EL GATO DE LAS SIETE GEMAS Capítulo 10
67%

Capítulo 10

El rostro de la oscuridad

Nébiro no era un gato. Tampoco era una sombra.

Era ambas cosas y ninguna. Su cuerpo parecía formado por humo negro que cambiaba constantemente de forma.

Por momentos aparecían cuatro patas enormes; después desaparecían.

Su cola se transformaba en una serpiente de oscuridad y de su espalda surgían largas sombras semejantes a alas.

Pero lo peor eran sus ojos. No tenían pupilas.

No tenían color. Eran dos profundos vacíos.

Misu comprendió por qué aquel lugar se llamaba el Bosque Sin Sombra: Nébiro se las había quedado todas.

—**Por fin** —dijo la criatura. Su voz no procedía de su boca. Surgía de los árboles. De la tierra. Del aire. Incluso parecía nacer dentro del propio Misu.

—**El hijo del guardián ha venido hasta mí.**

Misu permaneció frente a Luar.

—Déjalo libre.

Nébiro rio. —**¿Libre?**

La criatura miró al gato blanco. —**Tu padre y yo llevamos demasiado tiempo juntos.**

Luar intentó levantarse. Las raíces que rodeaban su cuerpo se cerraron todavía más.

—No lo escuches, Misu.

Nébiro se acercó. —**¿Todavía das órdenes a tu hijo?**

Luar mostró los dientes. —Él no es como yo.

—**En eso tienes razón.**

Los ojos negros se fijaron en Misu.

—**Es mucho más poderoso.**

Las seis gemas

El suelo comenzó a temblar. Seis columnas de piedra surgieron alrededor del claro. Sobre cada una apareció una gema:

· La verde.

· La azul.

· La blanca.

· La violeta.

· El ónix.

· Y la Piedra Negra.

Misu las reconoció. —Las has reunido.

—**Casi todas.**

Nébiro miró hacia el pecho de Misu.

—**Me falta la más importante.**

La octava: La gema de la conciencia.

Áurea se colocó junto a Misu. —Nunca la tendrás.

Nébiro giró lentamente hacia ella. —**Áurea.**

La anciana tembló. —**Cuántos años.**

—No los suficientes.

Nébiro rio. —**Sigues sintiéndote culpable.**

Áurea no respondió.

—**Puedo devolverte aquella noche.**

La gata cerró los ojos. —Ya la he vivido.

—**Puedes cambiarla.**

—No.

—**Puedes salvar a Luar.**

Áurea miró al gato blanco.Durante un instante apareció el deseo en sus ojos. Pero negó lentamente.

—No quiero una mentira.

Nébiro dejó de sonreír.

—**Entonces morirás con tu verdad.**

Una sombra salió disparada hacia Áurea.

Bruno saltó. La empujó.

Ambos rodaron por el suelo.

La sombra golpeó un árbol y lo partió en dos.

—¡Eso ha estado cerca! —gritó Bruno.

Áurea lo miró. —Gracias.

—Luego me lo agradeces.

El rubí regresa

De pronto Misu sintió calor. Mucho calor.

El rubí. Aunque había quedado lejos, algo lo llamaba.

Nébiro levantó una pata. —**Ven.**

Un destello rojo atravesó el bosque. La séptima gema apareció volando entre los árboles.

Misu abrió mucho los ojos. —¡No!

El rubí cayó sobre la última columna. Las siete gemas estaban reunidas. Una onda de energía recorrió el bosque. Nébiro creció. Su cuerpo se hizo más sólido. Más grande. Más terrible. Los árboles comenzaron a inclinarse hacia él.

—**Siete.**

Luar gritó: —¡Misu, escucha!

El pequeño gato miró a su padre.

—¡No intentes vencerlo utilizando las gemas!

—¿Entonces qué hago?

—¡Lo que dice el mensaje del mapa!

Misu recordó: **«Cuando las siete piedras vuelvan a reunirse, no busques vencer a la oscuridad. Busca aquello que todavía recuerde la luz.»** —¡No entiendo!

Luar miró las gemas. —¡Recuerda lo que eran antes de que Nébiro las corrompiera!

Misu observó la verde:Compasión.

La azul:Sabiduría.

La blanca: Valor.

Incluso el rubí había nacido como poder para proteger.

La amatista representaba la ambición, pero también el deseo de superarse.

El ónix era ira, pero la ira podía levantarse frente a una injusticia.

Ninguna había nacido siendo mala. Solo la Piedra Negra parecía diferente.

Entonces Misu comprendió. —Nébiro no creó la oscuridad.

Luar sonrió. —Exactamente.

Misu miró al monstruo. —La oscuridad ya estaba dentro de ti.

Nébiro rugió. —**¡SILENCIO!**

Lo que fue Nébiro

La media luna de Misu comenzó a brillar. Su luz alcanzó la Piedra Negra. Y ocurrió algo inesperado. Una imagen apareció. Un cachorro. Pequeño. Negro. Solo. Misu se quedó inmóvil. —¿Quién es?

Luar respondió: —Nébiro. La criatura rugió.

—**¡NO MIRES!**

Pero la octava gema continuó mostrando la verdad.

El pequeño Nébiro vivía solo. Otros gatos lo rechazaban.

Era débil. Tenía miedo. Una noche encontró las gemas.

La verde le permitió sentir el dolor de otros.

La azul le dio conocimiento. La blanca le dio valor.

Durante un tiempo ayudó. Protegió. Fue querido.

Pero comenzó a tener miedo de perderlo. Entonces utilizó el rubí.

Quería ser suficientemente poderoso para que nadie pudiera abandonarlo.

Después la ambición. Quería que todos lo admiraran.

Luego la ira. Quería castigar a quienes lo habían rechazado.

Finalmente encontró la Piedra Negra. Y escuchó una promesa: **«Si no sientes nada, nadie podrá volver a hacerte daño.» ** Nébiro la tocó. Y dejó de sentir.

Misu contempló al monstruo. Por primera vez no sintió únicamente miedo. Sintió pena. —Tú también estabas asustado.

Nébiro retrocedió. —**NO.**

—Tenías miedo de estar solo.

—**¡YO NO TENGO MIEDO!**

—Por eso elegiste no sentir.

Nébiro lanzó un rugido. La tierra se abrió.

—**¡CÁLLATE!**

La compasión

La gema verde comenzó a brillar. Misu sintió algo. El dolor de Nébiro. Siglos de soledad. Rabia. Abandono. Miedo. Era insoportable. Cayó al suelo.

—¡Misu! —gritó Bruno.

Pero Misu no apartó la mirada. Nébiro estaba sufriendo. Había hecho cosas terribles. Pero antes de convertirse en monstruo había sido un ser herido.

—Lo siento —dijo Misu.

Nébiro se quedó inmóvil. —**¿Qué?**

—Siento lo que te ocurrió.

La criatura pareció confundida. —**Debes odiarme.**

—Odio lo que has hecho.

Misu se levantó. —Pero eso no significa que tenga que odiar aquello que fuiste.

La gema verde brilló con más intensidad.

Una parte del cuerpo de Nébiro se volvió transparente. —**¡DETENTE!**

Misu comprendió. La compasión lo debilitaba. No porque lo perdonara todo. Sino porque Nébiro necesitaba odio para existir.

La batalla

Nébiro atacó. Una ola negra atravesó el claro.

—¡Al suelo! —gritó Luar.

Misu saltó. Bruno corrió hacia un lado. Áurea hacia el otro. La sombra golpeó las columnas. Las gemas comenzaron a girar. Misu vio el rubí. Podía utilizarlo. Solo una vez. Con suficiente poder quizá podría destruir a Nébiro. La gema lo llamó. **Tómame.**

Misu avanzó.

Luar gritó: —¡NO!

Pero Nébiro estaba a punto de atacar a Bruno.

Misu saltó. Tocó el rubí. La fuerza recorrió su cuerpo. Sus músculos crecieron. Sus garras brillaron. Saltó contra Nébiro. Lo golpeó. La criatura salió despedida.

—¡Funciona! —gritó Bruno.

Misu volvió a atacar. Una vez. Otra. Otra. Cada golpe debilitaba al monstruo. Pero algo estaba ocurriendo. La mancha negra del rubí crecía. Y los ojos de Misu comenzaban a oscurecerse.

Luar lo vio.

—¡Misu, basta!

—¡Puedo vencerlo!

—¡No de esa manera!

Misu golpeó nuevamente a Nébiro. —¡Está funcionando!

—¡Mírate!

Misu se detuvo. Observó un pequeño charco.

Sus ojos eran negros. La misma oscuridad de Nébiro. Soltó el rubí. Retrocedió horrorizado.

Nébiro comenzó a reír. —**Eso es, pequeño guardián.**

Se levantó. —**Destrúyeme.**

Misu respiraba con dificultad.

—**Utiliza mi propio poder contra mí.**

La sonrisa de Nébiro se hizo enorme.

—**Y cuando hayas terminado...**

Los ojos negros miraron directamente a Misu.

—**...tú ocuparás mi lugar.**

El sacrificio de Luar

Nébiro lanzó una sombra directamente hacia Misu. No había tiempo para esquivarla. Entonces algo blanco se interpuso. —¡PADRE!

Luar había roto una de las raíces. La sombra atravesó su cuerpo. El gato blanco cayó.

—¡LUAR! —gritó Áurea.

Misu corrió. —¡Padre!

Luar respiraba con dificultad. La línea negra de su cuerpo estaba desapareciendo. —Escúchame...

—No hables.

—Escúchame.

Misu lloraba. —No quiero perderte ahora.

Luar sonrió. —Has vivido toda tu vida sin mí.

—Porque no sabía que existías.

—Y aun así te convertiste en alguien mejor de lo que yo fui.

—No.

—Sí. Luar levantó una pata y tocó la frente de su hijo.

—No repitas mi error.

—¿Cuál?

—Creer que reparar una equivocación significa castigarte para siempre.

Misu lloró. —Quédate conmigo.

—Me habría gustado.

Luar miró hacia Áurea. Ella estaba llorando.

—Perdóname.

Áurea se acercó. —Ya lo hice hace muchos años.

Luar sonrió. Después miró nuevamente a Misu.

—La octava gema no sirve para destruir.

—Entonces ¿para qué sirve?

Luar respiró profundamente.

—Para devolver a cada piedra su verdadera naturaleza.

Misu abrió mucho los ojos. —¿Cómo?

Pero Luar no respondió. Su pata cayó lentamente.

—¿Padre’? Silencio. —Papá...

Luar cerró los ojos. La media luna de su frente se apagó.

Misu permaneció inmóvil. Algo dentro de él se rompió. Después llegó la rabia. Una rabia inmensa. El ónix comenzó a brillar. El rubí también. La Piedra Negra abrió su ojo.

Nébiro sonrió. —**Ahora sí.**

Misu levantó la cabeza. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—**Ódiame.** El ónix flotó hacia él.

—**Utiliza tu ira.**

El rubí se acercó. —**Utiliza tu poder.**

La Piedra Negra comenzó a elevarse.

—**Y no vuelvas a sentir dolor jamás.**

Misu miró el cuerpo de su padre. Después las tres piedras. Podía hacerlo. Podía destruir a Nébiro. Podía vengarse. Podía dejar de sentir aquel dolor insoportable. Extendió una pata.

Áurea gritó: —¡Misu!

Pero el gato ya había tomado una decisión. Agarró la Piedra Negra. Todo quedó en silencio. Bruno cerró los ojos. Áurea dejó escapar un grito.

Nébiro comenzó a reír. —**Por fin.**

La oscuridad entró en el cuerpo de Misu. Sus ojos se volvieron completamente negros. Su pelaje comenzó a cubrirse de sombras.

Nébiro inclinó la cabeza. —**Bienvenido.**

Misu levantó lentamente el rostro. Miró a Nébiro. Y sonrió. —Te equivocas.

Nébiro dejó de reír.

La media luna de Misu comenzó a brillar bajo la oscuridad. —No la he tomado para dejar de sentir. La luz aumentó. —La he tomado para demostrarte algo.

—**¿Qué?**

Misu apretó la Piedra Negra contra su pecho. Las lágrimas continuaban cayendo. —Que puedo sentir dolor... La luz transparente comenzó a atravesar la piedra. —...sin convertirme en oscuridad.

Por primera vez apareció una grieta en la Piedra Negra.

Nébiro gritó. Misu comprendió entonces las últimas palabras de su padre.

No tenía que destruir las gemas. Tenía que recordarles lo que habían sido antes de que el miedo las corrompiera.

La Piedra Negra volvió a agrietarse. Una luz blanca surgió de su interior.

Y el grito de Nébiro atravesó todo el Bosque Sin Sombra.

La batalla definitiva acababa de comenzar.