Capítulo 6
La gema que llevaba dentro
Misu no dijo nada. Permaneció acurrucado entre los brazos de Clara mientras intentaba comprender las palabras de Áurea.
**La octava gema estaba dentro de él.** Clara continuaba acariciándolo.
—Ya está, pequeño. Ya pasó. Para ella, todo lo ocurrido había sido un extraño accidente: una piedra rota, una nube de polvo, las ventanas agitándose de repente y Misu desplomándose en el suelo.
No había escuchado a Nébiro. No había visto la luz que había surgido de la media luna de su frente.
Pero sí percibía algo. —Estás temblando.
Misu escondió el rostro contra ella. Durante unos instantes quiso olvidarlo todo:
Las gemas.
Nébiro.
Los guardianes.
El Bosque Oscuro.
Incluso a su padre.
Quería volver a ser simplemente el gato de Clara. Dormir al sol. Perseguir mariposas. Mirar las estrellas desde el muro. Pero sabía que ya no podía regresar a aquella vida. Porque ahora Nébiro conocía a Clara. Y Misu conocía la verdad.
Una conversación bajo la luna
Esperó hasta que Clara se durmió. Después salió al jardín. Áurea lo esperaba sobre el muro.
—Explícamelo.
La anciana asintió. —La octava gema nunca fue una piedra como las demás.
—Pero dijiste que era transparente.
—Porque adopta la forma de aquello que no puede ocultarse.
—Sigo sin entenderlo.
Áurea bajó del muro. —Las siete gemas exteriores representan fuerzas que todos poseemos: compasión, sabiduría, valor, poder, ambición, ira y vacío.
—¿Y la octava?
—La conciencia.
Misu permaneció inmóvil. —¿La conciencia?
—La capacidad de mirarte a ti mismo y decidir.
Áurea tocó suavemente con una pata la media luna de su frente. —Tu padre comprendió que Nébiro nunca podría ser derrotado mediante un poder mayor que el suyo. Cada nuevo poder terminaría alimentándolo.
—Entonces ¿cómo se le derrota?
—Eligiendo.
—¿Eligiendo qué?
—Quién quieres ser.
Misu bajó la mirada. Parecía demasiado sencillo. —¿Eso es todo?
Áurea sonrió. —Elegir cuando nada está en juego es sencillo. Elegir cuando tienes miedo, cuando estás enfadado o cuando puedes conseguir aquello que más deseas... Hizo una pausa. —Eso es mucho más difícil.
La verdad sobre Luar
—Mi padre puso esa gema dentro de mí.
—Sí.
—¿Cómo?
Áurea miró hacia las estrellas. —La noche de tu nacimiento.
Misu levantó inmediatamente la cabeza.
—¿Tú estabas allí?
Áurea cerró los ojos. —Sí.
Por primera vez, su voz pareció quebrarse. —Conocí a tu madre.
Misu sintió un vuelco. —¿A mi madre?
—Se llamaba **Selene**.
Aquel nombre le produjo la misma extraña sensación que había sentido al escuchar el de Luar. Como si una parte muy antigua de su memoria lo reconociera.
—¿Cómo era?
Áurea sonrió. —Hermosa. Valiente. Y terriblemente testaruda.
Misu casi sonrió.
—¿Se parecía a mí?
—Muchísimo.
—¿Era guardiana?
—No.
Áurea miró hacia el bosque. —Pero fue mucho más valiente que muchos guardianes.
La noche del nacimiento
Áurea comenzó a recordar. Selene había dado a luz a un único cachorro: Misu.
Aquella misma noche, Luar llegó herido. Nébiro estaba despertando.
Los guardianes habían comprendido que alguien debía proteger la octava gema.
Pero ningún escondite era seguro. Nébiro podía encontrar objetos.
Podía rastrear magia. Podía entrar en sueños.
Podía utilizar los deseos de quienes custodiaban la gema.
Entonces Luar tuvo una idea. —Ocultarla donde Nébiro jamás buscaría —dijo Áurea.
—¿Dentro de un cachorro? —Dentro de alguien que todavía no tenía ambición, orgullo ni deseo de poder.
Misu comprendió. —Yo.
—Tú.
—¿Y mi madre aceptó?
Áurea guardó silencio. —Al principio, no.
Misu imaginó a aquella gata a la que nunca había conocido protegiéndolo entre sus patas. Sintió algo extraño en el pecho.
—¿Qué pasó con ella?
La anciana bajó la cabeza.
Misu supo inmediatamente que la respuesta iba a doler. —Murió protegiéndote. El pequeño gato cerró los ojos:
Nunca había conocido a Selene.
Nunca había escuchado su voz.
Nunca había sentido sus caricias.
Y, sin embargo, lloró. Una lágrima cayó sobre la piedra del muro. Áurea se acercó y apoyó la cabeza contra la suya. No dijo nada. A veces no existen palabras capaces de aliviar determinadas pérdidas.
El último regalo
Después de un largo silencio, Misu preguntó:
—¿Y mi padre?
—Luar te llevó hasta la casa de Clara.
Misu abrió los ojos. —¿Él me dejó allí?
—Sí.
—Entonces sabía quién era Clara.
—La había observado durante semanas.
—¿Por qué ella?
Áurea sonrió. —Porque necesitaba encontrar a alguien que pudiera enseñarte algo que ningún guardián podía enseñarte.
—¿Qué?
—A ser amado sin necesidad de ser poderoso.
Misu miró hacia la ventana de la habitación de Clara. La luz estaba apagada. Recordó todas aquellas noches durmiendo junto a ella:
Las caricias.
La comida esperándolo.
La preocupación cuando enfermaba.
La forma en que Clara pronunciaba su nombre.
Comprendió entonces que quizá su vida aparentemente corriente nunca había sido corriente. Había sido parte del plan de Luar.
—¿Y después?
—Tu padre se marchó.
—¿Al Bosque Oscuro?
—Sí.
—¿Por qué?
—Para que Nébiro lo siguiera a él y no a ti.
Misu sintió una punzada. —Se sacrificó.
—Eso creo.
—Pero podría seguir vivo.
Áurea lo miró. —Sí. Una sola palabra. Pero fue suficiente.
Misu tomó una decisión. —Voy a buscarlo.
El viaje
—No puedes ir solo.
—Entonces ven conmigo.
Áurea pareció sorprendida. —Soy demasiado vieja.
—No lo parecías cuando te enfrentaste a los perros.
—Eso fue diferente.
—Tienes miedo.
Áurea levantó las orejas. —Los gatos viejos no tenemos miedo.
Misu la miró. —Eso no es verdad.
La anciana guardó silencio. Después sonrió.
—Te pareces demasiado a tu madre.
—¿Vendrás?
Áurea suspiró. —Hasta el final.
Una voz surgió detrás de ellos. —Yo también.
Ambos se volvieron. Bruno estaba sentado junto al muro.
Misu frunció el ceño. —¿Cuánto tiempo llevas escuchando?
—Lo suficiente.
—Esto no tiene nada que ver contigo.
Bruno bajó del muro. —Los perros de Nébiro atacaron mi territorio.
—Tu territorio.
—Bueno... Bruno miró a Áurea. —Nuestro territorio.
Misu casi sonrió.
—Es peligroso.
—Lo sé.
—Podrías morir.
Bruno se encogió de hombros. —También puedo morir cruzando una carretera.
Áurea rio. —Empieza a caerme bien.
Misu no estaba convencido. —¿Por qué quieres venir realmente?
Bruno dejó de bromear. —Porque cuando luchamos... Bajó la mirada. —...vi algo en tus ojos.
Misu recordó el enfrentamiento:—Miedo.
—No. Bruno lo miró. —Vi que te estabas convirtiendo en algo que no eras. Hubo silencio.
—Y no quiero que eso ocurra.
Misu se sorprendió. —¿Después de todo lo que te hice?
Bruno respondió: —Quizá yo tampoco me comporté demasiado bien contigo. Para un gato como Bruno, aquello era casi una disculpa.
Misu extendió una pata. Bruno la miró. Después colocó la suya encima. No eran amigos todavía. Pero quizá acababan de dejar de ser enemigos.
El mapa de Luar
Áurea los condujo hasta un viejo molino abandonado en las afueras del pueblo.
Entraron por una abertura. En el interior había sacos rotos, herramientas oxidadas y muebles cubiertos de polvo.
Áurea se acercó a una pared. Empujó una piedra.
Se abrió un pequeño compartimento. Dentro había un trozo de cuero enrollado. —Luar me pidió que lo guardara.
Misu se acercó. Áurea extendió el cuero sobre el suelo. Era un mapa. Aparecía el pueblo. El bosque. Las montañas. Y más allá, una enorme zona pintada de negro.
**EL BOSQUE SIN SOMbrA.**
—Creía que se llamaba Bosque Oscuro.
—Ese es el nombre que utilizamos para no pronunciar el verdadero.
Misu observó el mapa. En el centro de la zona negra había un símbolo.
Un círculo rodeado por siete líneas. La marca de Nébiro.
Pero había algo más. En una esquina del mapa, Luar había escrito una frase.
Áurea la leyó: **«Cuando las siete piedras vuelvan a reunirse, no busques vencer a la oscuridad. Busca aquello que todavía recuerde la luz.» ** Misu pensó. —¿Qué significa?
—No lo sé.
Bruno señaló otra marca. —¿Y esto?
Había tres pequeñas cruces en el camino hacia el Bosque Sin Sombra. Áurea palideció. —Las tres pruebas.
—¿Qué pruebas?
—Todo aquel que quiera entrar en el territorio de Nébiro debe atravesarlas.
Misu miró la primera cruz. Debajo había una palabra: **MIEDO.** La segunda: **DESEO.** La tercera: **VERDAD.**
Bruno tragó saliva. —¿Y qué ocurre si no las superamos?
Áurea enrolló lentamente el mapa.
—Nunca llegaremos hasta Nébiro.
La despedida
Antes del amanecer, Misu regresó a casa.
Sabía que debía marcharse. Pero no podía explicárselo a Clara.
Se acercó a su cama. Ella dormía. Misu saltó cuidadosamente y se tumbó a su lado.
Clara, medio dormida, extendió una mano y lo acarició.
—Mi pequeño aventurero... Misu cerró los ojos.
Quería recordar aquel momento. El olor de Clara.
El calor de la cama. El sonido tranquilo de su respiración.
No sabía cuánto tiempo estaría fuera. Ni siquiera sabía si regresaría.
Cuando comenzó a amanecer, Misu se levantó.
Antes de marcharse, rozó la mejilla de Clara con el hocico.
—Volveré —susurró, aunque sabía que ella no podía comprenderlo.
Saltó al suelo. Caminó hacia la puerta. Entonces escuchó: —Misu.
Se detuvo. Clara estaba despierta. Lo miraba desde la cama.
—No sé dónde vas últimamente. Misu permaneció inmóvil.
Clara sonrió con tristeza. —Pero vuelve siempre a casa.
Misu sintió un nudo en el pecho. Maulló suavemente. Después salió.
Comienza el viaje
Áurea y Bruno lo esperaban en el límite del bosque. El sol comenzaba a aparecer tras las montañas. Misu se acercó. —¿Preparados?
Bruno miró el enorme bosque. —No.
Áurea sonrió. —Esa es probablemente la respuesta más inteligente.
Los tres comenzaron a caminar. Ninguno miró atrás.
Horas después llegaron hasta un desfiladero.
Allí terminaba el territorio conocido. Al otro lado comenzaba un sendero estrecho entre montañas.
Misu sacó el mapa. La primera cruz estaba muy cerca.
**La prueba del miedo.** De pronto escucharon un sonido.
Un maullido. Muy débil. Misu se quedó inmóvil.
Volvió a escucharlo. —Misu... El pequeño gato sintió que el corazón se detenía.
Aquella voz... No la conocía. Y, sin embargo, algo dentro de él la reconoció inmediatamente.
—Misu...
Áurea abrió mucho los ojos.—No puede ser.
Desde el interior de una cueva apareció lentamente un gato blanco. Tenía una mancha gris sobre el lomo. Y una media luna en la frente.
Misu dejó caer el mapa —¿Padre?
El gato blanco lo contempló. Sus ojos se llenaron de lágrimas. —Hijo mío. Misu dio un paso hacia él. Después otro.
Áurea gritó: —¡MISU, NO!
Pero Misu ya estaba corriendo. Había esperado toda su vida aquel momento. Y no vio lo único que Áurea acababa de descubrir. El gato blanco tenía una media luna sobre la frente. Pero su sombra...
**tenía los ojos de Nébiro.**