1. La biblioteca del gato negro #4
—Cuando uno sufre una situación traumática o dolorosa, se le activa un mecanismo psicológico de defensa —explicó la bibliotecaria—.
Esto sucede justo porque se ha llegado al límite de lo que es posible soportar.
En dichos casos, la persona entra en un estado mental semejante al de un sueño, incluso si permanece objetivamente despierta.
Digamos que es como si se le fundiera un fusible.
Chisa miró a su alrededor. Hasta donde podía recordar, nunca se había encontrado en un sueño tan nítido y con tal profusión de detalles como aquel en el que supuestamente se hallaba en ese momento.
Tampoco recordaba haber visto colores como los que ahora observaba.
Y el tacto del mostrador… No cabía duda, era madera.
Golpeó la superficie con los nudillos. Más fuerte. Hasta hacerse daño…
Lo cierto es que había oído hablar alguna vez de la existencia de tal clase de sueño.
—¿Cómo se llama este tipo de sueño?
—Sueño lúcido.
—¿Las cosas se viven como si fueran reales?
—Para ser exactos, el cuerpo mantiene siempre su sensibilidad, sueñe o no sueñe. Uno puede sentir incluso dolor. Ahora bien, las sensaciones de somnolencia o de hambre son fisiológicamente innecesarias en este estado. Por eso el cuerpo las descarta.
—¡Aaah! —exclamó Chisa, un poco embobada. Acababa de surgirle una duda mientras miraba alrededor—. Me pregunto si he estado aquí más veces; es decir, si he venido antes, pero lo he olvidado.
—No. Es la primera vez. Después de todo, este es un lugar donde la gente viene a pasar el peor día de su vida.
Y días así no ocurren muy a menudo. En cualquier caso, esta instalación está compuesta por elementos comunes que mucha gente asocia con una biblioteca, así que quizá por eso pueda resultarle familiar —explicó la bibliotecaria con naturalidad.
—Por cierto, si esto es un sueño, ¿cuándo despertaré? ¿Acaso no empeorará todo aún más si no despierto pronto? Además, estoy preocupada por mi bolso.
—Puede salir de aquí cuando quiera. —Sintió alivio por la respuesta de la bibliotecaria—. Pero hay una condición: no podrá marcharse hasta que termine de escribir un libro autobiográfico.
¿Un libro, había dicho?
—Ah, ¿y qué pasa si no lo termino? ¿Me quedaré aquí encerrada para siempre? —preguntó Chisa.
—Usted lo ha dicho. Para siempre —confirmó con una sonrisa fría y demasiado despreocupada para proceder de alguien que acababa de secuestrarla, pensó Chisa, de alguien que, además, le estaba pidiendo escribir una autobiografía a cambio de su liberación—.
No se preocupe. Cuando lo termine, volverá exactamente a donde estaba.
Aquello le parecía absurdo a Chisa.
—No, no, esto es demasiado. Lo que me pide no tiene ningún sentido. ¿Por qué pretende obligarme a hacer eso? ¿Qué derecho tiene usted a exigirme nada?
—Si no me equivoco, usted respondió afirmativamente a la pregunta del mensajero: «¿Es este el peor día de tu vida?».
¿El mensajero? ¿Se refería al gato? Pensándolo bien, responder a un gato que supuestamente habla había sido una locura… ¿Por qué lo hizo? Debería haberlo ignorado.
—La voz del mensajero —prosiguió la bibliotecaria— solo es audible cuando uno se encuentra en medio de una experiencia traumática o en un momento de completa desesperación. Es uno de los mecanismos que la mente tiene para protegerse.
Chisa pensó en lo mucho que siempre había odiado las redacciones, quedarse a escribirlas después de clase.
Ni siquiera era capaz de llenar media hoja.
Detestaba organizar frases, incluso cuando escribía correos electrónicos o documentos para el trabajo, de modo que casi siempre recurría a plantillas de texto.
—¿Y qué pasaría si me negara en redondo?
—Nada. No pasaría nada. Solo que se quedaría aquí. Hay gente así, que sigue vagando por el depósito de libros.
Me estremecí al imaginarme atrapada en aquel espacio, caminado sin rumbo entre estanterías. En una prisión, aún podría esperar el final de la condena, pero, si el tiempo en aquella biblioteca era eterno, ni siquiera la muerte o el envejecimiento me servirían como liberación.
La bibliotecaria sacó lo que parecía un objeto metálico: una bola de hierro que colgaba de la ramita de un árbol. La sujetó con sus dedos finos y esbeltos y la soltó.
Entonces la bola de hierro comenzó a oscilar como un columpio, balanceándose de un lado a otro como si fuera un péndulo. Poco a poco, el movimiento fue ralentizándose hasta que al fin se detuvo por completo.
—«¿Para qué escribir una autobiografía?».
Esto es lo que se preguntan quienes nos visitan.
Y la respuesta es: «Para mantener el equilibrio mental».
Si uno se encuentra en el peor día de su vida…
—dijo mientras volvía a hacer oscilar la bola—, eso significa que se ha producido una alteración de la energía.
Una fuerza debe actuar entonces para restaurar la posición inicial hasta que, por fin, la oscilación se detiene por completo.
En otras palabras, la bola retorna a su estado de reposo.
—No he entendido nada.
Pero ¿se suponía que debía entender semejante galimatías?
—A muchos les gusta elegirlo todo de antemano, incluso la tipografía y el formato del libro.
Otros prefieren escribir y luego, al final, decidir el estilo del libro.
Por supuesto, disponemos de una amplia selección de papel, y en cuanto a la encuadernación, también ofrecemos tratamientos especiales como el estampado en caliente y los bordes teñidos. No dude en consultarme cualquier cosa.
—A decir verdad, todo eso me da igual… —dijo Chisa con indisimulado desdén.
—Bien, en ese caso comencemos por un libro de bolsillo —propuso la bibliotecaria—. Puede escribir el borrador aquí. Siempre es posible cambiar de idea cuando llegue la hora de encuadernar.
Le entregó un libro grueso y en blanco de principio a fin. Lo sujetó con cuidado, lo abrió y lo hojeó. Aquellos folios vacíos le hicieron pensar en una obra de arte más que en un libro, lo cual le pareció extraño.
—Un momento…, ¿cuántas páginas se supone que tiene?
—Unas trescientas.
Chisa hizo un gesto de desánimo.
—Las únicas normas oficiales que deben seguirse en esta biblioteca son: «Guarde silencio» y «No dañe los libros». Podemos añadir una más: «Disfrute escribiendo su autobiografía».
«Muy bien, hablemos todo lo que usted quiera —pensó Chisa—, que luego esperaré la ocasión oportuna para escapar por alguna ventana». Fingiendo aceptar el encargo, Chisa cogió un lápiz y echó a andar con el libro en la mano.
Según pudo observar, las mesas de la biblioteca estaban dedicadas casi en exclusiva a componer las autobiografías.
Distintas personas se entregaban ensimismadas a la tarea de escribir.
Primero se fijó en que utilizaban materiales de papelería de lo más variado, y luego, tras escudriñar los rostros, en que eran personas de ambos géneros y un amplio abanico de edades: mujeres de mediana edad, ancianos, la chica de antes e incluso una pareja.
A Chisa le extrañó que, aunque a esas personas las debían haber llevado hasta allí a la fuerza, en contra de su voluntad, nadie parecía lamentarlo; no se escuchaban llantos ni iracundas protestas, nadie intentaba huir, nadie cuchicheaba maquinando un plan de acción.
Todos los presentes mantenían una distancia pertinente, la suficiente para preservar intacto el espacio personal y no interferir en el trabajo de los demás. No se escuchaba una sola palabra; el ambiente recreaba el de una biblioteca auténtica.
Aunque Chisa deseaba dirigirse a alguien para hacerle algunas preguntas, le daba reparo interrumpir la lectura y la escritura de esos usuarios tan concentrados, que ni se habían molestado en volver la cabeza para mirarla.
Se quedó al final con las ganas de hablarles, ya que tuvo la impresión de que habría resultado inútil, y empezó a caminar junto a la pared en busca de una salida o de un lugar por donde escapar.
Allí no había más que libros. Avanzara hacia un lado o hacia otro, solo se encontraba con estanterías repletas de ellos, abarrotadas de volúmenes.
Mientras deambulaba, trató de hacerse una idea de la forma de la biblioteca, pero no tardó en percatarse de que el lugar era mucho más grande de lo que había imaginado; con esas dimensiones inabarcables, pronto se dio por vencida.
Había estado alguna vez en una sala de conciertos, pero el espacio en el que se encontraba daba la impresión de ser mucho mayor, quizá tanto o más que los estadios de béisbol Koshien y Tokyo Dome.
Al mirar las baldas, le sorprendió que cada libro fuera de un autor diferente y sin el diseño consistente propio de una editorial, lo que suele proporcionar una sensación de orden y armonía.
Las estanterías de aquella biblioteca eran, en cambio, un mosaico heterogéneo de lomos y colores.
Cogió algunos volúmenes que le llamaron la atención.
Los había con dibujos y viñetas a modo de cómic; otros estaban escritos a mano con una caligrafía pulcra, casi de imprenta, con caracteres inclinados, de tamaño variable o con un estilo desgarbado.
En unos se hacía un profuso uso del color, mientras que otros estaban elaborados con pliegos de papel de paja o con láminas de pan de oro.
Cada ejemplar era una obra única e irrepetible; no existían dos iguales.
La bibliotecaria estaba en lo cierto: todos y cada uno de los libros que allí había representaban la vida de una persona.
Chisa descubrió una puerta de acceso al jardín acristalado que dejaba entrar la luz del exterior. Por ella habrían accedido las personas que estaban sentadas leyendo sobre el césped bien cuidado. El ambiente era espacioso y agradable, y las butacas a la sombra invitaban a la lectura.