EL GATO DE LAS SIETE GEMAS Capítulo 1
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EL GATO DE LAS SIETE GEMAS

EL GATO DE LAS SIETE GEMAS

Por MARA TERESA MONTES SAMPEDRO

© inepub.com

Capítulo 1

El gato que miraba las estrellas

Misu no era un gato como los demás. Al menos, eso pensaba él.

Vivía en una vieja casa de piedra situada a las afueras de un pequeño pueblo, allí donde terminaban las últimas calles y comenzaban los campos.

Detrás de la casa se extendía un bosque antiguo, poblado de encinas, robles y senderos que parecían conducir a lugares que nadie recordaba.

Durante el día, Misu llevaba una vida aparentemente normal.

Dormía junto a la ventana cuando entraba el sol, perseguía alguna mariposa demasiado confiada, observaba a los pájaros desde el jardín y recorría los rincones de la casa con esa dignidad que solo poseen los gatos.

Pero cuando llegaba la noche, todo cambiaba.

Misu subía al muro de piedra del jardín y permanecía allí durante horas, completamente inmóvil, contemplando las estrellas.

Había algo en ellas que lo fascinaba. Miles de pequeños puntos luminosos cubrían el cielo y Misu tenía la extraña sensación de que alguno de aquellos destellos intentaba comunicarse con él.

Su dueña, una mujer llamada Clara, solía encontrarlo allí.

—Otra vez mirando las estrellas —le decía mientras acariciaba suavemente su cabeza—.

¿Qué buscas ahí arriba, pequeño? Misu cerraba los ojos y ronroneaba.

Si hubiera podido hablar, quizá habría respondido:*No lo sé.

*Porque realmente no lo sabía. Solo sentía que estaba esperando algo. Algo que todavía no había sucedido.

La noche de la estrella verde

Todo comenzó una noche de otoño. El viento soplaba con fuerza y las ramas de los árboles golpeaban unas contra otras produciendo sonidos secos, casi como pequeños golpes en una puerta invisible.

Misu estaba sentado sobre su muro cuando vio algo extraño.

Una estrella se movió. Al principio creyó que era un pájaro, pero aquella luz era demasiado intensa.

Cruzó el cielo rápidamente dejando detrás una larga estela verdosa.

Misu se puso en pie. Sus orejas se levantaron. La luz descendió hacia el bosque. Y desapareció. Durante unos segundos no ocurrió nada. Después llegó un sonido. **BUM.** La tierra tembló ligeramente bajo sus patas. Misu miró hacia la casa. Todo estaba tranquilo. Clara dormía.

El gato volvió la cabeza hacia el bosque. Sus ojos azules brillaron en la oscuridad. Algo había caído allí. Y necesitaba saber qué era. Saltó del muro. Atravesó el jardín. Y se internó entre los árboles.

El bosque

Misu conocía perfectamente aquel lugar. Había perseguido ratones entre sus raíces, dormido bajo los arbustos y explorado prácticamente todos sus senderos.

Pero aquella noche el bosque parecía diferente.

Demasiado silencioso. No cantaban los grillos.

No ululaban los búhos. Ni siquiera se escuchaba el movimiento de los pequeños animales entre las hojas.

Misu avanzó despacio. De pronto se detuvo.

Había una luz entre los árboles. Verde. Muy tenue.

Se acercó. La luz procedía de una pequeña abertura en la tierra.

Misu olfateó. No reconoció ningún olor. Introdujo una pata.

La tierra cedió. Retrocedió asustado. Pero entonces ocurrió algo todavía más extraño.

Desde el interior de aquella abertura llegó un sonido.

**Tin…** Misu inclinó la cabeza. **Tin… tin…

** Parecía el sonido de dos pequeños cristales chocando.

La curiosidad pudo más que el miedo. Comenzó a escarbar.

Una vez. Otra. Y otra. Hasta que sus uñas tocaron algo duro.

Madera. Había algo enterrado. Misu siguió apartando tierra hasta descubrir una pequeña caja.

Era muy antigua. La madera estaba ennegrecida por el tiempo y alrededor de la tapa había extraños símbolos grabados.

En el centro aparecía la figura de un gato rodeado por siete estrellas.

Misu permaneció inmóvil. Aquel gato tenía una marca sobre la frente.

Una pequeña media luna. Exactamente igual que él.

Misu retrocedió. Por primera vez sintió miedo.

Quiso regresar a casa. Pero entonces la caja se abrió sola.

Las siete luces

Una luz intensa iluminó el bosque. Misu cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos vio algo extraordinario. Dentro de la caja había **siete gemas**.

1.- Una verde. (Compasión)

2.- Una azul.

3.- Una blanca. (Valor)

4.- Una roja. (Poder)

5.- Una violeta.

6.- Una negra. (Maldad)

Y una última piedra que parecía cambiar de color dependiendo de cómo incidía sobre ella la luz de la luna. Misu acercó el hocico. La gema verde comenzó a brillar. Después lo hizo la azul. Luego la blanca. Pero cuando Misu se aproximó a la piedra negra ocurrió algo diferente.

La gema pareció absorber la luz que había a su alrededor. El bosque se oscureció. Misu sintió un escalofrío. Y entonces escuchó una voz. No procedía de ningún lugar. Parecía hablar directamente dentro de su cabeza. —**Por fin has venido.**

Misu dio un salto hacia atrás. Miró alrededor.

No había nadie. —**Te hemos esperado durante mucho tiempo.

** El gato comenzó a retroceder. Pero la voz volvió a hablar.

—**Ahora debes elegir.** Misu miró las siete piedras.

No comprendía nada. Entonces la gema blanca emitió una luz cálida.

Misu sintió tranquilidad. La piedra verde hizo que recordara las caricias de Clara.

La azul despertó en él una enorme curiosidad.

Pero cuando miró el rubí rojo sintió algo completamente distinto:Poder.

Una sensación extraordinaria recorrió todo su cuerpo.

Durante unos segundos se imaginó fuerte. Invencible. Dueño del bosque.

Ningún perro volvería a perseguirlo.

Ningún gato se atrevería a desafiarlo.

Ningún ser podría ordenarle nada.

Misu dio un paso hacia el rubí. Entonces la piedra negra brilló.

Y una nueva voz, más profunda, susurró: —**¿Por qué conformarte con ser fuerte…

cuando puedes ser el más poderoso?** Misu se quedó inmóvil.

No sabía todavía que aquella pregunta cambiaría su vida.

Tampoco sabía que las siete gemas habían permanecido enterradas durante cientos de años esperando precisamente su llegada.

Y mucho menos podía imaginar que, desde lo alto de una roca, entre las sombras del bosque, dos enormes ojos dorados lo estaban observando.

Eran los ojos de una vieja gata. Una gata que conocía las gemas.

Una gata que sabía lo que había ocurrido la última vez que alguien había utilizado la piedra negra.

La anciana contempló a Misu y murmuró: —No la toques, pequeño...

Pero Misu no podía escucharla. Su pata ya avanzaba lentamente hacia la piedra.

Y cuando estuvo a punto de tocarla... **la gema negra abrió un ojo. *