El gato de la cinta roja Capítulo 8 — La solución equivocada
71%

Capítulo 8 — La solución equivocada

La solución equivocada

La veterinaria de Valleverde tenía tres títulos enmarcados, una estantería llena de premios locales y la mirada de alguien que había visto demasiados perros tragarse cosas que no estaban en el menú.

Se llamaba Lola Cifuentes, aunque medio pueblo la llamaba “la doctora de los bichos”, expresión que ella toleraba solo porque había descubierto que corregir a Valleverde era una tarea más agotadora que vacunar a un gato enfadado.

Aquella noche, cuando Clara entró con Migas envuelto en una manta del coche de León, Lola ya los esperaba con la luz de la clínica encendida, el pelo recogido de cualquier manera y una bata puesta sobre el pijama.

—En la camilla —dijo, sin saludar.

Clara obedeció.

Migas no protestó.

Eso fue lo peor.

Pilar se quedó en la puerta de la consulta con los brazos cruzados y el alma fuera del cuerpo.

Ramiro, empapado, sostenía el dibujo mojado de la niña dentro de una bolsa de pruebas como si fuera un manuscrito medieval.

León hablaba por teléfono en la recepción con esa voz baja y seca que usaba cuando intentaba no gritar.

Lola desenvolvió al gato con cuidado.

—Hola, señor desastre —murmuró.

Migas abrió un ojo.

—No me mires así. Tú y yo sabemos que esto iba a pasar algún día.

Clara se inclinó.

—¿Está bien?

—Todavía no lo sé.

—No maúlla.

—Eso ya lo veo.

—Abre la boca, pero no sale nada.

—Clara.

—Sí.

—Respira.

Clara respiró.

No sirvió de mucho.

Lola revisó las pupilas, las encías, la garganta, el abdomen, las patas. Migas permitió todo con una docilidad que no le pertenecía. De vez en cuando miraba a Clara como si quisiera decir algo y le pareciera indignante depender de una especie tan limitada.

—No parece envenenado —dijo Lola al fin.

Clara sintió las piernas aflojarse.

Pilar apoyó una mano en el marco de la puerta.

—Gracias a todos los santos que no existen —murmuró Ramiro.

—Habla por ti —dijo Pilar—. Yo acabo de invocar a tres y medio.

—¿Medio santo?

—Uno que no me cae bien, pero en emergencias sirve.

Lola siguió examinando la boca de Migas.

—Tiene irritada la garganta. Mucho. Como si hubiera respirado algo fuerte o forcejeado con una tela.

Clara se tensó.

—¿Lo ahogaron?

—No puedo decir eso. No veo marcas claras en el cuello. Pero alguien pudo haber intentado callarlo, meterlo en una bolsa, cubrirle la cabeza, algo así. También hay olor a sardina, lavanda y… valeriana.

—¿Valeriana? —preguntó Pilar.

—A muchos gatos les atrae. No tanto como la hierba gatera, pero puede servir para engañar a uno con poca prudencia gastronómica.

Migas movió apenas la cola.

—No te ofendas —dijo Lola—. Te has dejado raptar con pescado.

Clara acarició la cabeza del gato.

—No fue culpa suya.

—No he dicho que lo fuera. He dicho que tiene gustos cuestionables.

Ramiro se acercó un paso.

—¿Recuperará la voz?

—Probablemente. Si no hay lesión más profunda, en unas horas o un día. Pero quiero tenerlo observado esta noche.

—No —dijo Clara.

Lola levantó la vista.

—Perdón?

—No se queda solo.

—No estaría solo. Está en una clínica.

—No.

Pilar dio un paso al frente.

—Doctora, con todo respeto, si ese gato se queda aquí, nos quedamos todos aquí. Y si nos quedamos todos aquí, en media hora Ramiro empieza a comparar la sala de espera con un purgatorio municipal.

Ramiro asintió.

—Ya lo estaba pensando.

Lola miró a León, que acababa de entrar.

—Inspector, ¿esto es una escena policial o una familia disfuncional?

—Desde ayer, la diferencia es borrosa.

—El gato puede irse con Clara —dijo Lola—, pero bajo vigilancia. Nada de calle. Nada de sardinas. Nada de aventuras arqueológicas.

Migas intentó maullar.

No salió nada.

Pilar se llevó una mano al pecho.

—Ay, no hagas eso.

—Necesita descanso —continuó Lola—. Agua, comida suave, calor. Y que alguien lo vigile de verdad.

Todos miraron a Clara.

—Lo voy a vigilar —dijo ella.

—Tú vas a dormir? —preguntó Pilar.

—No.

—Entonces lo vigilo yo también.

—Ustedes dos tienen peor pronóstico que el gato —dijo Lola.

La veterinaria tomó una pinza pequeña y revisó la pata delantera derecha de Migas.

—Ajá.

Clara se acercó de inmediato.

—¿Qué?

—Tiene algo entre las uñas.

León se puso a su lado.

—No lo toque sin…

Lola lo miró por encima de las gafas.

—Inspector, saco espigas de orejas de perros desde antes de que usted tuviera ojeras profesionales. Déjeme trabajar.

León cerró la boca.

Con una precisión delicada, Lola retiró una fibra enganchada entre dos uñas. Era un hilo muy pequeño. Azul oscuro. No azul de cinta antigua. No azul desteñido de archivo. Azul de lana o paño.

Lo dejó sobre una gasa.

—Esto no es del gato —dijo.

León se inclinó.

—¿Puede guardarlo?

—Ya pensaba hacerlo.

Clara miró el hilo.

Abrigo azul.

El desconocido de Martina.

La figura en la lluvia.

El hombre que preguntó por “cosas de los Álamos”.

—No fue Esteban quien se llevó a Migas —dijo.

León no respondió.

—León.

—No podemos saltar.

—No estoy saltando. Estoy mirando el suelo.

—A veces haces las dos cosas a la vez.

Lola guardó la fibra en un pequeño recipiente y lo entregó al inspector.

—También tiene restos de cal en el pelo, tierra en las patas y un olor muy fuerte a lavanda. No de flor fresca. De saquito. De armario.

—Como los de Elvira —dijo Clara.

—O como alguien que quería oler a Elvira —respondió León.

La frase quedó en la consulta.

Migas cerró los ojos.

Clara sintió que, por primera vez desde que lo habían encontrado, el cansancio empezaba a tomar forma dentro de ella. No era sueño. Era algo más profundo. Una fatiga con bordes de rabia.

Habían usado comida para atraerlo.

Lavanda para marcar una pista.

Valeriana para calmarlo.

Un lugar antiguo para asustarlos.

Y quizá un hilo azul para dejar claro que el hombre del abrigo seguía por delante.

—Lo llevo al café —dijo Clara.

Lola envolvió de nuevo a Migas en la manta.

—Y mañana vuelve.

—Sí.

—Clara.

—Vuelve.

—Lo digo porque te conozco.

—Lo sé.

—Y porque conozco a los gatos. En cuanto se sienta un poco mejor, intentará hacer exactamente lo que no debe.

Pilar suspiró.

—Es prácticamente de la familia.

A la mañana siguiente, el Café Aurora abrió tarde.

A las diez.

Fue un escándalo local.

Doña Amparo llamó a las nueve y cuarto para preguntar si habían muerto todos o si el café se había vuelto francés.

Ramiro, que había dormido en una silla del local “para proteger el perímetro moral”, despertó con el cuello torcido y la certeza de haber soñado con una cabra declarando ante notario.

Pilar abrió la puerta a las diez menos cinco solo para decirle a un grupo de curiosos que el café abriría cuando ella lo decidiera y que, hasta entonces, podían practicar una virtud llamada espera.

Migas dormía dentro de una cesta forrada con una manta limpia, colocada detrás de la barra, lejos de ventanas, puertas, corrientes de aire, clientes, periodistas imaginarios y cualquier persona que pronunciara la palabra sardina.

Clara había puesto la cesta allí.

Pilar había añadido otra manta.

Ramiro había colocado a un lado un cartel escrito a mano:

PACIENTE EN REPOSO. NO INTERROGAR.

Migas abrió un ojo cuando vio el cartel y lo cerró de nuevo, quizá por debilidad, quizá por censura literaria.

—El cartel se queda —dijo Ramiro.

—Nadie iba a discutirlo —respondió Pilar.

—Lo dices en un tono que discute.

Clara no había dormido. Lo sabía porque cada hora de la noche había pasado por su cuerpo con una taza de café frío en la mano.

Había visto a Migas respirar. Lo había visto mover una pata durante un sueño.

Lo había visto intentar maullar y fracasar.

En algún momento, al amanecer, él había abierto los ojos y parpadeado despacio.

Eso fue todo. Clara lo tomó como una firma de permanencia.

A las diez y media, León entró con Marisol.

No pidió café.

Mala señal.

—Tenemos novedades —dijo.

Pilar tomó una taza de todos modos.

—Las novedades se digieren mejor con cafeína.

—Esta quizá no.

—Entonces doble.

León aceptó.

Marisol saludó a Migas con un gesto tímido.

—¿Cómo está?

Clara miró la cesta.

—Vivo.

—Eso ya es mucho.

—Sí.

León abrió su libreta.

—Esteban Rivas mintió.

Ramiro se enderezó tanto que casi se lesionó otra vez.

—Por fin una frase con arquitectura.

Pilar puso café delante de León.

—Sigue.

—Anoche, tras revisar sus horarios, encontramos contradicciones. Esteban no estaba en casa cuando dijo. Julián lo vio cerca del callejón de los Limoneros. Además, encontramos restos de cal en la punta de su bengala, compatibles con la zona de los Álamos.

—Eso ya lo sabíamos —dijo Clara.

—Hay más. En su casa encontramos recortes de periódico del incendio, correspondencia antigua con Elvira y una copia parcial del certificado de defunción de Tomás Alcázar.

—¿Parcial? —preguntó Ramiro.

—Faltaba la parte de identificación del cuerpo.

Pilar dejó de mover una cucharilla.

—Qué conveniente.

—También encontramos un sobre quemado en la chimenea. Marisol consiguió recuperar parte del texto. Parece una carta reciente de Elvira.

—¿Qué decía?

León leyó de la libreta:

—“Esteban, si no hablas tú, hablará la llave. Ya no pienso cargar con lo que Abel firmó y tú heredaste.”

Clara cerró los ojos un segundo.

Abel Rivas.

El tío médico.

El certificado.

Esteban.

Todo encajaba demasiado bien.

—¿Lo han detenido? —preguntó Pilar.

—Está en comisaría. Formalmente, todavía no. Pero es nuestro principal sospechoso.

Doña Amparo, que había entrado sin que nadie pudiera explicar cómo, golpeó el bastón contra el suelo.

—Principal no es único.

Pilar se giró.

—¿Cómo entró?

—Por la puerta.

—Estaba cerrada.

—Pues no bastante.

Ramiro murmuró:

—La seguridad de este café depende de la voluntad de una anciana y un gato. Estamos perdidos.

León respiró con paciencia prestada.

—Doña Amparo, hoy no.

—Hoy sí. Los días no se eligen, inspector. Llegan con barro en los zapatos.

Clara se acercó a León.

—¿Esteban confesó algo?

—Admitió que fue a los Álamos.

—¿Anoche?

—La noche en que murió Elvira. Dice que recibió una llamada de ella. Que fue a la puerta de hierro. Que discutieron. Que ella estaba viva cuando él se fue.

—¿Por qué mintió?

—Dice que por vergüenza.