El gato negro y la biblioteca de los recuerdos 1. La biblioteca del gato negro #6
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1. La biblioteca del gato negro #6

—Tranquila, tranquila. No estamos en el trabajo.

Aquí no nos llamamos por nuestros nombres reales.

Relájate, ¿vale? Puedes llamarme Madame T, así es como lo hacen todos.

No puedo vivir sin el té y, verás, me quejé a la bibliotecaria.

«¿Cómo puede alguien escribir un buen libro sin una buena taza de té?

¿Qué ineficiencia es esta?», le dije. Y así es como conseguimos esta hora del té.

Con patente orgullo, señaló una caja de hermoso color verde claro, del tamaño de un brazo, con una tapa en la parte superior. Madame T abrió la caja e inspiró hondo con los ojos cerrados, como saboreando el aroma. Tras dos segundos de silencio, volvió a abrir los ojos y anunció con voz clara:

—¡El té de hoy es dimbula, de Sri Lanka, y para merendar tenemos galletas de sésamo negro! ¡Que cada uno se sirva a su gusto durante el descanso!

Allí había una tetera de color blanco nórdico sobre un pequeño fogón a juego, encendido para mantener el agua caliente.

Al lado, vio un elegante juego de tazas de té y un plato, también blanco, repleto de galletas de sésamo negro.

Chisa imaginó que la chica se entusiasmaría al oír hablar de las galletas, pero se mantuvo impertérrita; fuese o no estudiante de primaria, mostraba una férrea actitud de adulta.

—Esta señorita se llama Alice. Yo le puse el nombre —dijo Madame T—. ¿No te parece perfecto?

—Los nombres no son más que símbolos —replicó Alice, tal vez solo por llevar un poco la contraria. Tras hacer una reverencia, se sentó con gracia en una silla, con cuidado de no arrugarse la falda.

—Disculpadme, pero ¿alguien sabe por qué estamos en esta biblioteca? —inquirió Chisa.

Su mirada se cruzó esta vez con la de Alice, quien respondió plenamente convencida:

—Porque el gato negro nos preguntó si estábamos teniendo un mal día y…, en efecto, lo teníamos.

—Yo también le respondí que sí, que estaba hasta el cuello de problemas, y, de repente, me encontré aquí —dijo Madame T.

Hablando del gato negro, en ese preciso momento apareció como surgido de la nada y comenzó a acicalarse perezosamente en el suelo. Quizá se había sentido atraído por el olor de las galletas.

—Eh, tú, gato negro, tú me trajiste aquí. Me hablaste y entonces… —dijo Chisa, levantando la voz.

Pero el gato negro no la escuchó o fingió no darse cuenta de que se dirigía a él, simulando quizá no entender el lenguaje humano que él mismo había utilizado al resguardo de las sombras de aquel callejón. Ahora, concentrado en su limpieza, parecía un felino normal y corriente.

—Este de aquí es Sumikuro. [1] El nombre se le ocurrió a Madame T —informó Alice.

A Sumikuro le dio por frotarse con insistencia la cabeza contra la pierna de Chisa, como diciendo: «Seamos amigos ahora». Ella, enternecida, lo acarició un poco. Su pelaje negro brillaba.

Madame T tomó un sorbo de té y habló:

—La razón por la que no nos llamamos por nuestros nombres reales es que aquí entra y sale gente nueva cada dos por tres.

Hay personas que se concentran muy bien y pueden escribir un libro entero a una velocidad asombrosa.

Alice y yo llevamos en la biblioteca mucho tiempo, junto a algunos más.

Pero, ya sabes, la gente no está aquí para tomar el té ni para socializar.

Ahora mismo somos… —dijo mientras contaba con los dedos—, incluyendo a la recién llegada, Chisa, siete en total.

¿Te importa si te llamo así? Si quieres un apodo, te busco uno enseguida.

—No pasa nada, podéis llamarme por mi nombre real, Chisa —replicó un poco abochornada.

A continuación, Madame T se dispuso a prepararle un té mientras la ilustraba con fervorosa vehemencia sobre la procedencia de la variedad de la infusión.

—Verás, es que yo tenía una tetería —aclaró.

Roto el hielo, Chisa se atrevió a preguntar algo que la preocupaba.

—La bibliotecaria me dijo que podría irme cuando hubiera escrito el libro de mi vida. Pero ¿es eso cierto? ¿Y no hay otra manera de salir?

—Exacto, así es. La biblioteca está diseñada sin puerta de entrada ni nada parecido.

Solo cuando terminas de escribir tu autobiografía se abre un hueco y entonces puedes marcharte.

He visto a muchos usuarios de la biblioteca irse; al fin y al cabo, soy la usuaria más veterana de este lugar, así que he visto de todo.

Ah, no. Hay otra persona que lleva aquí más tiempo que yo.

Creo que debe de estar a punto de llegar…

Mientras echaba un vistazo alrededor, una anciana apareció tambaleándose como de la nada, ayudada por un bastón. Su cabello ralo estaba cuidadosamente peinado hacia atrás.

—La llamamos Abuela, porque eso es lo que es: una anciana, tal cual. Debe de tener el doble de años que yo, así que puede que desvaríe y diga tonterías. No se lo tengas en cuenta, no es mala persona —explicó Madame T en un susurro, acercando los labios al oído de Chisa.

La anciana se apoyaba en su bastón con la mano derecha. Chisa se fijó en que le temblaba la barbilla mientras sonreía.

—Abuela, ¿le apetece a usted una galleta? —preguntó Madame T—. Son de sésamo.

La anciana movió los labios como pronunciando una palabra de agradecimiento, aunque de ellos no salió ningún sonido.

—Abuela, esta chica es la nueva. Se llama… Chisa.

—Chisa, Chisa Umino. Encantada —dijo, elevando la voz y pronunciando con claridad para que la anciana pudiera escucharla.

La anciana asintió con la cabeza y, a continuación, para sorpresa de Chisa, preguntó:

—Chisa, ¿a qué te gusta jugar?

La chica se quedó muda mientras le acudían a la mente varias preguntas: ¿Estaría la Abuela sufriendo algún tipo de regresión a la infancia?

¿Debería contestar que le gustaban el otedama [2] o el origami, juegos propios de la generación de la anciana y que, por tanto, ella reconocería?

Chisa empezaba a naufragar en un mar de dudas cuando Madame T acudió al rescate.

—La Abuela pregunta lo mismo a todo el que conoce por primera vez. En realidad, le da igual lo que respondas. ¿Y bien? ¿A qué jugabas de niña?

—Eh… A qué jugaba, a qué jugaba… Bueno, no tengo ninguno aquí, así que no sé cómo explicarlo —dijo Chisa, que movía los pulgares como indicando el tipo de acción que realizaba al jugar.

—Simplemente, di el nombre de los juegos —sugirió Alice.

Chisa recordó que la serie de videojuegos de Animal Crossing le gustaba mucho, pero cayó en la cuenta de que Alice era muy joven y que tal vez no lo entendería si se limitaba a referirse así al juego. Así que recurrió al nombre actual de la serie.

— Animal Crossing: New Horizons , para la Switch.

Alice ladeó la cabeza. Quizá a estudiantes como ella los padres no les permitían jugar a videojuegos para evitar que se distrajeran de sus estudios.

La anciana miró a Chisa con intensidad al tiempo que, entusiasmada, asentía con la cabeza varias veces.

—Bien. Muy bien. ¡Un juego, un juego! —exclamó.

—Abuela, hoy te encuentras lo bastante bien como para charlar con nosotras, ¿eh? Esto no pasa todos los días —observó Madame T.

La anciana asintió de nuevo y le tomó la mano a Chisa. Su piel tenía una textura única: seca y arrugada, pero gelatinosa por dentro.

—Seamos amigas —dijo.

—Sí, por supuesto —replicó Chisa, pensando que, a ese paso, a la anciana iba a serle bastante complicado escribir nada.

¿Qué ocurriría entonces? ¿Si ya no podía escribir se quedaría allí para siempre?

En tal caso, ¿qué le pasaría a su cuerpo en el mundo real?

Chisa sintió un estremecimiento al pensar aquello.

En el mundo real, tal vez estuviera en una residencia de ancianos.

La bibliotecaria había dicho que, al terminar de escribir la autobiografía, se volvía al punto temporal de partida, pero si no terminaba…

—Pues a mí… —intervino Madame T— me gusta esta biblioteca y me encanta estar aquí, aprendiendo sobre la vida de otras personas.

Viene gente de todo tipo y todas las vidas son interesantes.

Nunca me aburro. Una vez que te acostumbras, este lugar resulta bastante agradable.

Al fin y al cabo, mientras estás aquí, no envejeces ni enfermas.

Y tampoco necesitas dinero. Mirándolo bien, es como estar en el cielo.

—Además, puedes leer todos los libros que quieras —añadió Alice—.

Yo aprovecho para leer mucho. Cuanto más oscuro es el relato, más interesante.

Esto es mucho mejor que la biblioteca de mi escuela primaria.

Todos los que han llegado hasta aquí han tenido que contestar afirmativamente a la pregunta del gato: «¿Es este el peor día de tu vida?

». Así que hay todo tipo de historias trágicas para elegir, lo cual es genial.

Alice tenía una cara bonita, pero daba un poco de miedo que dijera esas cosas terribles con tanta naturalidad. Chisa pensó que, aunque hubiera sido compañera suya de clase en la escuela primaria, no se habrían hecho amigas.

—Y lo más importante es que aquí no hay ni un solo bicho —añadió como si acabara de decir algo muy importante.

—¿Qué? ¿Bichos? ¿Tan poco te gustan? —preguntó Chisa.

—Los detesto. No solo a los bichos, sino también al kanji que los designa. Tiene una forma bárbara, como si estuviera apuñalando algo y, a la vez, sonriendo…

—Bueno, es cierto que, si le das la vuelta a una cigarra, su abdomen tiene ese aspecto. Un desastre, vamos…

—¡Agh! ¡Calla! ¡No digas eso! —gritó Alice, que se tapaba los oídos mientras miraba fijamente a Chisa. Esta no pudo evitar reír ante ese gesto de animalito vulnerable y furioso.

Madame T miró al techo un momento, como tratando de recordar algo.