EL GATO DE LAS SIETE GEMAS Capítulo 7
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Capítulo 7

La prueba del miedo

—¡Padre! Misu corrió hacia el gato blanco. Todo lo demás dejó de existir:

El bosque.

Las gemas.

Nébiro.

Las advertencias de Áurea.

Solo veía a aquel gato que tenía su misma marca sobre la frente.

Luar abrió las patas. —Ven, hijo mío. Misu estaba a punto de alcanzarlo cuando algo golpeó su cuerpo.

Rodó por el suelo. —¡Bruno! El enorme gato gris se había lanzado sobre él.

—¡Suéltame! Misu intentó apartarlo. —¡Mira la sombra!

—gritó Bruno. Misu se detuvo. El gato blanco permanecía frente a ellos.

Parecía Luar. Pero detrás de su cuerpo había una sombra imposible.

Era enorme. Deforme. Y tenía dos ojos negros.

Misu sintió frío. —No... El falso Luar sonrió.

—¿Qué ocurre, hijo?

Misu retrocedió. —Tú no eres mi padre.

La sonrisa desapareció. —Claro que lo soy.

—No.

—¿No querías encontrarme?

Misu sintió que algo se rompía dentro de él. Sí. Lo deseaba. Más que cualquier otra cosa. —Ven conmigo —dijo la figura—. He esperado muchos años. Misu dio otro paso hacia atrás. —¿Dónde has estado? El falso Luar guardó silencio.

—Dímelo.

—En el Bosque Sin Sombra.

—¿Por qué no regresaste?

—No podía.

—¿Por qué?

La figura comenzó a desdibujarse. —Porque...

Misu levantó la cabeza. —No sabes la respuesta.

Los ojos del falso Luar se oscurecieron.

Áurea se colocó junto a Misu.

—Es la primera prueba.

Aquello que más tememos

La figura desapareció. La entrada de la cueva quedó vacía.

Bruno respiró aliviado. —Pues no ha sido tan difícil.

Áurea lo miró. —Todavía no ha empezado. Un estruendo surgió de las profundidades.

La tierra tembló. La entrada de la cueva se abrió como una enorme boca.

El sendero detrás de ellos desapareció. Misu miró el mapa.

La primera cruz brillaba. Debajo de la palabra **MIEDO** apareció una frase: **«Solo atravesará la puerta quien sea capaz de mirar aquello de lo que siempre ha huido.» **

Bruno tragó saliva. —No me gusta.

—Tenemos que entrar —dijo Misu.

—Eso me gusta todavía menos.

Áurea avanzó. —No podremos continuar por otro camino. Entraron.

La cueva

La oscuridad era absoluta. Áurea caminaba delante. Misu iba detrás. Bruno cerraba el grupo.

—No veo nada —murmuró Bruno.

—Utiliza el oído —respondió Áurea.

Avanzaron lentamente. El suelo estaba húmedo.

De las paredes caían pequeñas gotas de agua.

**Tac.** **Tac.** **Tac.** Después de varios minutos llegaron a una enorme cámara subterránea.

En el centro había tres caminos. Una voz llenó la cueva.

—**Cada uno deberá caminar solo.** Bruno miró a Áurea.

—Podemos ignorarla. Los tres caminos se cerraron detrás de ellos.

La voz volvió a hablar. —**Nadie puede acompañarte cuando te enfrentas a tu verdadero miedo.

** De repente el suelo se abrió. Misu cayó.

El miedo de Misu

Cuando abrió los ojos estaba en casa. Todo parecía normal.

El fuego ardía en la chimenea. La luz del sol entraba por las ventanas.

—¿Clara? Silencio. Misu recorrió las habitaciones.

—¿Clara? Llegó al dormitorio. La cama estaba vacía.

Sobre la mesilla había una fotografía. Clara aparecía abrazándolo.

Misu sintió una angustia inexplicable. Bajó corriendo.

Entonces escuchó una voz en el jardín. —Misu.

Salió. Clara estaba allí. Pero era mucho mayor.

Su cabello se había vuelto completamente blanco.

—Has tardado mucho. Misu corrió hacia ella.

—¡Clara! Intentó tocarla. Su cuerpo atravesó las patas de Misu como si fuera humo.

—¿Qué ocurre? Clara sonrió. —Ya no estoy aquí. Misu sintió terror. —No.

—Todos tenemos que marcharnos algún día.

—No.

—Tú también.

—¡No!

El jardín comenzó a desaparecer. Misu intentó aferrarse a Clara.

—¡No me dejes!

La mujer se desvaneció. Misu quedó solo. Completamente solo. Entonces apareció el rubí. Flotaba frente a él. Una voz susurró: —**Puedes impedirlo.*. Misu miró la gema. —¿Cómo?

—**Con suficiente poder, nunca perderás a nadie.**

El rubí se acercó. —**Tómame.**

Misu extendió una pata. Se detuvo. Recordó las palabras de Áurea: *El miedo puede convertirse en una cadena.* La imagen de Clara volvió a aparecer. —Ayúdame, Misu. El gato lloró. —No quiero perderte. El rubí brilló.

—**Entonces elige el poder.**

Misu cerró los ojos. Durante unos segundos estuvo a punto de hacerlo. Después comprendió. Su verdadero miedo no era Nébiro. No eran los perros. Ni siquiera era morir. Era perder a quienes amaba. Abrió los ojos.

—No puedo impedir que algún día Clara se marche.

La figura de Clara lo miró. —Entonces me perderás. Misu lloró. —Sí. Pronunciar aquella palabra fue terriblemente doloroso. —Pero eso no hará menos importante el tiempo que hemos vivido juntos. El rubí comenzó a apagarse: —**Toma el poder.** —No.

—**Puedes salvarla.**

—No eres Clara.

La figura se deformó. —**¡TÓMAME!** Misu retrocedió. —Tener miedo de perder a alguien no significa que tenga que poseerlo para siempre. El rubí estalló. La ilusión desapareció.

El miedo de Bruno

Misu apareció nuevamente en la cámara. Estaba solo.

—¿Áurea? No hubo respuesta. De pronto escuchó un grito.

—¡NO! Era Bruno. Misu corrió hacia una pared.

—¡Bruno! No podía atravesarla. Al otro lado, Bruno vivía su propia prueba.

Estaba nuevamente en el callejón. Pero esta vez no era el gato dominante que todos temían.

Era pequeño. Un cachorro. Varios gatos lo rodeaban.

— Eres débil. Bruno intentaba esconderse.

—Déjame. —Nadie quiere a los débiles. Uno de ellos lo golpeó.

Bruno cayó. Entonces apareció una versión adulta de sí mismo.

Grande. Fuerte. Temido. —Yo puedo protegerte.

El pequeño Bruno levantó la cabeza. —¿Quién eres?

—Aquello en lo que tienes que convertirte.

—¿Para qué?

—Para que nadie vuelva a hacerte daño.

El cachorro observó al enorme gato. Y comprendió. Durante toda su vida había intimidado a otros porque tenía terror de volver a sentirse pequeño. Bruno adulto cerró los ojos. —No necesito que me teman. La ilusión comenzó a temblar. —**Sin miedo no eres nadie** —dijo una voz.

Bruno levantó la cabeza.

—Entonces aprenderé quién soy. La imagen desapareció.

El miedo de Áurea

La prueba de Áurea era diferente. Estaba nuevamente muchos años atrás.

Luar permanecía frente a ella. —Ven conmigo.

Áurea lloraba. —No puedo. Todos lo tenemos.

La escena cambió. Áurea vio a Luar marchándose solo hacia el Bosque Sin Sombra.

—¡Espera! Intentó seguirlo. Pero sus patas no se movían.

Entonces escuchó el mismo grito que llevaba años oyendo en sueños.

—¡Áurea! La anciana cerró los ojos. —Fue culpa mía.

Una voz respondió: —**Sí.**

Áurea tembló. —Debí acompañarlo.

—**Sí.**

—Tuve miedo.

—**Y por tu miedo murió.**

Áurea comenzó a llorar. Entonces recordó algo.

Las palabras que Luar había pronunciado antes de marcharse: *Protege a mi hijo.

* Áurea abrió los ojos. No. La voz guardó silencio.

—Tuve miedo. Respiró profundamente. —Y me equivoqué.

La oscuridad comenzó a moverse. —Pero un error no tiene derecho a decidir quién seré durante el resto de mi vida.

La cueva tembló. —No puedo cambiar lo que hice.

Áurea levantó la cabeza. —Pero puedo elegir lo que hago ahora.

La ilusión desapareció.

Los tres

La cámara volvió a iluminarse. Misu apareció. Después Bruno. Finalmente Áurea. Durante unos segundos ninguno habló. Misu miró a Bruno. —¿Estás bien?

—No quiero hablar de ello.

Áurea sonrió. —Entonces ha sido una buena prueba.

Bruno la miró. —¿Y tú?

—Tampoco quiero hablar de ello.

Los tres rieron.

Era la primera vez que reían desde que había comenzado el viaje. Frente a ellos apareció una puerta de piedra. Sobre ella había una inscripción:

**«VALIENTE NO ES QUIEN NO TEME.

VALIENTE ES QUIEN NO ENTREGA SU VIDA AL MIEDO.»**

La puerta se abrió. Habían superado la primera prueba.

Más allá de la puerta

Salieron de la cueva. El paisaje había cambiado. Ya no había árboles verdes. La tierra era gris. El cielo estaba cubierto por nubes. A lo lejos se levantaban las montañas negras. Misu consultó el mapa. La primera cruz había desaparecido. Quedaban dos:

**DESEO.**

**VERDAD.**

Bruno suspiró. —Espero que la siguiente sea más fácil.

Áurea lo miró. —La siguiente es el deseo.

Bruno pensó durante un instante. —Retiro lo dicho.

Continuaron caminando. Al caer la noche encontraron un pequeño lago.

Decidieron descansar. Misu se acercó al agua.

Bebió. Entonces vio algo bajo la superficie.

Una luz roja. Retrocedió. El rubí apareció reflejado en el lago.

Pero el verdadero rubí estaba muy lejos.

Misu miró su propio reflejo. Sus ojos eran azules.

Parpadeó. Durante un instante se volvieron negros.

—**Misu...** La voz de Nébiro surgió desde el agua.

—No.

—**Has superado el miedo.**

Misu retrocedió. —Déjame.

Nébiro rio. —**Pero todavía no conoces tu verdadero deseo.**

El agua comenzó a moverse. Apareció una imagen. Un gato blanco estaba encerrado entre unas enormes raíces negras. Misu dejó de respirar: —Padre... Luar levantó lentamente la cabeza. Parecía agotado. —Misu... ¿Eres tú? El gato blanco extendió una pata. Hijo...

Nébiro susurró: —**Está vivo.**

Misu sintió que todo su cuerpo temblaba. ¿Dónde?

—**Muy cerca de mí.**

—Déjalo libre.

Nébiro rio. —**Lo haré.**

—¿Qué quieres?

El agua se volvió completamente negra. Dos ojos aparecieron sobre la superficie. —**Lo mismo que tú.**

—¿Qué?

La voz respondió: —**La octava gema.**

Misu retrocedió. —Está dentro de mí.

—**Lo sé.**

—Entonces, ¿cómo puedo dártela?

Hubo un largo silencio. La respuesta de Nébiro fue apenas un susurro: —**Tendrás que arrancártela.**

Misu sintió un escalofrío. —¿Y qué me ocurrirá?

Los ojos negros parecieron sonreír.

—**Eso, pequeño guardián...**

La imagen de Luar volvió a aparecer. — **...es el precio de tu deseo.**

El lago quedó en silencio. Misu permaneció inmóvil. Ahora conocía la pregunta que tendría que responder en la segunda prueba: **¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar para recuperar a su padre?**