EL GATO DE LAS SIETE GEMAS Capítulo 13
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Capítulo 13

El guardián de las ocho luces

El amanecer llegó al Bosque Sin Sombra. No debería haber sido posible.

Durante siglos, aquel lugar había permanecido apartado de la luz.

Sus árboles negros nunca habían conocido el brillo del sol y la tierra parecía haber olvidado que alguna vez existieron flores.

Pero aquella mañana un rayo atravesó las nubes. Después otro.Y otro.

Misu levantó la cabeza. Una franja dorada apareció en el horizonte.

Bruno contempló el cielo. —No recordaba que el sol pudiera parecer tan bonito.

Áurea sonrió. —Quizá porque nunca habías tenido que luchar para volver a verlo.

El Vacío permanecía sentado a cierta distancia. Ya no era una figura perfecta. Su cuerpo blanco presentaba pequeñas manchas de diferentes tonalidades. Como si las emociones comenzaran a pintarlo.

Una lágrima seguía sobre su mejilla. La tocó con una pata. —Todavía duele.

Misu se acercó. —¿Qué?

—Todo.

—Te acostumbrarás.

Áurea negó. —No.

Misu la miró. —¿No?

—No debemos acostumbrarnos al dolor. La anciana se acercó al Vacío. —Debemos aprender a atravesarlo.

El ser blanco pareció pensar. —¿Y después desaparece?

Áurea sonrió con tristeza. —Algunas veces.

—¿Y otras? —Cambia.

Luar

Misu regresó junto a su padre. Luar había conseguido incorporarse, aunque apenas podía mantenerse en pie. —No deberías moverte.

—He pasado demasiados años sin moverme.

—Precisamente.

Luar sonrió. —Te pareces a tu madre cuando te preocupas.

Misu sintió una punzada. —Háblame de ella.

Luar dejó de sonreír. Después miró hacia el amanecer. —Selene era capaz de discutir hasta con una tormenta.

Misu rio. —Áurea dijo que era testaruda.

—Áurea fue muy prudente. La anciana fingió indignación. —Estoy aquí.

—Lo sé.

Por primera vez en muchos años, Luar y Áurea rieron juntos.

Misu los contempló. Había imaginado que encontrar a su padre llenaría inmediatamente todos los espacios vacíos de su pasado.

Pero no era así. Seguía teniendo preguntas.

Muchas. Y algunas respuestas seguramente le dolerían.

Sin embargo, ya no tenía prisa. Ahora disponían de algo que antes parecía imposible. Tiempo.

Las gemas despiertan

Las siete piedras descendieron lentamente hasta el suelo. La octava continuaba brillando dentro de Misu.

Luar las observó. —Han cambiado.

Misu se acercó.

La gema verde seguía siendo esmeralda.

La azul conservaba su intenso color.

La blanca parecía casi transparente.

El rubí había perdido completamente la mancha negra.

La amatista emitía una luz suave.

El ónix ya no parecía amenazador.

Y la antigua Piedra Negra se había convertido en una gema plateada.

—Ya no hay ninguna mala —dijo Bruno.

Luar negó. —Nunca las hubo.

Bruno señaló el ónix. —Esa intentó convertirnos en máquinas de golpear.

—Porque alguien había olvidado para qué servía.

Luar miró a Misu.

—Las emociones no son enemigas.

—Eso he aprendido.

—No del todo.

Misu levantó las orejas. —¿Qué me falta?

—Aprender que tampoco son órdenes.

Luar señaló el ónix. —Puedes sentir ira sin golpear.

Después el rubí. —Puedes sentirte fuerte sin dominar.

La amatista. —Puedes desear algo sin creer que tienes derecho a poseerlo.

La gema plateada. —Y puedes sentir dolor sin permitir que destruya todo lo demás.

Misu miró las siete piedras. Comprendió entonces cuál había sido el verdadero aprendizaje de su viaje. No debía eliminar ninguna parte de sí mismo. Debía aprender a escucharlas todas. Y después elegir.

El último mandato

Las gemas comenzaron a elevarse. Formaron un círculo alrededor de Misu.

Luar abrió mucho los ojos. —Ha llegado el momento.

—¿De qué?

—De elegir un guardián.

Misu retrocedió. —¿Yo?

—Las gemas te han reconocido.

—No quiero.

Todos quedaron sorprendidos.

Luar sonrió. —Buena respuesta.

Misu frunció el ceño. —¿Por qué?

—Porque el peor guardián sería aquel que estuviera deseando serlo.

Misu miró las piedras. —¿Qué tendría que hacer?

—Custodiarlas.

—¿Para siempre?

—Mientras ellas te necesiten.

—¿Y no podría volver con Clara?

Aquella era la pregunta que realmente le preocupaba.

Luar se acercó. —Ser guardián no significa abandonar tu vida.

—¿Tú lo hiciste?

Luar bajó la mirada. —Ese fue otro de mis errores.

Misu guardó silencio.

—Creí que cumplir con mi deber significaba sacrificar todo lo demás.

Luar miró a su hijo. —No hagas lo mismo.

Una corona que no era una corona

Las gemas comenzaron a acercarse. Misu cerró los ojos. Esperaba sentir poder. Pero no sintió nada. Cuando volvió a abrirlos, las piedras habían formado un pequeño círculo sobre el suelo. No una corona. Un camino.

Misu comprendió. —No quieren estar sobre mí.

Áurea sonrió. —Quieren caminar contigo.

Misu avanzó. Las gemas lo siguieron.

Bruno observó fascinado. —Eso va a resultar muy útil para viajar. El rubí se acercó a Bruno y le dio un pequeño golpe en la cabeza. —¡Ay!

Misu rio. —Creo que no le has caído bien.

—Después de todo lo que he hecho por ellas... El rubí volvió a golpearlo.

Incluso Luar rio.

Nébiro

Solo uno permanecía apartado: Nébiro. El antiguo señor de la oscuridad contemplaba el bosque. Ya no tenía poderes. Era simplemente un gato negro. Viejo y cansado.

Misu se acercó. —¿Qué vas a hacer?

Nébiro no respondió.

—Puedes venir con nosotros.

Áurea lo miró sorprendida. —Misu.

—No he dicho que confiemos en él.

Nébiro sonrió amargamente. —No deberíais.

—Pero tampoco tienes que quedarte aquí.

Nébiro observó sus patas. —No existe lugar para alguien como yo.

—Eso tendrás que descubrirlo.

—He hecho demasiado daño.

—Sí.

Nébiro levantó la cabeza, sorprendido por la respuesta.

Misu continuó: —Y tendrás que vivir sabiendo lo que hiciste.

—¿Eso es un castigo?

—No.

Misu pensó en Luar.

—Es responsabilidad.

Nébiro permaneció en silencio.

—No puedes cambiar el pasado —continuó Misu—. Pero puedes decidir qué haces a partir de ahora.

Áurea sonrió. Había escuchado aquellas mismas palabras durante la prueba de la verdad.

Nébiro miró hacia el sendero.

—No prometo convertirme en bueno.

Misu se encogió de hombros.

—Yo tampoco prometo serlo siempre.

Bruno abrió mucho los ojos.

—¿Ese es el discurso oficial del nuevo guardián?

Misu rio.—Prometo intentar elegir bien.

Luar asintió. —Eso es mucho más difícil.

El nombre del Vacío

La criatura blanca continuaba observándolos.

Misu se acercó. —¿Vendrás?

—No sé adónde.

—Nosotros tampoco.

—Yo no tengo nombre.

—Te llamamos Vacío.

La criatura bajó la cabeza.

—No quiero llamarme así.

Misu pensó.

Bruno se acercó. —Podríamos llamarlo Copito.

La criatura lo miró. —No.

—A mí me gustaba.

Áurea sonrió. —Necesita escoger su propio nombre.

El ser blanco contempló el amanecer. El sol aparecía entre las montañas. Por primera vez sintió su calor. Cerró los ojos. —¿Cómo llamáis a esto?

—¿Al sol? —preguntó Misu.

—A lo que ocurre cuando termina la noche.

Misu respondió: —Amanecer.

La criatura repitió: —Amanecer.

Pensó durante unos segundos. —Quiero llamarme **Alba**.

Áurea sonrió. —Entonces Alba será.

Bruno murmuró: —Copito tenía más personalidad.

El rubí volvió a golpearlo.

—¡Ya está bien!

El regreso

Comenzaron el camino de vuelta. Luar caminaba lentamente.

Áurea permanecía a su lado. Misu iba delante.

Bruno y Alba caminaban detrás. Nébiro cerraba el grupo.

Las siete gemas flotaban alrededor de ellos.

Cuando llegaron a la puerta de la prueba de la verdad, esta ya no existía. Tampoco la del deseo. Ni la del miedo.

—¿Dónde están? —preguntó Bruno.

Luar respondió: —Ya no las necesitáis.

—¿Nunca volveremos a tener miedo?

—Claro que sí.

—¿Ni deseos?

—Muchísimos.

—¿Y tendremos que enfrentarnos otra vez a la verdad?

Áurea rio. —Todos los días.

Bruno suspiró. —Entonces no hemos aprendido nada.

Misu sonrió. —Hemos aprendido que podemos atravesarlo.

Una sorpresa

Después de varios días llegaron al límite del bosque conocido. Misu reconoció los primeros árboles. Su corazón comenzó a latir más deprisa. —Estamos cerca. Corrió.

Bruno intentó seguirlo. —¡Espera!

Misu atravesó el sendero. Después el campo. Finalmente vio el muro de piedra: Su casa.

—¡Clara!

Saltó. Atravesó el jardín. Entró por la ventana. La casa estaba silenciosa.

—¿Clara?

No hubo respuesta. Misu corrió hacia la cocina. Vacía. Subió las escaleras.

—¡Clara!

Nada.

Llegó al dormitorio. La cama estaba hecha. Sobre la almohada había algo. Su collar. Misu sintió que el corazón se detenía. —No...

Áurea llegó detrás.

—¿Qué ocurre?

Misu olfateó la habitación. El olor de Clara estaba allí.

Pero era débil. Habían pasado varios días.

Corrió hacia la puerta. Entonces escuchó un coche.

Frenos. Una puerta que se abría. Pasos. Misu bajó las escaleras a toda velocidad.

La puerta principal se abrió. Clara apareció.

Llevaba bolsas en las manos. Durante unos segundos ninguno se movió. Clara dejó caer las bolsas.

—Misu...

El gato corrió.

Clara cayó de rodillas.

—¡Misu!

Lo abrazó.

Lloraba.

—¿Dónde has estado?

Misu enterró la cabeza contra ella.

Clara lo besó una y otra vez.

—Pensé que te había perdido.

Misu cerró los ojos.

Había atravesado bosques.

Había conocido el miedo.

Había renunciado a sus mayores deseos.

Había descubierto verdades dolorosas.

Había enfrentado a Nébiro.

Había mirado al Vacío.

Y, sin embargo, ningún lugar del mundo le había parecido tan importante como aquellos brazos.

Una casa llena de gatos

Clara levantó la cabeza. Entonces vio a los demás. Áurea estaba junto a la puerta. Bruno detrás. Luar apenas podía sostenerse. Nébiro permanecía escondido. Y Alba, completamente blanca, observaba todo con curiosidad.

Clara abrió mucho los ojos. —Misu...

Miró al grupo. Después volvió a mirar a su gato.

—¿Qué has hecho?

Bruno murmuró: —Tengo la impresión de que no estaba preparada para esto.

Misu maulló.

Clara se llevó las manos a la cintura. Desapareces varios días y vuelves con una familia entera.

Misu se acercó. Rozó sus piernas.

Clara intentó parecer enfadada. No lo consiguió. —Está bien. Abrió la puerta. —Entrad.

Los gatos se miraron. Bruno fue el primero.

—Sabía que me caería bien.

Áurea entró detrás. Después Alba. Luar se detuvo ante el umbral. Misu lo miró. —¿Qué ocurre?

Luar contempló a Clara. —Así que ella es la mujer que te crió.

—Sí.

—Elegí bien.

Misu sonrió.

—Sí.

Luar cruzó la puerta.

Nébiro permaneció fuera.

—¿Y tú? —preguntó Misu.

—No pertenezco ahí.

Misu lo miró. —Eso también lo decidirás tú.

Entró.

La puerta quedó abierta. Nébiro permaneció inmóvil durante un largo rato. Finalmente dio un paso. Después otro. Y cruzó el umbral.

Aquella noche

Clara colocó mantas por toda la casa. —Esto es una locura —murmuraba—. Una auténtica locura.

Bruno ocupó inmediatamente el sofá. Áurea se acomodó junto a la chimenea.

Alba descubrió su propio reflejo en un espejo y pasó casi una hora intentando comprenderlo.

Nébiro eligió el rincón más alejado. Luar descansó junto a la ventana.

Y Misu... Misu regresó al muro del jardín.

Miró las estrellas. Como había hecho tantas noches. Pero ahora era diferente.

Luar se acercó. —¿Qué buscas ahí arriba?

Misu sonrió. Era exactamente la pregunta que Clara le había hecho tantas veces. —Antes no lo sabía.

—¿Y ahora?

Misu contempló el cielo. Las siete gemas flotaron suavemente a su alrededor. La media luna de su frente emitió un pequeño destello.

—Ahora creo que no buscaba nada.

Luar se sentó junto a él.

—Entonces ¿por qué mirabas?

Misu apoyó la cabeza contra su padre.

—Quizá estaba esperando.

—¿A qué?

Misu cerró los ojos. —A saber quién era.

Luar sonrió. —¿Y ya lo sabes?

Misu pensó durante unos segundos.

Después respondió:

—Sé quién quiero intentar ser mañana.

Luar rio. —Eso es suficiente.

Desde la casa llegó la voz de Clara: —¡Misu! ¡A dormir!

Misu levantó las orejas.

Bruno asomó la cabeza por la ventana.

—El gran guardián de las ocho luces acaba de recibir una orden.

Misu lo miró. —Cállate.

—¿No vas a utilizar el rubí para rebelarte?

El rubí salió disparado y golpeó a Bruno en la frente. —¡Otra vez no!

Misu y Luar comenzaron a reír.

Y aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, las siete gemas no emitieron ninguna llamada.

No prometieron poder.

No ofrecieron deseos.

No despertaron miedo.

Simplemente brillaron. Como siete pequeñas estrellas alrededor de un gato que había aprendido el secreto más difícil de todos: **la verdadera bondad no consiste en no tener oscuridad dentro de nosotros, sino en reconocerla y seguir eligiendo la luz.**