1. La biblioteca del gato negro #3
La mujer llevaba el largo cabello recogido en una coleta y, apoyadas en la nariz, unas gafas de montura muy fina.
En el rostro, femenino pero de vaga dureza masculina, recorrido por una piel nacarada y pulcra sin rastro alguno de lunar o peca, destacaban unos profundos ojos negros cuyo iris se dibujaba con nitidez sobre el blanco.
Sus largos dedos trataban los libros con versada delicadeza.
—Disculpe, ¿la salida…?
Chisa se sintió torpe haciendo esa pregunta. La bibliotecaria sonrió.
—No hay —dijo.
Qué respuesta tan extraña. Tal vez le apetecía bromear.
—Ah, je, je, ¿no hay? —Chisa soltó una risa tonta.
Iba a pedirle que se dejara de bromas, pero la mujer se le adelantó.
—Permítame que le haga una visita guiada. La ofrecemos a todos nuestros nuevos lectores. —Su voz, tan ambigua como su rostro, flotaba en una zona de tesitura imprecisa, a medio camino entre la de una contralto y la de un tenor.
Pero Chisa no había ido hasta allí con el propósito de leer o tomar prestado un libro.
—Eh, el caso es que… mi principal preocupación ahora es avisar a la policía de que me han robado el bolso…
—musitó, recordando que, con la desaparición del bolso, también había perdido la cartera, la tarjeta bancaria y el carnet de conducir—.
No entiendo cómo he podido venir a parar aquí. No tenía ninguna intención de leer o…
La bibliotecaria se la quedó mirando.
—¿Le gusta leer?
—Eh, pues… —Chisa se preguntaba si la mujer no la había entendido.
—¿Tal vez prefiere escribir?
Aquello empezaba a resultar desconcertante.
—¿Escribir? —repitió Chisa sin saber qué responder.
Temía que hubiera habido algún malentendido.
Hizo con la mano el gesto de escribir y, al ver que la bibliotecaria asentía con la cabeza, trató de ofrecerle una respuesta—: La caligrafía no se me da especialmente bien, pero…
—comenzó a explicar, pero se interrumpió de golpe—.
Disculpe, el problema es que me han robado el bolso y…
no tengo ni teléfono para llamar a la policía.
Le agradecería que me permitiera usar el de la biblioteca.
—Por supuesto.
La bibliotecaria rodeó el mostrador y se aproximó a Chisa. De cerca, era más delgada y alta de lo que le había parecido desde el otro lado. En lugar de ofrecerle un teléfono, se limitó a señalarle un mueble equipado con muchos cajones.
—Disponemos de ordenadores para quienes prefieren teclear en vez de escribir a mano.
Con ellos también puede dictar cualquier texto, gracias a su software de reconocimiento de voz.
Si se decide por escribir a mano, tenemos lapiceros de todas las marcas y de todo grado de dureza, desde 10B hasta 10H.
Fue abriendo uno a uno todos los cajones y le mostró a Chisa un sinfín de ordenadores portátiles de distintos fabricantes y un ilimitado repertorio de lapiceros.
—Tenemos bolígrafos de tinta normal, de gel, de tinta hidrosoluble…
—prosiguió la bibliotecaria—, de todos los grosores y para todos los gustos, y hasta el mayor surtido de lápices de colores para quien quiere dibujar.
Tómese la libertad de usar cuantos guste.
Ah, hay incluso plumas de las mejores marcas, tanto de acero inoxidable como de oro de veintidós quilates, desde las extremadamente finas, o EF, hasta las más gruesas, o B.
Disponemos de plumines, plumas de cristal y auténticas plumas de ave, y también otras con acabados especiales en la punta.
En cuanto a la tinta, podemos ofrecerle más de cien variedades.
Ah, y también tiene a su disposición toda clase de pinceles, así que no tiene más que pedirme lo que desee.
Continuó abriendo cajones con la mayor ligereza para mostrarle una cantidad pasmosa de instrumentos de escritura impecablemente ordenados y de todos los colores. Chisa se sintió abrumada. Había incluso pisapapeles de diferentes tamaños y tonalidades.
—Se lo agradezco mucho —intervino Chisa con impaciencia, tratando de poner fin a aquella exposición de artículos de escritura—, pero…
yo lo que de verdad quisiera es denunciar un robo a la policía.
Ahora mismo, lo que menos me interesa es echar un vistazo a las plumas y a los bolígrafos que tienen ustedes aquí.
—Sí que le interesa —le cortó la bibliotecaria al tiempo que cogía un libro que descansaba sobre el mostrador.
—¿Cómo?
La mujer le entregó el ejemplar a Chisa. En el lomo podía leerse el título: No me arrepiento de nada en mi vida de karateca . No conocía el libro y tampoco al autor.
—Ábralo.
Chisa obedeció y leyó el primer párrafo sobre el que se posaron sus ojos:
Hubo un rival que me impuso un especial respeto. Yo, a su lado, me vi tan pequeño como un insecto. Maldita sea… Pero no iba a rendirme antes de empezar, pensé. Si aprovechaba su empuje y respondía con una patada circular alta con todas mis fuerzas…
El texto estaba escrito a mano con caracteres enérgicos y el trazo se volvía grueso y brioso en la última frase, como haciéndose eco de su significado.
—¿Qué es esto? —preguntó Chisa con curiosidad.
—Cada uno de estos libros que ve aquí corresponde a la vida de una persona —dijo mientras extendía los brazos para abarcar lo que tenían a su alrededor.
Chisa leyó los títulos de algunos volúmenes que se encontraban apilados sobre el mostrador. No conocía ninguno: Los mejores momentos de mi vida ; Trabajo, trabajo ; Jardinería para principiantes ; Me gustan los gatos y los perros, y también los pájaros .
—Aaah… —exclamó Chisa un tanto embobada.
—En esta biblioteca, alentamos a quienes nos visitan a escribir el libro de su vida.
«El libro de… ¿su vida? Un momento…, ¿qué quiere decir esto?».
—Disculpe, pero… —dijo Chisa— no la entiendo. Y ahora, si me lo permite, debo regresar a casa. Me gustaría acostarme pronto, cuanto antes, y… tengo que llamar al banco para dar de baja la tarjeta…
—No me diga que tiene sueño. —Miró a Chisa con intensidad.
Lo cierto es que acababa de despertarse, pero no había podido descansar sobre una cama y ni siquiera había cenado.
—Verá…, anoche me pasó de todo… —se lamentó Chisa. En ese momento, se dio cuenta de que no tenía sueño y tampoco hambre. Era muy raro.
—Se supone que no debe tener sueño ni hambre —explicó la bibliotecaria—.
Mientras esté aquí, no tendrá necesidad de dormir ni de ingerir alimento o bebida.
Lo normal es que tampoco sienta ningún malestar físico.
Hay quienes se echan una cabezadita por costumbre, ¿sabe?
, pero no es que lo necesiten. Aquí no existe la noción del tiempo.
Lo dijo con ligereza, a pesar de la gravedad de la idea que expresaban sus palabras.
—Muy bien… Basta de rodeos. Vayamos al grano —atajó Chisa, resolutiva—. ¿Quiere esto decir que estoy muerta?
—No —contestó la bibliotecaria con la misma ligereza de antes.
—¿No? ¿Va a decirme que no he traspasado el umbral de la muerte y que este no es el lugar al cual va a parar una al morir?
—No, en absoluto. Usted está viva, vivita y coleando, sana y salva. Pero quizá esté soñando. Usted sueña, ¿no? De vez en cuando, al menos.
No recordaba haber soñado últimamente, aunque a menudo soñaba que se caía, se perdía, la perseguía un perro o vivía situaciones similares.
—A ver si lo entiendo… Esta biblioteca forma parte de un sueño, ¿es así?
Chisa no debía de estar muy convencida de lo que decía porque, mientras pronunciaba esas palabras, se abofeteó con fuerza ambas mejillas, tratando de despertar en caso de encontrarse dormida. Sin embargo, nada cambió.
—Lo normal es olvidar los sueños —prosiguió la bibliotecaria—, pero todas las noches soñamos varias veces, solo que no lo recordamos.
El malentendido generalizado consiste en creer que los sueños se desarrollan o tienen lugar dentro de nuestra cabeza, cuando la verdad es que no es así.
Aquí nos ocupamos de quienes caen rendidos, de a quienes les vence el sueño por cansancio.
A esas personas acudo para hacerlas partícipes de un sueño que les permita darse cuenta de su agotamiento.
En el transcurso de este les ofrezco alguna pista, algún indicio que les permita reflexionar sobre la situación en que se hallan.
Si hay algo que las aflija y oprima, se sentirán descansadas y ligeras al despertar, casi sanadas.
Conseguir este objetivo nos acredita como buenos gestores del sueño.
Cuando usted despierte, le llevará unos instantes volver en sí y reconocer el lugar donde se encuentre.
Puede resultar incluso desconcertante. Me alegraría saber que, al recobrar la consciencia, hallará un momento para reconocer el buen servicio que le hemos prestado y la eficacia de nuestra gestión.
—Pero… esto es una biblioteca.
—También disponemos de espacios completamente en blanco, de salas de conferencias y de verdes praderas.
Estas últimas son para los casos excepcionales.
Lo bueno de una biblioteca es que todos compartimos una idea similar de en qué consiste y para qué sirve.
Esto me ahorra trabajo. Incluso si hubiera quien no haya pisado nunca una biblioteca, no le costaría trabajo reconocerla, una vez aquí dentro.
Supone una ventaja, porque le ahorramos el impacto inicial a quien despierte aquí; reducimos, en definitiva, el impacto psicológico.
Desde luego, si hubiera despertado en una jungla o en una caverna, Chisa se hubiera llevado un susto considerable.
Es posible que hubiera echado a correr presa del pánico, sin rumbo fijo.
Por fortuna, no había sido así y allí solo caminaba.
Pero entonces… ¿significaba eso que estaba caminando dentro de un sueño?
—Disculpe. He venido andando desde aquella mesa hasta el mostrador y estoy segura al cien por cien de que lo he hecho bien despierta.