El gato negro y la biblioteca de los recuerdos 1. La biblioteca del gato negro #2
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1. La biblioteca del gato negro #2

Los sonidos adquirieron una textura cristalina y un deje interrogativo.

¿Acaso había dicho «el peor día de tu vida»? O, para ser más exactos, ¿lo había preguntado?

Aunque oír a un gato hablar debería haberla dejado conmocionada del todo, las circunstancias presentes habían supuesto tal sacudida para Chisa que nada más podía afectarla aquella noche. Si acababa de preguntarle por el peor día de su vida, no le cabía la menor duda de qué contestar.

Se enjugó las lágrimas con el dorso de las manos y, entre sollozos, consiguió intercalar una frase.

—Sí, hoy es el peor día de mi vida —dijo—. ¿Cómo lo sabes?

El gato detuvo el balanceo de la cola, miró con intensidad a Chisa y emitió un maullido.

Sintió en la mejilla el frío y suave tacto de un objeto de madera. Se había quedado dormida con la cabeza apoyada en la mesa. Le dolía la espalda. Así dormía a menudo durante las clases del instituto, sobre todo después de Educación Física.

La diferencia radicaba en que, en aquel momento, no sabía dónde se encontraba. Tanteó con la mano, buscando su teléfono móvil para saber qué hora era. No llegaba a dar con su bolso.

¡Ah! ¡Se lo había llevado un ladrón!

Aquel pensamiento le hizo dar un respingo. Recordó haberse torcido el tobillo al intentar alcanzarlo, pero, para su sorpresa, ya no sentía dolor en la zona lastimada.

Al fin, logró hacerse una idea de dónde estaba: aquel lugar era una biblioteca. Se había quedado dormida en una larga mesa de lectura, gruesa y firme, de superficie pulida y surcada por marcas de bolígrafo y lápiz que completaban el poso que deja el paso del tiempo.

La silla en la que se hallaba sentada era tan sólida y fuerte como la mesa y estaba hecha de la misma madera.

«¿Eh?». Algo había captado la atención de Chisa. Se trataba del techo, alto y de piedra, en el que destacaba una enorme claraboya de vidrio esmerilado que dejaba pasar una luz difusa. La recorría un armazón de varillas que se cruzaban formando cuadrados.

Arropada por un desdibujado sentido de la realidad, tan difuso como aquella luz, Chisa abrió y cerró una y otra vez la palma de la mano, sin saber muy bien por qué lo hacía.

Miró a su alrededor. Tras un muro acristalado, en lo que parecía el área central de la biblioteca, descubrió un jardín interior al aire libre, bien cuidado y cubierto de un césped abundante y tupido.

Se veían unas butacas, algunas de ellas ocupadas por personas inmersas en la lectura.

Delante de la larga mesa en la que se encontraba Chisa, había otras cuatro; a su espalda, cinco más. Así pues, eran diez en total. A un lado de estas, dejando un estrecho espacio entre medias, se extendía una fila de mesas individuales con sus sillas correspondientes; veinte, para ser precisos.

Chisa reparó en que, además de ella, había algunas personas repartidas por las mesas, todas en silencio y concentradas en el libro que tenían delante.

Tomaban notas y estudiaban. Se fijó sobre todo en quién ocupaba la más cercana de esas mesas individuales: una niña con el pelo recogido en dos coletas que parecía tener edad para cursar primaria.

Leía con auténtica devoción. Mientras la observaba, solo el roce seco del papel, cada vez que la niña pasaba una página, rompía aquel silencio absoluto.

Chisa deslizó la mirada por las estanterías de libros, dispuestas a lo largo de un amplio perímetro circular que rodeaba la sala de lectura en que se encontraba.

Se dio cuenta entonces de que la biblioteca tenía la forma de una circunferencia gigantesca.

Prestó más atención y advirtió que las estanterías acopladas a las paredes se elevaban hasta una altura desorbitada y que los estantes se curvaban ligeramente para adaptarse a la geometría arquitectónica.

La cuestión era ¿cómo había llegado hasta allí?

O más sencillo aún, ¿dónde estaba? Tal vez la respuesta a una pregunta traería consigo la resolución de la otra.

Se palmeó las mejillas. Notó un leve dolor en la piel al hacerlo.

Sí, estaba despierta. Pero, ahora que sabía que no era un sueño, también podía afirmar que no recordaba haber estado allí nunca, que no conocía el lugar, que no tenía ningún parecido con la biblioteca de su antiguo colegio ni con la del barrio donde había crecido.

«¿Dónde estoy?».

Chisa se puso en pie, apoyó ambas manos en la mesa y suspiró. Sentía con claridad en las palmas el tacto sólido de la superficie de madera.

Empezó a poner en orden sus pensamientos. En algún momento, debía de haber perdido el conocimiento y llegado hasta allí en un abrir y cerrar de ojos. Sí, así había ocurrido. También confirmó que el tobillo ya no le dolía.

Aquello solo podía significar una cosa: había muerto.

La nefasta sucesión de acontecimientos debía de haberle causado una lipotimia o, con toda probabilidad, un ataque al corazón.

Quizá se había precipitado sobre ella un meteorito y la había golpeado con fatales consecuencias.

Fuera por la razón que fuese, estaba muerta.

Y, si lo estaba, debía de haber superado la frontera que separa un mundo del otro y se encontraba en el más allá.

No estaba segura de que se tratara de un paraíso o algún tipo de edén, porque ella se lo imaginaba surcado por ríos y campos floridos, no tanto como una biblioteca.

¿Habrá alguien que imagine que es allí donde vamos tras cruzar el umbral de la muerte?

Pero a Chisa le quedaban muchos sueños y proyectos por cumplir.

A sus treinta y tres años, tenía aún toda la vida por delante o, como mínimo, una gran parte de ella.

Le parecía injusto concluir sus días sin haber llevado a término ninguno de ellos.

Sintió lástima de sí misma y las lágrimas volvieron a agolpársele bajo los párpados.

«No, no es posible. ¿Se puede llegar a morir por acumulación de mala suerte? ¿Es que he hecho algo malo? Me he limitado a vivir de la manera más normal posible. ¿Por qué tiene que haberse torcido todo así, de repente?».

Algunas de las personas allí presentes volvieron la cabeza para mirarla, pero enseguida se concentraron de nuevo en sus libros.

«Además, ¿ahora resulta que el paraíso es así, sin ríos ni flores ni ángeles?».

De pronto, alguien le habló:

—Perdone, ¿le importaría guardar silencio? Estamos en una biblioteca.

Era la niña de la mesa más cercana, que la miraba fríamente con su libro en la mano.

—Lo siento —susurró Chisa, que se sentó de nuevo.

Si una cosa estaba clara era que se hallaba en una biblioteca.

Entonces ¿aquel lugar no era el paraíso?

Después de todo, tal vez no estaba muerta.

Pero ¿cómo había ido a parar allí? Mientras en algún lugar remoto de su cabeza se materializaba la imagen borrosa de un gato, decidió salir; antes o después, tendría que encontrar la manera de volver a casa.

Se levantó y dio unos pasos hacia las enormes estanterías, admirándose de las muchas que había y de la inmensa cantidad de libros que acumulaban, apretados unos contra otros en los estantes.

Era una biblioteca de estilo antiguo y de dimensiones tan monumentales que, para alcanzar los volúmenes de las baldas superiores, era necesaria la ayuda de unas escalerillas móviles repartidas a lo largo de las librerías.

Los estrechos y alargados ventanales a la altura del techo permitían aprovechar la luz natural, mientras que unos voladizos que sobresalían por debajo impedían, a modo de sombrillas, que los rayos de sol se abrieran paso hasta los libros.

A juzgar por la claridad del jardín interior, tenía que ser mediodía.

Para Chisa solo habían transcurrido unos minutos desde que se encontrara en plena noche, pero saltaba a la vista que eso se debía a que no guardaba memoria de lo ocurrido.

Era de suponer que, si no había muerto ni se hallaba en ningún lugar post mortem , había sufrido un episodio transitorio de amnesia que le impedía recordar cómo había llegado hasta allí.

Tal vez había recibido un golpe en la cabeza tan contundente como para ofuscarle la conciencia, pero no lo suficiente como para impedirle seguir caminando como una sonámbula.

Al llegar a la biblioteca, se habría tomado un descanso y vuelto en sí.

«Eso ha sido», pensó al tiempo que se palpaba el cuero cabelludo sin encontrar ningún chichón ni ninguna zona irritada.

Ante ella, a un lado del mostrador de préstamo, vio una máquina fotocopiadora, montones de libros apilados y, repartidas por todas partes, numerosas banquetas para auparse hasta los estantes altos.

Volvió a preguntarse por las dimensiones del lugar.

La idea de una biblioteca circular con jardín interior le hizo pensar que se encontraba dentro de un gigantesco dónut.

Aguzó la vista y reparó en que, al otro lado del jardín, la arquitectura cambiaba; era distinta, como si, en realidad, se tratara de otro edificio.

El reflejo de los cristales no le permitía ver con precisión, pero acertó a atisbar que también esa otra edificación atesoraba una desmesurada cantidad de libros.

No le cupo duda de que también formaba parte del conjunto de la biblioteca, la más descomunal y fabulosa que había visto en su vida.

Chisa atravesó dos hileras de estanterías y avanzó pegada a la pared en busca de la puerta de salida.

La acompañaba el suave chirrido que, a cada paso, producían sus pies sobre el suelo de entarimado.

No solo las proporciones del lugar eran asombrosas, sino también su propia estructura y ordenación; prueba de ello era que no encontraba ningún indicio de que se estuviera acercando a la salida.

Dejó a su espalda las mesas de lectura y fijó la mirada en la empleada que se apostaba tras el mostrador, concentrada en inventariar un montón de libros devueltos.

También detrás de esta, al fondo, había todo un despliegue de baldas abarrotadas de libros.