El gato de la cinta roja Capítulo 8 — La solución equivocada #3
77%

Capítulo 8 — La solución equivocada #3

La bibliotecaria acababa de entrar con una carpeta nueva bajo el brazo, los ojos brillantes de cansancio y descubrimiento.

León la señaló con el bolígrafo.

—No.

—Ni siquiera he hablado.

—Ese es precisamente el problema. Cuando hablas, aparece un siglo.

Nuria miró la lavanda sobre la bandeja, luego el papel encerado.

—Eso parece de la confitería de la estación de Santa Lucía.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó Pilar.

—Porque venden pastas envueltas en papel encerado con el nombre impreso. Son horribles, pero el archivo municipal las compra en jornadas de catalogación.

Ramiro la observó con admiración.

—Eres una catedral de datos inútiles.

—Los datos inútiles son útiles cuando alguien comete un crimen con malos hábitos alimenticios.

Clara miró la bolsa de flores de Berta.

—¿Por qué esto estaba ahí?

Pilar frunció el ceño.

—Berta dejó esa bolsa anoche, antes de que Migas desapareciera. Nadie la tocó.

—Alguien pudo meterlo cuando entró al café —dijo León.

—El café estuvo cerrado.

—Pero alguien dejó un plato en el patio.

Clara sintió el viejo movimiento de las piezas.

El plato con sardina.

La bolsita de lavanda.

La puerta del patio.

El hombre de abrigo azul.

Santa Lucía.

El tío de Esteban.

El certificado.

Pero también otra cosa.

—Esteban no necesitaba dejar un papel de Santa Lucía para incriminarse más —dijo.

—O alguien quiso incriminar a los Rivas —respondió León.

—Sí. Pero no a Esteban exactamente.

—¿A quién entonces?

Nuria abrió su carpeta.

—Encontré algo sobre Abel Rivas.

—El médico? —preguntó Inés.

—Sí. Murió hace veinte años. Pero tuvo un hijo.

León se quedó quieto.

—¿Un hijo?

—Eduardo Rivas. Nacido en Santa Lucía. Vivió fuera muchos años. Volvió a la comarca hace poco, según un registro de consulta del archivo sanitario antiguo.

Pilar hizo una mueca.

—¿Otro Rivas?

—La realidad tiene poca imaginación con los apellidos —dijo Ramiro.

Clara sintió que la fibra azul bajo las uñas de Migas empezaba a arder en su memoria.

—¿Edad?

Nuria buscó la ficha.

—Cincuenta y seis.

Martina había descrito al hombre del abrigo azul como alguien de cincuenta y tantos.

León ya estaba sacando el móvil.

—Marisol.

Esperó.

—Busca Eduardo Rivas. Santa Lucía. Cincuenta y seis años. Cruza con hostales, billetes, cualquier registro reciente. Y llama a Martina. Quiero que vea una foto si la encontramos.

Inés se sentó por fin.

No por obediencia.

Por impacto.

—¿Otro Rivas estuvo aquí?

—Tal vez —dijo León.

—¿Y Esteban?

—Sigue siendo sospechoso.

Clara miró al inspector.

—Pero ya no es una solución.

León no contestó.

Migas, agotado por su propia hazaña, intentó volver a la cesta. A mitad de camino, se detuvo. Abrió la boca.

Esta vez salió un maullido.

Roto.

Pequeño.

Pero suyo.

Pilar se limpió una lágrima con rabia.

—No estoy llorando.

—Claro que no —dijo Ramiro.

—Tú tampoco digas nada.

Migas dio dos pasos más, pero antes de subir a la cesta se sacudió. De su pelo cayó algo al suelo.

Muy pequeño.

Azul oscuro.

Clara se agachó.

No era un hilo.

Era un botón.

De abrigo.

Forrado en tela azul, con una hebra colgando en la parte trasera.

El café entero quedó suspendido.

León lo recogió con una pinza.

—Esto estaba en su pelo.

—O bajo la manta —dijo Pilar.

—No —dijo Clara—. Lola lo revisó. Si hubiera estado suelto, lo habría visto.

Ramiro miró el botón.

—El hombre del abrigo azul.

Nuria añadió, casi en un susurro:

—Santa Lucía.

Inés cerró los ojos.

León guardó el botón.

Por la ventana, Valleverde parecía haber decidido volver a ser un pueblo tranquilo. La plaza brillaba después de la lluvia. Berta ordenaba flores en su quiosco. Julián sacaba pan del horno. Doña Amparo miraba desde su silla como si hubiera nacido sabiendo que toda calma es provisional.

Pero dentro del Café Aurora, nadie se movía.

La solución perfecta acababa de perder un botón.

Migas subió a su cesta con esfuerzo, dio una vuelta sobre sí mismo y se tumbó.

Clara lo tapó con la manta.

—Buen trabajo —susurró.

El gato cerró los ojos.

León miró la bandeja: lavanda, papel de Santa Lucía, botón azul.

Luego miró a Clara.

—No significa que Esteban sea inocente.

—No.

—No significa que Eduardo Rivas sea culpable.

—Tampoco.

—Significa que alguien más estuvo lo bastante cerca de Migas como para perder un botón.

—Y lo bastante cerca de Elvira como para saber usar lavanda.

—Y lo bastante cerca de los Rivas como para traer Santa Lucía hasta aquí —añadió Nuria.

Ramiro respiró hondo.

—Entonces la solución estaba equivocada.

Doña Amparo golpeó el suelo con el bastón.

—No, Ramiro. La solución estaba demasiado cómoda.

Clara miró por encima de la barra, hacia la puerta cerrada, hacia la plaza, hacia el pueblo que fingía no estar mirando.

El asesino —o quien jugaba con las pistas del asesino— había intentado hacerlos correr detrás de Esteban.

Había funcionado por unas horas.

Solo unas horas.

Porque Migas, mudo, cansado, engañado con sardinas y lavanda, había vuelto una vez más con uma pista.

Y esta vez la pista tenía un color.

Azul oscuro.

Como un abrigo en la lluvia.

Como una sombra de Santa Lucía.

Como una verdad que todavía no había terminado de cruzar la puerta.