2. La insolencia de Alice #2
Además, ¿quién querría leer algo tan aburrido como la autobiografía de alguien sin méritos artísticos ni de ningún tipo, que no era ni una gran actriz ni una personalidad famosa?
La verdad era que ni ella misma querría leerla.
Apenas hay autobiografías que relaten el drama de la vida diaria, tal vez solo una entre mil.
¿Qué se proponían allí? ¿Con qué fin almacenaban el relato de esas vidas anodinas de gente común y corriente?
Chisa se preguntó qué la había llevado hasta aquella situación, cuál había sido su error.
¿Fue hacer que se conocieran su mejor amiga y su prometido, Yoshiki?
¿Fue pelearse con él por algún asunto trivial y dejar que la tensión creciera entre ambos?
Peor aún, ¿fue fingir que nada raro estaba ocurriendo entre ellos, que todo mantenía la normalidad?
¿O fue tan solo responder al gato negro en aquel momento en que se sentía llena de ira?
Fuera como fuese, puesto que no le quedaba más remedio que llenar de palabras todas esas páginas en blanco que tenía delante, Chisa se puso manos a la obra.
Mi primer recuerdo es el rosa, el color de dos objetos a la altura de mis pies: unas zapatillas. Tendría alrededor de tres años. El suelo, sin pavimentar, estaba embarrado. Había llovido.
El recuerdo comenzaba a tomar una forma más nítida en la mente de Chisa.
Se hallaba en un pequeño parque, cerca de la vivienda proporcionada por la empresa de su padre.
Había llegado allí tras girar a la derecha por el camino que unía el edificio con ese lugar.
Ahora veía un pequeño columpio y un tobogán.
Si dispusiera de su teléfono móvil, tal vez podría buscar en internet imágenes del parque en aquella época, pero por desgracia no lo tenía, de manera que no podía hacer nada más que esforzarse por evocar la escena.
Zapatillas, zapatillas rosas, miraba hacia abajo sus zapatillas de color rosa…
Aquella tierra estaba desierta. A duras penas crecían hierbajos y alguna que otra planta.
Se formaban gotas de agua sobre la tierra.
Yo estaba llorando. Me había caído del triciclo.
Eso creo. No sé cómo me caí. Quizá tropecé con una piedra, un bordillo o algo así.
En fin, caí en el barro y lloré. Del susto, lloré.
Ya lo recuerdo. Una sombra. Había una sombra a mi lado, bien definida. Es decir, no estaba sola; estaba con alguien.
La razón por la que esa sombra estaba tan bien definida era que llevaba una falda negra. De corte recto.
Era mi madre.
Chisa se percató en ese momento de un detalle singular.
Solo ahora, que iba acercándose a la edad de su madre en aquel entonces, era capaz de comprenderlo.
Si un niño tan pequeño llorara, cualquiera que estuviera cerca se preocuparía.
«¿Qué te ha pasado, te encuentras bien?», preguntaría.
Y si fuera su propio hijo, esa persona correría de inmediato hacia él y le hablaría; se interesaría por saber si algo le dolía; lo abrazaría y lo tomaría en brazos, lo consolaría.
Pero la sombra de la memoria se mantuvo completamente inmóvil.
«Así era mi madre», pensó.
En el difuso recuerdo de aquel instante, nunca hasta entonces Chisa había llegado a reparar en la sombra, en su contorno recto, monolítico.
Pero de pronto había encontrado una respuesta inesperada a la relación con su progenitora, siempre complicada.
Se veían una vez cada varios años, cuando era estrictamente necesario.
Nunca sentía ningún deseo de llamarla por teléfono y estaba convencida de que a ella le pasaba lo mismo.
Lo que acababa de descubrir era que, desde tan corta edad, había dejado de confiar en su madre, quien no se inmutaba ni siquiera cuando su pequeña hija se caía y se llenaba de barro.
Chisa sintió lástima por su yo de tres años y por que aquel fuera su primer recuerdo, tan lleno de amargura.
La situación nunca mejoró con el paso del tiempo.
Escribir unas pocas líneas le había permitido recuperar aquellos recuerdos y sentimientos que debían de haber permanecido reprimidos en las profundidades de su memoria, cerrados bajo llave en su inconsciente, apartados de toda posible consideración, quizá porque algo en ella sabía que sería más feliz sin ellos.
La madre de Chisa, siempre tan pulcra y ordenada, era diseñadora.
Su mayor preocupación consistía en ser la más elegante de las mamás de la guardería de su hija.
Se esmeraba con la ropa y el maquillaje, se esforzaba por exhibir un toque de distinción que las demás no fueran capaces de imitar.
Era muy exigente con la limpieza, tanto física como mental, y seguro que ella misma había sido tema de conversación y objeto de chismes en las reuniones de madres de la guardería.
Era una mujer eternamente ocupada en su trabajo y pasaba mucho tiempo fuera de casa.
Casi todos los días, al volver de la escuela, Chisa se quedaba sola en casa, aislada, sin nadie con quien hablar, y la situación se repetía a menudo, incluso los fines de semana.
Cuando eso sucedía, le dejaba el dinero sobre la mesa para que se comprara el almuerzo.
Recordaba la incredulidad que le causó saber que la mamá de su amiga siempre estaba en casa y horneaba galletas con su hija.
Hasta en los escasos momentos en que la pequeña Chisa conseguía hablar con su madre y le contaba algo importante para ella, saltaba a la vista que ni siquiera la escuchaba; estaba distraída, pensando en otra cosa.
Desde niña, tuvo siempre claro que no se preocupaba por ella en absoluto.
Así pues, su primer recuerdo era el de una caída y el de un llanto, y, lo que era peor, el de la indiferencia hacia ella, incluso por parte de su madre.
Su experiencia de la noche anterior, cuando cayó al suelo y se hizo daño en el tobillo a causa del robo del bolso, no había sido muy diferente.
De poco le serviría ya pensar en ello, pero no podía evitar que una idea se abriera paso en su mente: si su madre le hubiera mostrado un poco de cariño a los tres años, la hubiera cogido en brazos y le hubiera masajeado donde le dolía, quizá su vida habría tomado una dirección más prometedora.
—Ay, qué cosas tengo… —empezó Chisa a decir en voz alta, pero guardó silencio al recordar que allí no estaba permitido hablar.
Todavía se sentía un poco deprimida, así que decidió ir a echar un vistazo a la sección de papelería para refrescar la mente y cambiar de aires.
La sección de papelería, junto al mostrador, estaba bien surtida de artículos, tal como había afirmado la bibliotecaria.
A decir verdad, resultaba bastante entretenido pasarse a curiosear.
No había tenido la oportunidad ni las ganas de probar un bolígrafo de cristal o una pluma estilográfica hasta ese momento.
También sería divertido usar diferentes tintas, pensó.
Buscó con la mirada y encontró un papel de prueba, así que hizo un garabato con un poco de color.
Era probable que alguien lo hubiera intentado antes, porque en el papel había un pequeño dibujo para cuya realización parecía que habían utilizado agua con el fin de que la tinta se corriera en un bonito difuminado.
Chisa probó una tinta con purpurina que otorgaba a cada trazo unos vistosos brillos, en preciosas y sutiles gradaciones de tono.
Le llamó la atención cómo el color mudaba sutilmente al secarse.
También el difuminado con agua cambiaba según el tipo de papel.
Pensó si no sería una buena idea cambiar el color de las letras en cada capítulo.
La contemplación de todos aquellos colores tan distintos le calmó los ánimos, y el mal humor que la había atenazado hasta entonces empezó a menguar poco a poco.
Acabó probando, uno tras otro, todos los bolígrafos y las plumas, que variaban en grosor, material y peso.
Los había hasta de madera, y algunos tenían una tinta espesa, la de otros era aguada…
Chisa deslizaba las puntas por el papel para crear exóticas letras cursivas.
Se divirtió haciéndolo. Decidió que prefería los bolígrafos más gruesos, ya que permitían un mejor agarre, sobre todo si el material del que estaban hechos era ligeramente áspero y no del todo liso.
La bibliotecaria se afanaba en organizar los libros detrás del mostrador. No molestó a Chisa con preguntas del tipo «¿Cómo va la escritura?» o «¿Cuánto has avanzado?». Al parecer, no solía comunicarse con los usuarios a menos que se le preguntase.
Desde esa sección, Chisa oteó la zona de las mesas y reparó en Madame T, sentada en la primera fila y quizá escribiendo con fervor sobre el té.
En otra de las mesas, la anciana mantenía la mirada perdida; era difícil adivinar si estaba dormida o despierta.
Siguió deslizando la vista cuando, de repente, se fijó en un hombre de unos cincuenta años, ataviado con un traje gris y sentado en una mesa detrás de la suya.
Tuvo la intención de saludarlo, pero la mirada feroz del hombre la hizo desistir.
Era corpulento, musculoso, pero, tal vez debido a su espalda encorvada, su cuerpo parecía encorsetado por el traje gris, como asfixiado.
El individuo la miró de arriba abajo con todo descaro.
Era, desde luego, el tipo de hombre con el que una no quisiera relacionarse por nada del mundo, pensó Chisa, uno de esos junto a los cuales nadie quiere sentarse en el tren.
Así que apartó la mirada enseguida; no deseaba mantener ni el más efímero contacto visual con él.
¿Qué diablos estaba mirando con semejante insolencia?
Con el rabillo del ojo, Chisa aún podía sentir su mirada fulminante clavada en ella.