2. La insolencia de Alice
La insolencia de Alice
Chisa puso el punto final a su autobiografía y se estiró, satisfecha de haber terminado. Alice, desde la mesa de al lado, la miraba con expresión interrogativa. «¿Eh, ya está?», parecía preguntar.
«Lo siento, Alice, pero no voy a quedarme aquí toda la vida», replicó ella con un gesto.
Se dijo a sí misma que era una joven adulta y responsable y que, si tenía que escribir, nada se lo iba a impedir.
Dio la impresión de que Alice se proponía hablar, pero, antes de que le diera tiempo a abrir la boca, Chisa asintió decidida, se puso en pie y, sin mayor demora, comenzó a caminar hacia el mostrador.
La bibliotecaria esbozó una sonrisa cautelosa al ver acercarse a Chisa.
—¡Qué rapidez! —exclamó, y Chisa le entregó el libro.
Tras aceptarlo, empezó a hojearlo. A Chisa le causó desasosiego ver que alguien leía delante de ella lo que había escrito. Cuando llegó a la última página, se detuvo. Levantó la vista y miró a Chisa en silencio.
—¿Sí? —preguntó ella, extrañada.
—Me temo que esto no es el tipo de autobiografía que pedimos aquí.
La primera impresión no parecía haber sido demasiado favorable.
3 de mayo de 1991. Nací en el seno de la familia Umino. Soy la hija mayor.
Abril de 1994. Entré en la guardería Wakasagi.
Marzo de 1997. Abandoné la guardería Wakasagi.
Abril de 1997. Me matriculé en la escuela primaria de Sakuragi.
El resto continuaba igual hasta conseguir el empleo en su empresa. Era todo. Pero resultaba que no se trataba de eso…
—A quienes el destino trae a esta biblioteca les pido que escriban una autobiografía, pero no consiste en una enumeración de fechas, sino en hablar de ti, Chisa.
—Pues es lo que he hecho. Esta es mi historia, de verdad. Incluso las fechas son correctas.
Chisa estaba decidida a no escribir más de lo que ya había escrito.
Desde luego, no veía el modo de llenar trescientas páginas con párrafos y más párrafos, correctamente redactados, como si de un ensayo en toda regla se tratara.
Nunca había escrito nada tan largo en su vida.
Ante la perplejidad de Chisa, la bibliotecaria volvió a intervenir:
—Todos se pierden al principio. No recuerdan las fechas y entonces es cuando tienden a dejar de escribir. Aquí no hay forma de consultar la fecha exacta de nada.
Era cierto que, si se esforzaba por escribir un texto más extenso, se toparía con una buena cantidad de situaciones y vivencias de las cuales no recordaría la fecha; no solo el mes preciso, sino incluso el año.
—¿Y cómo diablos me las puedo arreglar para escribir tanto? —inquirió con una pizca de malhumor.
—Por lo general, las autobiografías se escriben en orden cronológico, pero no somos estrictos al respecto.
Se trata de tu historia, Chisa, y eres tú quien debe contarla, así que me gustaría que escribieras con más libertad y desde tu propia perspectiva.
Explica cómo te sentiste en determinadas situaciones, presta atención a tus emociones.
No es un relato para un público amplio, sino para ti.
Tú eres la lectora. Lo importante es que recuerdes las emociones asociadas a cada situación.
A Chisa le preocupaba todo aquello de la subjetividad y la emoción. La bibliotecaria daba por sentado que a todo el mundo le apetecía poner por escrito todas esas cosas.
La mujer se la quedó mirando.
—Una vez que comprendas el camino seguido por la protagonista a lo largo de su vida, es decir, por ti —prosiguió—, eres libre de elegir el estilo en que quieras escribir.
Puedes empezar por los recuerdos de la infancia y contar lo que te venga a la mente sobre el presente, o bien elegir un tema y profundizar en él.
Esta es una historia escrita por ti y para ti, así que nadie te juzgará por la cronología, la exactitud de las fechas ni la corrección o incorrección de lo que digas.
Yo, como bibliotecaria, no voy a entrar a juzgar si tal o cual cosa fue moralmente correcta o no.
El juicio moral no debería proyectarse sobre una autobiografía.
Puedes escribir lo que quieras. Escribe lo que se te ocurra, incluidas las quejas o críticas.
En definitiva, siéntete libre. Cada uno es protagonista de su vida y de su propio libro.
—Pero ¿por dónde debo empezar?
—Por lo más sencillo: tu primer recuerdo —indicó la bibliotecaria—. ¿Cuál es tu primer recuerdo, Chisa?
—Mi primer recuerdo…
Nunca se lo había planteado con esa intensidad. Trató de atrapar su primer recuerdo.
—Rosa.
Una vaga imagen de zapatos de color rosa cubiertos de barro acababa de abrirse paso en la memoria de Chisa.
—¿Sabes de qué fecha es este recuerdo?
—No… Creo que tenía unos tres años, pero no puedo asegurarlo.
—Bueno, es una historia contada desde tu perspectiva, así que no importa si no sabes la fecha. ¿Cómo te sentías en ese momento? ¿Qué había allí? ¿Qué estabas haciendo?
—Solo tengo un vago recuerdo… Llevaba puestos unos zapatos de color rosa y había un triciclo…
Chisa levantó la vista al techo. Desesperada, se esforzó hasta rememorar una suave pendiente, un triciclo y sus zapatos rosas, que tal vez eran unas zapatillas deportivas.
¿Estaba frente a la entrada de casa? El triciclo estaba volcado.
Las ruedas chirriaban al moverse sobre sus ejes. ¿Se habría caído?
—Creo que me caí y me raspé la rodilla o algo así. Lloraba de dolor, mi ropa estaba sucia y…
—¿Y?
Chisa negó con la cabeza.
—¡Es genial que puedas recordar todo eso!
Empecemos por describir la situación y cómo te sentiste en aquel momento.
Por favor, trata de hacer memoria y escribe todo lo que puedas.
Con esto llenarías más de una página, ¿no?
Será suficiente para empezar tu autobiografía.
Espero que sea un buen impulso para que te animes a escribir.
Era cierto. Chisa tenía un punto de partida. Podía escribir, aunque fueran solo unos párrafos.
—Si quieres borrar todo lo que has escrito, pásame el libro —dijo la bibliotecaria.
Chisa se lo entregó y ella lo frotó varias veces en una máquina instalada sobre la mesa. Después, lo abrió y estaba de nuevo en blanco de principio a fin.
—¿Cómo lo ha hecho? —preguntó Chisa.
—El contenido se borra de la manera más práctica para el usuario —dijo. Sin más, se despidió de Chisa—: Te deseo la mejor de las suertes.
«Vaya, tendré que empezar otra vez desde la primera página», se lamentó. Pero, como no tenía sentido quejarse, regresó a su mesa y se concentró en rememorar más detalles de su primer recuerdo.
Cuando tenía tres años, vivía en un piso cedido por la empresa donde trabajaba su padre, en un edificio de solo dos plantas. Recordaba que solía jugar en el parque contiguo con los hijos de otros empleados que también se alojaban allí.
Era entonces cuando llevaba los zapatos o las zapatillas de color rosa.
Tenían un oso dibujado. Estaba montando en el triciclo y se cayó.
Sí, debió de ser algo así. Se manchó de barro y se hizo daño en las rodillas.
El primer recuerdo era de una caída. ¿Cómo podía haberlo olvidado?
Nunca se había esforzado por recordarlo hasta ese momento.
Antes de eso, había sido una bebé que observaba su entorno y reía, pero lo había olvidado.
Aquellas zapatillas rosas, a los tres años, eran su punto de partida.
La caída debió de ser la toma de conciencia de sí misma.
Era también un comienzo perfecto para su historia.
Ese día, aunque no supiera la fecha exacta, tal vez nació de nuevo, en un sentido verdadero.
Imbuida en tales pensamientos, de repente le llegó volando una bola de papel desde la mesa de al lado. No se extrañó. ¿Acaso no era una de las pequeñas travesuras propias de los colegiales?
Chisa la abrió, creyendo que quizá encontraría un mensaje escrito, como a menudo hacían los estudiantes a escondidas durante la clase.
«Qué rápido has vuelto. ¿Qué ha pasado?», decía la nota.
Chisa escribió debajo: «Hacer una lista de fechas no basta. Tengo que empezar de nuevo», y le lanzó a Alice la bola en una parábola perfecta. Alice extendió el papel sobre su libro y sonrió levemente.
Quedaba mucho trabajo por hacer. Chisa alzó la mirada al techo. «Cada persona es la protagonista de su propio libro», pensó, recordando las palabras de la bibliotecaria.
Pero ella nunca había destacado en nada.
¿Qué clase de protagonista podía ser? Solo una que provocase risa.
Había sido mediocre en los estudios, siempre quedaba en el último puesto en los maratones, nunca se le había dado bien el tenis de mesa, no era especialmente querida entre sus compañeras y el único premio que le habían dado fue en el colegio, por no tener caries en primaria.
No tenía ninguna anécdota interesante que contar, nunca había cautivado al público con una actuación de guitarra en un festival escolar ni le había sucedido nada conmovedor cuyo relato pudiera arrancar una lágrima en quien lo escuchase.
No había vivido una apasionada historia de amistad y supervivencia entre ella y una amiga, extraviadas en montañas nevadas y jurándose la una a la otra que encontrarían el camino de vuelta a casa.
Y tampoco ningún discurso de victoria en un torneo nacional, ni siquiera un solo momento de euforia juvenil.
Y justo cuando creía que su vida por fin estaba llegando a su cénit…
¿Cómo puede haber una protagonista a la que no solo la dejan plantada antes de la boda, sino que también pierde el trabajo, la casa, los amigos y el futuro, todo en un instante?
Vaya batacazo que se había dado. Del hoyo en el que había caído ya no la sacaba nadie.
Ah, y para colmo le habían robado el bolso.
La simple idea de que el ladrón pudiera usar su tarjeta bancaria para realizar alguna compra desmesurada le hacía querer arrancarse la cabeza.
No, no tenía tiempo ni paciencia para concentrarse y ponerse a escribir toda una autobiografía en aquel lugar extraño.