al hecho de que, de niña, no tuviera caries.
—Disculpa que me meta donde no me llaman.
Al fin y al cabo, solo los miembros de la familia saben lo que pasa dentro del círculo familiar, y es del todo comprensible que la falta de atención por parte de tu madre te entristezca…
Pero permíteme decirte que saqué adelante a dos hijos con mi propio esfuerzo y puedo asegurar que cepillarle los dientes a un niño y enseñarle después a que lo haga él mismo es una lucha diaria.
Hay que buscar mil estratagemas, persuadirlo y distraerlo para conseguirlo.
Recuerdo que yo usaba uno de esos libros ilustrados que sirven de amenaza para que el niño abra la boca y se deje cepillar; mostraba con dibujos los terribles efectos de no limpiarse la dentadura y decía: «Esto es lo que les pasa a los chicos que no se cepillan los dientes».
Con los críos, las cosas nunca salen como una quisiera.
Cada día, e incluso cada hora, está repleto de dificultades y nuevos desafíos.
Cuando crías a un niño, hay un montón de tareas a las que nadie ha puesto nombre, como la de hacer que abra la boca y lograr que se esté quieto.
—Bueno…, quizá soy más resistente a las caries por naturaleza. Además, mi madre es una maniática de la limpieza —trató de argumentar Chisa.