Capítulo 11
La luz que nació de la oscuridad
La Piedra Negra se agrietó. Una línea de luz atravesó su superficie. Después otra. Y otra. Nébiro lanzó un rugido tan poderoso que las ramas de los árboles se quebraron. —**¡SUÉLTALA!**
Misu apretó la piedra contra su pecho. El dolor era insoportable. No era un dolor del cuerpo. Era algo mucho más profundo. De pronto sintió todas las pérdidas de su vida:
La madre que nunca había conocido.
Los años sin saber quién era su padre.
La despedida de Luar cuando apenas acababa de encontrarlo.
El miedo a perder algún día a Clara.
Todo estaba allí. Y la Piedra Negra le ofrecía una salida. **No sientas.**
Misu cerró los ojos. La tentación era enorme.
*No sientas.*
Si aceptaba, dejaría de doler. No habría tristeza.No habría miedo. No habría lágrimas. Pero entonces recordó las palabras de Áurea: *Cuando nada puede herirte, tampoco nada puede hacerte feliz.*
Misu abrió los ojos. —Prefiero sentir.
Nébiro retrocedió. —**¿Qué?**
—Prefiero que duela.
La Piedra Negra comenzó a temblar.
—Porque si me duele haber perdido a mi padre... Misu miró el cuerpo inmóvil de Luar. —...es porque llegué a quererlo.
Una nueva grieta apareció.
El verdadero significado
La Piedra Negra se abrió. Pero dentro no había oscuridad. Había una pequeña luz.
Misu quedó sorprendido. —Áurea... La anciana también la contemplaba. —No puede ser.
Nébiro rugió. —**¡NO MIRES!**
Misu acercó la piedra. En su interior había algo parecido a una estrella diminuta.
—¿Qué es?
Áurea comprendió. —La tristeza.
Misu la miró. —¿La tristeza?
—La Piedra Negra nunca representó la maldad.
Nébiro lanzó otra ola de oscuridad.
Bruno saltó frente a Áurea. —¡Cuidado!
La sombra pasó junto a ellos.
Áurea continuó: —Representaba el dolor.
Misu comprendió lentamente. —Nébiro la convirtió en vacío.
—Sí.
La anciana miró al monstruo. —Porque no quiso aceptar su propio sufrimiento.
Nébiro retrocedió. —**¡MENTIRA!**
Misu levantó la Piedra Negra.
—Tú no dejaste de sentir porque fueras fuerte.
La criatura comenzó a temblar. —**¡CALLA!**
—Lo hiciste porque estabas asustado.
—**¡CALLA!**
—Pensaste que si no amabas a nadie, nadie podría abandonarte.
Nébiro rugió.
Misu continuó: —Y convertiste tu dolor en odio. La luz dentro de la Piedra Negra aumentó.
—Pero el dolor no era tu enemigo.
La piedra estalló. Una luz inmensa llenó el bosque.
Siete colores
Las otras seis gemas comenzaron a reaccionar.
La verde se elevó. Después la azul. La blanca. El rubí. La amatista. El ónix. La antigua Piedra Negra, ahora transparente con una pequeña luz en su centro, se unió a ellas. Siete piedras rodearon a Misu.
Áurea observó maravillada.
—Están recordando.
—¿Qué?
—Lo que realmente son.
La gema verde brilló: **COMPASIÓN.**
La azul: **SABIDURÍA.**
La blanca: **VALOR.**
El rubí: **FORTALEZA.**
La amatista: **DESEO DE CRECER.**
El ónix: **JUSTICIA.**
Y la última gema. La que había sido negra.
**DOLOR.**
Misu comprendió. Ninguna emoción era malvada. El peligro estaba en permitir que una sola dominara a todas las demás. Nébiro había convertido la fortaleza en dominación. El deseo de crecer en ambición. La justicia en ira. Y el dolor... En vacío.
La octava luz
Entonces la media luna de Misu comenzó a brillar.
La octava gema: **CONCIENCIA.**
Las siete piedras formaron un círculo alrededor de él. Misu estaba en el centro.
Nébiro retrocedió. —**No.**
Por primera vez su voz sonaba diferente. Ya no era poderosa. Parecía asustada.
—**No puedes hacerlo.**
—No sé qué tengo que hacer.
Áurea lo miró. —Sí lo sabes.
—¿Cómo?
—No pienses como un guardián.
Misu la miró.
—Piensa como Misu.
El gato cerró los ojos.
El cachorro
Cuando volvió a abrirlos, el bosque había desaparecido. Estaba en un lugar blanco. Frente a él había un pequeño gato negro. El cachorro que había visto en los recuerdos: Nébiro. Pero todavía no era Nébiro. Estaba solo.
—Hola —dijo Misu.
El cachorro retrocedió. —Vete.
—No.
—Todos se van.
Misu se sentó.
—Yo no.
El pequeño gato lo miró con desconfianza.
—Me tienes miedo.
—Un poco.
—Entonces deberías huir.
—Yo también he tenido miedo.
El cachorro bajó la cabeza.
—No sabes nada.
—Sé lo que significa querer que alguien no se marche.
El pequeño gato levantó los ojos.
Misu pensó en Clara.
—Sé lo que significa tener miedo de perder a quien amas.
Pensó en Luar. —Y ahora sé lo que significa perderlo.
El cachorro se acercó lentamente.
—¿Duele?
Misu sintió lágrimas. —Mucho.
—Entonces ¿por qué no dejas de sentir?
Misu sonrió con tristeza.
—Porque también dejaría de recordar cuánto lo quise.
El cachorro permaneció en silencio.
La elección de Nébiro
El espacio blanco desapareció. Volvieron al bosque. Nébiro estaba frente a Misu. Pero había disminuido. Ya no era una criatura gigantesca. Tenía el tamaño de un gato normal. Su cuerpo todavía estaba formado por sombras.
—**¿Qué me has hecho?**
—Nada.
—**¡Me estás destruyendo!**
Misu negó. —No.
Se acercó. —Te estoy devolviendo una elección.
Nébiro retrocedió. —**No quiero sentir.**
—Lo sé.
—**Duele.**
—Sí.
—**¡NO QUIERO!** La voz ya no pertenecía a un monstruo. Era la voz de un animal aterrorizado.
Misu continuó acercándose.
Áurea gritó: —Ten cuidado.
Pero Misu siguió.
—Puedes volver a elegir.
Nébiro lo miró.
—**Después de todo lo que he hecho...**
Por primera vez apareció algo parecido a una lágrima en sus ojos. —**...no existe regreso para mí.**
Misu pensó en Luar. Su padre había liberado a Nébiro. Había cometido un error terrible. Y había dedicado el resto de su vida a repararlo. —Mi padre también se equivocó.
Nébiro miró el cuerpo de Luar. —**Por mi culpa murió.**
—Sí.
Aquella respuesta sorprendió a todos.
Misu no iba a mentirle. —Has hecho mucho daño.
Nébiro bajó la cabeza.
—**Entonces merezco desaparecer.**
—No me corresponde decidirlo.
Nébiro levantó los ojos. —**¿Entonces quién?**
Misu respondió: —Tú.
La última tentación
Las siete gemas descendieron. Quedaron entre Misu y Nébiro. La criatura las miró. Podía volver a tomarlas. Podía recuperar su poder. Misu lo sabía. Áurea también. Bruno se preparó para atacar.
—No —dijo Misu.
—¿Qué haces? —preguntó Bruno.
—Tiene que elegir.
—¡Puede matarnos!
—Sí.
Nébiro observó el rubí. Después el ónix.
Finalmente la gema del dolor. Extendió una pata.
Bruno mostró los dientes. Nébiro tocó la gema del dolor.
Todos quedaron inmóviles. Una lágrima cayó por su rostro.
Después otra. Y otra. La oscuridad comenzó a desprenderse de su cuerpo.
Debajo apareció un gato negro. Pequeño. Delgado.
Muy viejo. Nébiro cayó al suelo. Y lloró.
Lloró durante siglos de soledad. Por aquellos a quienes había herido.
Por aquello en lo que se había convertido. Por el cachorro que había sido.
Nadie dijo nada. Hasta que Misu se acercó. Se sentó junto a él. No lo abrazó. No le dijo que todo estaba perdonado. Simplemente permaneció allí. Porque algunas heridas no necesitan palabras. Necesitan tiempo.
Una respiración
Entonces Áurea escuchó algo.
—Esperad.
Bruno levantó la cabeza.
—¿Qué?
Áurea corrió hacia Luar. Apoyó una pata sobre su pecho. Silencio. Después... Un movimiento. Muy débil.
—¡Misu!
Misu corrió.
—¿Qué ocurre?
Áurea estaba llorando. Pero esta vez sonreía.
—Está respirando.
Misu se quedó inmóvil. —¿Qué?
Se acercó a su padre. —Papá.
Luar no respondió. Pero respiraba. Muy lentamente. Misu apoyó la cabeza sobre su pecho.
**Tum.**
Esperó.
**Tum.**
Su corazón seguía latiendo. —Está vivo.
Bruno sonrió.
—Parece que los gatos realmente tenemos varias vidas.
Áurea rio entre lágrimas.
El último peligro
Pero entonces Nébiro levantó la cabeza.
—Hay algo que no sabéis.
Misu lo miró. Su voz ya no resonaba por todo el bosque. Era simplemente la voz cansada de un gato.
—¿Qué?
Nébiro señaló las gemas.
—Yo no fui quien creó la Piedra Negra.
Áurea se quedó inmóvil. —¿Qué quieres decir?
—Cuando la encontré... Nébiro respiró con dificultad. —...ya había una voz dentro de ella.
Misu sintió frío. —¿Otra voz?
Nébiro asintió. —Durante siglos pensé que era mi propia oscuridad.
Miró la gema del dolor.
—Pero no lo era.
El suelo comenzó a temblar. Las siete piedras se elevaron. La tierra se abrió. Desde las profundidades surgió un sonido. **Tum.** Misu levantó las orejas. **Tum.**
El mismo latido que había escuchado bajo el suelo de su casa.
Nébiro retrocedió aterrorizado. —No...
Una grieta apareció en la tierra. De ella comenzó a salir una oscuridad mucho más profunda que la que había rodeado a Nébiro.
Áurea miró al antiguo monstruo. —¿Qué es eso?
Nébiro susurró: —Aquello que me encontró cuando yo todavía era un cachorro.
Misu miró la grieta.
Dos ojos comenzaron a abrirse bajo la tierra. No eran negros. Eran completamente blancos.
Nébiro tembló. —Yo nunca fui el dueño de la oscuridad.
La tierra volvió a sacudirse.
—Solo fui su prisionero.
Misu sintió que la octava gema ardía dentro de su pecho. —Entonces ¿quién está ahí abajo?
Nébiro miró al pequeño guardián.
—Su nombre fue borrado hace tanto tiempo que nadie debería recordarlo.
La grieta continuó abriéndose.
—Pero nosotros lo llamábamos...
Nébiro cerró los ojos. —**El Vacío.**
Y mientras el Bosque Sin Sombra comenzaba a derrumbarse, Misu comprendió que vencer a Nébiro no había sido el final de la historia.
Había sido únicamente la puerta. Porque bajo las siete gemas dormía algo que no deseaba poder.
No buscaba venganza. No sentía odio. Deseaba algo mucho peor: **que no existiera nada capaz de sentir. **