EL GATO DE LAS SIETE GEMAS Capítulo 3
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Capítulo 3

El poder que despierta

Misu regresó a casa antes del amanecer. Caminaba junto a Áurea por el sendero del bosque, pero ninguno de los dos hablaba. El cofre había quedado nuevamente enterrado. Áurea había insistido en ocultarlo:

—Las gemas no pueden entrar en tu casa —le había advertido—. Allí vive alguien a quien amas.

Misu había obedecido. O casi. Porque bajo su pelaje llevaba escondido el rubí. Cada pocos pasos sentía su calor. Era agradable. Reconfortante. Le hacía sentirse seguro.

Áurea se detuvo cuando llegaron al muro del jardín. —A partir de ahora, no regreses solo al bosque.

—Sé cuidarme.

—Eso mismo pensaba el anterior guardián,

Misu levantó las orejas.

—¿Anterior guardián?

Áurea pareció arrepentirse de sus palabras.

—Vuelve a casa.

—¿Quién era?

La anciana no respondió.

—¡Áurea!

La gata comenzó a alejarse.

—¡Espera!

Áurea se detuvo. Sin volverse, dijo: —Cuando estés preparado para conocer la verdad, te la contaré. Después desapareció entre los árboles.

Clara

Misu entró en casa por una pequeña ventana que Clara dejaba abierta para él.

Todo estaba oscuro. Subió las escaleras y llegó hasta el dormitorio.

Clara dormía. Misu saltó sobre la cama y se acomodó junto a ella.

La mujer abrió los ojos. —¿Dónde has estado, aventurero?

Misu ronroneó. Clara acarició su cabeza. —Estás helado.

Lo abrazó. Durante unos segundos, Misu sintió algo maravilloso: Paz.

Aquella casa era su refugio. Clara era su familia.

Cerró los ojos. Entonces el rubí emitió un pequeño pulso de calor bajo su pelaje.

Misu abrió los ojos. Había olvidado que lo llevaba consigo.

Lo sacó discretamente y lo escondió debajo de una almohada.

Después volvió junto a Clara. Pero aquella noche soñó.

El sueño

Estaba en medio del bosque. Todos los animales lo rodeaban: Conejos. Zorros. Ciervos. Pájaros. Gatos. Incluso los perros inclinaban la cabeza ante él. Misu caminaba entre ellos. Era más grande. Más fuerte. Sobre su cuello llevaba un collar formado por las siete gemas.

—Misu —decían los animales—. Misu. Misu.

En lo alto de una roca había un trono. Misu subió.

Se sentó. Todos lo contemplaban. Entonces apareció Clara.

—Misu, ven a casa. El gato la miró desde lo alto.

—Yo ya no pertenezco a tu casa. Clara extendió los brazos.

—Claro que sí. Misu mostró las garras. —Ahora todos me pertenecen a mí.

De pronto el cielo se volvió negro. Los animales desaparecieron.

El bosque murió. Los árboles quedaron secos.

Misu miró sus patas. Ya no eran suyas. Estaban cubiertas de humo negro.

Intentó quitarse el collar. No pudo. Las gemas se habían incrustado en su piel.

Y desde algún lugar surgió una voz. —**Todavía quieres más. ** Misu despertó sobresaltado.

La primera mentira

Había amanecido. Clara estaba de pie junto a la cama.

En una mano sostenía el rubí. —¿Y esto? Misu se quedó inmóvil.

La gema parecía una piedra corriente entre los dedos de Clara.

No brillaba. No emitía calor. —Es preciosa —dijo ella—.

¿Dónde la habrás encontrado? Misu saltó de la cama y trató de arrebatársela.

—¡Eh! Clara rio. —Tranquilo. ¿Es tu tesoro?

Misu maulló. —Está bien. Dejó la gema sobre la mesa.

—Pero no vayas recogiendo cualquier cosa que encuentres.

Un día vas a traerme medio bosque a casa.

Misu observó el rubí. Sintió alivio. Clara no sabía nada.

Y por primera vez pensó algo que nunca antes había pensado: *Mejor que no lo sepa.

* No era exactamente una mentira. Pero se parecía mucho.

El gato del callejón

Aquella tarde Misu salió al pueblo. Quería comportarse con normalidad.

Caminó por los tejados. Saltó sobre una tapia.

Atravesó una pequeña plaza. Todo parecía igual.

Hasta que escuchó un bufido. Sobre un muro estaba **Bruno**.

Bruno era un enorme gato gris que llevaba años considerándose dueño de aquella zona.

Misu nunca había querido enfrentarse a él.

Normalmente, cuando Bruno aparecía, Misu daba media vuelta.

—Mira quién viene —dijo Bruno.

Dos gatos jóvenes que estaban junto a él comenzaron a reír. —El pequeño soñador.

Misu siguió caminando.

—¿Ya has terminado de mirar las estrellas?

Misu se detuvo. En otro momento habría continuado. Pero recordó el rubí. Lo había dejado en casa. Aun así, algo permanecía dentro de él. La sensación del poder. —Déjame pasar —dijo.

Bruno saltó del muro. —¿Qué has dicho?

—Que me dejes pasar.

Los otros gatos guardaron silencio. Bruno se acercó. Era mucho más grande que Misu.

—Parece que alguien se ha despertado valiente.

Misu sintió miedo. Su instinto le decía que retrocediera. Entonces recordó cómo había lanzado al perro contra el árbol. *Podría derrotarlo.*

—Apártate.

Bruno levantó una pata. —Quizá necesites recordar quién manda aquí.

Misu esquivó el golpe. Bruno atacó nuevamente. Esta vez Misu respondió. Saltó sobre él. Rodaron por el suelo. Bruno consiguió inmovilizarlo. —¿Eso es todo?

Misu intentó liberarse. No podía. Y entonces ocurrió.

Pensó en el rubí. Aunque estaba lejos, en casa de Clara, sintió su llamada.

**BUM.** Una fuerza inesperada recorrió su cuerpo.

Misu empujó a Bruno. El enorme gato salió despedido.

Los otros dos retrocedieron. Misu se quedó sorprendido.

El poder seguía dentro de él. Bruno se levantó.

Tenía sangre en el hocico. —¿Qué eres? Misu avanzó.

Por primera vez vio miedo en los ojos del gato que siempre lo había intimidado.

Y aquello le gustó. Demasiado. —Te dije que te apartaras.

Bruno retrocedió. Misu podía detenerse. Había ganado.

No necesitaba hacer nada más. Pero una voz apareció en su pensamiento.

*Haz que te recuerde.* Misu levantó una pata. Entonces escuchó:

—¡MISU! La voz de Áurea.

El gato se detuvo. La anciana estaba sobre un tejado.

—Ya has ganado. Misu miró a Bruno. Después miró su propia pata. La bajó lentamente. Bruno huyó. Los otros gatos corrieron detrás de él.

La advertencia de Áurea

—No llevaba la gema —dijo Misu.

Áurea descendió del tejado. —No necesitas llevarla.

—¿Cómo?

—La has utilizado.

—Pero está en mi casa.

Áurea cerró los ojos. —Eso es peor.

Misu no comprendía.

—Cuando alguien utiliza una gema, una pequeña parte de su poder permanece dentro de él.

—¿Para siempre?

—Depende.

—¿De qué?

Áurea lo miró.

—De cuánto la desees.

Misu guardó silencio. —Yo solo quería defenderme.

—Al principio.

—Bruno me atacó.

—Y tú lo venciste.

—Entonces, ¿qué hice mal?

Áurea se acercó.

—Nada hasta que levantaste la pata por segunda vez.

Misu bajó la mirada. Sabía que tenía razón. Pero no quería admitirlo. —No iba a hacerle daño.

Áurea permaneció en silencio.

—Solo quería asustarlo.

La anciana continuó mirándolo.

Misu se enfadó. —¡Él empezó!

Áurea suspiró. —Las gemas oscuras siempre encuentran una justificación.

—El rubí no es oscuro.

—Ninguna gema lo es por sí misma.

Misu levantó la cabeza.

—Entonces no entiendo nada.

—El poder puede salvar una vida o destruirla. La ambición puede ayudarte a superar tus límites o hacerte desear lo que pertenece a otros. Incluso la ira puede defenderte ante una injusticia.

Áurea miró hacia el bosque.

—El problema comienza cuando dejamos de gobernar nuestros sentimientos y permitimos que ellos nos gobiernen.

Misu pensó en Bruno. Recordó su miedo. Y recordó algo que le avergonzó todavía más. Le había gustado verlo asustado.

La octava gema

—Áurea.

—¿Sí?

—Dijiste que faltaba una piedra.

La anciana permaneció inmóvil. —La octava gema.

—¿Qué poder tiene?

Áurea tardó en responder. —Ninguno.

Misu frunció el ceño. —Entonces no sirve para nada.

—Es la más importante de todas.

—¿Por qué?

—Porque las otras siete cambian aquello que sientes. La octava no cambia nada.

—No lo entiendo.

Áurea miró directamente a sus ojos.

—La octava gema muestra quién eres cuando nadie te está mirando.

Misu sintió un escalofrío.

—¿Dónde está?

—Nadie lo sabe.

—¿Y cómo es?

—Transparente.

Misu rio. —¿Una gema transparente?

—Por eso casi nadie la reconoce. Áurea comenzó a alejarse.—Algún día tendrás que encontrarla.

—¿Para qué?

La anciana se volvió. —Para descubrir si eres tú quien utiliza las gemas... Hizo una pausa. —...o si las gemas están empezando a utilizarte a ti.

Aquella noche

Misu regresó a casa. Clara estaba leyendo junto a la chimenea.

El rubí seguía sobre la mesa. Misu se acercó.

Lo observó durante mucho tiempo. Recordó las palabras de Áurea.

*No lo necesito.* Empujó la gema con una pata.

Después volvió a empujarla. Quería esconderla.

Alejarla. Quizá incluso devolverla al bosque.

Pero entonces recordó a Bruno huyendo. Recordó a los perros. Recordó aquella sensación maravillosa:

Nadie podía hacerle daño.

Nadie podía dominarlo.

Nadie podía obligarlo a tener miedo.

Misu tomó el rubí entre los dientes. Subió las escaleras.

Entró en una habitación vacía. Había una tabla suelta bajo un viejo armario.

La levantó y escondió allí la gema. —Solo para proteger a Clara —se dijo.

Cerró la tabla. Y se marchó. Pasaron unos segundos.

Debajo del suelo, el rubí comenzó a brillar.

Pero no estaba solo. Desde una esquina oscura de la habitación surgió lentamente una pequeña sombra.

Se deslizó por el suelo. Entró entre las tablas.

Y rodeó el rubí. La gema roja se oscureció durante un instante.

Desde algún lugar muy lejano, en las profundidades del bosque, la Piedra Negra abrió su ojo.

—**Uno** —susurró una voz. Hubo un largo silencio.

—**Ya tengo uno.** Y en la casa de Clara, mientras Misu dormía tranquilamente junto a ella, una diminuta mancha negra apareció en el centro del rubí.