El gato de la cinta roja Capítulo 9 — Lo que Migas vio #2
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Capítulo 9 — Lo que Migas vio #2

La Plaza Mayor estaba extrañamente normal.

Las piedras ya estaban secas, la fuente sonaba con su indiferencia habitual y un turista fotografiaba el campanario sin saber que el pueblo entero llevaba dos días siendo atravesado por una mentira de treinta años.

El quiosco de Berta seguía cerrado. Los cubos de flores estaban dentro, apenas visibles entre las lonas bajadas.

Clara se detuvo.

—Nunca cierra a esta hora.

Pilar siguió su mirada.

—Ya lo dijiste.

—No lo dije.

—Lo dijiste con la cara.

León hizo una anotación.

—Luego pasamos por su casa.

—No estamos acusándola —dijo Pilar.

—No. Estamos comprobando que esté bien.

La frase fue razonable.

Por eso sonó peor.

Empezaron en el patio del Café Aurora. Pilar abrió la puerta trasera con un gesto casi ceremonial.

El plato de sardina ya no estaba allí; León lo había recogido la noche anterior.

Pero la marca circular seguía en las baldosas, junto a la puerta.

También quedaba un olor débil. Pescado, lluvia, lavanda.

—El plato fue empujado desde dentro o colocado por alguien que entró al patio —dijo Marisol.

—La cerradura no fue forzada —añadió León.

Pilar cruzó los brazos.

—Yo cerré.

—Lo sé.

—Entonces alguien tenía llave o abrió desde arriba.

—O la puerta no cerró del todo.

—Cerró.

León no discutió.

Clara miró la tapia del fondo. Allí habían encontrado el mechón naranja. Ahora, con luz, se veía una pequeña marca oscura en la piedra.

—Migas saltó por aquí.

—O lo subieron.

Pilar se estremeció.

—No digas eso.

Marisol se inclinó.

—Hay marcas de sujeción. Como si alguien hubiera apoyado una mano en la parte alta del muro.

—¿Mano grande? —preguntó Clara.

—No puedo decirlo. Pero no parece una pisada fuerte. Más bien alguien que conocía el movimiento.

Clara imaginó la escena: la puerta apenas abierta, el plato con sardina y valeriana, el olor a lavanda, Migas acercándose, comiendo quizá, confundido, siguiéndolo hacia el muro.

Alguien esperando del otro lado. No un desconocido total.

Alguien que sabía que el gato cruzaba por ahí. Alguien con paciencia.

Siguieron hacia la panadería.

Julián había dejado salir a medio pueblo con pan, pero no estaba allí para defenderse de nuevas preguntas. Su ayudante, un muchacho flaco llamado Hugo, los miró con el pánico de quien teme que lo conviertan en personaje secundario de una tragedia.

—Solo vendo pan —dijo.

Pilar suspiró.

—Empieza a ser saludo oficial del pueblo.

León preguntó por la noche anterior. Hugo no había visto nada. O eso dijo tres veces, cada vez con menos seguridad. Marisol revisó el callejón trasero. Allí, junto a unos sacos vacíos, encontró una mancha clara en el suelo.

—Cal.

—O yeso —corrigió Nuria automáticamente.

—O cal —dijo Marisol.

—Perdón. Deformación archivística.

En el muro trasero de la panadería, medio oculto por cajas viejas y una tabla podrida, estaba el contorno de un arco tapiado.

Julián, llamado por teléfono, llegó corriendo con harina en el pelo.

—Yo no sabía que eso era un paso antiguo.

—¿Nunca lo abriste? —preguntó León.

—Inspector, tengo miedo de abrir una factura. ¿Cómo voy a abrir un muro?

Pilar murmuró:

—Punto para Julián.

Nuria comparó el arco con el plano.

—El paso conectaba con el camino de servicio de los Álamos. Lo tapiaron después del incendio, pero quizá no del todo.

Marisol retiró una tabla suelta. Detrás había un hueco bajo, no suficiente para una persona, pero sí para un gato.

—Migas lo usaba —dijo Clara.

—Probablemente —respondió León.

—Eso explica cómo iba y venía sin que nadie lo viera.

—Y cómo alguien pudo dejarle un rastro.

La ruta continuó hacia la calle de los Limoneros. De día, el lugar parecía menos amenazante. Los muros eran los mismos, las ramas las mismas, las sombras menos densas. Pero Clara ya no podía verlo como antes. Cada piedra era una frase. Cada esquina, una coartada posible.

En la puerta lateral de la iglesia, el padre Mateo estaba esperando.

—Nuria me escribió —dijo, antes de que León pudiera preguntar.

León miró a la bibliotecaria.

—Claro.

—Era relevante —respondió ella.

El cura llevaba una carpeta vieja.

—Encontré en el archivo parroquial un registro de donativos de la familia Alcázar. También una nota sobre la casa del guarda.

Clara sintió que el nombre se acercaba.

—¿Qué nota?

Mateo abrió la carpeta.

—El guarda se llamaba Celestino Luján.

Pilar cerró los ojos.

—No.

Clara miró hacia la plaza, aunque ya no se veía desde allí.

Luján.

Berta Luján.

—Era el padre de Berta —dijo Nuria en voz baja.

El padre Mateo asintió.

—Trabajó para los Alcázar hasta el incendio. Después, según esta nota, recibió una pequeña pensión de la familia durante años.

León tomó la hoja.

—¿Por qué?

—No lo dice.

Doña Amparo lo sabría, pensó Clara.

Quizá Berta también.

—Celestino estuvo en la noche del incendio? —preguntó.

—Seguramente. Era el guarda.

—¿Y la casa donde encontramos a Migas era su casa? —dijo Pilar.

—Sí.

La palabra cayó con demasiada suavidad.

La casa donde Migas no maullaba no era un escondite escogido al azar.

Era la casa de los Luján.

La casa del padre de Berta.

Clara sintió una resistencia inmediata dentro de sí. No quería que la línea fuera hacia Berta. No quería mirar la florista que lloraba por Elvira, que había cortado la cinta roja, que hablaba con ternura al gato, que enviaba flores para alegrar el café, y preguntarse qué más había enviado.

—Eso no la implica —dijo Pilar.

Nadie la había acusado.

Por eso sonó como defensa.

León no respondió. Solo guardó la copia.

—Vamos a la casa del guarda.

—¿Otra vez? —preguntó Ramiro, que no estaba allí y aun así Clara pudo escucharlo en la imaginación.

Fueron.

De día, el terreno de los Álamos resultaba casi más triste que de noche.

La luz no lo volvía menos siniestro. Solo le quitaba el misterio y dejaba el abandono visible: las piedras caídas, los hierros torcidos, las hierbas creciendo donde antes hubo salones, el muro de la capilla pequeña reducido a una esquina oscura.

La casa del guarda estaba acordonada. Marisol levantó la cinta para que pasaran.

Dentro, el olor había cambiado. Sin la lluvia, la sardina parecía más vieja. La lavanda, más insistente. La mesa seguía en el centro, el armario abierto, la chimenea marcada, las mantas en bolsas de prueba. El estuche de madera ya no estaba allí; León lo había llevado a la comisaría.

Clara se quedó en el umbral.

Recordó a Migas bajo la mesa.

Mudo.

Temblando.

No quiso entrar.

Entró igual.

—Aquí lo encontraron —dijo Pilar, señalando el suelo bajo la mesa.

—Sí.

—Y aquí estaba el estuche.

—Sí.

—Y aquí vivía Celestino Luján.

Clara miró las paredes.

En una de ellas, casi oculta tras manchas de humedad, había una marca rectangular muy tenue, como el lugar donde durante años había colgado un cuadro o una fotografía. No la habían notado de noche porque todos miraban el armario, la chimenea, la caja, el gato.

—León.

El inspector se acercó.

—Qué?

Clara señaló la pared.

—Ahí faltaba algo.

—Puede ser viejo.

Nuria se acercó también.

—No. Mirad los bordes. La pared alrededor está más sucia. Lo quitaron hace poco.

Marisol iluminó.

—Hay dos clavos. Uno todavía tiene un hilo.

—¿Azul? —preguntó Pilar.

Marisol retiró el hilo con pinza.

—No. Verde.

—Por fin un color nuevo —murmuró Clara.

Nuria recorrió la sala con la mirada.

—La casa del guarda tenía que tener algún retrato. De familia, quizá. O una placa.

—¿Qué tipo de placa? —preguntó León.

—Los Alcázar daban medallas a empleados antiguos. En los registros parroquiales se menciona una ceremonia después de una inundación. Celestino salvó a unos animales de la finca. Le dieron una medalla.

—La medalla de plata del estuche —dijo Clara.

—Tal vez.

Pilar se apoyó en la mesa.

—Entonces Elvira guardaba cosas de Celestino también.

—O Celestino guardaba cosas de Elvira —dijo Nuria.

León levantó la vista.

—Explícate.

—Si Celestino fue guarda, tenía acceso a la puerta lateral, a la capilla, a la casa, al niño, a Alicia. Si Alicia escribió a Elvira, quizá no fue porque Elvira fuera la única que sabía. Quizá fue porque Elvira guardaba lo que Celestino no podía guardar.

Clara pensó en la carta.

Yo abrí la puerta lateral porque me dijeron que él ya había salido.

Quién le dijo a Alicia que Tomás ya había salido?

El guarda.

O alguien que usó al guarda.

Marisol recibió una llamada. Se apartó hacia la puerta, escuchó, anotó algo y volvió con el gesto cerrado.

—Inspector. Confirmado: Eduardo Rivas salió de Valleverde en el autobús de las once y cuarenta la noche de la muerte de Elvira. Pero estuvo en la tienda hasta las nueve y media.

—¿Quién lo vio salir?

—El dueño del hostal. Dice que Eduardo llegó a preguntar por habitación, discutió por el precio y se fue. Llevaba abrigo azul. El botón ya le faltaba entonces.

Clara se giró.

—¿Ya le faltaba?

Marisol asintió.

—Eso dice.

—Entonces el botón pudo perderlo antes de que raptaran a Migas.

—Sí.

—Y alguien pudo recogerlo.

León respiró hondo.

—Eso hace inútil medio camino.

—No inútil —dijo Clara—. Plantado.

Pilar miró hacia el suelo donde había estado el plato.

—Igual que la lavanda. Igual que Santa Lucía. Igual que todo lo que apuntaba demasiado bien.

Nuria se acercó a la chimenea. Observó la base, la piedra suelta, las marcas.

—Hay algo que no me gusta.

—Únete al club —dijo León.

—El estuche de madera estaba escondido detrás del armario. Pero la placa de metal estaba bajo la chimenea. La carta de Alicia, dentro del estuche. La medalla, dentro. La fotografía recortada, dentro. Todo demasiado organizado. Como si alguien hubiera preparado una exposición.

—¿Y?

—Elvira era cuidadosa. Pero también era desconfiada. No habría dejado todo en un solo lugar para que cualquiera lo encontrara.

Clara sintió que volvía a ver a Elvira joven en la foto, apartada de los demás, observando sin participar del todo.

—Tendría otro escondite.

—Sí.

—Y quien la mató no lo encontró.

León la miró.

—O lo encontró y dejó el resto para distraernos.