El gato negro y la biblioteca de los recuerdos 1. La biblioteca del gato negro #8
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1. La biblioteca del gato negro #8

—Muere —continuó Alice, tomando el relevo de Madame T—. La sombra bajo los pies de la bibliotecaria adquiere la negrura de una vida aplastada por una violencia abrumadora.

Madame T volvió a intervenir, haciendo ahora todo lo posible por aliviar un tema tan ominoso e inapropiado para la hora del té.

—Sea como sea, mientras sigamos las reglas de la biblioteca, estaremos seguras.

Tenemos la hora del té y, si nos cansamos, podemos salir al jardín a tomar el sol.

Podemos quedarnos aquí todo el día o terminar de escribir y salir.

Al menos tenemos esa libertad de elección.

Las dos únicas reglas inquebrantables en la biblioteca consisten en guardar silencio y…

—No dañar los libros —agregó Alice.

Poco después, la caja de música volvió a sonar. Como si hubiera estado esperando la señal, el gato negro se desperezó. Estiró las patas, una tras otra, y la cola hasta la última hebra de su pelaje negro. Tras un último estremecimiento, se esfumó acompañado del más completo silencio.

—Nos vemos en la próxima hora del té —dijo Madame T mientras guardaba la tetera en su caja. Alice limpió la mesa con un paño de cocina, y Chisa guardó las tazas y los platos usados en la caja y le entregó el bastón a la anciana.

Alice regresó a su escritorio, abrió su libro y prosiguió con la lectura. De algún modo, el lugar que ocupaba cada persona parecía prefijado de antemano y, por tanto, Chisa volvió a la misma mesa en la que había despertado.

Con la esperanza de despejarse y poner un poco de orden en su cabeza, decidió tomar algunas notas para el libro autobiográfico que debía escribir.

Sin embargo, como le tenía pánico a la página en blanco, tomó el lápiz entre los dedos y, tratando de mitigar ese miedo, se limitó a trazar una línea recta sobre el papel.

En el silencio absoluto, se escuchó el roce de la punta del lápiz contra el papel al trazar la línea.

El ordenador y el teléfono móvil se habían impuesto en la vida de Chisa hasta tal punto que no había escrito con lápiz y papel en mucho tiempo, a excepción de las pocas ocasiones en las que había rellenado algún impreso con bolígrafo.

Se preguntó cuántos años habían pasado desde la última vez que usó un lápiz.

Incluso le llamó la atención el olor a grafito y madera que desprendía.

Le trajo recuerdos… Rememoró la escuela primaria, cuando lo usaba para escribir y aprender los kanjis. Tenía que escribirlos tantas veces para memorizarlos que las yemas de los dedos se le ennegrecían.

El papel era de muy buena calidad y el lápiz se deslizaba de maravilla.

Blanco y negro… Las partículas negras del grafito se extendían sobre la superficie con el roce suave y agradable de la mina.

Después de escribir unas frases, reparó en la variedad de tonos que un solo lápiz permitía obtener: desde un negro intenso al presionar hasta un gris muy claro al deslizarlo con ligereza.

Cosas que sé de esta biblioteca:

Todos llegaron después de responder afirmativamente a la pregunta del gato negro: «¿Es este el peor día de tu vida?».

La biblioteca tiene forma de dónut gigante y no dispone de entrada ni de salida (y está conectada al depósito de libros).

Escapar es imposible, pero quienes se encuentran aquí atrapados son liberados una vez que han terminado de escribir su autobiografía.

Todos los libros de la biblioteca son autobiografías (o eso parece).

No deben infringirse las reglas de la biblioteca, que exigen guardar silencio y cuidar los libros para no dañarlos.

La biblioteca ofrece la opción de escribir la autobiografía con el teclado del ordenador o a mano, según se prefiera. Y hay libros encuadernados a disposición de los usuarios.

Una estrategia psicológica de la mente para protegerse tras sufrir una experiencia impactante es soñar despierto.

Consideró escribir sobre lo que suponía que a uno le pisaran la sombra —básicamente la muerte—, pero prefirió abstenerse de hacerlo. Era demasiado horrible.

Hacía tiempo que Chisa no contemplaba su propia letra.

Era una caligrafía suelta y no especialmente bonita, pero una compañera de vida, en cualquier caso, esa amiga de la infancia a la que hacía tiempo que no veía y por la que sentía apego.

Pensó que le gustaría hacerse con una goma de borrar y quizá probar con distintos artículos de papelería, aparte del lápiz.

La biblioteca se había sumergido en el más completo silencio.

Chisa dirigió la vista hacia delante y se fijó en la espalda de quien ocupaba la mesa de enfrente.

A un lado, la chica joven permanecía absorta en su libro, y hasta sus oídos llegaba el sedoso sonido de las páginas cada vez que las pasaba.

En ese momento, se preguntó si los libros absorbían el ruido, porque en el espacio que los rodeaba flotaba una quietud callada y profunda que nunca había experimentado antes.

Eso le proporcionó a Chisa una gran calma interior.

Decidió entonces que se tomaría todo el tiempo que necesitase para pensar y escribir. Al fin y al cabo, el tiempo no parecía existir en aquel lugar.