Capítulo 8 — La solución equivocada #2
Pilar soltó un ruido seco.
—La vergüenza es la alfombra favorita de este pueblo.
—¿Qué discutieron? —preguntó Clara.
León consultó la libreta.
—Elvira quería que él reconociera que su tío Abel había firmado un certificado irregular después del incendio. Esteban sostiene que era joven, que no entendió todo entonces, que su tío decidió por la familia Rivas y por los Alcázar.
—Eso es muy cómodo.
—Sí.
—¿Y matar a Elvira?
—Lo niega.
—Claro.
—Pero tiene motivo, oportunidad, mentira y vínculo directo con el certificado. También escondió la nota que amenazaba a Migas.
—Porque estaba asustado.
León levantó la vista.
—O porque la escribió.
—No.
—Clara.
—No escribió esa nota.
—¿Por qué?
Clara miró hacia la cesta.
Migas dormía con una pata fuera de la manta.
—Porque la nota decía que alguien seguía dejando pistas para el gato. Esteban no entiende a Migas lo suficiente como para escribir eso.
Ramiro abrió la boca.
Pilar le apuntó con la cucharilla.
—No hagas un comentario hermoso ahora.
Él la cerró.
León también miró al gato.
—Eso no es argumento policial.
—Pero es argumento.
—No suficiente.
—El hilo azul.
—Puede pertenecer al hombre del abrigo azul. Puede pertenecer a cualquiera. Puede ser una pista plantada para alejarnos de Esteban.
—¿Y la desaparición de Migas? Esteban estaba en comisaría.
—No todo lo hizo una sola persona.
—Entonces ya no es solución. Es una comodidad.
La frase salió antes de que Clara pudiera suavizarla.
León apretó la mandíbula.
—No estoy buscando comodidad.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—Sí. Pero Valleverde sí. El pueblo quiere que sea Esteban porque Esteban parece culpable de nacimiento: notario, elegante, seco, con un tío médico que firmó papeles torcidos. Es perfecto. Demasiado perfecto.
Doña Amparo asintió.
—Los culpables perfectos suelen venir envueltos para regalo.
Pilar señaló a la anciana.
—Eso sí lo voy a bordar en un paño.
León cerró la libreta.
—Elvira murió porque alguien quiso impedir que hablara. Esteban tenía más razones que nadie.
—Más razones antiguas —dijo Clara—. Pero quizá alguien tenía una razón nueva.
La campanilla sonó.
Inés Alcázar entró sin paraguas, con el pelo mojado y la cara de quien había pasado la noche peleando con fantasmas familiares. Miró primero a Migas. Luego a León.
—Es Esteban, ¿verdad?
Nadie respondió.
Inés soltó una risa breve, horrible.
—Toda mi vida hubo un nombre en las esquinas. Rivas. Cuando faltaba un documento, Rivas. Cuando mi abuela se callaba, Rivas. Cuando mi padre bebía y decía que los muertos no descansan porque los vivos no les dejan sitio, Rivas. Y ahora Elvira aparece muerta y también es Rivas.
—Inés —dijo León—, siéntese.
—No quiero sentarme.
—Lo entiendo.
—No. No lo entiende. Yo vine porque Elvira me escribió. Vine porque pensé que, por fin, alguien iba a decirme qué pasó con mi familia. Y ahora me dicen que el hombre que custodiaba todos los papeles quizá mató a la única persona que guardaba algo de verdad.
Clara fue hasta ella.
—Todavía no sabemos si fue Esteban.
Inés la miró con rabia.
—¿Y si fue? ¿Eso repara algo?
Clara no respondió.
Porque no.
Nada reparaba una vida criada alrededor de un silencio. Ni un arresto, ni una carta, ni una llave, ni una fotografía ampliada. A veces descubrir la verdad no devolvía nada. Solo cambiaba el nombre del dolor.
Migas se movió en la cesta.
Todos miraron.
El gato levantó la cabeza, abrió la boca e intentó maullar.
Salió un sonido mínimo.
Rasposo.
Feo.
Maravilloso.
Pilar se llevó las manos al pecho.
—Ay, ladrón.
Migas parpadeó, como si le molestara la emoción colectiva.
Depois tentou levantarse.
—No —dijeron Clara, Pilar y León al mismo tiempo.
Migas los ignoró con una dignidad debilitada. Salió de la cesta, puso una pata en el suelo, luego otra, se tambaleó un poco y caminó hacia el centro del café.
—No debería moverse —dijo León.
—Díselo a él —respondió Clara.
El gato avanzó hasta la mesa donde León había dejado la carpeta con las copias de archivo. Olfateó los papeles. Luego olfateó la libreta del inspector. Después bajó al suelo y caminó hacia Inés.
Ella se quedó inmóvil.
Migas no se frotó contra sus piernas.
Tampoco la evitó.
La rodeó.
Olfateó el bajo de su abrigo.
Nada.
Siguió hacia la puerta.
—Migas —advirtió Clara.
El gato no llegó a la puerta. Se detuvo antes, junto al perchero donde los clientes dejaban paraguas y abrigos.
Había dos paraguas, una chaqueta de Ramiro, un pañuelo de Pilar que nadie sabía cómo había terminado allí y una bolsa de tela que Berta había dejado la tarde anterior con flores para “alegrar el ambiente”.
Migas metió la cabeza en la bolsa.
—No —dijo Pilar—. Si vomitas flores, Lola me mata.
El gato sacó algo con la boca.
Clara se inclinó, lista para quitarle cualquier cosa peligrosa. Pero Migas no masticó. Caminó despacio hasta ella y dejó el objeto a sus pies.
Era una flor seca.
Pequeña.
Morada.
Lavanda.
—Eso no es una pista —dijo León, aunque no sonó convencido.
Migas volvió a la bolsa.
Sacó otra cosa.
Esta vez, un pedazo diminuto de papel encerado, doblado y pegado por la humedad. Clara lo recogió con una servilleta. Pilar acercó una bandeja limpia sin que nadie se la pidiera. León se acercó también.
El papel tenía una mancha de aceite.
Y unas letras impresas, cortadas por la mitad.
…anta Lucía
—Santa Lucía —dijo Ramiro.
—La ciudad del doctor Abel Rivas —murmuró Nuria desde la puerta.
Todos se giraron.