EL GATO DE LAS SIETE GEMAS Capítulo 8
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Capítulo 8

La prueba del deseo

Misu no durmió aquella noche. Permaneció sentado frente al lago, contemplando la superficie inmóvil del agua. La imagen de su padre había desaparecido. Pero sus palabras continuaban dentro de él: *Hijo...* ¿Había sido realmente Luar? ¿O una nueva mentira de Nébiro? Misu ya no sabía distinguirlo.

Áurea se acercó lentamente. —Deberías descansar.

—No tengo sueño.

La anciana se sentó a su lado. Durante un rato ninguno habló. —Lo has visto —dijo finalmente Áurea.

Misu no respondió. —¿A Luar?

—Sí.

Áurea cerró los ojos. —¿Estaba vivo?

—Parecía estarlo.

—Nébiro puede crear imágenes.

—También podría estar diciendo la verdad.

—Sí.

Misu la miró sorprendido. Esperaba que Áurea negara aquella posibilidad.

—¿Entonces puede estar vivo?

—Puede.

—Y tú quieres que no haga nada.

—No.

Áurea lo miró. —Quiero que no confundas salvar a tu padre con obedecer a Nébiro.

Misu volvió a contemplar el agua. —Me ha pedido la octava gema.

—Lo imaginaba.

—Dice que tengo que arrancármela.

Por primera vez, Áurea perdió la serenidad

—¡Nunca!

Misu la miró. —¿Qué pasaría?

Áurea tardó demasiado en responder.

—Dímelo.

—No lo sé exactamente.

—Pero tienes una idea.

La anciana bajó la cabeza. —La octava gema forma parte de ti. No está escondida dentro de tu cuerpo como podría estarlo una piedra.

—Entonces, ¿qué es?

—Tu capacidad de elegir.

Misu sintió frío.

Áurea continuó: —Si Nébiro consigue arrebatártela, quizá sigas vivo.

—¿Quizá? —Pero dejarías de ser libre.

El sendero dorado

Al amanecer continuaron el viaje. El paisaje se volvió cada vez más extraño.

Los árboles tenían troncos blancos. Las hojas parecían hechas de cristal.

No había pájaros. No había insectos. No soplaba viento.

Finalmente llegaron a una bifurcación. Dos caminos aparecían frente a ellos.

Uno era estrecho, pedregoso y ascendía por una montaña.

El otro estaba cubierto por una suave luz dorada. Bruno observó el mapa.

—¿Cuál tomamos?

Áurea señaló el camino difícil. —Ese.

—Naturalmente —protestó Bruno— Por un momento pensé que escogeríamos el agradable.

Misu miró el sendero dorado. Algo en él resultaba irresistible. De pronto apareció una inscripción sobre una roca:

**«EL CAMINO DEL DESEO CONCEDE A CADA VIAJERO AQUELLO QUE MÁS ANHELA.»**

Bruno abrió mucho los ojos. —¿Concede deseos?

Áurea retrocedió. —No debemos entrar.

—¿Por qué?

—Porque hemos llegado a la segunda prueba.

Misu miró el mapa. La palabra **DESEO** comenzaba a brillar.

La puerta

El sendero pedregoso desapareció. Ya no podían elegir.

Una voz surgió entre los árboles:

—**Para continuar, deberéis recibir aquello que más deseáis.**

Bruno frunció el ceño.

—Eso no parece una prueba.

Áurea respondió: —Precisamente por eso lo es.

Una niebla dorada comenzó a envolverlos. Misu intentó acercarse a Áurea Pero ella desapareció. Después Bruno.

—¡Áurea!

Nadie respondió. Misu quedó solo. Y entonces el mundo cambió.

Todo lo que Misu deseaba

Estaba en casa. El sol entraba por la ventana. Clara preparaba el desayuno. —Buenos días, dormilón.

Misu la miró. Algo era diferente. Clara podía escucharlo. —Buenos días.

Ella sonrió. —¿Has dormido bien?

Misu abrió mucho los ojos. —¿Me entiendes?

—Claro. Clara se agachó. —Siempre te he entendido.

Misu sintió una felicidad inmensa. Entonces escuchó un maullido detrás de él. Se volvió. Un gato blanco estaba junto a la puerta. Luar.

—Padre... Misu corrió hacia él. Esta vez no había sombra negra. No había ojos de Nébiro.

Luar lo abrazó. —Hijo mío.

Misu comenzó a llorar. —Pensé que nunca te encontraría.

—Ya estoy aquí.

Otra figura apareció. Una gata de pelaje claro y ojos azules. Misu dejó de respirar. Sabía quién era sin necesidad de preguntar. —¿Madre?

Selene sonrió. —Mi pequeño.

Misu corrió hacia ella. Por primera vez en su vida tenía una familia complete:

Clara.

Luar.

Selene.

Todos juntos.

Áurea apareció en el jardín.

Bruno también.

No había gemas. No había Nébiro. No había peligro.

Misu cerró los ojos. *Esto es lo que quiero.* Entonces escuchó una voz. —**Puedes quedarte.** Misu abrió los ojos. Nébiro estaba sentado sobre el muro. Pero ya no parecía monstruoso. Era un hermoso gato negro de ojos brillantes. —Vete.

—No he venido a hacerte daño.

—Todo esto es mentira.

—¿Importa?

Misu miró a su madre. Selene estaba jugando con una mariposa. Luar hablaba con Clara. Bruno dormía al sol. Era perfecto. —No es real. —Pero eres feliz. Misu guardó silencio.

—¿Qué prefieres? —preguntó Nébiro—. ¿Una verdad que te hace sufrir o una mentira que te hace feliz?

La tentación

Misu miró a Selene. Nunca había conocido a su madre. Allí podía hacerlo. Podía escuchar sus historias. Dormir junto a ella. Preguntarle cómo había sido cuando nació. Podía recuperar todos los años perdidos.

—Solo tienes que quedarte —dijo Nébiro.

—¿Para siempre?

—Para siempre.

Misu miró a Clara. Ella nunca envejecería. Nunca moriría. Nunca tendría que despedirse. Aquello era exactamente lo que había deseado durante la prueba del miedo. Un mundo donde nadie se marchaba. —¿Qué tengo que darte?

Nébiro sonrió. —Nada.

Misu lo miró. —Siempre quieres algo.

—Solo necesito que dejes de buscar.

—¿Buscar qué?

—La verdad.

Misu comprendió. Si se quedaba allí, jamás llegaría hasta Nébiro. Jamás sabría si Luar estaba realmente vivo. Pero tendría una copia perfecta de él.

—¿Y las gemas?

—Ya no serán problema tuyo.

—¿Y Áurea? —Será feliz.

—¿Bruno? —También.

—¿Clara?

Nébiro sonrió.

—Todos tendrán aquello que deseas para ellos.

Era perfecto. Demasiado perfecto.

La pregunta de Selene

Misu caminó hacia su madre. —¿Eres realmente tú?

Selene lo acarició con el hocico. —¿No quieres que lo sea?

Misu sintió dolor. —Sí.

—Entonces quédate conmigo.

Misu cerró los ojos. Quería hacerlo. Con toda su alma. Pero recordó algo que Áurea le había dicho:

*La octava gema muestra quién eres cuando nadie te está mirando.*

Misu abrió los ojos. —Si fueras mi madre...

Selene lo observó. —¿Sí?

—¿Querrías que me quedara aquí?

La gata sonrió. —Por supuesto.

Misu retrocedió. —No.

—¿Qué ocurre?

—Mi madre murió protegiéndome.

Selene dejó de sonreír. —Eso te han contado.

—Murió para que yo pudiera vivir.

Misu sintió lágrimas en los ojos. —No creo que quisiera que desperdiciara mi vida escondiéndome dentro de un sueño.

El rostro de Selene comenzó a cambiar. —Misu...

—Tú no eres mi madre.

La casa tembló. Clara se acercó. —No te vayas.

Misu lloró. —Tú tampoco eres Clara.

Luar apareció. —Hijo.

Misu cerró los ojos. Aquella era la voz más difícil.

—Ven conmigo.

Misu temblaba. —Quiero hacerlo.

—Entonces hazlo.

—Quiero tener un padre.

Luar extendió una pata. —Aquí estoy.

Misu lo miró por última vez.

—Pero quiero a mi verdadero padre.

La ilusión comenzó a romperse.

Renunciar

Nébiro apareció frente a él. Ya no era hermoso. Su cuerpo estaba cubierto de sombras.

—**¿Por qué renunciar a todo esto?**

Misu levantó la cabeza. —Porque no me pertenece.

—**Podría pertenecerte.**

—No.

—**Tu madre. Tu padre. Clara para siempre. Poder. Seguridad. Amor.**

Misu lloraba. —El amor que necesito encerrar para conservarlo no es amor.

Nébiro rugió.

—**¡PUEDO DARTE TODO!**

Misu negó lentamente. —No.

La media luna de su frente comenzó a brillar.

—Hay algo que nunca podrás darme.

—**¿QUÉ?**

Misu miró directamente a los ojos del monstruo.

—La libertad de decirte que no.

La luz explotó.

Bruno

Bruno despertó en un enorme territorio. Decenas de gatos lo rodeaban. Todos inclinaban la cabeza. —Rey Bruno.

Frente a él había montañas de comida. Camas suaves. Todos lo respetaban. Nadie se reía de él. Nadie podía hacerlo sentir pequeño. Una corona descansaba sobre su cabeza. Bruno sonrió.

—Esto sí que es una prueba razonable.

Entonces vio algo. Un pequeño gato intentaba acercarse a la comida. Dos guardianes lo apartaron.

—Solo come quien el rey permite.

Bruno observó al cachorro. Estaba hambriento.

Se vio a sí mismo muchos años atrás. Se quitó la corona. —Que coma.

—Majestad, las normas...

—He dicho que coma.

Los guardianes desaparecieron.

Bruno contempló la corona. Después la lanzó al suelo. —No quiero que nadie tenga que hacerse pequeño para que yo pueda sentirme grande. El mundo desapareció.

Áurea

Aurea estaba junto a Luar. Era joven nuevamente.

—Esta vez puedes cambiarlo —dijo él. Frente a ellos estaba el camino hacia el Bosque Sin Sombra. —Ven conmigo.

Áurea lloró. Podía corregir su mayor arrepentimiento. Podía acompañarlo. Podía impedir su desaparición. Dio un paso. Después se detuvo. —No eres Luar.

—Podría serlo.

—No.

Áurea sonrió entre lágrimas. —Mi pasado me pertenece porque ocurrió. Miró al falso Luar. —Incluso aquello que desearía cambiar.

La ilusión desapareció.

La segunda puerta

Los tres despertaron juntos. Nadie habló durante un largo rato. Bruno fue el primero. —Odio estas pruebas. Misu rio. Áurea también. Frente a ellos apareció una puerta blanca. Sobre ella había una nueva inscripción:

**«NO ES LIbrE QUIEN CONSIGUE TODO LO QUE DESEA, SINO QUIEN PUEDE RENUNCIAR A AQUELLO QUE LO CONVIERTE EN ESCLAVO.»**

La puerta se abrió. Misu miró el mapa. La palabra **DESEO** había desaparecido. Solo quedaba una prueba. **VERDAD.**

Áurea observó la montaña que se alzaba ante ellos. —La última.

Bruno suspiró.

—¿Qué puede ser peor que enfrentarte a tus miedos y renunciar a tus deseos?

Áurea respondió: —Descubrir que algunas de las cosas que creías ciertas nunca lo fueron.

Misu sintió un escalofrío.

La voz

Comenzaron a subir. Al anochecer llegaron a una explanada. En el centro había una única piedra transparente. Misu se acercó. —¿La octava gema?

Áurea negó. —Una puerta hacia ella.

Misu tocó la piedra. Una imagen apareció. Luar.

Pero esta vez no estaba prisionero. Estaba frente a Nébiro. Hablaban. Misu se acercó. —¿Qué es esto? Áurea palideció. La imagen se hizo más clara.

Nébiro dijo: —**Cumpliste tu parte.**

Luar respondió: —Ahora cumple la tuya.

Misu sintió que el corazón se detenía. — No...

Nébiro sonrió. —**Tu hijo jamás sabrá la verdad.**

Luar bajó la cabeza. —Eso espero.

La imagen desapareció.

Misu miró a Áurea. —¿Qué significa?

La anciana no respondió.

—Áurea.

—Misu... —¿Mi padre conocía a Nébiro?

Silencio. —¡Dímelo!

Áurea cerró los ojos. Y pronunció las palabras que Misu menos esperaba escuchar: —Sí.

Misu retrocedió. —¿Desde cuándo?

Áurea abrió lentamente sus ojos dorados.

—Desde antes de que tú nacieras.

—¿Por qué?

La anciana lo miró con una tristeza inmensa.

—Porque hay algo sobre Luar que nunca te he contado.

Misu sintió miedo. No el miedo de la primera prueba. Uno mucho más profundo. El miedo a descubrir que la historia sobre la que había construido su identidad podía ser falsa.

Áurea respiró profundamente.

—Luar no fue solamente el guardián de las gemas.

Misu esperó.

—Antes de protegerlas... La voz de Áurea tembló.

—**...fue quien liberó a Nébiro.**

Y ante ellos se abrió lentamente la entrada de la tercera prueba.

**La verdad los estaba esperando.**