Capítulo 7 — La casa donde el gato no maúlla #2
El interior era un solo cuarto grande, con una cocina antigua en una esquina, una mesa coja, dos sillas, un armario bajo y una chimenea estrecha llena de hojas.
Había mantas viejas en el suelo, pero no parecían de treinta años atrás.
Algunas estaban secas. Recientes. Sobre una repisa, una vela apagada.
Junto a la pared, una botella de agua medio llena.
Alguien había usado aquella casa.
No como vivienda permanente.
Como escondite.
—Nadie toca nada —dijo León.
—Ni respiramos? —preguntó Ramiro.
—Tú, si puedes, menos.
Entonces Clara lo vio.
Migas estaba debajo de la mesa.
Sentado.
Vivo.
Empapado en parte, con el pelo pegado al cuerpo y una pata sucia de barro, pero vivo. Sus ojos brillaban en la luz de la linterna. No parecía herido. Parecía humillado, furioso y extraordinariamente decidido a no reconocer que había pasado miedo.
Clara sintió que las piernas le fallaban.
—Migas.
El gato la miró.
Abrió la boca.
No salió sonido.
Clara se arrodilló.
—Migas.
Él abrió de nuevo la boca. Nada. Solo un soplo mínimo, como si el maullido se hubiera quedado atrapado.
—León.
—Lo veo.
—¿Está herido?
—No te acerques rápido.
—Es Migas.
—Precisamente.
Clara tendió una mano despacio.
Migas no huyó.
Eso fue lo que le partió el corazón.
Migas huía cuando quería jugar, cuando quería ofender, cuando quería que alguien lo siguiera, cuando no quería que le limpiaran las patas. Pero ahora no huyó. Se quedó bajo la mesa y permitió que Clara le tocara la cabeza.
Estaba temblando.
Muy poco.
Pero temblaba.
—Mi amor —susurró ella, sin pensar en lo ridícula que podía sonar la frase delante de un inspector, un agente, Pilar, Ramiro y los restos de una casa marcada por un incendio de treinta años—. Ya está.
Pilar se puso una mano en la boca.
Ramiro miró hacia otro lado.
León se agachó con cuidado.
—Puede haber comido algo.
Clara se tensó.
—¿Veneno?
—No parece. Está alerta. Pero quizá le dieron algo para atraerlo o calmarlo. Vamos a llevarlo al veterinario.
—Ahora.
—Ahora.
Migas se movió antes de que Clara pudiera levantarlo.
Salió de debajo de la mesa con un andar torpe, pero firme. No fue hacia la puerta. Fue hacia el armario bajo junto a la pared.
—Migas, no.
El gato ignoró la súplica, como era su deber espiritual.
Se detuvo frente al armario.
Abrió la boca.
Nada.
No maulló.
Rascó la madera.
Una vez.
Dos.
Tres.
El sonido de sus uñas en la puerta del armario fue más inquietante que cualquier maullido.
—No —dijo Clara—. Basta. Ya encontraste suficiente.
Migas volvió a rascar.
León iluminó el armario.
Era viejo, de madera oscura, con dos puertas inferiores y un cajón superior. Encima había una capa de polvo desigual. Algunas zonas habían sido limpiadas recientemente. No por orden. Por uso.
—Tomás —dijo León.
El agente se acercó. Abrió primero el cajón, con guantes.
Vacío.
Luego la puerta izquierda.
Había trapos, una lata oxidada, una cuerda.
La puerta derecha estaba trabada.
Migas rascó de nuevo.
—No hay cerradura —dijo Tomás.
—Está hinchada por la humedad —respondió León—. Cuidado.
Tomás hizo palanca con una herramienta.
La madera cedió.
Dentro no había estantes.
Había una pared falsa.
O lo que quedaba de ella.
Un panel del fondo estaba suelto. Detrás se abría un espacio estrecho entre el armario y la pared de la casita.
León iluminó.
Allí, envuelto en una tela gris, había un estuche de madera oscura.
Inés había dicho que Elvira tenía una caja de madera sobre la mesa del despacho.
Clara sintió que el alívio de encontrar a Migas vivo se mezclaba con una nueva oleada de miedo.
—Eso estaba en la tienda de Elvira —dijo.
—Quizá —respondió León.
—Inés lo vio.
—Quizá.
—León.
—Sí, Clara. Yo también lo estoy pensando.
Tomás retiró el estuche con cuidado. Era alargado, no muy grande, con cierres de latón. La madera estaba gastada, pero no podrida. En la tapa había marcas finas, como si durante años hubiera sido abierta y cerrada por manos nerviosas.
No estaba cerrado con llave.
León lo colocó sobre la mesa.
Migas saltó a una silla.
—No —dijo Pilar, recuperando la voz—. Tú ya participaste bastante.
El gato intentó maullar.
Nada.
Pilar se ablandó de inmediato.
—Ay, ladrón.
León abrió el estuche.
Dentro había papeles.
Muchos menos de los que Clara esperaba.
Un sobre amarillento.
Una fotografía recortada.
Un pequeño libro de cuentas.
Y una medalla de plata oscurecida con una inscripción casi borrada.
León no tocó nada sin fotografar antes. La linterna de Tomás iluminaba la mesa. La lluvia golpeaba el techo. Migas permanecía en la silla, mudo, con los ojos fijos en el estuche.
—Elvira escondió esto aquí? —preguntó Ramiro.
—O alguien lo sacó de la tienda y lo dejó aquí —dijo Pilar.
—Para que lo encontráramos —añadió Clara.
León miró el plato con restos de sardina en el suelo.
—Alguien usó al gato como llave.
La frase era tan exacta que nadie hizo broma.
Clara acarició a Migas detrás de las orejas. Él cerró los ojos apenas, pero no ronroneó.
—¿Qué hay en el sobre? —preguntó ella.
León abriu o envelope com pinça.
Dentro havia uma carta escrita à mão, em papel antigo, dobrada muitas vezes. A tinta estava pálida, mas legível. Ele leu em silêncio primeiro, e Clara percebeu, pelo modo como o rosto dele se fechou, que aquilo mudava o caso.
—León.
—É uma carta de Alicia Alcázar.
Inés.
A avó de Inés.
—Para quem?
—Para Elvira.
O nome fez o quarto parecer menor.
León leu algumas linhas em voz alta:
—“Elvira, si algo me ocurre, no creas la primera versión. Tomás no estaba solo. Yo abrí la puerta lateral porque me dijeron que él ya había salido. Cuando entendí la mentira, la casa ya ardía.”
Pilar levou uma mão ao peito.
Ramiro não falou.
Clara sentiu a frase se encaixar com a ameaça.
Devuelve lo que guardaste, o todos sabrán quién abrió la puerta.
Alicia abriu a porta lateral.
Mas achou que Tomás já havia saído.
—Sigue —dijo Clara.
León continuou:
—“No fui valiente. Dejé que otros escribieran el fuego por mí. Dejé que certificaran una muerte para salvar una vida. Si Álvaro pregunta algún día, dile que su padre no murió en su cama de humo, sino en una decisión tomada antes.”
—Eso no se entiende —dijo Tomás.
—Sí se entiende —murmuró Nuria desde la puerta.
Todos se volvieron.
La bibliotecaria estaba allí, empapada, con Marisol detrás y una carpeta de plástico pegada al pecho.
León cerró los ojos.
—¿Por qué nadie en este pueblo obedece una orden sencilla?
Nuria levantó la carpeta.
—Porque encontré la fotografía ampliada.
—Eso no responde, pero explica.
Marisol, algo avergonzada, dijo:
—La seguí. Como usted pidió.
—Yo pedí supervisión, no peregrinación.
—Sí. Bueno. Supervisé hasta aquí.
Clara se levantó.
—¿Qué fotografía?
Nuria abrió la carpeta de plástico y sacó una copia ampliada, protegida de la lluvia. Era la imagen del incendio, la misma del periódico, pero mucho más clara. La fachada ennegrecida. Los hombres de espaldas. Alicia envuelta en una manta. Elvira joven junto a un muro.
Y la ventana superior.
La figura que antes parecía una sombra ahora seguía siendo imprecisa, pero no era una viga.
Era una persona.
Una persona de pie detrás del marco quemado.
—No puede ser Tomás —dijo Nuria.
—Por qué? —preguntó León.
—Porque esta foto fue tomada después de que encontraran el cuerpo.
El cuarto quedó helado.
Hasta la lluvia pareció bajar de volumen.
—Estás segura? —preguntó Clara.
Nuria señaló el margen de la foto.
—Hora anotada por el fotógrafo municipal. Dos horas después del rescate del cadáver. La ficha estaba mal archivada en fiestas patronales de 1994, lo cual, dicho sea de paso, es una ofensa al orden del universo.
Ramiro susurró:
—Nunca había oído a alguien indignarse así en una escena criminal.
—Déjala —dijo Pilar—. Está trabajando.
León miró la figura de la ventana.
—Si no era Tomás…
—Entonces alguien estaba vivo dentro de la casa después de que declararan muerto a Tomás —dijo Clara.
Nuria asintió.
—O alguien entró después.
Clara miró la carta de Alicia.
Dejé que certificaran una muerte para salvar una vida.
—Álvaro —dijo.
Ninguém respondió.
El nombre del hijo de los Alcázar llenó la casita del guarda con una presencia incómoda.