Capítulo 14
La última elección
Pasaron varias semanas. El bosque recuperó sus colores.
Los pájaros regresaron. Las flores comenzaron a crecer en lugares donde durante años solo había existido tierra oscura.
Y en la vieja casa de Clara ocurrió algo todavía más extraordinario: siete gatos aprendieron a convivir bajo el mismo techo. O, al menos, lo intentaron.
Bruno había decidido que el sofá le pertenecía.
Áurea prefería dormir junto a la chimenea.
Luar pasaba largas horas descansando al sol mientras recuperaba lentamente sus fuerzas.
Alba descubría cada día algo Nuevo:
Una mariposa.
El sonido de la lluvia.
El sabor de la leche.
El cosquilleo de la hierba bajo sus patas.
Todo la sorprendía.
Nébiro era diferente. Dormía lejos de los demás. Comía cuando nadie lo observaba. Y cada noche desaparecía durante horas. Siempre regresaba antes del amanecer.
Misu nunca preguntaba dónde había estado. Sabía que algunas criaturas necesitan tiempo para aprender a regresar.
El nuevo guardián
Las siete gemas permanecían guardadas en una pequeña caja bajo la vieja encina. Misu podía sentirlas. Pero ya no escuchaba sus voces continuamente. Solo despertaban cuando eran necesarias. Al principio, aquello le gustó. Hasta que comenzaron los problemas. Un día encontró un pájaro herido.
La gema verde lo llamó. *Compasión.*
Misu estuvo a punto de utilizarla. Pero se detuvo.
Clara recogió al pequeño animal, curó su ala y lo dejó descansar dentro de una caja. No había hecho falta ninguna gema.
Otro día Bruno discutió con un enorme gato del pueblo.
El rubí llamó a Misu. *Fortaleza.*
Pero Misu no lo utilizó.
Bruno resolvió el problema marchándose. —Podía haberle ganado —protestó después.
—Claro.
—Entonces ¿por qué me miras así?
—Porque no necesitabas hacerlo.
Bruno pensó. —Esto de madurar es bastante aburrido.
Misu rio. Poco a poco comprendió algo. Ser guardián no significaba utilizar las gemas. Significaba saber cuándo **no utilizarlas**.
La pregunta de Alba
Una tarde, Alba encontró a Misu junto al río. Se sentó a su lado.—Tengo una pregunta.
Misu sonrió.
Alba tenía muchas.
—Dime.
—¿Soy buena?
Misu la miró sorprendido. —¿Por qué preguntas eso?
—Antes era el Vacío.
—Ya no.
—Pero fui algo que quería borrar todo lo que sentía.
—Porque no conocías otra cosa.
Alba miró el agua.
—Ahora siento muchas cosas.
—Eso está bien.
—No siempre.
Misu esperó.
—Ayer sentí celos.
—¿De quién?
—De Clara.
Misu abrió mucho los ojos. —¿De Clara?
—Cuando te abrazó. Alba bajó la cabeza. —Quería que me abrazara a mí.
Misu sonrió. —Eso no te hace mala.
—También me enfadé con Bruno. —Eso nos ocurre a todos.
—Y esta mañana quería quedarme con toda la comida.
Misu rio. —Definitivamente estás aprendiendo a ser un gato.
Alba no sonrió. —¿Cómo sé entonces si soy buena?
Misu contempló el río. Recordó todas las pruebas. —No creo que exista un momento en el que alguien pueda decir: «Ya soy bueno para siempre».
Alba lo miró. —¿Entonces?
—Creo que lo elegimos muchas veces.
—¿Cuántas?
Misu sonrió. —Todos los días.
Alba pareció preocupada. —Eso parece agotador.
—A veces lo es.
La desaparición de Nébiro
Aquella noche Nébiro no regresó.
Misu esperó. Llegó el amanecer. Nada. Al mediodía comenzó a preocuparse.
—Quizá se ha marchado —dijo Bruno.
Áurea negó. —Habría dicho algo.
—Nébiro no parece precisamente un gato de despedidas.
Luar olfateó el aire. —Algo ocurre.
Misu sintió entonces una llamada. Procedía de las gemas. Las siete al mismo tiempo. Corrió hacia la encina. La caja estaba abierta. Las piedras habían desaparecido. Misu sintió que el corazón se detenía.
Bruno llegó detrás. —No...
Áurea observó las huellas. —Nébiro.
Misu no quería creerlo. —No sabemos si las robó.
Bruno señaló las marcas. —Sus patas entran hasta el cofre y después se alejan.
Silencio.
Alba miró a Misu. —¿Ha vuelto a ser malo?
Misu no respondió.
La persecución
Siguieron las huellas. Atravesaron el bosque.
Después el río. Finalmente llegaron a una vieja cantera abandonada.
Nébiro estaba allí. Las siete gemas formaban un círculo alrededor de él.
Misu se detuvo. —Nébiro.
El gato negro levantó la cabeza. —No deberías haber venido.
—Devuélveme las gemas.
Nébiro sonrió. —¿Tuyas?
Misu comprendió inmediatamente el error.
—No. Se corrigió. —Devuelve las gemas.
Nébiro observó el rubí. —Todavía puedo sentir su poder.
Bruno mostró los dientes. —Sabía que no podíamos confiar en él.
—Cállate —ordenó Misu.
—¡Nos ha traicionado!
Nébiro rio amargamente. —Quizá Bruno tenga razón.
Misu avanzó. —¿Por qué las has cogido?
—Quería comprobar algo. —¿Qué?
Nébiro miró la gema plateada.
—Si todavía podía volver a ser quien era.
Áurea se quedó inmóvil. —¿Y puedes?
Nébiro acercó una pata al rubí. La gema comenzó a brillar. —Sí.
Misu sintió miedo. —No lo hagas.
—¿Por qué?
—Porque sabes adónde conduce.
—También sé lo que significa ser débil.
—No eres débil.
Nébiro lo miró. —Ahora siento culpa.
La gema plateada respondió. —Siento dolor.
La amatista brilló. —Deseo recuperar aquello que perdí.
El ónix despertó. —Y estoy enfadado conmigo mismo.
El rubí comenzó a emitir una luz intensa.
—Ser Nébiro era mucho más sencillo.
Misu comprendió. —Porque no tenías que vivir contigo mismo.
El gato negro cerró los ojos. —Exactamente.
El juicio
Bruno avanzó. —No merece otra oportunidad.
Misu se volvió. —¿Qué?
—Nos engañó. Robó las gemas. Casi destruyó todo una vez y ahora vuelve a intentarlo.
—Todavía no ha hecho nada.
—¿Tenemos que esperar?
Bruno miró el rubí. —Tú eres el guardián. Haz algo.
Misu sintió el peso de aquellas palabras.
*El guardián.*
Podía ordenar a Nébiro que entregara las gemas.
Podía utilizar su poder.
Podía decidir qué debía ocurrir.
Luar observaba desde lejos. No intervino. Aquella decisión pertenecía a su hijo.
Misu miró a Nébiro. —¿Quieres volver a ser quien eras?
Nébiro tardó en responder. —Una parte de mí sí.
—¿Por qué? —Porque era poderoso.
—¿Y la otra parte?
Nébiro miró hacia Alba. —Tiene miedo.
—¿De qué? —De volver a no sentir nada.
Alba se acercó lentamente. —Yo tampoco quiero volver a ser el Vacío.
Nébiro la miró. —¿Nunca lo deseas?
Alba pensó. —A veces.
Todos quedaron sorprendidos.
—Cuando algo me duele —continuó— recuerdo lo fácil que era cuando nada importaba.
Se acercó a la gema plateada. —Pero después recuerdo que entonces tampoco sabía qué era estar contenta.
Nébiro bajó la cabeza.
La última tentación
El rubí se elevó. Flotó frente a Nébiro. Después el ónix. Luego la amatista. Las tres gemas parecían llamarlo. Misu podía detenerlas. Sentía la octava gema dentro de él. Solo tenía que ordenarles que regresaran. Pero no lo hizo.
Áurea se acercó. —¿Qué esperas?
—Que elija.
—Puede elegir mal.
—Sí.
—Y puede hacernos daño.
—Sí.
Bruno protestó: —¡Esto es una locura!
Misu miró a su amigo. —Si obligo a Nébiro a ser bueno, no será bondad.
—Pero estaremos vivos.
Misu guardó silencio.
Bruno tenía razón.
La libertad tenía un riesgo. Siempre.
Nébiro levantó una pata. Tocó el rubí. Una luz roja recorrió su cuerpo. Sus músculos aumentaron. Sus ojos comenzaron a oscurecerse.
Bruno retrocedió. —¡Misu!
El guardián no se movió.
Nébiro tocó el ónix. Una sombra rodeó sus patas. Después miró la amatista. Podía recuperar casi todo su antiguo poder.
Misu sintió miedo. Mucho. Pero esperó.
Nébiro acercó lentamente la pata. La amatista brilló.
Y entonces... se detuvo. Miró su reflejo en una pequeña charca.
Sus ojos comenzaban a volverse negros. Durante mucho tiempo permaneció inmóvil.
Después retiró la pata del ónix. La sombra desapareció.
Soltó el rubí. Su cuerpo recuperó su tamaño normal.
Finalmente empujó las siete gemas hacia Misu. —Llévatelas.
Bruno abrió mucho los ojos.
Nébiro se sentó. Parecía agotado.
—¿Por qué te has detenido? —preguntó Misu.
Nébiro tardó en responder.
—Porque por primera vez tenía algo que perder.
—¿Qué?
El gato negro miró a los demás.
Áurea.
Luar.
Bruno.
Alba.
Finalmente Misu.
—La posibilidad de convertirme en alguien diferente.
El verdadero guardián
Las gemas regresaron alrededor de Misu.
Luar se acercó. —Ahora sí.
Misu lo miró. —¿Ahora sí qué?
—Ahora eres guardián.
—Ya lo era.
Luar negó. —Hasta hoy protegías las gemas.
Se acercó a Nébiro.
—Hoy has protegido una elección.
Misu contempló las piedras. —Pensé que ser guardián significaba impedir que ocurrieran cosas malas.
—Eso es imposible.
—Entonces ¿qué significa?
Luar respondió:
—Recordar que siempre existe otra posibilidad.
La decisión de Misu
Aquella noche regresaron a casa. Clara dormía.
Misu se sentó frente al cofre. Las siete gemas estaban dentro. Las contempló durante mucho tiempo.
Podía volver a enterrarlas.
Podía esconderlas.
Podía protegerlas durante toda su vida.
Pero comprendió algo. Mientras las gemas continuaran ofreciendo poderes extraordinarios, siempre habría alguien que quisiera poseerlas. Incluso él. Especialmente él. Cerró los ojos. La octava gema despertó. Las siete piedras comenzaron a flotar.
Áurea apareció detrás. —¿Qué haces?
—Terminar lo que empezó mi padre.
Luar llegó. —¿Estás seguro?
Misu asintió. —Las gemas no deberían pertenecer a nadie.
—Sin ellas perderás tus poderes.
Misu sonrió. —Eso espero.
Bruno apareció. —Un momento. ¿Todos?
—Todos.
—¿Incluso el rubí?
—Especialmente el rubí.
Bruno suspiró. —Era mi favorito.
Siete estrellas
Misu salió al jardín. Los demás lo siguieron. Las siete gemas flotaron a su alrededor. Misu miró las estrellas.
La media luna de su frente brilló. —Compasión.
La gema verde se convirtió en luz. Entró en su pecho. —Sabiduría.
La azul hizo lo mismo. —Valor.
La blanca desapareció. —Fortaleza.
El rubí se convirtió en un destello rojo.—Deseo de crecer.
La amatista se transformó en luz violeta. —Justicia.
El ónix desapareció.
Finalmente quedó la gema plateada.
Misu lloró. —Dolor.
La última piedra se convirtió en una pequeña estrella. Entró en su corazón. El cofre quedó vacío.
Bruno miró alrededor. —¿Dónde están?
Luar sonrió. —Donde siempre debieron estar.
—¿Dentro de Misu? —No.
Luar miró a todos. —Dentro de cada uno.
Misu comprendió. Las gemas nunca habían creado aquellas emociones. Solo les habían dado una forma. Ahora ya no eran necesarias.
La octava gema
Misu tocó con una pata la media luna de su frente. Seguía allí. —¿Y esta?
Luar respondió: —Esa no puedo decirte cómo destruirla.
Misu sonrió. —Creo que tampoco quiero.
—¿Por qué?
—Porque no me da ningún poder.
Áurea se acercó. —Te da algo mejor.
Misu la miró. —¿Qué?
—La posibilidad de elegir qué haces con todos los demás.
La media luna dejó de brillar. Parecía una simple marca. Como siempre.
La noche antes del final
Todos regresaron a la casa. Nébiro se acomodó por primera vez cerca de la chimenea. No en el rincón más lejano.
Alba se tumbó junto a él.
Bruno ocupó el sofá.
Áurea cerró los ojos.
Luar permaneció junto a la ventana.
Misu subió al dormitorio. Clara dormía. Saltó sobre la cama. Ella abrió los ojos.
—Hola, aventurero.
Misu se acomodó junto a ella.
Clara lo acarició. —Últimamente estás más tranquilo. Misu ronroneó.
—Eso está bien —continuó ella—. Ya has tenido suficientes aventuras.
Misu cerró los ojos.
Quizá Clara tenía razón.
Quizá la gran aventura había terminado.
Pero antes de quedarse dormido miró hacia la ventana.
Una estrella cruzó el cielo. Verde. Exactamente igual que aquella primera noche.
Misu abrió los ojos. Se levantó. La estrella desapareció detrás de las montañas.
Esperó. No ocurrió nada. Sonrió. Y volvió junto a Clara.
No necesitaba perseguir todas las luces.
Algunas podían ser simplemente estrellas.
Porque Misu había aprendido algo que ninguna gema podía enseñarle: **también elegir significa saber cuándo detenerse. **
A la mañana siguiente comenzaría el resto de su vida. Y esa sería, quizá, su aventura más importante.