Capítulo 9
La prueba de la verdad
Misu miró a Áurea como si no la conociera. —Repítelo.
La anciana permaneció en silencio.
—¡Repítelo!
Bruno se acercó. —Misu...
—¡Tú no! Nunca le había hablado así.
Bruno retrocedió.
Misu volvió a mirar a Áurea. —Me dijiste que mi padre protegía las gemas.
—Y era verdad.
—Me dijiste que luchó contra Nébiro.
—También es verdad.
—Entonces ¿cómo pudo liberarlo?
Áurea cerró los ojos.
—Porque antes de convertirse en guardián cometió un error.
Misu sintió crecer la rabia. —¿Un error?
El rubí respondió desde algún lugar lejano. Aunque Misu ya no lo llevaba consigo, sintió su calor. **Poder.** La antigua tentación regresó. —¿Cuántas cosas más me has ocultado?
Áurea no respondió.
—¡DÍMELO!
La media luna de Misu brilló. Pero esta vez su luz no era transparente. Una línea roja apareció en su interior. Áurea la vio.
—Misu, tranquilízate.
—¡No me digas lo que tengo que sentir!
La anciana bajó la cabeza. —Tienes razón.
Aquella respuesta desarmó a Misu. —¿Qué?
—Tienes derecho a estar enfadado.
Áurea lo miró. —Y tienes derecho a saberlo todo
Antes de Nébiro
La puerta de piedra se abrió completamente. Al otro lado no había un sendero. Había recuerdos. Miles de pequeñas luces flotaban en la oscuridad.
—La prueba de la verdad no nos mostrará lo que queremos ver —explicó Áurea—. Nos mostrará lo que ocurrió.
Misu avanzó. —Entonces entremos.
Bruno se colocó a su lado. —Voy contigo.
—La prueba puede mostrar cosas sobre ti.
Bruno tragó saliva. —Después de verme con una corona dando órdenes a todo el mundo, pocas cosas pueden sorprenderme.
Misu sonrió débilmente. Áurea caminó detrás de ellos. Los tres atravesaron la puerta. Una de las luces se abrió. Y el pasado comenzó.
Luar
Misu vio a su padre siendo joven. Era casi idéntico a él:
Curioso.
Impulsivo.
Valiente.
Y orgulloso.
Luar vivía entre los guardianes. Pero no era uno de ellos. Todavía. —Quiero aprender —decía. Un anciano gato le respondía: —Primero debes aprender a esperar. —¿Por qué?
—Porque quien desea demasiado el poder todavía no está preparado para recibirlo.
Misu sintió un escalofrío. Aquellas palabras podían haber sido pronunciadas para él.
La escena cambió. Luar entraba solo en una cámara. En el centro estaba el cofre. Las siete gemas.
—No lo hagas —susurró Misu, aunque sabía que su padre no podía escucharlo.
Luar abrió la caja: Tomó la gema azul: Sabiduría.
La utilizó.
Después la blanca: Valor.
Finalmente el rubí: Poder.
—Quería demostrar que estaba preparado —dijo Áurea.
—¿Y qué ocurrió?
La escena respondió. Una voz surgió de la Piedra Negra. —**Luar.** El joven gato se detuvo. —¿Quién eres? —**Alguien que también quiso ser digno.**
La piedra comenzó a brillar. —**Puedo enseñarte lo que los guardianes te ocultan.**
Misu cerró los ojos. Conocía aquella voz: Nébiro.
La primera liberación
Luar tocó la Piedra Negra. La tierra tembló. Una sombra salió de ella. Pequeña al principio. Después enorme. Los guardianes llegaron demasiado tarde. Nébiro había despertado.
Misu contempló a su padre. Luar estaba horrorizado. —Yo no sabía...
Uno de los guardianes gritó: —¡¿Qué has hecho?!
Nébiro desapareció en la noche.
Luar cayó al suelo. —Lo siento.
La escena se apagó.
Misu permaneció inmóvil. Su padre había cometido el mismo error que él. Había querido poder. Había creído poder controlarlo. Y había despertado a Nébiro.
—Por eso se convirtió en guardián —explicó Áurea—. No porque fuera perfecto.
Misu la miró.
—Sino porque quiso reparar lo que había hecho. Áurea asintió.
La verdad de Áurea
Otra luz se encendió. Esta vez apareció Áurea. Era joven.
Misu la miró. —¿Qué vamos a ver?
La anciana no respondió.
La escena mostró a Luar y Áurea juntos. Jugaban. Corrían por el bosque. Dormían bajo la misma encina.
Misu comprendió. —Tú querías a mi padre.
Áurea cerró los ojos. —Sí.
Misu miró nuevamente el recuerdo.
Después apareció Selene. Luar se enamoró de ella.
Áurea se apartó. No dijo nada. Pero el dolor estaba en sus ojos.
—¿Por eso no fuiste con él al Bosque Sin Sombra?
Áurea comenzó a llorar. —En parte.
Misu quedó sorprendido. —Me dijiste que fue por miedo.
—También fue miedo.
—Pero no toda la verdad.
—No.
Áurea respiró profundamente.
—Estaba enfadada con él. Durante años lo ayudé. Estuve a su lado cuando todos lo culpaban por liberar a Nébiro. Miró la imagen de Selene. —Y después apareció ella.
Misu guardó silencio.
—Cuando Luar me pidió que lo acompañara aquella última noche, yo todavía estaba herida.
—Y dijiste que no.
—Sí.
—¿Te arrepientes?
—Cada día.
La escena desapareció.
Misu comprendió algo importante.
Áurea tampoco era perfecta. Había sentido celos. Rabia. Miedo. Y, sin embargo, había dedicado años a protegerlo.
Se acercó a ella.
Áurea bajó la cabeza. —Puedes odiarme.
Misu respondió: —No.
—Te mentí.
—Me ocultaste cosas.
—Es lo mismo.
—No exactamente.
Áurea levantó los ojos.
Misu apoyó la cabeza contra ella.
—Creo que estoy empezando a comprender que querer a alguien no significa pensar que nunca se equivoca.
Áurea cerró los ojos. Una lágrima recorrió su rostro.
La verdad de Bruno
—Supongo que ahora me toca a mí —murmuró Bruno. Una nueva luz apareció. Bruno retrocedió. —Preferiría saltarme esta parte. La escena comenzó. Apareció Bruno junto a los perros de Nébiro.
Misu se quedó inmóvil. —¿Qué...?
Bruno bajó la cabeza. Uno de los perros entregaba algo al gato gris. Comida.
—Nos dijiste dónde estaba Misu —decía el perro.
Misu miró a Bruno. —¿Tú?
Bruno no podía sostener su mirada.
—Fue antes.
—¿Antes de qué?
—Antes de saber lo que estaba pasando.
—¡Les dijiste dónde vivía!
—No sabía que iban a atacar a Clara.
Misu avanzó. —¡Pero les hablaste de mí!
—Estaba enfadado.
—¿Por nuestra pelea?
Bruno cerró los ojos. —Quería que te asustaran.
Misu sintió la llamada del rubí. Mucho más fuerte. *Castígalo.* Su cuerpo se tensó.
Bruno no retrocedió. —Haz lo que quieras.
Misu levantó una pata.
Áurea no intervino. Aquella era la prueba. La decisión pertenecía únicamente a Misu.
Bruno cerró los ojos. —Lo siento.
Misu recordó a Clara. El fragmento negro.
La amenaza de Nébiro. Todo había comenzado porque Bruno había hablado.
La rabia era enorme. Entonces recordó otra imagen.
Luar abriendo el cofre. Su padre también había cometido un error.
Áurea había cometido otro. Él mismo había estado a punto de atacar a un perro indefenso.
Bajó lentamente la pata. —No voy a golpearte.
Bruno abrió los ojos. —¿Por qué?
—Porque estoy enfadado contigo.
—Eso no tiene mucho sentido.
—Precisamente. Misu respiró profundamente.
—Si te golpeara ahora, no lo haría para defenderme. Lo haría para hacerte sufrir.
Bruno bajó la cabeza. —Lo merezco.
—Quizá.
Misu lo miró. —Pero no quiero convertirme en alguien que hace daño solo porque cree que el otro lo merece.
La luz roja desapareció de su frente.
La verdad de Misu
La última luz apareció. Misu sintió miedo.
—¿Qué queda por mostrar?
Una voz respondió: —**A ti.**
Nébiro. La oscuridad llenó la cámara. Misu se vio utilizando el rubí.
Golpeando al perro. Disfrutando del miedo de Bruno.
Escondiendo la gema de Clara. Mintiendo.
Deseando poder. Después apareció una imagen que Misu no recordaba.
Él mismo frente al cofre. La primera noche. Su pata acercándose a la Piedra Negra.
La voz de Nébiro preguntando: —**¿Por qué conformarte con ser fuerte cuando puedes ser el más poderoso?**
La escena se detuvo.
—**Tú y yo somos iguales** —dijo Nébiro.
Misu negó. —No.
—**Tu padre también dijo eso.**
Apareció Luar. —**Él me liberó.**
Apareció Áurea. —**Ella mintió.**
Apareció Bruno. —**Él te traicionó.**
Después apareció Misu. —**Y tú has disfrutado de mi poder.**
Misu guardó silencio.
—**Dime qué diferencia existe entre nosotros.**
No supo responder.
Nébiro rio. —**Ninguna.**
Misu bajó la cabeza. Por primera vez pensó que quizá tenía razón:
Había sentido ira.
Ambición.
Orgullo.
Había mentido.
Había querido hacer daño.
Entonces escuchó una voz. No era Áurea. Ni Bruno. Era un recuerdo: Clara. *Mi pequeño aventurero.* Misu levantó la cabeza. Comprendió.
—Sí existe una diferencia.
Nébiro dejó de reír. —**¿Cuál?**
—Yo sé que puedo hacer el mal.
La sombra se acercó. —**Eso no te hace bueno.**
—No.
Misu respiró profundamente. —Pero puedo elegir no hacerlo. Silencio. —Tú dejaste de elegir hace mucho tiempo.
La sombra retrocedió.
La media luna de Misu comenzó a emitir una luz transparente. —No soy completamente bueno. La luz aumentó. —Tampoco soy completamente malo.
Aurea sonrió.
Misu continuó: —Soy lo que hago con ambas cosas.
La cámara se llenó de luz.
Nébiro rugió. —**¡NO!**
Misu levantó la cabeza. —Ya no necesito ser perfecto para saber quién soy.
La oscuridad estalló.
La última puerta
Los tres aparecieron nuevamente en la montaña. El mapa cayó al suelo. La palabra **VERDAD** desapareció. Las tres pruebas habían terminado. Frente a ellos surgió un enorme arco de piedra. Más allá se extendía un bosque completamente negro. No había sombras. Porque allí no existía la luz.
Áurea susurró: —El Bosque Sin Sombra.
Bruno miró a Misu. —Podemos regresar.
Misu contempló la oscuridad.
Pensó en Clara.
En Selene.
En Luar.
En todo lo que acababa de descubrir.
—No.
Dio un paso. —Ahora quiero conocer el final. Atravesaron el arco.
El prisionero
Caminaron durante horas. Finalmente llegaron a un claro.
En el centro había un árbol gigantesco. Sus raíces formaban una prisión.
Dentro había alguien. Un gato blanco. Muy delgado.
Muy viejo. Con una mancha gris sobre el lomo.
Y una media luna en la frente. Misu dejó de respirar.
El gato levantó lentamente la cabeza. Sus ojos eran azules. No negros. Azules.
Áurea comenzó a llorar. —Luar...
El gato blanco miró primero a Áurea. Después a Bruno. Finalmente a Misu. Sus ojos se llenaron de lágrimas. —Has crecido.
Misu no pudo moverse. Toda su vida había imaginado aquel momento sin saber que lo imaginaba. Dio un paso.
—¿Padre?
Luar sonrió. —Hola, hijo.
Misu corrió hacia él.
Pero antes de alcanzar las raíces, Luar gritó:
—¡NO ME TOQUES!
Misu se detuvo. —¿Por qué?
Luar miró sus propias patas.
Entonces Misu lo vio. Una línea negra recorría su cuerpo. Desde el pecho hasta la media luna de su frente.
Luar cerró los ojos. —Porque Nébiro no está solamente en las gemas.
Misu sintió un escalofrío. —¿Qué quieres decir?
Su padre levantó la mirada. —Durante todos estos años he conseguido mantenerlo encerrado.
—¿Dónde?
Luar comenzó a llorar. —Dentro de mí.
La tierra tembló. Los árboles se inclinaron. Y desde el pecho de Luar surgió una risa. La misma risa que Misu había escuchado tantas veces. Los ojos de su padre se volvieron negros durante un instante.
—Corre —susurró Luar.
—No voy a dejarte.
—¡MISU, CORRE!
Una enorme sombra comenzó a salir de su cuerpo.
Áurea gritó: —¡Nébiro!
Luar miró a su hijo por última vez.
—No has venido a rescatarme.
Misu sintió que el corazón se detenía.
—¿Entonces para qué?
Su padre sonrió entre lágrimas.
—Has venido a hacer lo que yo nunca fui capaz de hacer.
La sombra abrió dos enormes ojos negros. — ¿Qué?
Luar respondió: —**Terminar con él.**
Y por primera vez, Nébiro apareció ante ellos con su verdadera forma.