1. La biblioteca del gato negro #7
—Por cierto, estuvo por aquí bastante tiempo un hombre al que llamábamos señor Matemáticas.
Cuando el gato negro se le acercó, mientras trabajaba en una demostración matemática, dijo: «Estoy a punto de resolverlo, pero me estoy quedando sin fuerzas.
Y si me duermo, todo se echará a perder».
Al parecer, pasó tres días y tres noches absorto en el problema.
Creía que el animal había sido una alucinación y estaba encantado de hallarse en esta biblioteca, de poder pasar horas y horas pensando en teoremas sin necesidad de dormir.
Y entonces dijo algo bastante interesante.
De alguna manera, basándose en toda clase de cálculos sobre los libros y los estantes disponibles, cada vez más profusos tras el mostrador de la bibliotecaria, se le ocurrió la hipótesis de que, mientras uno está aquí, el cuerpo principal no queda inconsciente, sino que sigue viviendo con normalidad, y que, una vez que regresa al mundo exterior, olvida el tiempo transcurrido en esta biblioteca.
—¿Se puede averiguar eso con las matemáticas?
—Parece que se puede hacer de todo con las matemáticas, además de calcular cuántas alcantarillas o cuántos postes de electricidad hay en Japón.
El caso es que el señor Matemáticas encontró algún tipo de constante y reparó en la idea de que, si nuestro verdadero yo estuviera inconsciente ahora mismo, veríamos a mucha gente desmayarse por el mundo sin motivo aparente.
También se fijó en lo extraño que resulta que nadie en el exterior haya hablado de esta biblioteca; deberían haberlo hecho si conservaran la memoria de cuando estuvieron aquí.
Bien pensado. Perder el conocimiento durante largo tiempo, sin razón alguna, era una enfermedad grave, aunque también era verdad que nunca había oído hablar de una biblioteca como esta, a la que una era arrastrada por un gato negro.
—El problema que veo en esa hipótesis es que si vamos a olvidarlo todo una vez que salgamos, ¿de qué nos habrá servido el tiempo pasado aquí?
—No lo sé. Lo único que sabemos con certeza es que estamos atrapados y que nadie del mundo exterior lo sabe.
La anciana, junto a Chisa, masticaba pedacitos de galleta e ignoraba las palabras de Madame T.
De repente, Chisa tuvo una idea.
—¿Podría tratarse de una abducción extraterrestre? Me refiero a que unos alienígenas podrían habernos transportado hasta este lugar para extraer muestras de nuestro cuerpo.
Esa idea implicaba que la biblioteca fuera una nave espacial y la bibliotecaria, una extraterrestre. Demasiado descabellado para que se lo tomaran en serio.
—Pero unos extraterrestres con la capacidad de alcanzar nuestro planeta desde el espacio exterior podrían extraernos la memoria sin necesidad de obligarnos a escribir nuestras autobiografías aquí, ¿no crees? —refutó Alice con calma.
Chisa se avergonzó un poco por haber sugerido una idea tan disparatada, pero enseguida se le ocurrió otra.
—¿Y no podría ser un sueño en el que todos vosotros sois sus habitantes? —se preguntó en voz alta.
—Yo también pensé lo mismo… —admitió Alice—. Como en El sueño de Handan .
—¿ El sueño de Handan ?
—¿No os suena? Es un relato de origen chino sobre un hombre que toma prestada una almohada que promete hacer que su vida transcurra como él desea.
Mientras duerme, vive toda una vida dentro del sueño, pero, cuando despierta y vuelve al mundo real, ha pasado tan poco tiempo que sus gachas aún no se han terminado de cocer.
Todas las vivencias que tuvo mientras soñaba solo existen en su cabeza.
Lo raro es que, en algo que solo ocurre dentro de la cabeza, uno pueda encontrarse con gente que le hable de temas que desconocía o que haya libros cuyo contenido ignoraba.
Yo misma acabo de explicar El sueño de Handan y también he encontrado aquí información y a personas que no existían en mi mente.
Es lo que el señor Matemáticas llamaba el problema de Fermi.
Madame T apuró su té de un trago y se quedó unos segundos mirando la taza que tenía delante.
—Resumiendo…, la única manera que tenemos de largarnos de aquí es completar nuestra autobiografía —dijo.
En ese instante, Chisa recordó una pregunta que deseaba haber hecho antes.
—Hay una cosa que quisiera saber: ¿qué significa «pisar una sombra»?
Se oyó un ruido ensordecedor. La taza de té de Madame T había chocado contra el platito. Todo quedó en silencio.
Madame T, que se había quedado completamente inmóvil, dirigió a Chisa una mirada de alerta mientras Alice le advertía con los ojos que más le valía no decir nada más. La anciana, indiferente al sobresalto, cogió otra galleta.
—No deberías soltar eso tan a la ligera. ¿Dónde lo has oído? —preguntó Madame T en voz baja.
En respuesta a la impactante reacción que había provocado, Chisa se limitó a responder con una disculpa.
—Lo… lo siento… Era simple curiosidad.
Sin duda, había sido una reacción de lo más extraña por parte de Madame T y de Alice. El ambiente se había enrarecido en un abrir y cerrar de ojos, y el miedo se palpaba en el aire.
—Aunque rara vez ocurre, de vez en cuando hay usuarios que se vuelven violentos.
Con tanto silencio, con tan poca variedad y con la sensación de estar encerrados entre tantos libros, la estancia aquí se vuelve insoportable para algunos.
Al principio, la bibliotecaria hace una suave advertencia para llamarlos al orden: «Por favor, silencio».
Si la molestia persiste, repite: «Por favor, silencio».
Si aun así continúa, dice: «Por favor, respeten las normas de la biblioteca».
Y más tarde: «Se lo advertiré por última vez: ¿están decididos a romper las normas y convertirse en una amenaza para esta biblioteca?
». Si después de todo no corrigen su comportamiento, les pisará la sombra.
Madame T tragó saliva.
—¿Y qué le pasa a un usuario de la biblioteca cuando la bibliotecaria le pisa la sombra?
—Cualquier usuario a quien le ocurra perderá la movilidad.
La sombra pisada se oscurece y el cuerpo de la persona va desvaneciéndose con rapidez.
Sabe entonces que también su existencia se borrará.
Aún puede mover los ojos para contemplar la desaparición progresiva de su cuerpo.
Con la mirada llena de terror, se da cuenta de que ya no puede hacer nada para evitarlo.
Se le inyectan los ojos en sangre, que se mueven de un lado a otro…
La mirada se vuelve entonces suplicante, como diciendo: «¡Alto!
¡Por favor, alto! ¡Que alguien detenga esto!
». Pero la bibliotecaria no levantará el pie; lo mantendrá fijo y se mostrará impasible.
Al fin, como una niebla que se disipa, desaparece.
La sombra bajo los pies de la bibliotecaria se vuelve de un color tan oscuro que aterra, y esa negrura es absorbida por el suelo hasta disiparse también.
Y una vez que eso sucede, esa persona nunca regresa, nunca más.
—Pero quizá sea porque regresa a su tiempo original.
—Ojalá. Pero no parece una forma normal de irse, así que no sabemos si en realidad vuelve. Tal vez…