El gato de la cinta roja Capítulo 10 — El gato de la cinta roja #2
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Capítulo 10 — El gato de la cinta roja #2

—Después arreglé lo que pude —continuó Berta—.

Me llevé el estuche. Dejé la puerta de atrás entornada.

Salí. Fui a mi puesto. Intenté abrir como si nada.

No pude. Vi a Migas cruzar la plaza hacia el café con la llave.

Entonces entré detrás. No sabía qué hacer.

Dije que había encontrado la puerta abierta.

Era verdad. Solo omití que la había dejado yo.

León anotó despacio.

—¿Y el resto? La casa del guarda, el plato, la lavanda, la amenaza a Migas.

Berta se cubrió la cara con las manos.

—Eso fue después.

—Explique.

—Cuando entendí que la llave iba a llevarlos a los Álamos, pensé que quizá podía dirigir la historia.

No para salvarme solamente. También para que culparan a quienes debían haber sido culpados hace treinta años.

Esteban. Los Rivas. Eduardo, cuando apareció preguntando por documentos.

Todos ellos venían del mismo árbol podrido.

—El botón azul —dijo Clara.

Berta bajó las manos.

—El botón del abrigo de Eduardo se cayó en mi puesto el lunes, cuando vino a preguntar por Elvira. Lo guardé sin saber por qué. Las floristas guardamos cosas absurdas: cintas, alfileres, botones, frases de clientes. Después me sirvió.

—¿El papel de Santa Lucía?

—Compró unas pastas en la estación. Tiró el envoltorio en mi cubo. También lo guardé.

Ramiro habría dicho algo sobre la memoria criminal de los basureros, pensó Clara. Pero no había nadie para romper la dureza de esa confesión.

—¿Y tu abrigo? —preguntó León.

Berta miró hacia el recibidor.

—Lo usé para llevar a Migas.

Clara sintió que la rabia volvía, afilada.

—Lo encerraste.

—Sí.

—Lo drogaste.

—No. No exactamente. Puse sardina con valeriana. No quería hacerle daño.

—Pero le hiciste.

Berta bajó la cabeza.

—Sí.

—Le quitaste la voz.

—No sabía que pasaría eso.

—Pero sabías que tendría miedo.

Aquela frase sí golpeó.

Berta empezó a llorar.

No como en el café, con pañuelo y contención. Lloró de verdad, con la cara torcida, como alguien que ya no puede elegir qué parte de sí misma mostrar.

—Lo siento —dijo—. Lo siento. Yo quería que encontraran la caja en la casa de mi padre.

Quería que vieran que todo empezó allí, que no era solo Elvira, que no era solo yo.

Pero cuando vi a Migas bajo la mesa, mudo, entendí que había hecho lo mismo que todos ellos.

Usé a alguien que confiaba en mí para abrir una puerta.

Clara no dijo nada.

Porque eso era exactamente.

Alicia había abierto una puerta por una mentira.

Celestino había abierto una ruta por obediencia.

Elvira había guardado silencio por miedo.

Berta había usado a Migas por desesperación.

La historia no se repetía como una maldición grandiosa. Se repetía em gestos pequenos: una puerta entornada, una carta escondida, una cinta atada, un plato de sardinas.

—¿La nota amenazando a Migas? —preguntó León.

—Mía.

—¿Por qué?

—Para que dejaran de seguirlo. Para que Clara lo encerrara. Para que no encontrara lo que faltaba antes de que yo decidiera qué hacer.

—¿Y qué faltaba?

Berta miró la caja sobre la mesa.

—Esto.

Sacó la fotografía.

No era la del incendio publicada en el periódico.

No era la fotografía de la familia posando ante la casa.

Era una imagen más pequeña, mal enfocada, tomada quizá por alguien escondido o apresurado.

Mostraba la parte trasera de la Casa de los Álamos la noche del incendio.

En primer plano, la casa del guarda. En la puerta, Celestino Luján sostenía a un niño envuelto en una manta.

Detrás de él, Alicia Alcázar aparecía de perfil, con la boca abierta en un grito que la fotografía no podía conservar.

A un lado, Elvira joven miraba hacia la casa principal.

Y, junto al muro, Abel Rivas hablaba con un hombre muy joven.

Esteban.

En la esquina de la foto, quase escondida pela fumaça, havia uma silueta en la ventana superior.

Tomás Alcázar.

No como cadáver encontrado depois.

Vivo.

O vivo todavía.

Suficiente para saber que a versão oficial havia sido escrita antes de que la casa terminara de arder.

Nuria se cubrió la boca.

León recibió la fotografía con cuidado.

—¿Quién tomó esto?

—Mi padre —dijo Berta—. Con una cámara que los Alcázar le habían regalado. Por eso lo pagaron. No solo por callar. Por entregar casi todas las copias.

—Casi —dijo Clara.

—Casi. Guardó una detrás del retrato de mi madre, en la casa del guarda. Elvira lo supo años después. O quizá siempre. No sé. Ella decía que los objetos vuelven cuando se cansan de nosotros.

—¿Por qué no la destruiste? —preguntó León.

Berta miró a Clara.

—Porque era lo único que demostraba que mi padre salvó al niño.

—Y también que ayudó a esconder la verdad.

—Sí.

La palabra fue casi inaudible.

León se levantó.

—Berta Luján, queda detenida por la muerte de Elvira Sanz. Tiene derecho a guardar silencio y a asistencia letrada.

Berta asintió.

No protestó.

No pidió agua.

No intentó justificar otra vez.

Solo miró a Clara.

—¿Puedo pedirte algo?

Clara no sabía si quería escuchar.

—No depende de mí.

—Cuida de Migas.

La rabia y la pena se mezclaron de forma intolerable.

—Eso ya lo hago.

—Lo sé.

Marisol se acercó para acompañarla. Berta se levantó despacio. Antes de salir, tomó de la caja una cinta roja, limpia, enrollada con cuidado.

—Era de la misma pieza que le di a Elvira —dijo—. Quédatela. O tírala. No sé.

Clara no la tomó.

León sí, con una bolsa de prueba.

Berta sonrió apenas.

—Claro. Ya nada es solo una cinta.

Salieron de la casa.

En la calle del Pozo, el sol de la tarde iluminaba las macetas de albahaca como si nada irreversible acabara de ser dicho. Una vecina abrió una ventana. La cerró enseguida. Valleverde ya estaba mirando, escuchando, preparando versiones.

Berta caminó entre León y Marisol sin resistirse.

Parecía pequeña.

No inocente.

Pequeña.

Clara quedó en la puerta junto a Nuria.

—Elvira quería pedirle perdón —dijo la bibliotecaria.

—Sí.

—Y murió antes de terminar.

Clara miró la casa, las cortinas, el retrato de Celestino visible desde el recibidor.

—En Valleverde todo el mundo tarda demasiado.

Nuria apretó la carpeta contra el pecho.

—No todos.

Clara no respondió.

Pensaba en Migas cruzando la plaza con una llave en la boca, en su forma absurda de llevar hacia la luz algo que los humanos habían enterrado bajo palabras solemnes: familia, honor, lealtad, vergüenza, protección.

Quizá los gatos no sabían de justiça.

Pero sabían salir de una casa por la ventana llevando lo que no debía quedarse allí.

Tres días después, el Café Aurora volvió a abrir a las ocho y doce.

No a las ocho.

No a las ocho y media.

A las ocho y doce.

Clara insistió en que era casualidad. Pilar dijo que la casualidad no entraba al local sin reserva. Ramiro escribió en una servilleta que “todo café digno abre cuando su gato lo autoriza”, pero nadie le permitió colgar la frase cerca de la caja.

Migas entró por la puerta principal.

Con la voz recuperada.

Y un desprecio absoluto por la emoción colectiva.

La campanilla sonó. Él cruzó el umbral, se detuvo sobre las baldosas amarillas y soltó un maullido áspero, breve, magnífico. Doña Amparo aplaudió una vez. Pilar fingió que se le había metido polvo en el ojo. Ramiro se levantó como si fuera a pronunciar un discurso.

—No —dijo Clara.

—Pero…

—No.

Migas caminó hasta la cesta de magdalenas.

—Tampoco —dijo Pilar.

El gato la miró.

—Sobre todo tampoco.

León estaba sentado en la mesa junto a la ventana, con un café doble y un informe que fingía leer.

Esteban Rivas había sido liberado de la sospecha de asesinato, pero no de la historia.

Tendría que declarar por el ocultamiento de documentos, por lo que sabía del certificado firmado por Abel, por las cartas que guardó y las que quemó.

Eduardo Rivas, desde Santa Lucía, había reconocido que vino a comprar silencio, no a matar.

Inés Alcázar se había quedado en el hostal y, según Nuria, planeaba entregar al archivo municipal todo lo que quedara de la familia, “para que los papeles respiren en público”.

El cuerpo de Tomás Alcázar seguiría siendo asunto de jueces, peritos y fechas que tardaban décadas en llegar tarde.

La muerte de Elvira, no.

Esa tenía nombre.

Berta Luján.

Clara había pasado por la puerta de la floristería aquella mañana. El puesto seguía cerrado. Sobre el mostrador, alguien había dejado un ramo pequeño de lavanda. Nadie sabía quién. O todos sabían y preferían no decirlo.

Elvira habría odiado el gesto sentimental.

Quizá por eso funcionaba.