Capítulo 15
La verdadera joya
Pasaron los meses. Llegó el invierno. Después la primavera.
El bosque volvió a llenarse de flores, pájaros y pequeños animales.
Donde antes se extendía el Bosque Sin Sombra crecían ahora los primeros brotes verdes.
Nadie habría podido imaginar que bajo aquellos árboles se había librado una batalla capaz de cambiarlo todo.
Pero Misu sí lo recordaba. Recordaba las gemas.
Recordaba a Nébiro. Recordaba el Vacío. Recordaba las tres pruebas.
Y, sobre todo, recordaba a aquel pequeño gato que había salido una noche de casa creyendo que la mayor aventura consistiría en descubrir un tesoro.
Ahora sabía que estaba equivocado. El verdadero descubrimiento había sido otro. Se había descubierto a sí mismo.
Una vida aparentemente normal
Misu volvió a hacer muchas de las cosas que hacía antes.
Dormía junto a la ventana cuando entraba el sol.
Perseguía mariposas. Observaba los pájaros.
Se escondía cuando Clara intentaba bañarlo.
Y continuaba subiendo cada noche al muro del jardín para contemplar las estrellas.
Pero ya no era exactamente el mismo. Bruno seguía visitándolo.
Aunque continuaba fingiendo que era el gato más fuerte del pueblo, había cambiado.
Ya no necesitaba demostrarlo continuamente.
Una tarde Misu lo encontró compartiendo su comida con un cachorro.
—¿Qué miras? —preguntó Bruno.
—Nada.
—Estaba sobrando.
—Claro.
—Y no tenía hambre.
—Por supuesto.
Bruno frunció el ceño. —Como se lo cuentes a alguien... Misu rio.
Alba aprende a vivir
Alba se convirtió en la criatura más curiosa que Misu había conocido. Todo le parecía extraordinario.
La lluvia.
El viento.
Las hormigas.
Las campanas del pueblo.
Una mañana descubrió la nieve. Salió al jardín. Una pequeña bola blanca cayó sobre su nariz. Alba levantó la cabeza. —¿Qué es esto?
—Nieve.
Intentó atraparla. Desapareció entre sus patas. —¡Se rompe!
Misu rio.
—Se derrite.
Alba pasó horas jugando. Cuando regresó a casa estaba empapada.
Clara la envolvió en una manta.
Alba comenzó a ronronear.
Después miró a Misu. —Esto es felicidad.
Misu sonrió. —Una parte.
—¿Hay más?
—Muchísima.
Alba cerró los ojos. —Entonces quiero conocerla toda.
Misu pensó en aquello que había sido Alba: El Vacío. Una criatura que había querido terminar con todos los sentimientos. Ahora quería sentirlos todos. Incluso los difíciles. Aquello quizá fuera el mayor milagro de las gemas.
Nébiro
Nébiro tardó más en encontrar su lugar. Algunos animales del bosque lo reconocían. Lo temían. Otros lo odiaban. Y algunos jamás pudieron perdonarlo.
Misu comprendió que tampoco tenían obligación de hacerlo. Una noche encontró a Nébiro sentado junto al río. —¿Estás bien?
—No.
Misu se sentó a su lado.
—Eso es nuevo.
Nébiro lo miró. —¿Qué?
—Antes siempre fingías que nada podía afectarte.
Nébiro sonrió ligeramente. —Estoy aprendiendo.
Permanecieron en silencio.
—Hay quienes nunca me perdonarán —dijo Nébiro.
—Lo sé.
—¿Y qué hago?
Misu pensó. —No puedes exigir perdón.
—Entonces ¿cómo reparo lo que hice?
—Haciendo hoy algo diferente.
—¿Y mañana?
—También.
—¿Durante cuánto tiempo?
Misu sonrió. —Supongo que durante toda la vida.
Nébiro suspiró. —Era más sencillo ser un monstruo.
—Probablemente.
Los dos comenzaron a reír.
Luar y el tiempo perdido
Luar recuperó lentamente sus fuerzas. Pasaba muchas tardes con Misu:
Le hablaba de Selene.
De su nacimiento.
De los guardianes.
De sus propios errores. No intentaba presentarse como un héroe. Y Misu se lo agradecía.
Una noche estaban sentados bajo la vieja encina.
—¿Te arrepientes? —preguntó Misu.
—De muchas cosas.
—¿De haberme dejado con Clara?
Luar negó. —Esa fue probablemente la mejor decisión de mi vida.
—¿No querías quedarte conmigo?
Luar lo miró. —Cada día.
Misu guardó silencio.
—Entonces ¿por qué te marchaste?
—Porque confundí responsabilidad con sacrificio.
Misu recordó las palabras de su padre.
—Ya me lo dijiste.
—Y quiero que tú no lo olvides.
Luar señaló la casa.
Clara estaba encendiendo las luces.
—Nunca abandones aquello que amas solo para demostrar que tienes una misión importante.
Misu observó a Clara a través de la ventana.
—¿Y si algún día tengo que elegir?
—Entonces elige.
—¿Qué?
Luar sonrió. —Eso tendrás que decidirlo tú.
Misu protestó: —Los padres dais respuestas bastante malas.
Luar rio.—Es uno de nuestros secretos.
La caja vacía
Un día Misu regresó al lugar donde había encontrado las gemas.
La tierra todavía conservaba una pequeña marca.
Escarbó. Encontró el viejo cofre. Lo abrió.
Estaba vacío. Pasó una pata sobre la madera.
En la tapa seguía apareciendo aquel dibujo: un gato rodeado por siete estrellas.
Pero algo había cambiado. Misu acercó el rostro.
Había una octava estrella. Muy pequeña. En el centro. —Eso antes no estaba.
Áurea apareció detrás. —No.
Misu la miró. —¿Cómo ha aparecido?
—Quizá siempre estuvo allí.
—Estoy seguro de que no.
Áurea sonrió. —Entonces quizá el cofre también haya aprendido algo.
Misu rio. —Los cofres no aprenden.
—Hace un año habrías dicho que las piedras tampoco hablan.
Misu tuvo que admitir que aquello era cierto.
La última pregunta
Misu cerró el cofre. —Áurea.
—¿Sí?
—¿Crees que soy bueno?
La anciana lo miró. Era exactamente la pregunta que Alba le había hecho meses atrás.
Áurea tardó en responder. —¿Qué has hecho hoy?
Misu frunció el ceño. —He ayudado a Alba a bajar de un árbol.
—¿Algo más?
—He discutido con Bruno.
—¿Por qué?
—Porque quería quedarse con mi comida.
—¿Y qué hiciste?
Misu bajó las orejas. —Le arañé.
Áurea sonrió. —Entonces tendrás que volver a intentarlo mañana.
Misu la miró.
—No has respondido.
—Sí.
—No.
Áurea se acercó. —La bondad no es un lugar al que llegas y puedes quedarte para siempre.
Misu escuchó.
—Es un camino.
La anciana comenzó a alejarse.
—Y cada día decides en qué dirección caminas.
El regalo de Clara
Aquella tarde Clara llamó a Misu. —Ven aquí.
El gato se acercó. La mujer sostenía algo. Un collar nuevo. Era sencillo. De cuero. En el centro había un pequeño colgante transparente. Misu se quedó inmóvil. Parecía una gema. —Lo vi y pensé en ti. Clara colocó el collar alrededor de su cuello. —Mírate.
Misu se acercó a un espejo. La pequeña piedra reflejaba la luz.
No tenía poder.
No hablaba.
No podía conceder deseos.
Era simplemente un cristal.
Misu sonrió. —Es perfecta.
Clara lo acarició. —Sabía que te gustaría.
Bajo las estrellas
Aquella noche Misu volvió al muro. El cielo estaba completamente despejado. Miles de estrellas brillaban.
Clara salió al jardín. —Otra vez ahí.
Misu la miró. Ella se acercó.
—Después de tantos años sigo sin saber qué buscas.
Misu contempló el cielo. Recordó la primera noche. La estrella verde. El cofre. Las siete gemas.
El miedo.
El poder.
Su padre.
Su madre.
Nébiro.
Alba.
Todo había comenzado porque había sentido curiosidad.
Clara acarició su cabeza. —¿Lo has encontrado?
Misu cerró los ojos. Si hubiera podido responder en el lenguaje de los humanos, habría dicho: *Sí.* Pero no era una gema. No era un tesoro. No era poder. Había encontrado algo mucho más difícil de encontrar. Había aprendido que podía sentir miedo y seguir caminando.
Que podía sentir ira y decidir no herir.
Que podía desear algo y renunciar a poseerlo.
Que podía sufrir sin dejar de amar.
Que podía equivocarse sin quedar condenado para siempre por sus errores. Y que dentro de todos los seres convivían luces y sombras. Lo importante era cuál de ellas elegíamos alimentar. Misu ronroneó.
Clara sonrió. —Supongo que eso significa que sí.
La verdadera joya
Clara regresó a casa. Misu permaneció unos minutos más sobre el muro.
Miró el pequeño cristal que llevaba en el cuello.
No tenía magia. Y no la necesitaba. Entonces comprendió definitivamente el secreto de las ocho gemas.
Durante todo aquel tiempo había pensado que ellas contenían los poderes.
Pero la compasión nunca había estado dentro de la esmeralda. Estaba en quien decidía ayudar.
El valor nunca había pertenecido a la piedra blanca. Estaba en quien avanzaba a pesar del miedo.
La fortaleza no estaba en el rubí. Estaba en quien podía dominar su propia fuerza.
La justicia no vivía en el ónix. Vivía en quien se enfrentaba a lo injusto sin convertirse en aquello contra lo que luchaba.
El dolor no pertenecía a ninguna piedra. Formaba parte de amar.
Y la conciencia... La octava gema... No había sido jamás un objeto. Era aquella pequeña voz interior que, incluso en medio de la oscuridad, todavía podía preguntar: **«¿Quién quieres ser?»**
Misu levantó la cabeza. Una estrella cruzó el cielo.
Esta vez no corrió detrás de ella. Simplemente la contempló.
Y sonrió. Porque finalmente había comprendido que la joya más valiosa nunca había estado enterrada bajo la tierra.
Había estado siempre dentro de él. Y también dentro de cada criatura capaz de elegir.
Antes de regresar a casa, Misu miró por última vez las estrellas.
Y creyó escuchar una voz. Muy lejana. Suave. Familiar.
—Estoy orgullosa de ti.
Misu levantó las orejas. —¿Madre?
El viento movió las hojas de la encina. Nada más.
Quizá había sido Selene.
Quizá solo el viento.
Misu decidió que no necesitaba saberlo.
Saltó del muro. Corrió hacia la casa. Clara había dejado la ventana abierta.
Luar dormía junto al fuego. Áurea descansaba cerca de él.
Bruno ocupaba demasiado espacio en el sofá.
Alba soñaba. Y Nébiro dormía tranquilamente por primera vez en siglos.
Misu se detuvo en la puerta. Los observó.
Aquello era su hogar. Aquella era su familia.
No era perfecta. Él tampoco. Y precisamente por eso era verdadera.
Misu entró. La ventana quedó abierta. Afuera, ocho estrellas parecieron brillar durante un instante con una intensidad extraordinaria.
Después volvieron a confundirse con las demás.
Y en el viejo cofre enterrado bajo la encina apareció una última inscripción:
**«NINGUNA GEMA PUEDE HACERTE BUENO.
NINGUNA SOMbrA PUEDE OBLIGARTE A SER MALO.
MIENTRAS PUEDAS ELEGIR, SIEMPRE EXISTIRÁ UN CAMINO DE REGRESO.»**
FIN