El gato de la cinta roja Capítulo 7 — La casa donde el gato no maúlla #3
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Capítulo 7 — La casa donde el gato no maúlla #3

—El niño —siguió Clara—. En la noticia decía que estaba bajo resguardo de vecinos. Pero nadie dijo quién. No aparece en la foto. Alicia habla de salvar una vida. ¿Y si Álvaro estaba dentro? ¿Y si lo sacaron? ¿Y si alguien murió en lugar de Tomás?

León levantó la mano.

—Vamos paso a paso.

—Siempre dices eso cuando los pasos ya salieron corriendo.

—Porque alguien tiene que recogerlos.

Nuria puso otra hoja sobre la mesa.

—Hay más.

—Claro que hay más —dijo León.

—El certificado de defunción de Tomás Alcázar no fue firmado por un médico del pueblo.

—¿Por quién?

—Por un médico de Santa Lucía. Doctor Abel Rivas.

Esteban Rivas.

Clara sintió la conexión antes de que Nuria la dijera.

—Rivas.

—Tío de Esteban —confirmó Nuria—. Y titular de la notaría donde Esteban trabajaba como pasante.

Pilar murmuró:

—A veces los apellidos son campanas.

León tomó la hoja.

—Eso no prueba que Esteban haya matado a Elvira.

—No —dijo Clara—. Pero prueba que su familia escribió una parte del incendio.

Migas se bajó de la silla.

Caminó hasta el rincón opuesto de la casita. No hacia el armario. Hacia la chimenea.

Abrió la boca.

Nada.

Rascó los ladrillos de la base.

—Migas —dijo Clara, cansada y al borde de las lágrimas—. Por favor.

El gato rascó otra vez.

León se agachó junto a la chimenea.

Había ceniza vieja, hojas secas, restos de nidos. Pero en un borde, escondido bajo una piedra suelta, algo brillaba.

Tomás retiró la piedra con cuidado.

Era una pequeña placa de metal.

No. Una etiqueta.

De esas que se clavan en cajas, baúles o archivadores antiguos.

Tenía una inscripción grabada:

A.A. / A.R. / E.S.

Alicia Alcázar.

Abel Rivas.

Elvira Sanz.

—Tres iniciales —dijo Ramiro.

—Tres personas que supieron algo —respondió Clara.

—O tres personas que hicieron algo —añadió Pilar.

León guardó la placa en una bolsa.

—Ahora sí. Basta por hoy.

Nadie discutió.

Ni Clara.

Migas se tambaleó apenas al intentar subir de nuevo a la silla. Clara lo levantó con cuidado. Esta vez él no se resistió. Se quedó contra su pecho, mojado, mudo y demasiado ligero.

—Vamos al veterinario —dijo León.

—Sí.

—Después al café.

—Sí.

—Y después todos a dormir.

Pilar soltó una risa breve.

—Inspector, con todo respeto, usted todavía cree en cuentos de hadas.

Salieron de la casita del guarda bajo la lluvia.

La puerta quedó abierta atrás, iluminada por las linternas de Marisol y Tomás, que ya empezaban a marcar el lugar, fotografar el plato, las mantas, la botella, la chimenea, el armario, cada cosa pequeña que podía ser prueba o señuelo.

El terreno de los Álamos parecía menos abandonado ahora.

No porque estuviera más vivo, sino porque ya no podía fingir que estaba vacío.

Clara caminó con Migas nos brazos.

O gato apoiava a cabeça contra o seu braço e, de vez em quando, abria a boca sem som. Aquilo doía mais do que se ele gritasse. O silêncio de Migas era uma acusação sem palavras.

Na verja, Ramiro recolheu o desenho molhado da criança.

—Lo guardo? —preguntó.

León dudó.

—Bolsa.

Ramiro lo entregó con una solemnidad triste.

Pilar se aproximou de Clara e tocou de leve a cabeça de Migas.

—Ladrón absurdo —susurró—. Mira que dejarte engañar con sardinas.

Migas intentou maullar.

Nada.

Pilar apretou os lábios.

—Cuando recuperes la voz, te voy a reñir mucho.

Clara quase sorriu.

Quase.

O carro de León estava com a porta aberta. A luz interior parecia quente, doméstica, deslocada naquele terreno de ruínas. Antes de entrar, Clara virou-se uma última vez para a casita do guarda.

A pequena construção continuava ali, atrás dos limoeiros, com sua porta aberta e seu cheiro de lavanda, mofo e pescado.

Um lugar onde alguém havia deixado mantas recentes, comida para um gato, uma caixa de madeira que talvez viesse da loja de Elvira e provas que amarravam Alicia Alcázar, Abel Rivas e Elvira Sanz a uma mentira antiga.

Uma casa que não ardira.

Uma casa que esperara.

Uma casa onde Migas não miava.

León entrou no carro pelo outro lado, ligou o motor e olhou para Clara.

—No fue solo una trampa.

—No.

—Querían que encontráramos esa caja.

—Sí.

—Pero también querían asustarnos.

Clara acarició a Migas.

—No a nosotros.

León esperó.

Ela olhou para o gato, para a garganta silenciosa, para os olhos abertos demais.

—A él.

León não respondeu.

O carro arrancou devagar pelo caminho enlameado. Atrás deles, os agentes continuavam trabalhando sob a chuva. À frente, Valleverde esperava com suas janelas fechadas, seus rumores acesos e seu café trancado.

No colo de Clara, Migas fechou os olhos.

Pela primeira vez em todo o dia, não parecia senhor de coisa alguma.

Parecia apenas um gato cansado.

E isso, mais do que qualquer chave, carta, foto ou porta escondida, fez Clara sentir uma raiva fria.

Alguém havia matado Elvira.

Alguém havia enterrado a verdade dos Álamos por trinta anos.

E alguém havia cometido o erro de usar Migas para isso.

Clara baixou a cabeça até quase tocar a testa dele.

—Te prometo una cosa —susurró—. La próxima pista la encontramos nosotros.

Migas abriu um olho.

Não maulló.

Pero parpadeó despacio.

Y, por aquella noche, eso tuvo que bastar.