El gato negro y la biblioteca de los recuerdos 6. Mi libro blanco #4
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6. Mi libro blanco #4

Si hubiera dicho algo como «El mundo corre peligro si seguimos en la dirección que llevamos… ¡Corre peligro de ser destruido!», era probable que sus compañeros hubieran pensado que se había vuelto loca, que la cancelación de la boda la había trastornado.

—Así que…, eh…, ¿de qué estábamos hablando? —consiguió articular Chisa. Sus compañeros, pillados por sorpresa, rieron de buena gana.

—Un solo voto podría dar la victoria a un partido con ideas raras, ¿no? No suena nada bien eso —consideró uno de los compañeros que un momento antes había asegurado que no iría a votar.

—Bueno, además, el proceso de votar es fácil, ¿no? —agregó otro que también había afirmado que no iría.

—Sí, solo tienes que escribir tu nombre. Últimamente, algunas tiendas ofrecen descuentos a quienes votan —añadió una compañera.

—Ah, ¿sí? Pues me acercaré a votar de paso, cuando salga a hacer algún recado —comentó otra a la que le encantaba ir de compras.

La conversación giró hacia otros temas, pero Chisa continuó preguntándose a qué se debía esa extraña ansiedad que había sentido unos instantes antes, al paso de la furgoneta electoral.

De hecho, su opinión se acercaba más a la de quienes decían que no votarían o que irían solo si les venía bien, pero en realidad les importaba poco.

No le interesaba la política y no creía que tuviera nada que ver con ella.

Fue ella la primera en sorprenderse ante su cambio de opinión.

No alcanzaba a entender por qué había dicho lo que había dicho.

Aun así, pensó que quizá era un indicador de que debía empezar a replantearse algunas cosas que daba por sentadas en su vida; aunque no lograra hacer nada grandioso ni extraordinario, no le vendría mal cambiar poco a poco en algunos aspectos.

«Los pequeños cambios individuales pueden conducir a grandes mejoras sociales si todos ponemos nuestro granito de arena», pensó.

Tantas cosas estaban sucediendo tan rápido en la vida de Chisa…

Lo siguiente que hizo fue vender su anillo y los accesorios que tuvieran algún valor sentimental.

A la vuelta, entró en una cafetería y aprovechó una pequeña parte del dinero obtenido para darse el capricho de tomarse un delicioso y cremoso helado de melocotón blanco.

De regreso a su apartamento, se detuvo casi por casualidad en una papelería.

Quería probar la sensación diferente al escribir que proporcionaba cada tipo y marca de bolígrafo y, de paso, adquirir el que más le gustara.

Hacía poco, había adquirido la costumbre de anotar las ideas en su teléfono móvil y desarrollarlas en su ordenador, pero le apetecía probar a usar material de papelería. Curiosear por la papelería fue como un soplo de aire fresco entre tanta digitalización.

A su lado, una pareja estaba eligiendo plumas.

La mujer estaba bastante entrada en años y vestía de pies a cabeza con prendas de diseñadores famosos y de marcas de lujo.

Mientras los observaba, Chisa se preguntó si serían ricos.

El marido, mucho más joven que ella, llevaba ropa de mercadillo. Formaban sin duda una extraña pareja.

—¿Nos vamos? —preguntó ella.

—Sí —contestó él, cargado de bolsas de la compra. Siguió a su esposa mientras la felicidad se le reflejaba en el rostro.

Transcurridos unos instantes de vacilación, Chisa se decidió por un pequeño cuaderno blanco de cubierta flexible pero resistente, como de libro de bolsillo.

Era lo bastante grueso para mantenerse de pie, en vertical, sobre la mesa.

Por primera vez en su vida, compraba un cuaderno así.

Sentía un impulso inexplicable de escribir.

Contempló sus páginas, tan blancas como un nuevo día.

Chisa sería la protagonista de su vida a partir de entonces, de una vida que todavía no estaba escrita porque tendría que ser ella quien la escribiera.

Llenaría sus días de la misma manera que esas páginas en blanco.

Al salir de la papelería, miró al cielo, completamente despejado, y se recreó en observar a la gente que caminaba en distintas direcciones, hacia destinos diferentes. Alcanzó a oír la voz amplificada y distante de un discurso electoral en la calle.

«¡Denos su voto de confianza para construir un futuro en el que todos vivamos en paz y podamos sonreír bajo un cielo azul…!».

Al oír esas palabras, le vino a la mente la imagen de una gran cantidad de cartas cayendo del firmamento. Levantó la vista. En efecto, decenas de miles de cartas se precipitaban, en completo silencio, como copos en una bola de nieve navideña.

Un maullido sacó a Chisa de su ensimismamiento. Un gato negro acababa de pasar a sus pies. Probó a llamarlo con suavidad para no asustarlo.

—Hola, gatito. Ven aquí, ven.

El gato la miró y, con un ondulante movimiento de su cola negra, se alejó. Chisa lanzó una mirada de soslayo al bolso, donde guardaba el cuaderno y el bolígrafo que acababa de comprar, y decidió escribir sobre el gato negro en cuanto llegara a casa. Tenía tantas cosas que decir…

El título que daría al cuaderno sería Mi libro blanco .