El gato negro y la biblioteca de los recuerdos 1. La biblioteca del gato negro #5
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1. La biblioteca del gato negro #5

Chisa atravesó el jardín, admirando la vista que este ofrecía, y alcanzó el otro lado del edificio, donde un cartel que decía DEPÓSITO captó su atención.

Se asomó a la entrada indicada por la flecha y descubrió unas hileras interminables de estanterías a ambos lados de un pasillo que se extendía en línea recta como la pista de un aeropuerto.

Era extraño. Por más que aguzara la vista, el pasillo parecía no tener fin, y tampoco la inmensidad de libros que albergaba.

La entrada al depósito de libros era estrecha, pero el contenido resultaba inabarcable a la vista.

Cada ejemplar era como un grano de arena en un desierto, con la diferencia de que allí cada grano tenía un color diferente y la mezcla se transformaba en un humo gris pálido en la distancia.

Chisa pensó en un laberinto silencioso, pero era tan imponente que el miedo a perderse la convenció de no adentrarse en él.

Simplemente pasó de largo, dejando a su espalda la entrada al depósito.

Había caminado hasta allí pensando que era imposible no encontrar una salida. ¿Acaso podía existir un edificio sin salida? Fuera como fuese, aún no se había topado con nada que se asemejara en lo más mínimo a una puerta por la que marcharse.

Transcurrido un rato, localizó un letrero que indicaba la ubicación de los baños.

Si allí nadie comía ni dormía, ¿por qué iban a tener que ir al baño?

Chisa supuso que, en todo caso, estaban representados como parte del concepto de lo que debía haber en una biblioteca.

Pero entonces habría sido igualmente deseable que estuvieran también presentes una entrada y una salida, pensó.

Al ver la puerta del baño, se le ocurrió algo.

No sería raro que hubiera allí alguna ventana o puerta trasera.

Con esta idea en la cabeza, dirigió sus pasos al baño de mujeres, donde encontró la típica disposición de cubículos alineados, cuatro en total.

El espejo estaba impecable y el lugar, muy limpio.

Había agua corriente y una pequeña ventana, angosta y alta, en la pared del fondo.

Se abría desde dentro. Pese a su estrechez, la abertura parecía lo bastante holgada como para permitirle el paso a Chisa.

Puesto que se encontraba en la planta baja del edificio, podría salir por allí sin hacerse daño al caer.

De cualquier modo, no pensaba quedarse para siempre en un lugar tan extraño.

Se aupó con la ayuda de un cubo de basura, abrió la ventana y se encontró ante un espacio que se abría entre dos edificios, con maleza rala creciendo debajo.

Si se las arreglaba para salir, tal vez esa callejuela la llevaría a algún lugar del mundo exterior y entonces despertaría y se daría cuenta de que la biblioteca de su sueño no existía, después de todo, de que era solo una invención de la extraña bibliotecaria.

Pero, si un edificio de estas dimensiones existía, ¿dónde se encontraba?

Si la habían llevado hasta allí mientras se hallaba inconsciente, era probable que estuviese bastante lejos.

Volvió a sentir la preocupación de no llevar encima ningún carnet identificativo, pero estaba segura de que, si encontraba una comisaría y pedía ayuda, le prestarían algo de dinero, lo suficiente para volver a casa.

Dudó un momento entre atravesar la ventana con los pies o con la cabeza por delante, pero la última opción —una caída de cabeza— le pareció demasiado peligrosa, así que se encaramó al alféizar primero con una pierna y después con la otra.

Contuvo la respiración y dio un salto. Aterrizó en el suelo de un baño.

¿Qué?

Si acababa de saltar por la ventana del baño, ¿qué hacía otra vez allí?

Desconcertada, repitió la maniobra. Volvió a subirse a la ventana y saltó para… caer de nuevo en el baño.

Estaba a punto de intentarlo una tercera vez cuando oyó una voz a su espalda.

—Es inútil que lo intentes. No puedes salir de aquí.

Se volvió hacia la voz y vio a una chica lavándose las manos en el lavabo. Llevaba un pañuelo blanco de encaje alrededor del cuello. Al terminar, se secó con elegancia.

Era la joven estudiante de primaria, que no era tal cosa.

Antes había pensado que llevaba puesto un típico uniforme de colegiala, pero en realidad se trataba de un traje de cuello marinero similar al que llevaba Chisa.

Los pliegues de su falda azul marino estaban impecables, y los calcetines, blancos como la nieve, le llegaban hasta la rodilla.

—La mayoría de la gente nueva intenta escapar por esta ventana, pero no puede.

Ignorando las palabras de la chica, Chisa lo intentó de nuevo, solo para caer una vez más en el suelo del baño.

Sus ojos se encontraron con los de la chica. «Te lo dije», leyó en su mirada.

—Eh… ¿Qué diablos está pasando aquí exactamente?

—Chisss… Las conversaciones privadas están prohibidas en esta biblioteca, así que ándate con ojo. Por lo que he comprobado, el baño ofrece cierto grado de maniobra, pero, si hablamos demasiado alto, nos pueden pillar. Así que mucho cuidado.

—Pero ¿quién nos puede pillar?

—La bibliotecaria —afirmó la chica, bajando la voz.

—Venga ya… ¿Y qué pasa si nos pilla? ¿Tan grave es hablar un poco? Como mucho, podrá echarnos una pequeña regañina. Nada más. ¿O resulta que es la policía?

—En la biblioteca, hay que seguir las normas. Cualquiera que las rompa… —La chica hizo una pausa, mirando con cautela a su alrededor para asegurarse de que nadie la escuchaba. Entonces añadió—: Su sombra será pisada.

—¿Su sombra? ¿Pisada? ¿Por quién?

—Por la bibliotecaria. Pisada…

La chica se volvió de repente hacia la entrada, haciendo ondear dos mechones de su cabello. Levantó el dedo índice en un gesto obvio de silencio y, acto seguido, abrió la puerta y salió.

—¿Puedo ayudarte en algo?

Era la voz de la bibliotecaria. Sonó desde el otro lado de la puerta. Chisa no podía confesar que estaba tratando de fugarse, así que se limitó a decir:

—Solo quería echar un vistazo a la biblioteca.

Era evidente que la chica le tenía miedo a esa mujer que, según ella, tenía la extraña costumbre de ir pisando sombras por ahí. Chisa se preguntó qué pasaría en caso de que le pisara la suya.

Salió del baño. Apostada frente a la puerta, la bibliotecaria la esperaba con una sonrisa inmaculada dibujada en los labios.

—Si puedo ayudarte en algo, por favor, no dudes en hacérmelo saber.

—Eh, bueno…, de acuerdo —balbuceó mientras seguía dándole vueltas a la pregunta de qué era en realidad ese extraño y enorme lugar en el que se encontraba.

Volvió con cautela a su mesa. Había dado una vuelta a la biblioteca, pero no había encontrado ninguna salida.

Dejó el libro blanco sobre el escritorio y colocó un lápiz junto a él.

Como no tenía ganas de escribir, se recostó y unió las manos sobre la coronilla mientras se dejaba llevar por sus pensamientos.

«Estoy atrapada en este lugar sin motivo aparente, pero no hay mal que por bien no venga.

Mientras esté aquí, no tendré que pensar en mi prometido ni en mi mejor amiga (mejor dicho, mi exprometido y mi antigua mejor amiga), como tampoco en el trabajo que tendré que buscar, la casa a la que tendré que mudarme, el esguince de tobillo y el bolso robado».

Se encontró de nuevo con la chica del servicio, sentada a la mesa contigua a la suya y ensimismada en la lectura.

Poco después, oyó el sonido de una caja de música.

Provenía del mostrador. No era el tintineo dudoso de un instrumento barato, sino un sonido profundo y contundente.

La bibliotecaria se levantó, se acercó a un objeto de madera del tamaño de un reloj de pie y abrió la puerta de doble hoja.

Dentro había un disco de metal, de un diámetro mayor que el de uno de vinilo, que parecía emitir un sonido al girar en vertical.

La mujer se quedó allí un momento, en apariencia cautivada por lo que oía; luego la caja de música se detuvo.

Hizo una reverencia pausada y se alejó. Chisa se preguntó si se dirigía a alguna salida, pero, antes de que tuviera tiempo de sacar ninguna conclusión sobre hacia dónde podía haber ido, ya no la vio por ninguna parte.

La chica de la mesa vecina puso un marcapáginas en el libro que estaba leyendo y estiró la espalda y los brazos. «Uuuh», gimió.

Una mujer de unos cincuenta años, sentada en la primera fila, dijo alzando la voz:

—Es la hora del té. Todos están invitados. Anímense, si les apetece una taza.

Su voz ronca, de una cualidad sonora graciosa, incluso divertida, resonó hasta el techo.

Su mirada y la de Chisa se cruzaron. Llevaba el pelo peinado con una permanente, lleno de finos rizos y sujeto tras las orejas.

El maquillaje era recargado, excesivo, y un vestido de cuadros vichí acentuaba su voluptuosa figura.

Tenía las cejas gruesas y la línea de los ojos bien definida, aderezada con una generosa sombra de ojos verde menta muy llamativa.

El flequillo, rizado también, le caía sobre la frente de una manera poco natural, como forzada. Miró a Chisa y sonrió.

—Los nuevos también son bienvenidos aquí —dijo.

Chisa se señaló el pecho y la mujer asintió.

—¿Puedo hablar ahora? —le susurró a la joven de la mesa vecina.

—Cada vez que suena esa caja de música, la bibliotecaria desaparece por un rato —explicó la chica—. Es entonces cuando aprovechamos para hablar. En fin, eres libre de tomar el té o no. Como quieras. Hay gente que no lo toma.

Las preguntas sobre la biblioteca se le acumulaban a Chisa, pero decidió que lo más importante era presentarse a esa imponente mujer, mayor que ella, que parecía estar al mando de la situación, así que se acercó a ella.

—Eh…, mucho gusto. Me llamo Chisa Umino —dijo, y la mujer se echó a reír.