Capítulo 2
El secreto de las siete gemas
La gema negra abrió un ojo. Misu retiró la pata de inmediato. No era un dibujo. No era un reflejo de la luna. Era un ojo verdadero. Pequeño, brillante y profundamente oscuro. Lo miraba.
Durante unos instantes, Misu fue incapaz de moverse.
El ojo se cerró. La piedra volvió a parecer una simple gema negra.
Entonces la voz desapareció. El bosque recuperó sus sonidos.
Los grillos comenzaron a cantar. Un búho ululó a lo lejos.
Las hojas volvieron a agitarse bajo el viento.
Como si nada hubiera ocurrido. Pero Misu sabía que había ocurrido.
Y sabía también que aquellas piedras no eran normales.
La primera elección
Misu debería haber regresado a casa. Algo dentro de él se lo decía:
*Déjalas.*
*Vuelve con Clara.
*Olvida este lugar.*
Pero había otra voz, mucho más pequeña, que parecía crecer dentro de su pensamiento: *Llévatelas.* Misu observó nuevamente las siete gemas. La verde seguía emitiendo una luz suave. Se acercó a ella. Esta vez no sintió miedo. Rozó la piedra con una pata. Y el mundo cambió.
De pronto escuchó un sonido. Un gemido. Muy débil.
Misu levantó la cabeza. Procedía de algún lugar cercano.
Corrió entre los árboles siguiendo aquel lamento hasta llegar a unos arbustos.
Allí encontró un pequeño conejo. Una de sus patas había quedado atrapada entre dos raíces.
Misu se acercó. Normalmente habría observado al animal con el instinto del cazador.
Pero aquella noche ocurrió algo completamente diferente.
Sintió su miedo. No lo imaginó. **Lo sintió.
** El corazón del conejo golpeaba rápidamente.
Misu percibió su dolor, su desesperación, sus ganas de escapar.
Y comprendió que podía ayudarlo. Comenzó a escarbar alrededor de las raíces.
El conejo permaneció inmóvil. Después de varios intentos, consiguió liberar su pata.
El animal salió corriendo. Pero antes de desaparecer entre los árboles se detuvo.
Miró a Misu. Durante un instante pareció inclinar ligeramente la cabeza. Después se marchó.
Misu regresó junto al cofre. La gema verde había dejado de brillar. Y entonces comprendió. Aquella piedra le había permitido sentir el sufrimiento de otro ser.
La gata de los ojos dorados
—Has elegido bien. Misu se sobresaltó. Sobre una roca cercana había una gata.
Era vieja. Muy vieja. Su pelaje, que quizá había sido negro en otro tiempo, estaba cubierto de mechones grises y plateados.
Una cicatriz atravesaba una de sus orejas.
Pero lo más impresionante eran sus ojos.
Dorados. Brillaban en la oscuridad como dos pequeñas lunas.
Misu arqueó el lomo. —No tengas miedo —dijo la gata. Misu volvió a sobresaltarse. Había entendido perfectamente sus palabras.
Hasta aquella noche, los gatos se comunicaban mediante sonidos, movimientos y olores. Pero aquello era diferente. Escuchaba su voz dentro de la cabeza.
—¿Puedes hablar?
La anciana sonrió. —Tú también.
Misu abrió mucho los ojos. —¿Yo?
—Inténtalo.
Misu pensó una palabra. *¿Quién eres?*
La gata respondió: —Me llaman **Áurea**.
Misu retrocedió. —¿Qué son esas piedras?
Áurea dejó de sonreír. Miró hacia el cofre.
—Algo que jamás debería haber vuelto a aparecer.
La historia olvidada
Áurea descendió lentamente de la roca. Se acercó al cofre, pero no tocó ninguna gema.
—Hace mucho tiempo —comenzó—, los animales y los humanos comprendían mejor el lenguaje de la naturaleza. Sabían escuchar los árboles, interpretar los ríos y respetar aquello que no podían comprender.
Misu escuchaba atentamente.
—En aquellos tiempos existió un sabio que quiso reunir en siete piedras las fuerzas que viven dentro de todos los seres. —¿Qué fuerzas?
Áurea señaló la gema verde. —La compasión.
Después señaló la azul. —La sabiduría.
La blanca. —El valor verdadero.
Llegó al rubí. —El poder.
Después miró la violeta. —La ambición.
Se detuvo frente al ónix. —La ira.
Finalmente contempló la piedra negra.
Áurea guardó silencio.
—¿Y esa? —preguntó Misu.
La gata tardó en responder.
—Esa no representa un sentimiento.
—Entonces, ¿qué representa?
Áurea lo miró fijamente.
—La pérdida de todos ellos.
Misu no comprendió.
—Quien utiliza demasiado la Piedra Negra deja de sentir amor, miedo, compasión o tristeza. Al principio parece una ventaja. Nada duele. Nada importa. Nada puede herirte.
Áurea acercó el rostro al suyo. —Pero cuando nada puede herirte, tampoco nada puede hacerte feliz.
Misu volvió a mirar la piedra. Ya no le parecía tan hermosa.
Una gema que falta
Áurea comenzó a contar las piedras.
1. Una.
2. Dos.
3. Tres.
4. Cuatro.
5. Cinco.
6. Seis.
7. Siete.
De pronto frunció el ceño. —No puede ser.
Misu la miró. —¿Qué ocurre?
Áurea volvió a contar. —Falta una.
—Aquí hay siete.
—Siempre hubo ocho.
Misu recordó la figura grabada sobre la tapa del cofre.
Un gato rodeado por siete estrellas.
—Pero el dibujo tiene siete.
Áurea observó el símbolo. Sus ojos dorados se abrieron. —Entonces la profecía ha comenzado.
—¿Qué profecía?
Áurea no respondió. De repente miró hacia los árboles. Algo se movía. Un ruido. Una rama quebrándose. Después otra.
Misu olfateó el aire. No reconocía aquel olor.
Áurea sí. —Tenemos que marcharnos.
—¿Por qué?
—Porque las gemas han despertado.
—¿Y qué significa eso?
La anciana miró hacia la oscuridad.
—Que él también sabe que han aparecido.
El visitante
Dos ojos rojos surgieron entre los árboles.
Misu retrocedió. Después aparecieron otros dos.
Y otros. Tres enormes perros salieron lentamente de la oscuridad.
No parecían perros normales. Sus cuerpos estaban cubiertos por un extraño humo negro.
El que caminaba delante tenía una enorme cicatriz sobre el hocico.
Áurea se colocó frente a Misu. —No toques ninguna piedra.
El perro mostró los dientes.
—Entrégame el cofre.
Misu sintió miedo. Mucho miedo.
El perro avanzó.
Áurea bufó. —Corre.
Pero Misu no corrió. Miró el cofre. Miró a los perros. Después miró el rubí. La gema roja comenzó a brillar. *Poder.* La palabra apareció nuevamente dentro de su cabeza.
El perro saltó sobre Áurea. Misu actuó sin pensar.
Puso una pata sobre el rubí. Una explosión de luz roja atravesó el bosque.
Su cuerpo se llenó de una fuerza extraordinaria.
Sus músculos parecieron multiplicarse. Sus garras crecieron.
Sus ojos brillaron. El perro se lanzó contra él.
Misu saltó. Lo golpeó con una pata. El enorme animal salió despedido varios metros y chocó contra un árbol.
Misu contempló sus propias patas. Nunca había sentido algo semejante.
Era maravilloso. Los otros dos perros retrocedieron.
Misu avanzó hacia ellos. Ya no tenía miedo —Marchaos. Los perros huyeron. Misu sonrió.
Áurea lo observaba preocupada.
—Te dije que no tocaras ninguna piedra.
—Nos he salvado.
—Sí.
—Entonces he hecho bien.
Áurea guardó silencio.
Misu seguía sintiendo aquella extraordinaria fuerza recorriendo su cuerpo.
—Podría proteger el bosque —dijo—. Podría impedir que cualquiera hiciera daño a los animales.
—Quizá.
—Podría proteger a Clara.
—Quizá.
Misu miró el rubí.
—Podría hacer muchas cosas buenas con este poder.
Áurea bajó la cabeza. —Así empieza siempre.
Misu la miró. —¿Qué quieres decir?
—Nadie comienza utilizando el poder para hacer el mal.
La anciana se acercó al rubí.
—Primero lo utilizamos para proteger. Después para imponer. Luego para dominar. Y finalmente...
Áurea miró hacia la Piedra Negra.
—...para no tener que escuchar a nadie.
Misu no respondió. Pero cuando Áurea se volvió para observar el bosque, ocurrió algo que ella no vio.
Misu acercó discretamente una pata al cofre.
Y escondió el rubí entre su pelaje. Solo por si volvía a necesitarlo.
Eso se dijo. **Solo por si acaso.** Sin embargo, desde el fondo del cofre, la Piedra Negra volvió a abrir lentamente su ojo. Y esta vez... **pareció sonreír.**