Capítulo 5
El precio de un deseo
—¿Mi padre está vivo?
La pregunta de Misu quedó suspendida en la oscuridad.
Áurea no respondió. El bosque volvía lentamente a la normalidad.
Los perros habían desaparecido entre los árboles y el extraño viento que acompañaba la voz de Nébiro se había detenido.
Pero Misu apenas reparaba en ello. Solo podía pensar en una frase. **«Yo te devolveré a tu padre.»**
—Áurea —insistió—. ¿Está vivo? La anciana contempló al pequeño gato. —No lo sé.
—Pero Nébiro sí lo sabe.
—Nébiro sabe qué decir para que hagas lo que desea.
—Eso no responde a mi pregunta.
Áurea suspiró.
—La última vez que vi a tu padre estaba vivo.
—¿Cuándo?
—La noche en que desapareció.
—¿Hace cuánto?
Áurea bajó la mirada. —Muchos años.
Misu sintió que algo se rompía dentro de él.
Durante toda su vida había pensado que no tenía pasado.
Clara lo había encontrado siendo apenas un cachorro, acurrucado dentro de una cesta junto a la puerta de su casa.
Nunca había sabido quién lo había dejado allí.
Nunca había conocido a su madre. Ni a su padre.
Y ahora descubría que quizá alguien lo había estado buscando. O esperando.
—Quiero saberlo todo —dijo.
Áurea levantó la cabeza. —Hay verdades que duelen.
—También duele no conocerlas.
La anciana comprendió que había llegado el momento.
El nombre de su padre
—Tu padre se llamaba **Luar**.
Misu repitió el nombre en silencio. *Luar.* Nunca lo había escuchado. Y, sin embargo, le resultaba extrañamente familiar.
—Era un gato blanco —continuó Áurea—, con una mancha gris sobre el lomo y una media luna en la frente. Igual que tú.
Misu tocó instintivamente su propia marca.
—¿Era guardián?
—Uno de los mejores.
—¿De las gemas?
—De algo mucho más importante.
Áurea señaló el bosque. —Del equilibrio.
Misu no comprendió.
—Las gemas son solo instrumentos. El verdadero deber de los guardianes consiste en impedir que una sola fuerza domine a las demás.
—¿Qué significa eso?
—Que nadie puede vivir únicamente de valor, porque acabaría convirtiéndose en temeridad. Ni únicamente de sabiduría, porque podría olvidar el corazón. Ni siquiera la compasión es suficiente si te impide defender aquello que amas.
Áurea se acercó—La vida necesita equilibrio, Misu.
El pequeño gato miró el rubí.
—¿Y mi padre sabía utilizar todas las gemas?
—Sí.
—Entonces era muy poderoso.
Áurea negó lentamente.
—Ese fue precisamente su mayor mérito.
—No lo entiendo.
—Podía utilizarlas.
Hizo una pausa. —Pero casi nunca lo hacía.
Aquella respuesta desconcertó a Misu. Él habría imaginado a su padre enfrentándose a enormes enemigos, utilizando las piedras y realizando hazañas extraordinarias.
Sin embargo, Áurea parecía admirarlo por lo contrario. Por saber renunciar al poder.
La noche de la desaparición
Áurea comenzó a caminar. Misu la siguió. Llegaron hasta una vieja encina. La anciana se sentó bajo sus ramas.
—Nébiro llevaba siglos encerrado. Pero algo comenzó a debilitar su prisión.
—¿Qué?
—Los deseos.
Misu frunció el ceño.
—¿Los deseos de quién?
—De todos.
Áurea miró hacia las luces lejanas del pueblo.
—Humanos y animales deseamos continuamente. Más poder. Más posesiones. Más reconocimiento. Más de lo que ya tenemos.
—¿Y eso despertó a Nébiro?
—Lo alimentó.
Misu pensó en el rubí.
—Entonces Luar descubrió que la única forma de impedir su regreso era separar la octava gema de las demás.
—¿La transparente?
—Sí.
—¿Por qué es tan importante?
Áurea tardó en responder. —Porque es la única que Nébiro teme.
—Pero dijiste que no tiene poder.
—No lo tiene.
—Entonces, ¿por qué la teme?
Áurea miró directamente a Misu. —Porque muestra la verdad.
La gema de la verdad
Misu permaneció en silencio.
—Cuando miras a través de ella —explicó Áurea— no ves lo que deseas ser. Tampoco lo que temes ser. Ves lo que eres.
—Eso no parece peligroso.
—Puede ser lo más peligroso del mundo.
Misu ladeó la cabeza. —¿Por qué?
—Porque muchas criaturas prefieren enfrentarse a cien enemigos antes que enfrentarse a sí mismas.
Aquella frase quedó resonando en su interior.
—¿Mi padre se llevó esa gema?
—Sí.
—¿Al Bosque Oscuro?
Áurea asintió.
—Y nunca regresó.
Misu se levantó. —Entonces iré allí.
—No.
—Es mi padre.
—Precisamente por eso Nébiro te ha hablado de él.
—¿Qué quieres decir?
—Ya conoce tu debilidad.
Misu sintió rabia. —Mi padre no es una debilidad.
—Amar nunca es una debilidad.
Áurea se acercó. —Pero el miedo a perder aquello que amamos puede convertirse en una cadena.
Una visita inesperada
Un ruido interrumpió la conversación. Áurea se puso en guardia. Misu olfateó. Esta vez reconoció el olor.
—Bruno.
El enorme gato gris apareció entre los arbustos. Caminaba con dificultad. Tenía una pequeña herida sobre una oreja.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Misu.
Bruno lo miró. Pero no había arrogancia en sus ojos. Había miedo.
—Han venido.
Áurea se levantó. —¿Quiénes?
—Los perros.
Misu sintió un escalofrío. —¿Al pueblo?
Bruno asintió. —Buscaban algo.
—¿Qué?
Bruno miró directamente a Misu. —A ti.
El pueblo marcado
Los tres gatos corrieron. Cuando llegaron a las primeras casas, encontraron algo extraño. En varias puertas aparecía el mismo símbolo. Un círculo negro atravesado por siete líneas. Áurea se quedó inmóvil.
—La marca de Nébiro.
—¿Qué significa? —preguntó Bruno.
—Que reclama este lugar.
Misu sintió miedo.
No por él. Por Clara. Corrió hacia su casa. Saltó el muro. Atravesó el jardín. Entró por la ventana. —¡Clara! No hubo respuesta. Subió las escaleras. La casa estaba vacía. —¡Clara! Entonces escuchó un sonido en la cocina. Corrió. Clara estaba allí. Misu respiró aliviado. La mujer se volvió.
—¿Dónde te habías metido?
Misu saltó sobre ella. Clara lo abrazó.
—Qué cariñoso estás hoy.
Misu enterró la cabeza contra su pecho. Estaba viva. Estaba bien. Entonces vio algo sobre la mesa. Una piedra Negra. Muy pequeña. Misu dejó de ronronear.
El regalo
Se acercó lentamente. No era la Piedra Negra del cofre.
Era un pequeño fragmento. A su lado había una nota.
Clara la tomó. —Qué cosa más rara. Misu miró el papel.
No podía leer las palabras humanas. Pero Áurea, que acababa de entrar por la ventana, sí reconoció el símbolo dibujado.
Siete líneas. Un círculo. —Misu —susurró.
El gato se volvió. Áurea estaba aterrorizada.
—No dejes que Clara toque esa piedra.
Pero era demasiado tarde. Clara la tomó entre sus dedos. —Parece carbón.
Misu saltó sobre la mesa y golpeó su mano. La piedra cayó al suelo.
—¡Misu!
El fragmento se rompió. Un humo negro salió de su interior. Clara tosió. Misu se colocó frente a ella. El humo comenzó a formar una figura. Dos ojos. Una sonrisa. Y la voz de Nébiro llenó la habitación:
—**Ahora ya sé dónde vive aquello que más amas.**
Misu mostró los dientes. —¡Déjala! Clara no escuchaba las palabras. Solo veía a su gato bufando frente a una extraña nube de polvo.
—Misu, ¿qué te pasa?
Nébiro rio. —**Tráeme la octava gema.**
—¡Nunca!
—**Entonces comenzarás a perder cosas.**
La sombra miró hacia Clara. Misu sintió una rabia inmensa. —¡Si le haces daño...!
—**¿Qué harás?**
Misu pensó inmediatamente en el rubí.
Nébiro pareció sentirlo. —**Eso es.**
La voz se volvió casi cariñosa. —**Utiliza tu poder.**
Misu se quedó inmóvil.
—**Enfádate.**
El rubí, que había dejado en el bosque, comenzó a llamarlo desde la distancia.
—**Ódiame.**
Misu sintió calor en las patas.
—**Hazte fuerte.**
Áurea se interpuso. —No lo escuches.
—**Solo necesitas una cosa para protegerla.**
—¡Cállate! —gritó Misu.
Nébiro sonrió. —**Más poder.**
Misu cerró los ojos. Pensó en Clara. En su padre. En los perros. En Bruno. En todo lo que podía perder. Y comprendió la trampa. Nébiro no necesitaba obligarlo a utilizar las gemas. Solo necesitaba conseguir que Misu tuviera miedo. Porque el miedo haría el resto.
La primera gran elección
Misu abrió los ojos. —No.
La sombra dejó de sonreír. —**¿Qué has dicho?**
—Que no.
—**No puedes protegerla sin mí.**
Misu miró a Clara. Después miró a Áurea.
—Quizá no pueda proteger a todos.
La voz de Nébiro se volvió más profunda.
—**Entonces los perderás.**
Misu temblaba. Pero permaneció firme. —Puede ser.
Áurea lo contempló sorprendida.
—Pero no voy a convertirme en ti para salvarlos.
Durante unos segundos hubo silencio. Entonces la sombra lanzó un rugido. Las ventanas temblaron.
Clara retrocedió. —¡Dios mío!
El humo salió disparado hacia Misu.
Áurea gritó: —¡Cuidado!
Pero antes de alcanzarlo ocurrió algo extraordinario. La media luna de la frente de Misu comenzó a brillar. Una luz transparente envolvió su cuerpo. El humo negro retrocedió. Nébiro lanzó un grito. —**¡NO!**
La luz aumentó. La sombra desapareció. La casa quedó en silencio. Misu cayó al suelo. Clara corrió hacia él.
—¡Misu! Lo tomó en brazos. —¿Qué te ocurre, pequeño? Misu abrió lentamente los ojos. Áurea observaba su frente. La media luna todavía emitía una luz muy débil. —Áurea...
La anciana no respondió. Parecía incapaz de creer lo que acababa de ver. —¿Qué ha sido eso? Áurea se acercó. —La octava gema.
Misu miró alrededor. —¿Dónde?
La anciana levantó una pata. Y señaló su pecho
—No está perdida, Misu. Hizo una pausa. —Nunca lo estuvo.
Misu sintió que el corazón comenzaba a latir con fuerza.
Áurea sonrió por primera vez desde que había comenzado aquella aventura.
—Tu padre no escondió la octava gema en el Bosque Oscuro.
Misu abrió mucho los ojos. —Entonces, ¿dónde está?
Aurea apoyó suavemente una pata sobre él.
—**La escondió dentro de ti.**
Y muy lejos de allí, en un lugar donde nunca llegaba la luz del sol, Nébiro abrió sus ojos negros. Por primera vez en siglos, la antigua criatura sintió algo que creía haber olvidado. **Miedo.**