Capítulo 10 — El gato de la cinta roja #3
Nuria entró con una carpeta bajo el brazo y una bolsa de papel en la mano.
—No traigo archivo —dijo.
León la miró.
—¿Debería creerte?
—No.
—Aprecio la honestidad.
Nuria abrió la bolsa y sacó una fotografía enmarcada.
Era una copia de la primera imagen: la Casa de los Álamos antes del incendio, con todos posando delante, jóvenes, solemnes, ignorantes o fingiendo ignorancia. En un extremo, Elvira joven miraba hacia otro lado. No al fotógrafo. A la ventana.
—La original queda en el archivo —dijo Nuria—. Esta es para el café.
Clara tomó el marco con cuidado.
—¿Para el café?
—Elvira venía aquí. Migas trajo la llave aquí. Y, sinceramente, el archivo municipal tiene paredes horribles.
Pilar se acercó.
—¿Dónde la ponemos?
Ramiro señaló el rincón de libros usados.
—Cerca del sillón azul. Que el gato pueda juzgarla.
Migas, que había conseguido apoyar una pata en la cesta de magdalenas, retiró la pata con fingida inocencia.
Clara colgó la fotografía junto al sillón azul. No era una imagen alegre. Tampoco era lúgubre. Era una advertencia tranquila: las casas hermosas también guardan humo; las personas elegantes también mienten; las mujeres que parecen duras a veces cargan demasiado tiempo con lo que no supieron decir.
Doña Amparo observó la foto.
—Elvira odiaría estar colgada en un café.
—Probablemente —dijo Clara.
—Entonces está bien.
León cerró el informe.
—Hay algo que aún no entiendo.
—Solo una cosa? —preguntó Pilar.
—Hoy estoy optimista.
Clara sirvió café en una taza limpia.
—¿Qué?
—La llave roja. Berta pudo haberla quitado de Migas antes de que saliera. Estaba en la tienda. Estaba asustada. El gato no pesa tanto.
Migas lo miró con indignación.
—Perdón —dijo León—. Pesa lo suficiente.
Clara apoyó la taza delante de él.
—No pudo quitarle la llave porque Migas no salió por la puerta.
—Por la ventana?
—Por la ventana del patio. Elvira le daba comida allí. Él conocía la salida. Berta no. O no a tiempo.
—Eso es una suposición.
—Sí.
—Y sin embargo?
Clara miró al gato.
Migas se había sentado bajo la fotografía nueva. La luz del ventanal le daba en el pelo naranja, volviéndolo casi dorado. Tenía la cola enroscada alrededor de las patas y una expresión de absoluto desinterés por cualquier reconstrucción humana.
—Y sin embargo —dijo Clara—, creo que él vio a Elvira caer. Vio a Berta coger el estuche. Vio la llave en el suelo. No entendió nada de eso. Pero entendió que la ventana estaba abierta, que algo olía a miedo y que la cinta roja era nueva.
—¿Y por eso la llevó?
—No. La llevó porque era Migas.
León esperó.
Clara sonrió por primera vez en días sin sentir que traicionaba a nadie.
—Porque era algo que no debía estar donde estaba. Y él tiene un talento especial para mover cosas de lugar.
Pilar asintió.
—Jamón, magdalenas, pruebas materiales.
Ramiro levantó la taza.
—A Migas, redistribuidor de la verdad.
—No brindes con café caliente encima del gato —dijo Pilar.
Demasiado tarde.
Ramiro levantó apenas la taza. Todos lo imitaron con una mezcla de ironía, ternura y cansancio.
—A Migas —dijo Clara.
El gato maulló.
Esta vez con voz completa.
Fuerte.
Indignada.
Viva.
Y entonces, como si el universo no soportara más de cinco segundos de paz, Migas bajó del sillón azul, cruzó el café, saltó al taburete junto a la barra y metió la cabeza detrás de la caja registradora.
—No —dijo Clara.
El gato salió con algo en la boca.
Pequeño.
Brillante.
No era una llave antigua.
No era una cinta.
No era un botón.
Era un pendiente.
Un pendiente verde, en forma de lágrima, que Clara nunca había visto.
Migas caminó hasta el centro del café, lo soltó sobre una baldosa amarilla y se sentó junto a él con una satisfacción insoportable.
El silencio duró un segundo.
Luego Pilar dijo:
—Ni se te ocurra.
León cerró los ojos.
—No.
Ramiro se inclinó sobre el pendiente.
—Interesante.
—No —repitieron Clara, Pilar y León al mismo tiempo.
Migas maulló.
Doña Amparo sonrió.
—Los gatos vuelven.
Clara miró el pendiente.
Después miró a Migas.
Después la taza de café que acababa de servir, la fotografía de Elvira en la pared, la plaza despertando fuera, la vida insistiendo en volver con sus objetos perdidos, sus secretos nuevos y sus promesas imposibles de tranquilidad.
Suspiró.
—Solo voy a guardarlo —dijo.
Pilar señaló hacia ella con una cucharilla.
—Esa frase nos arruinó la semana pasada.
León se levantó.
—No voy a perguntar de quem é.
Ramiro sonrió.
—Todavía.
Migas parpadeó despacio.
Como si todo estuviera, por fin, en su debido desorden.
Clara recogió el pendiente con una servilleta limpia.
El Café Aurora olía a café, pan tostado, lavanda vieja y mañana nueva.
Y, durante un instante breve, antes de que alguien hiciera la primera pregunta, antes de que el pueblo volviera a meter la cabeza por la puerta, antes de que Migas encontrara otra forma de complicarles la vida, Clara permitió que la paz se sentara a la mesa.
No duraría.
En Valleverde nunca duraba.
Pero el café estaba caliente.
El gato había vuelto.
Y esta vez, al menos, todos sabían seguir una pista sin olvidar cuidar de quien la traía.