Capítulo 9 — Lo que Migas vio
Lo que Migas vio
A la mañana siguiente, Migas recuperó la voz para insultar a una cucharilla.
No fue un maullido completo. Fue un sonido áspero, pequeño, más parecido a una puerta sin aceite que a la protesta majestuosa que él solía emitir cuando el mundo no se organizaba según sus deseos.
Pero bastó. La cucharilla había caído al suelo junto a su cesta, Clara la había recogido, y Migas, ofendido por el ruido, abrió la boca y soltó aquel hilo de voz.
Todo el Café Aurora se quedó inmóvil.
Pilar se llevó una mano al pecho.
Ramiro dejó de escribir en una servilleta.
Doña Amparo, que había llegado quince minutos antes “solo para comprobar que nadie hubiera muerto durante la noche”, cerró los ojos como si escuchara un milagro menor.
Clara se agachó frente a la cesta.
—¿Otra vez?
Migas la miró.
—Vamos. Solo una.
El gato abrió la boca.
Nada.
Luego bostezó.
Pilar soltó aire.
—Nos ha dado una muestra gratuita. El resto será con suscripción.
Ramiro anotó algo.
—No conviertas eso en frase —dijo Clara.
—Ya es tarde.
Migas se acomodó otra vez sobre la manta.
Tenía mejor aspecto que la noche anterior.
No bueno, exactamente. Un gato como Migas no admitía la categoría “débil” sin presentar recurso.
Pero sus ojos estaban menos abiertos, el temblor había desaparecido y la cola volvía a moverse con esa irritación precisa que, en su caso, era señal de salud.
Lola Cifuentes había pasado temprano por el café para revisarlo. Se presentó con una bolsa de comida blanda, un frasco de gotas y una lista de instrucciones que Pilar pegó detrás de la barra como si fuera un edicto municipal.
Migas: reposo. Nada de calle. Nada de sardinas. Nada de persecuciones. Nada de “solo un momento”.
Ramiro había añadido abajo, con letra pequeña:
Nada de resolver crímenes sin supervisión adulta.
Pilar lo tachó.
Migas, desde la cesta, pareció aprobar el tachón.
A las once, León Aranda llegó con ojeras nuevas y una carpeta más gruesa que la del día anterior.
Marisol venía detrás, con el pelo todavía húmedo y un gesto de concentración.
Nuria Salvatierra ya estaba en el café, instalada en una mesa con dos carpetas, tres lápices y una taza de café olvidada.
Inés Alcázar ocupaba el rincón del ventanal, mirando la plaza como si cada piedra pudiera traicionarla. Esteban Rivas seguía en comisaría.
Berta no había abierto el puesto de flores.
Ese dato no habría importado en otra mañana. Después de la muerte de Elvira, del rapto de Migas, de la lavanda, de la cinta roja, de la casa del guarda y del botón azul, la ausencia de flores en la Plaza Mayor parecía una frase incompleta.
—Berta está descansando —dijo Pilar cuando Clara miró por tercera vez hacia el quiosco cerrado—. Se lo merece.
—Lo sé.
—Entonces deja de mirar como si el puesto fuera a confesar.
—No estoy mirando así.
Pilar apoyó una taza delante de León.
—Está mirando así.
León bebió café antes de hablar. Eso también era mala señal. Cuando León necesitaba café antes de una noticia, la noticia solía tener espinas.
—Encontramos a Eduardo Rivas —dijo.
Ramiro se enderezó.
—El hombre del abrigo azul.
—Posiblemente.
—Qué decepción si llevaba abrigo verde.
Marisol abrió una carpeta.
—No llevaba abrigo cuando lo localizamos. Estaba en Santa Lucía, en una pensión junto a la estación. Pero la dueña confirmó que tiene un abrigo de paño azul oscuro.
Clara sintió que todas las miradas viajaban hacia la cesta de Migas.
El gato dormía.
O fingía dormir para no participar.
—¿Le falta un botón? —preguntó Pilar.
Marisol asintió.
—Sí.
El café entero pareció inclinarse hacia la respuesta.
—Entonces fue él —dijo Inés.
No sonó aliviada.
Sonó cansada de que el mundo siguiera ofreciendo culpables.
León levantó una mano.
—No tan rápido.
—¿Por qué no? —preguntó Ramiro—. Tenemos hombre de fuera, abrigo azul, vínculo familiar, botón perdido, Santa Lucía. Es prácticamente un regalo del destino.
—El destino no redacta informes —respondió León.
—Lástima. Ahorraría burocracia.
Marisol continuó:
—Eduardo Rivas admite que vino a Valleverde. Admite que preguntó por Elvira. Admite que fue a la tienda.
—¿Y matar a Elvira? —preguntó Clara.
—Lo niega.
—Eso no sorprende a nadie —dijo doña Amparo.
—Pero hay algo raro —añadió León—. Según él, Elvira lo citó.
Nuria levantó la vista.
—¿Elvira?
—Sí. Le escribió a Santa Lucía diciendo que tenía documentos relacionados con Abel Rivas y que, si Eduardo quería evitar que el nombre de su padre quedara pegado a una falsificación, debía venir.
Pilar cruzó los brazos.
—Eso sí suena a Elvira.
—Suena a alguien que sabía imitarla —dijo Clara.
León la miró.
—Eduardo recibió una carta con letra de Elvira. La estamos comparando.
—¿Qué quería él?
—Dice que quería comprar los papeles. O destruirlos. No lo dijo con esas palabras, pero no hizo falta.
—¿Estuvo aquí la noche de la muerte?
Marisol respondió:
—Sí. Pero sostiene que se fue a Santa Lucía antes de medianoche.
—Eso no lo salva —dijo Inés.
—No. Pero el autobús de las once y cuarenta tiene registro de venta y el conductor lo recuerda porque Eduardo discutió por el precio de una maleta extra.
Ramiro soltó una risa breve.
—Qué hermoso cuando el mal tropieza con el transporte público.
León siguió:
—Eso le da coartada para el rapto de Migas. No para la muerte de Elvira. Todavía pudo verla antes. Pero anoche, cuando alguien dejó sardina y lavanda en el patio del café, Eduardo estaba en Santa Lucía.
Clara sintió que el botón azul se volvía más pesado en su memoria.
—Entonces alguien usó su abrigo antes.
—O arrancó el botón antes.
—O se lo quitó para incriminarlo.
—Sí.
—O él lo perdió en la tienda de Elvira, y alguien lo encontró.
León la observó con una mezcla de fastidio y aprobación.
—Esa es la línea que no me gusta.
—Porque complica.
—Porque suena probable.
Pilar tomó la taza vacía de León y la rellenó sin preguntar.
—En este café cobramos doble por probabilidades desagradables.
Migas levantó la cabeza.
No por la frase.
Por el olor.
Pilar señaló la cesta.
—No. Es café, no caldo.
El gato intentó maullar.
Salió un sonido mínimo, como una queja mal archivada.
Nuria sonrió por primera vez en horas.
—Está volviendo.
—Poco a poco —dijo Clara.
—Los gatos vuelven como les da la gana —añadió doña Amparo—. Por eso dan miedo a las personas que necesitan controlar puertas.
León miró a la anciana.
—Doña Amparo.
—No empecé.
—Eso es lo preocupante.
Clara se acercó a la mesa donde Nuria había extendido un plano viejo de Valleverde. No era un mapa turístico. Era una copia del archivo municipal, con calles que ya no tenían el mismo nombre, terrenos parcelados de otra forma y anotaciones en tinta azul.
—¿Qué es esto?
—El plano de los Álamos antes del incendio —dijo Nuria—. La casa principal, la capilla pequeña, la puerta lateral, la casa del guarda, los caminos de servicio. Y esto…
Señaló una línea fina que salía del terreno hacia la parte trasera de la panadería.
—Un paso antiguo de reparto.
Julián, que acababa de entrar con una bandeja de bollos y la expresión de quien había decidido que alimentar a la gente era su única defensa contra el caos, casi dejó caer todo.
—¿Mi panadería tiene un paso secreto?
—No secreto —dijo Nuria—. Viejo.
—Eso no me tranquiliza.
—Conecta con un portón que seguramente fue tapiado.
Julián palideció.
—Voy a tener que revisar el almacén.
—Después —dijo León.
—¿Y si tengo un muerto detrás de la harina?
Pilar tomó la bandeja.
—Entonces por fin tus croissants tendrán explicación.
—Eso ha sido cruel.
—Y necesario.
Clara seguía mirando el plano. La ruta de Migas empezaba a aparecer no como una sucesión de caprichos, sino como una línea antigua que el pueblo había olvidado y el gato no.
Fuente, flores, panadería, calle de los Limoneros, puerta lateral, casa del guarda.
Un mapa de hambre, costumbre, refugio y engaño.
—Lo llevaron por su ruta —dijo.
León se apoyó en la mesa.
—Sí.
—Quien lo raptó no improvisó. Sabía por dónde salía del café, sabía que la sardina lo atraería, sabía que usaba el muro del patio y el callejón de la panadería.
—Medio pueblo sabe eso.
—No. Medio pueblo sabe que Migas aparece en lugares raros. No todos saben cómo.
Pilar asintió despacio.
—El patio interior lo conocen pocos.
—Clientes habituales —dijo Ramiro.
—Y proveedores —añadió Julián.
—Y Berta —dijo Clara.
La frase quedó ahí.
No como acusación.
Como una taza que se coloca demasiado cerca del borde.
Pilar la miró.
—Berta venía a veces por el patio para dejar flores cuando la plaza estaba llena.
—Lo sé.
—Eso no significa nada.
—No he dicho que signifique.
—Pero lo pensaste.
Clara no respondió.
Porque sí.
Lo había pensado.
Y le dolía.
León no dejó escapar el silencio.
—Vamos a reconstruir la ruta. Sin Migas.
El gato levantó la cabeza de golpe.
Pilar señaló el cartel de Lola.
—Sin Migas.
Migas intentó incorporarse.
—No.
El gato la miró con una dignidad herida.
—Ni aunque me mires como magistrado.
Migas abrió la boca y produjo un maullido rasposo, breve, pero muy claro.
Era una palabra felina.
Probablemente “abuso”.
—No —repitió Clara, más suave—. Esta vez no.
Migas bajó la cabeza.
Clara sintió una punzada de culpa absurda.
Ramiro se inclinó hacia la cesta.
—Puedes delegar. Es lo que hacen los grandes estrategas.
Pilar lo agarró del hombro.
—Vamos antes de que empiece a darle consejos de liderazgo al gato.
Salieron del Café Aurora en un grupo menor: Clara, León, Nuria, Pilar y Marisol. Ramiro intentó unirse con el argumento de que su memoria “tenía textura”, pero Pilar lo dejó a cargo de vigilar a Migas junto con doña Amparo y Julián.
—Si le pasa algo —le dijo Pilar—, te convierto en relleno de empanada.
—Comprendo la responsabilidad.
—No, no la comprendes. Por eso te la explico con violencia culinaria.
Migas se quedó en la cesta, mirando hacia la puerta.
No maulló.
Eso hizo más difícil salir.