Capítulo 9 — Lo que Migas vio #3
—No. Si hubiera encontrado todo, no seguiría usando pistas. La amenaza al gato era para impedir que nos llevara a lo que falta.
Pilar se tensó.
—Entonces hay otra cosa aquí?
Nuria negó lentamente.
—No aquí.
Clara siguió la ruta mental de Migas.
El gato no maullaba en la casita.
No porque no quisiera.
Porque no podía.
Pero antes de eso, ¿qué había hecho? Había rascado el armario.
Había rascado la chimenea. Había llevado a la caja, a la placa, al estuche.
El gato no entendía cartas, ni certificados, ni herencias.
Entendía olores. Entendía manos. Entendía sitios donde alguien había escondido comida, tela, polvo, miedo.
Lo que Migas vio no era una historia.
Era un camino.
—Elvira no guardaría el último escondite en los Álamos —dijo Clara.
—¿Por qué? —preguntó León.
—Porque todo el mundo que sabía del incendio acabaría viniendo aquí. Esteban. Inés. Eduardo. Nosotros. Si ella temía por los documentos, esconderlos en la casa quemada era demasiado obvio.
Pilar la miró.
—Entonces dónde?
Clara pensó en los hábitos de Elvira. Café solo. Cucharilla paralela. Persianas a las ocho. Objetos antiguos tratados como testigos. Lavanda en los cajones. Cinta roja para marcar algo que no quería perder otra vez.
—Donde nadie buscaría un documento de una casa quemada —dijo.
—En otra casa? —arriesgó Marisol.
—En una tienda llena de objetos —dijo Nuria.
—Ya revisamos la tienda —respondió León.
Clara negó.
—No en la tienda de Elvira.
La respuesta llegó antes de que quisiera formularla.
Flores.
Cintas.
Lavanda.
Coronas de San Blas.
Una bolsa dejada en el café.
Un puesto cerrado por primera vez a esa hora.
—En el quiosco de Berta —dijo.
Pilar dio un paso atrás.
—Clara.
—No digo que Berta matara a Elvira.
—Pero estás diciendo su nombre.
—Sí.
León ya estaba caminando hacia la puerta.
Volvieron a la plaza casi sin hablar.
El sol de la tarde había salido con una indecencia luminosa, como si Valleverde quisiera compensar la lluvia de la noche anterior con una postal.
El Café Aurora seguía abierto, protegido por Ramiro, Julián y doña Amparo, lo cual no tranquilizaba exactamente a nadie.
Migas dormía dentro, y Clara sintió un alivio inmediato al verlo por la ventana antes de cruzar hacia el quiosco.
El puesto de Berta estaba cerrado.
No solo cerrado.
Asegurado.
Las lonas verdes bajadas, los cubos de flores guardados, la pequeña puerta lateral con candado. En una cartulina prendida con una pinza se leía:
Vuelvo en diez minutos.
La tinta estaba corrida por la humedad de la mañana.
—Eso lleva horas ahí —dijo Pilar.
—Sí.
León tocó el candado.
—Cerrado.
—La casa de Berta está en la calle del Pozo —dijo Nuria—. A cinco minutos.
Clara miró por una rendija entre las lonas.
Dentro del quiosco, entre sombras verdes y tallos en cubos, vio una mesa de trabajo. Tijeras. Rollos de cinta. Papel de envolver. Una caja de madera para herramientas. Bolsitas de lavanda atadas con hilo. Todo normal.
Demasiado normal.
Entonces vio el abrigo.
Colgaba de un gancho al fondo.
No era exactamente un abrigo elegante, como el de Eduardo Rivas. Era una prenda vieja de trabajo, azul oscura, gruesa, con manchas de uso en los codos. Un abrigo para madrugar, cargar cubos, protegerse del frío cuando la plaza todavía estaba vacía.
En la parte delantera faltaba un botón.
Clara no dijo nada.
No hizo falta.
Pilar lo vio y se quedó sin color.
León se acercó a la rendija.
—Marisol.
La agente sacó el móvil y fotografió desde fuera.
—Necesitamos orden? —preguntó Clara.
León la miró.
—Necesito que no digas eso con impaciencia.
—No era impaciencia.
—Sí era.
Nuria se agachó junto a la base del quiosco. Había algo preso entre la madera y una piedra.
—Aquí.
Marisol se inclinó.
Era una hebra de tela.
Azul oscuro.
Pilar apretó los puños.
—No.
—Pilar —dijo Clara suavemente.
—No. Berta no.
Clara tampoco quería.
A veces el cariño era una venda que una sabía que estaba usando y aun así se resistía a quitar.
León se puso de pie.
—Vamos a su casa.
Antes de que pudieran moverse, la puerta del Café Aurora se abrió.
Ramiro salió casi corriendo.
—Clara.
Ella sintió el corazón saltar.
—¿Migas?
—Está bien. Está bien —dijo rápido—. Pero hizo algo.
—Qué?
Doña Amparo apareció detrás de él, con el bastón en una mano y algo pequeño en la otra, envuelto en una servilleta.
—El gato despertó, salió de la cesta, se fue hasta la bolsa de flores de Berta y metió la cabeza de nuevo.
Pilar cerró los ojos.
—No.
—Sacó esto —dijo la anciana.
Abrió la servilleta.
Dentro había una llave pequeña.
No antigua como las de los Álamos.
No de hierro trabalhado.
Era una llave común, moderna, con una etiqueta de papel plastificado.
En la etiqueta, escrito con letra cuidada, había una palabra:
Almacén.
Clara miró el quiosco cerrado.
León tomó la llave con una pinza.
—¿La bolsa de Berta? —preguntó.
Ramiro asintió.
—La misma donde apareció la lavanda y el papel de Santa Lucía.
Doña Amparo miró a Clara.
—Los gatos no saben leer etiquetas.
—No.
—Pero saben dónde huele a miedo.
Pilar se apoyó en la pared del quiosco.
—Tal vez alguien puso la llave en la bolsa de Berta para incriminarla.
—Tal vez —dijo León.
Pero su voz ya no sonó igual.
Usó la llave en la pequeña puerta lateral del quiosco.
Abrió.
El olor a flores los envolvió de inmediato: tallos cortados, agua fresca, tierra, lavanda, verde húmedo. Clara siempre había amado ese olor. Aquella tarde, le pareció triste.
Dentro, el abrigo azul colgaba quieto.
Le faltaba un botón.
Sobre la mesa de trabajo había cintas de todos los colores.
Rojas.
Azules.
Verdes.
Y, en una caja abierta junto a las tijeras, pequeñas bolsitas de tela llenas de lavanda.
Marisol fotografió todo.
León no tocó el abrigo. Solo iluminó el frente.
El hueco del botón perdido coincidía demasiado bien.
—No prueba asesinato —dijo Clara.
—No —respondió León.
Pilar respiró temblando.
—No prueba nada.