EL GATO DE LAS SIETE GEMAS Capítulo 4
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Capítulo 4

La piedra que conoce tus deseos

Durante tres días, Misu no regresó al bosque.

Se comportó como antes. Dormía junto a la ventana.

Acompañaba a Clara por la casa. Perseguía hojas secas en el jardín.

Incluso evitó el callejón donde había luchado con Bruno.

Quería convencerse de que todo había terminado.

Las gemas estaban enterradas. El rubí permanecía escondido bajo el suelo.

Áurea no había vuelto a aparecer. Podía recuperar su antigua vida.

O eso pensaba. Porque cada noche, cuando la casa quedaba en silencio, Misu despertaba.

Y escuchaba algo. **Tum.** Esperaba. **Tum.

** Abría los ojos. **Tum.** Parecía un corazón latiendo bajo las tablas.

La primera noche consiguió ignorarlo. La segunda también. Pero la tercera se levantó.

El rubí enfermo

Misu entró en la habitación vacía. La luna iluminaba débilmente el suelo.

Se acercó al armario. **Tum.** El sonido procedía de allí.

Levantó la tabla. El rubí seguía escondido.

Pero había cambiado. En su centro aparecía una pequeña mancha negra.

Misu lo tocó. La habitación desapareció.

De pronto se encontró nuevamente en el bosque.

Pero no era el bosque que conocía. Los árboles estaban secos.

El cielo era rojo. Ante él apareció una figura.

Era Misu. Pero aquel otro Misu era enorme.

Llevaba las siete gemas alrededor del cuello.

Los animales permanecían inclinados ante él.

—¿Quién eres? —preguntó Misu.

Su doble sonrió. —Soy aquello que puedes llegar a ser.

—Yo no quiero ser así.

—¿No?

La figura comenzó a caminar alrededor de él.

—Quieres que Bruno te tema.

Misu guardó silencio.

—Quieres que los perros huyan cuando te vean.

—Solo quiero poder defenderme.

—Quieres proteger a Clara.

—Sí.

—Quieres que nadie pueda hacerle daño.

—Sí.

—Entonces necesitas poder.

Misu miró al enorme gato.

—¿Qué quieres de mí?

La figura sonrió.

—Nada.

Se acercó hasta quedar frente a él.

—Yo soy lo que tú quieres.

Todo desapareció.

Misu volvió a encontrarse en la habitación. Retiró la pata del rubí. Respiraba rápidamente. Entonces escuchó una voz detrás de él.

—Ya ha comenzado.

Áurea

Misu se volvió. Áurea estaba sentada junto a la ventana.

—¿Cómo has entrado?

—Los gatos siempre encontramos una entrada.

Misu miró el rubí.

—Está enfermo.

—No.

—Tiene una mancha negra.

—No es la piedra la que está cambiando.

Misu la miró.

—Entonces, ¿qué es?

Áurea se acercó.

—Eres tú.

Misu retrocedió.

—Eso no es verdad.

—Las gemas reflejan aquello que despiertan en quien las utiliza.

—Yo no soy malo.

—Nunca he dicho que lo seas.

—Entonces, ¿por qué se está volviendo negra?

Áurea contempló el rubí.

—Porque has comenzado a desear su poder.

Misu sintió rabia.

—¡Lo utilicé para salvarte!

—Sí.

—¡Y para defenderme de Bruno!

—También.

—Entonces hice cosas buenas.

—Una buena acción no convierte en bueno todo lo que hacemos después. Aquellas palabras molestaron a Misu.

—Tú no sabes lo que pienso.

Áurea lo miró con tristeza.

—La piedra sí.

El verdadero peligro

Áurea se sentó frente a él.

—Escúchame, Misu. Hay algo que todavía no te he contado.

Misu permaneció en silencio.

—Las siete gemas no fueron creadas para dar poderes.

—¿Entonces para qué?

—Para guardar algo.

—¿Qué?

Áurea miró hacia la ventana.

—Una oscuridad muy antigua.

Misu sintió frío.

—¿La Piedra Negra?

—No exactamente.

Áurea respiró profundamente.

—Hace siglos existió una criatura llamada **Nébiro**.

—¿Un gato?

—Alguna vez lo fue.

Misu abrió mucho los ojos.

—¿Qué le ocurrió?

—Encontró las gemas.

Áurea bajó la mirada.

—Y quiso utilizarlas todas.

Nébiro

Según contó Áurea, Nébiro había sido un gato joven, valiente y generoso.

Vivía en un tiempo en el que los animales todavía conocían algunos secretos olvidados por los humanos.

Un día encontró las gemas. Primero utilizó la verde para ayudar.

Después la blanca para vencer sus miedos.

Luego la azul para adquirir conocimiento.

Durante mucho tiempo hizo cosas buenas. Los animales acudían a él cuando necesitaban ayuda.

Lo admiraban. Lo respetaban. Pero Nébiro comenzó a preguntarse algo.

*Si puedo ayudar a todos, ¿por qué no debería gobernarlos?*

Entonces utilizó el rubí. Después la amatista.

Más tarde el ónix. Y finalmente tocó la Piedra Negra.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Misu.

Áurea cerró los ojos. —Dejó de ser quien era.

—¿Murió?

—Peor.

—¿Qué puede ser peor que morir?

La anciana lo miró. —Olvidar que alguna vez amaste a alguien.

Misu pensó inmediatamente en Clara.

—Nébiro dejó de sentir.

—¿Y qué hicieron con él?

—Los guardianes consiguieron separar su oscuridad de su cuerpo y encerrarla dentro de las gemas.

—¿Dentro de todas?

—Sí.

Misu miró el rubí. La mancha negra parecía un poco mayor.

—Entonces...

Áurea asintió.

—Cada vez que utilizas una gema, Nébiro despierta un poco.

Misu soltó el rubí.

Una decisión

—Hay que destruirlas.

Áurea negó con la cabeza. —No se puede.

—Entonces las arrojaremos al río.

—Regresarían.

—Las enterraremos más profundamente.

—Ya estuvieron enterradas durante siglos.

—¿Entonces qué hacemos?

Áurea respondió: —Encontrar la octava gema.

Misu recordó la piedra transparente.

—Dijiste que no tenía poderes.

—Precisamente por eso Nébiro nunca pudo dominarla.

—¿Y dónde está?

—Solo existe una pista.

Áurea levantó una pata y señaló la media luna que Misu tenía sobre la frente. —Esa marca.

Misu se quedó inmóvil.

—¿Qué tiene que ver conmigo?

—El último guardián tenía la misma.

—¿Quién era?

Áurea guardó silencio.

Misu insistió. —Dímelo.

La anciana finalmente respondió: —Tu padre.

El padre de Misu

Misu sintió que el mundo se detenía. No recordaba a su padre. Había llegado a casa de Clara siendo apenas un cachorro. Nunca había sabido de dónde procedía.

—Eso es imposible.

—No.

—Clara me encontró abandonado.

—Eso es lo que ella cree.

Misu retrocedió. —¿Mi padre tenía las gemas?

—Era su guardián.

—¿Dónde está?

Áurea apartó la mirada.

—Desapareció.

—¿Murió?

—No lo sé.

—¿Cómo puedes no saberlo?

—Porque la última noche que lo vi llevaba consigo la octava gema.

Misu se acercó. —¿Y qué pasó?

—Entró en el Bosque Oscuro.

—¿Dónde está eso?

Áurea lo miró.

—Más allá de las montañas.

—Entoncs iremos.

—No

—¿Por qué?

—Porque nadie que haya entrado allí ha regresado.

Misu miró la gema roja.Por primera vez, el poder no le pareció atractivo. Pensó en su padre. Pensó en la octava gema. Y tomó una decisión. —Voy a encontrarlo.

El robo

Aquella noche Misu llevó el rubí nuevamente al bosque. No quería tenerlo cerca de Clara. Áurea lo acompañó. Llegaron al lugar donde habían enterrado el cofre. Pero algo estaba mal. La tierra había sido removida. Misu comenzó a correr. —¡No! El agujero estaba abierto. El cofre había desaparecido.

Áurea olfateó el suelo. —Han estado aquí.

—¿Los perros?

—Sí.

Misu encontró huellas. Muchas. Pero entre ellas había algo extraño. Una marca profunda. Mucho mayor que la pata de cualquier perro.

Áurea la vio.

Su rostro cambió.

—No puede ser.

—¿Qué ocurre?

La anciana retrocedió. —Esta huella...

Misu esperó. —La conozco.

—¿De quién es?

Áurea no respondió.

Un aullido atravesó el bosque.

Después otro. Y otro. Decenas de ojos rojos aparecieron entre los árboles.

Misu comprendió que estaban rodeados. Sacó el rubí.

—No —ordenó Áurea. —Son demasiados.

—Si lo utilizas, alimentarás a Nébiro.

Los perros comenzaron a acercarse.

Misu miró la gema. Después miró a Áurea.

—Si no la utilizo, quizá no salgamos de aquí.

—Siempre existe otra elección.

—¡No tenemos tiempo!

El primer perro saltó.

Misu apretó el rubí. Una luz roja explotó.

Los árboles temblaron. Los perros salieron despedidos.

Misu sintió nuevamente aquella fuerza maravillosa.

Pero esta vez fue diferente. Algo entró en él.

Una sombra. Una voz. Una presencia. Durante un segundo sus ojos dejaron de ser azules. Se volvieron completamente negros.

Áurea lo vio. —Misu...

El gato giró lentamente la cabeza. Sonrió. Pero aquella sonrisa no parecía suya.

—¿Qué ocurre, Áurea?

La anciana retrocedió.

Misu avanzó hacia los perros caídos. Uno de ellos gemía. Misu levantó una pata.

—Misu, basta.

—Podrían volver.

—Ya no pueden hacerte daño.

—Entonces me aseguraré de que nunca puedan hacerlo.

Áurea se interpuso. —Mírame.

Misu no respondió.

—¡Mírame!

Sus ojos se encontraron. Durante unos segundos ocurrió una batalla silenciosa. Después Misu parpadeó. Sus ojos volvieron a ser azules. Miró su pata levantada. Miró al perro. Retrocedió horrorizado.

—¿Qué iba a hacer?

Áurea no respondió. No era necesario. Misu lo sabía. Dejó caer el rubí. La mancha negra ocupaba ahora casi la mitad de la piedra. Entonces escucharon una risa. Profunda. Lejana. Procedía de todos los rincones del bosque al mismo tiempo.

—**Gracias, pequeño guardián.**

Misu miró alrededor. —¿Quién eres? La risa volvió a escucharse. —**Tú ya sabes quién soy.**Áurea se quedó paralizada. —Nébiro... Las hojas comenzaron a girar alrededor de Misu. Y la voz susurró:

—**Seis gemas están conmigo.**

Misu miró el rubí que había dejado caer. Comprendió. El cofre robado contenía las otras seis. Nébiro continuó:

—**Tú tienes la séptima.**

La oscuridad comenzó a retirarse. Antes de desaparecer, la voz añadió:

—**Encuentra para mí la octava...**

Silencio. Y finalmente:

—**...y yo te devolveré a tu padre.**

Misu dejó de respirar durante un instante.

Áurea lo miró. —No le creas.

Pero aquellas palabras ya habían entrado demasiado profundamente en el corazón del pequeño gato.

Porque por primera vez desde que comenzó aquella aventura, Misu ya no quería encontrar la octava gema para salvar el mundo.

Quería encontrarla para recuperar a su padre.

Y Nébiro acababa de descubrir exactamente cuál era

**el deseo más profundo de Misu**.