El gato negro y la biblioteca de los recuerdos 1. La biblioteca del gato negro
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El gato negro y la biblioteca de los recuerdos

El gato negro y la biblioteca de los recuerdos

Por Sanaka Hiiragi

© inepub.com

1. La biblioteca del gato negro

La biblioteca del gato negro

Imagina un conjunto de bolas blancas y negras donde cada blanca representa un acontecimiento feliz y cada negra, uno desafortunado.

Ahora imagina que esas bolas se encuentran en una bolsa de tela y que, después de removerlas, introducimos la mano para extraer una y luego otra y otra más…

hasta la última. Obtendríamos una sucesión de bolas cuya combinación de color sería siempre distinta: blanca, negra, blanca, negra…

, por ejemplo, o blanca, blanca, negra, blanca…

, o tal vez negra, negra, negra, blanca…

Nada impediría que un día, por los azares del destino, obtuviéramos una serie del mismo color: negra, negra, negra, negra, negra, negra, negra, negra…

A pesar de la escasa probabilidad de que algo así pudiera ocurrir, eso es justo lo que le sucedió una noche a Chisa Umino cuando, finalizado el trabajo, un mensaje le trastocó los planes: «Me gustaría hablar contigo. ¿Te importaría pasarte por mi casa?».

El autor del mensaje era su novio; mejor dicho, su prometido.

Pero eso había sido tres horas antes, porque ahora Chisa ya volvía a su apartamento.

En un momento dado, arrojó el bolso sobre el pavimento y se plantó con los brazos en jarras delante de un konbini , uno de esos establecimientos que venden casi de todo y están abiertos las veinticuatro horas.

Abrió una lata de cerveza sin alcohol y la apuró de un solo trago.

Ahogada por la avidez propia y por el amargor de la bebida, pensó que mejor habría sido beberse una de verdad, porque, en el fondo, lo que deseaba era emborracharse, perder la noción de la realidad para olvidar.

Pero no…, no estaba acostumbrada al alcohol, no le gustaba, y no sería capaz de tomar tanto como para acabar borracha.

¿Qué opciones tenía una abstemia como ella de escapar del mundo cuando este se cubría de negros nubarrones? Ninguna, al parecer.

Se quedó como hipnotizada mirando los fluorescentes del konbini mientras en sus ojos afloraban las primeras lágrimas, estimuladas por la sensación de ahogo.

Arrojó la lata vacía al contenedor de basura, pero erró el intento y el envase rodó por la acera con un redoble de golpecitos metálicos.

Al agacharse para recogerlo, la melena lisa se le deslizó por los hombros y cayó, inerte, hasta cubrirle el rostro.

Le colgaba ante los ojos en el instante en que sintió un desagradable retortijón en el estómago.

«¿Qué diablos estoy haciendo?», se preguntó.

Llevaba tres años saliendo con Yoshiki, su novio, y un mes flotando en un mar de felicidad y expectación, tras la petición de matrimonio, con los preparativos y la elección del vestido de novia, el anillo y el lugar de la celebración.

No había dudado en presentar su renuncia al trabajo para dar la bienvenida a su nueva vida de casada, y todos sus compañeros de la oficina se habían apresurado a felicitarla por el venturoso acontecimiento.

A sus treinta y tres años, Chisa rozaba todo aquello con los dedos; ya casi era suyo, tenía el «sí, quiero» al alcance de la mano. Y sin embargo…

«Lo siento, no puedo». ¿Qué era eso que acababa de escuchar?

Jamás imaginó que esas cuatro palabras fueran a salir de su boca, una detrás de otra.

¿Acaso no estaba echándolo todo a perder?

Al principio, Chisa no entendió a qué se refería.

Tan solo había transcurrido una semana desde que habían salido juntos de compras para elegir los accesorios y los muebles para su nuevo hogar.

Habían hablado del color de las cortinas y…

, bueno, al final no habían llegado a decidirse, así que habían quedado en pasarse por más tiendas para ver otros modelos.

¿Era eso a lo que se refería con el «no puedo»?

¡Ah, tal vez se trataba de una broma! ¡Sí, estaba grabando un vídeo con cámara oculta para luego verlo y reírse juntos y quizá hasta reproducirlo en la boda!

Con esa idea en la cabeza, Chisa se puso a buscar por la sala una cámara escondida que no encontró por ningún lado.

No, no, claro. Era impropio de él. Además, entre los invitados a la boda también habría personas de avanzada edad que, probablemente, no le encontrarían ninguna gracia a un vídeo así o que incluso lo considerarían de mal gusto.

No tenía sentido seguir buscando. Yoshiki y Ritsuka, una amiga de ambos que también se encontraba allí presente por alguna razón poco clara, miraban a Chisa muy pálidos.

Tras hablar con Yoshiki —mejor dicho, después de escuchar su inesperado anuncio unilateral—, Chisa había caído en una especie de confusión mental y no recordaba nada más. No tenía ni la más remota idea de cómo había llegado desde casa de Yoshiki hasta donde se encontraba en ese momento.

Lo primero que le vino a la mente al detenerse en la calle fue su padre.

Sabía que no habría nadie más dispuesto que él a escucharla en un momento crucial y delicado como aquel.

Pero no eran horas de llamarlo, sobre todo teniendo en cuenta que había rehecho su vida con otra mujer.

En cuanto a su madre, quedaba descartada; nunca le había tenido la confianza suficiente para contarle nada.

Lo que en realidad Chisa habría deseado era hablar con su mejor amiga, pero sabía que se la encontraría derrumbada, balbuceando entre llantos: «¡Perdóname!

¡No sabía cómo decírtelo! Sí, he estado viéndome con Yoshiki a escondidas.

Nos gustamos y… ¡lo siento muchísimo!». ¿Para qué molestarse en llamarla si ya sabía lo que le iba a decir?

En cuanto a su casero y a su jefe, ya les había comunicado que se mudaba de apartamento y que renunciaba al trabajo, respectivamente.

¿Qué debía decirles ahora? ¿Podía presentarse en la oficina y soltar a plomo un «Mi prometido y mi mejor amiga han estado viéndose en secreto todo este tiempo y ya no hay boda, así que, si me lo permitís, voy a seguir trabajando como si nada hubiera pasado»?

Resultaba más fácil pensarlo que decirlo.

El anillo ya encargado, la tarifa de cancelación del lugar de la ceremonia, las invitaciones…

«¿Y qué les digo a papá y a mamá, y al resto de la familia…

?». Aquel caos no había quien lo remediara, ni siquiera las más desgarradas disculpas de su prometido y de su mejor amiga, hincados de rodillas ante ella.

En un abrir y cerrar de ojos, se había quedado sin apartamento, sin trabajo, sin pareja y sin su amiga del alma. A sus treinta y tres años, alejada de su familia, se sentía perdida y sin futuro.

El bolso… Unos minutos antes, lo había tirado al suelo.

¿Dónde diablos estaba? Chisa alzó la mirada justo a tiempo para ver a un joven que huía con él bien sujeto bajo el brazo.

«¡Ladrón!». Sin pensarlo dos veces, se lanzó a perseguirlo.

Tropezó con un bolardo del aparcamiento del konbini y cayó aparatosamente.

Sintió el frío del suelo en la mejilla, y deseó quedarse allí tumbada y que el asfalto la absorbiera.

De todas maneras, no tenía energías para levantarse.

«Vale, me rindo…».

¿Cuánto tiempo se quedó ahí, tendida en el suelo?

Pudo oír a alguien preguntarle si estaba ebria y, en un acto de dignidad residual, logró ponerse en pie, tambaleándose.

¿Qué debía hacer a continuación? Buscó su teléfono móvil, pensando en llamar a la policía, pero recordó que lo llevaba en el bolso que le acababan de robar, junto con la cartera y las llaves, lo que significaba que no podría abrir la puerta de su piso.

Sin otra opción a la que recurrir, decidió dirigirse a la comisaría más cercana; al dar los primeros pasos, un dolor seco le recorrió el tobillo.

¡Maldita sea! ¿Por qué tenía que pasarle esto a ella?

¿Por qué? Al final, las lágrimas se le desbordaron y le emborronaron la vista.

Echó a andar y dejó atrás el konbini . Sabía que, para llegar a la comisaría, debía girar a la derecha al fondo de la calle.

Bajo la luz mustia de las farolas de la estrecha acera, caminó con extremo cuidado y sin levantar la mirada del tobillo entre transeúntes que pasaban de largo como sombras y la adelantaban sin reparar en ella.

De pronto, oyó un sonido que parecía un lamento, como si fuera el llanto de un bebé; no era muy diferente, al menos.

Descubrió su origen unos metros más allá, al seguir con la mirada los pasos de un hombre trajeado que avanzaba delante de ella.

Se trataba de un gato negro como la noche, encaramado sobre un muro de hormigón.

El hombre pasó de largo tras dirigirle al gato una indiferente mirada de soslayo.

El solitario animal parecía anhelar con desesperación que alguno de los transeúntes se fijara en él y le ofreciera un poco de comida.

Lamentablemente, aquella noche, bastante tenía Chisa con ocuparse de sus propios problemas. Ni tan siquiera sabía si podría cenar.

Continuó caminando y, al acercarse, pudo observar mucho mejor al felino.

Se fijó en la puntiaguda silueta de ambas orejas que se recortaba en la noche y en los ojos enormes, redondos y de brillante iris verde amarillo que la miraban fijamente desde lo alto del muro.

El gato estaba sentado con las patas delanteras rectas, bien juntas, dejando entrever las uñas afiladas frente a la mirada de Chisa.

Ahogado por los persistentes maullidos del animal, Chisa creyó llegar a captar el fino hilo de unos sonidos indiscernibles.

«E… or… ía… e… u… da».

Debía de tratarse de un acúfeno o tan solo de imaginaciones suyas…

Pero no. Los sonidos se repetían una y otra vez, y los maullidos comenzaban, poco a poco, a percibirse como sílabas, siempre las mismas, en idéntica sucesión y cada vez con mayor claridad.

Chisa aguzó el oído. El gato mecía la cola a izquierda y derecha.

«El… eor día… e tu …ida».