El gato negro y la biblioteca de los recuerdos 2. La insolencia de Alice #3
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2. La insolencia de Alice #3

Decidió darle la espalda, tratando de convencerse de que a lo mejor ese hombre no tenía mala intención, y volvió a concentrarse en los artículos de papelería, esta vez en los tipos de papel.

Los había gruesos como la cartulina y finos como la seda.

La sensación de escritura era diferente en cada uno, y la manera en que el bolígrafo se deslizaba sobre la superficie era completamente distinta.

Eligió una pluma con la que continuar escribiendo su autobiografía.

De pronto, notó un roce en los pies y, al mirar hacia abajo, vio a Sumikuro, el gato negro.

Se agachó para acariciarlo y le rascó el cuello, sintiendo en la punta de los dedos las vibraciones amortiguadas del ronroneo felino.

Contaba ya con cierta edad, a juzgar por su actitud sosegada y silenciosa.

Nunca había oído hablar de bibliotecas que albergaran un gato, pero no importaba; ese pequeño amigo, con sus suaves y pausados ademanes, encajaba a la perfección en aquel espacio.

La caja de música volvió a sonar. Chisa tomó a Sumikuro en brazos y él no opuso resistencia. La caja de música de madera era más alta que ella y el sonido se oía más claro de cerca. Notó que las orejas del minino se movían nerviosas al son de la melodía.

Pensando que podía hablar en ese momento, se dirigió a la bibliotecaria. Aun así, lo hizo con cautela.

—Disculpe, ¿esto funciona con electricidad?

—No, todo funciona con engranajes y resortes —respondió ella.

A Chisa le maravilló ese objeto que parecía salido de otra época, tanto por su movimiento como por su sonido arcaico. Sumikuro, quizá acostumbrado, se dejó escurrir de entre sus brazos y volvió al suelo en silencio.

La bibliotecaria señaló el disco.

—Si cambias este disco por otro, sonará una melodía diferente, como sucede con un disco de vinilo.

Aquellos sonidos metálicos y cristalinos resonaron tan hermosos contra el silencio abrumador que había dominado el lugar durante tanto rato que Chisa se conmovió.

La bibliotecaria hizo una reverencia y, sin añadir nada, desapareció por el pasillo.

Por su parte, Chisa se acercó a Madame T, que había acabado de escribir y estaba desentumeciendo los brazos y la espalda.

Su libro estaba abierto por una página en la que había dibujado una tetera, una taza y unas hojas de té.

—Se te da muy bien dibujar, ¿verdad?

—Tuve una tetería. Dibujé la carta y el cartel, así como los menús de temporada, que siempre tenían muchísimo éxito.

A Chisa le pareció notar que el rostro de Madame T se ensombrecía por un instante. La mujer respiró hondo mientras abría la caja que contenía el juego de té.

—¡Ummm, qué aroma tan delicioso! Hoy tenemos té uva de Sri Lanka con leche y muffins de plátano. ¡Todo tiene una pinta estupenda! ¡Adelante, servíos!

A pesar de la efusiva invitación de Madame T, dirigida a todos los presentes, Alice no se movió. Permaneció sentada con la cabeza gacha, concentrada en la lectura.

Chisa estaba a punto de avisar a Alice cuando Madame T posó la mano en su brazo para evitar que lo hiciera. «¿Por qué?», preguntó Chisa con el gesto. Madame T apartó la mirada.

—Alice se encuentra en una edad complicada —dijo—. Hay veces que, como ahora, no se acerca a tomar el té. Creo que, de tanto en tanto, necesita estar sola para reflexionar.

—Ah, la adolescencia…

—Supongo que sí, pero mis dos hijos pasaron una adolescencia muy diferente. Con sus conatos de rebeldía, sí, pero de otra manera. Y la mía fue hace tanto tiempo que ni me acuerdo… —Madame T esbozó una discreta sonrisa.

Chisa posó la vista otra vez en Alice. Estaba pálida.

Seguía concentrada en la lectura pero, a diferencia de otras ocasiones, las mejillas se le habían quedado lívidas.

Se preguntaba si se sentía mal, pero la chica cerró de repente el libro, se puso en pie y se alejó corriendo de su mesa.

Entre las páginas del libro, sobresalía un marcapáginas amarillo que Alice había hecho a mano.

Chisa tuvo la sensación de que estaba llorando.

Madame T hizo un gesto con la mirada, como indicando que la dejara sola.

—Probemos los muffins antes de que se enfríen —dijo a continuación.

Chisa no podía creer que Alice, con ese aire tan maduro que siempre exhibía, estuviera llorando.

Luego, reconsiderando la situación, cayó en la cuenta de que no era más que una chiquilla de primaria que, posiblemente, se sentía triste y cansada de estar confinada en un lugar como ese, lejos de sus padres.

Cuando estaba en primaria, Ella también atravesó momentos de debilidad en los que sintió ganas de llorar, como cuando recibía la regañina de algún profesor o se peleaba con una amiga.

A pesar de todo, nunca había llegado a pensar que alguno de aquellos días pudiera ser el peor de su vida.

También la desconcertaba que Alice se mostrara siempre tan meditabunda, con esa actitud tan filosófica ante la vida.

Se preguntaba Chisa si habría algo más bajo las apariencias, algo que todavía no había alcanzado a percibir.

Al ver a la anciana acercarse a pequeños pasos, tomó algunos muffins para ofrecérselos a ella y a alguna otra persona. Echó un vistazo a su alrededor y, de repente, temió que el hombre del traje gris volviera a mirarla. En efecto, la observaba de nuevo.

—Ese hombre del traje gris me está mirando, ¿verdad? —preguntó Chisa en voz baja a Madame T.

—Tiene una mirada aterradora. —Madame T bajó también el tono de voz—. Nadie habla con él por miedo a que cause algún problema. Algunos dicen que podría ser un fugitivo, o algo así, y que es posible que quiera esconderse en esta biblioteca para siempre.

Considerando que no había forma de salir de allí, aquel lugar no era muy diferente de una celda de aislamiento. El hombre debía de haber hecho algo muy grave, tanto que prefería permanecer encerrado allí, pensó Chisa, sucumbiendo a un momentáneo acceso malévolo de imaginación.

Al final, Alice no se presentó a la hora del té. Habían recogido el juego de té y aún no había regresado. Sintiéndose mal por su ausencia, Chisa abrió el libro que Alice había dejado sobre la mesa, con cuidado de no tocar el marcapáginas.

El texto rebosaba compasión. Eran las palabras de una madre hablándole a su hijo recién nacido, y le causaron una extraña impresión, como si le hubieran tocado la fibra sensible.

Chisa encontró a Alice en el baño. Estaba lavándose la cara en el lavabo.

—¿Y bien? —dijo esta, malhumorada, al ver entrar a Chisa.

—No, nada—respondió ella. No tenía intención de decirle qué hacer a una chica en plena fase de rebeldía—. Hoy hay muffins de plátano. ¿Sabes lo que son? Son como pastelitos...

—Ah, pues me gusta el pastel de plátano. Debería haberme comido uno —dijo Alice.

Chisa extrajo del bolsillo un muffin envuelto en papel y se lo ofreció.

—¡Oye! Esto es el baño. No se puede comer aquí.

—De acuerdo, de acuerdo. En ese caso, me lo comeré yo. Perdona, ¿eh?

Pero entonces Alice extendió la mano derecha hacia Chisa.

—Está bien. Lo acepto —dijo, al tiempo que se lo arrebataba. Acto seguido, Alice asomó la cabeza por la ventana y mordisqueó el muffin.

«Parece que se lo va a comer», pensó Chisa. Para Alice, comer asomada a la ventana debía significar que no estaba comiendo en el baño, lo cual era un razonamiento típico de una adolescente.

Chisa esperó a que Alice terminara de engullir el muffin y entonces le dijo:

—Si alguna vez necesitas hablar con alguien, aquí estoy para lo que sea. Quizá te venga bien charlar un poco.

—Ya… Estás aquí porque te encontrabas en el peor momento de tu vida… ¿Crees que así puedes ser el apoyo emocional de nadie? Preferiría hablar con alguien que se encuentre en el mejor momento de su vida, pero esa persona no va a venir a esta biblioteca.

Alice dejó escapar una risita. Desde luego, no le faltaba razón.

—Es verdad. —Chisa resopló.

Ambas se quedaron calladas y, poco después, sus miradas se cruzaron en el reflejo del espejo.

—Por cierto, Chisa, ¿cómo era tu madre? —inquirió Alice.

A Chisa la pilló desprevenida la pregunta.

Si le pedían por sus padres, solía responder cualquier cosa para salir del paso.

Le irritaba que la sermonearan con frases como «Tienes que valorar a tus padres» o «Los echarás de menos cuando ya no estén».

Sin embargo, ante Alice, Chisa sintió el deseo de hablar con sinceridad.

—He empezado mi autobiografía por mi primer recuerdo y ha sido desagradable.

Tenía solo unos tres años; me caí y me eché a llorar, pero mi madre no vino a consolarme.

No le importó que llorara su propia hija.

Era probable que no quisiera ensuciarse, así que se quedó allí parada, mirándome.

Ahora me he dado cuenta de que así era mi madre.

Alice volvió a mirar a Chisa a través del espejo.

—Comprendo, comprendo… —Iba a añadir un comentario, pero se detuvo—. Cuidado. La bibliotecaria regresará pronto. Volvamos.

Después de sentarse en sus mesas respectivas, Chisa cayó en la cuenta de que Alice siempre estaba leyendo libros, nunca trabajaba en su autobiografía.

¿Acaso no tenía ganas de salir de allí y sentirse libre en el mundo exterior?

Le había preguntado por su madre en el baño…

Chisa sintió entonces curiosidad por la clase de vida que Alice había tenido.

¿Habría sido maltratada por sus padres? Parecía una chica ordenada, pulcra y con buena salud.

Quizá su problema había sido que sus padres la presionaban en exceso para obtener un expediente académico brillante y conseguir plaza en un instituto de secundaria de buen nivel.

Sí, eso era bastante probable. O tal vez sufría algún tipo de acoso.

Era guapa, así que no sería raro que alguien anduviera detrás de ella, hasta intentando abusar de ella.

Fuera como fuese, si el único lugar en el que Alice había encontrado un poco de consuelo era esa biblioteca, se hallaba en una situación triste y complicada de verdad.